abril 2019

Del corazón del pastor

En Semana Santa, toda la Iglesia alrededor del mundo se regocija con el logro del Señor Jesús y la esperanza que nos dio.

por Charles F Stanley

Resulta difícil ponernos en el lugar de alguien más, en especial si esa persona vivió hace mucho tiempo en una cultura diferente. Por eso podemos leer la historia de la Resurrección de Cristo sin sentir el impacto que tuvo en aquellos que lo presenciaron. ¿Cómo se sintieron las mujeres que fueron a la tumba de Cristo esperando encontrar su cuerpo inerte? En lugar de eso, descubrieron a un ángel sentado en la piedra, quien pronunció las palabras más sorprendentes que jamás habían escuchado: “No está aquí, pues ha resucitado, como dijo” (Mt 28.6).

Aunque la cruz parecía una derrota desgarradora, demostró ser una asombrosa victoria sobre la muerte. Lo que las mujeres no habían entendido era que Cristo había venido a cumplir la tarea que su Padre le había encomendado, y cada evento en su vida había sido en cumplimiento de esa misión, en especial su muerte y Resurrección.

En primer lugar, el Señor Jesús vino al mundo a revelar al Padre. Dios es trascendente, tan por encima y separado de su creación, que se nos hace difícil comprenderlo. Aunque se menciona en el Antiguo Testamento, esa revelación fue aumentada en gran manera cuando el Hijo de Dios cubrió su gloria, tomó forma humana y vino a morar en la Tierra. Todo lo que hizo mostró tanto el carácter como la obra de Dios. Por esa razón, Cristo pudo decir: “Yo y el Padre uno somos” (Jn 10.30).

En segundo lugar, Cristo vino a vivir una vida perfecta. Esto no fue solo un requerimiento para que fuera el impecable “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”, sino que su vida también es un ejemplo que podemos emular (Jn 1.29). El Señor Jesús hizo solo lo que su Padre deseaba y nunca actuó por su propia iniciativa (Jn 14.10). Razón por la cual siempre apartó tiempo para estar en comunión con su Padre y recibir fortaleza y guía. Cuando sus discípulos le pidieron que les enseñara a orar, les dio un ejemplo extraordinario que ahora conocemos como el Padrenuestro (Lc 11.1-4).

El Señor Jesús vino al mundo a revelar al Padre

El Señor Jesús nos enseñó a amarnos y perdonarnos los unos a otros en el Sermón del Monte (Mt 5–7). Pero su mayor enseñanza tuvo lugar en la cruz, donde dio su vida por nosotros. Cuando sus manos y pies fueron perforados con clavos oró pidiéndole a Dios que perdonara a quienes lo crucificaban.

En tercer lugar, el Señor Jesús vino a redimir a la humanidad caída. Ya que somos pecadores por naturaleza, necesitamos un Salvador. De lo contrario, moriríamos en nuestros pecados y enfrentaríamos la condenación de Dios sin esperanza. El Señor Jesús se entregó como sacrificio expiatorio al llevar nuestros pecados en su cuerpo en la cruz y sufrir el castigo que merecíamos (1 P 2.24). Como consecuencia, todos los que confían en Cristo como Salvador y Señor pueden recibir el perdón de los pecados y el don de la vida eterna.

No solo nuestras almas son redimidas del pecado, sino que también tenemos la promesa de que nuestros cuerpos serán redimidos cuando Cristo regrese (Ro 8.23). Cristo descenderá del cielo para resucitar a todos los que murieron en Él, y aquellos de nosotros que estemos vivos en ese momento, seremos cambiados de inmediato y llevados para encontrarnos con Él (1 Cr 15.51-54; 1 Ts 4.16, 17). Nuestra batalla contra el pecado terminará porque seremos liberados para siempre de la presencia del pecado que ahora vive en nosotros.

En cuarto lugar, Cristo vino a establecer su Iglesia. En Mateo 16.18, Jesucristo dijo: “sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”. La roca sobre la cual es edificada la Iglesia es el evangelio de Jesucristo y la verdad de la Palabra de Dios. A pesar de la persecución, el sufrimiento y la muerte de innumerables santos, nuestro Señor está cumpliendo su misión de edificar la Iglesia en todo el mundo y en cada generación.

El mensaje de salvación que hemos escuchado y recibido nos ha llegado a través de una larga lista de personas que proclamaron con fe el evangelio de una generación a otra. Y ahora, cada uno de nosotros tiene un papel que desempeñar en la continuación de la difusión del evangelio a medida que Cristo agrega más almas a su Iglesia.

Cristo vino al mundo para cumplir una misión y, en los tres cortos años de ministerio, logró todo lo que Dios le había dado para hacer (Jn 17.4). Sin embargo, su misión en nuestra vida no está terminada. Él trabaja para transformarnos a su imagen, pero al igual que las mujeres que vinieron a la tumba, no siempre sabemos cómo las dificultades y el sufrimiento de esta vida son parte del proceso. Sin embargo, sabemos que la gloria seguirá al sufrimiento como sucedió en la vida del Señor. Nuestra esperanza de resurrección es segura, y un día veremos a nuestro Salvador cara a cara cuando nuestra misión en esta vida esté completa.

En Semana Santa, toda la Iglesia alrededor del mundo se regocija con el logro del Señor Jesús y la esperanza que nos dio. El Salmo 118.15 dice: “Voz de júbilo y de salvación hay en las tiendas de los justos; la diestra de Jehová hace proezas”. En las congregaciones de todo el mundo, habrá un atisbo de la alabanza que ofreceremos todos juntos cuando nuestra esperanza se cumpla y estemos ante Cristo en el cielo.

Fraternalmente en Cristo,

Charles F. Stanley

P.D. Me gustaría aprovechar esta oportunidad para desearle una feliz Semana Santa. Pido a Dios que se sienta animado sabiendo que, gracias a que Cristo venció el pecado y la muerte, tenemos una esperanza viva que nunca perecerá.


¿Qué ocurre con mis anotaciones?
Color de fondo:
Claro
Aa
Oscuro
Aa
Tamaño de letra:
A
A
A