agosto 2019

Del corazón del pastor

Cada situación que ejercita su paciencia es una oportunidad que Dios le ha dado para elegir la bondad en lugar de la dureza.

por Charles F Stanley

Nuestra sociedad se enfoca mucho en las apariencias externas, lo que puede hacer que con facilidad subestimemos o pasemos por alto las cualidades internas del carácter de una persona. Sin embargo, la belleza exterior se desvanece con la edad, pero un carácter piadoso se vuelve más atractivo con el tiempo. Aunque todos hemos escuchado el dicho “La belleza es solo superficial”, en realidad, la belleza genuina es mucho más profunda que la piel porque es la cualidad interna de un carácter semejante a Cristo producido por Dios en la vida de sus hijos.

La amabilidad es una de esas características que todo creyente debe tener porque refleja a Dios. Por eso se nos dice: “Nunca se aparten de ti la misericordia y la verdad; átalas a tu cuello, escríbelas en la tabla de tu corazón; y hallarás gracia y buena opinión ante los ojos de Dios y de los hombres” (Pr 3.3, 4). Mostrar bondad en todas las relaciones es importante, y cuando se trata de que la iglesia sea un ejemplo en la comunidad, tiene un papel especial: llevar a otros a Cristo, y que “vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5.16).

La voluntad de Dios es que seamos amables, de manera que lo primero que debemos entender es qué es la amabilidad. La amabilidad incluye gentileza, ternura, consideración, paciencia y compasión, lo cual se demuestra al ser sensibles y ayudar a los demás. La amabilidad no es egoísta y no espera nada a cambio. Es lo opuesto a ser brusco, amargado, impaciente, grosero, demandante, implacable o fácil de enojar.

El contraste es sorprendente, ¿no? ¿Qué describe con mayor detalle su interacción con los miembros de su familia, compañeros de trabajo, vecinos, camareros, empleados de tiendas o desconocidos? Esta es una pregunta desafiante y aleccionadora, pero una que los creyentes debemos considerar con seriedad.

Aunque algunas personas piensen que la bondad es un signo de debilidad, a menudo requiere una gran fuerza y autocontrol. Por ejemplo, ¿es más fácil para usted ser amable con quien le maltrata o arremeter contra él? Creo que la respuesta es obvia. Por eso siempre es bueno recordar las palabras de Cristo cuando se enfrenta a personas difíciles, “Y como queréis que hagan los hombres con vosotros, así también haced vosotros con ellos” y “Amad, pues, a vuestros enemigos” (Lc 6.31, 35). ¿Por qué Dios nos pediría hacer esto? Porque Dios mismo “es benigno para con los ingratos y malos” (v. 35).

Por tanto, nuestro segundo paso debe ser mirar la bondad de Dios como un ejemplo a seguir. La salvación es la demostración más grande de la bondad de Dios para con los que hemos creído en Él, pero el Salmo 145.17 dice: “Justo es Jehová en todos sus caminos, y misericordioso en todas sus obras”, incluso para aquellos que no lo conocen. Las riquezas de su bondad, tolerancia y paciencia están destinadas a llevar a la gente al arrepentimiento, pero aquellos que insisten en desobedecerlo, y no se arrepienten pierden su bondad y acumulan ira para el día del juicio (Ro 2.4, 5).

A diferencia de Dios, no es trabajo nuestro decidir quién debe ser o no castigado. No solo debemos amar a los hermanos de la iglesia, sino también a los que están fuera de ella. Esas personas necesitan el evangelio y la iglesia debe ser un lugar de hospitalidad para ellas. Nuestra responsabilidad no es solo hablarles acerca de Cristo, sino mostrar un comportamiento semejante al de Él. Nuestro discurso siempre debe ser sensible y amable (Col 4.5, 6).

En tercer lugar, tenemos que aprender a expresar bondad. Cuando tenía cinco años aprendí una valiosa lección sobre la importancia de las palabras amables después de decirle algo malo a mi madre. En lugar de castigarme, lo cual era lo que merecía, ella citó con calma Proverbios 15.1, diciendo: “Charles, la respuesta amable calma el enojo”. Esa es una verdad que todos debemos aprender en nuestra comunicación con otros, ya sea en el hogar, el lugar de trabajo o la sociedad en general.

La otra forma en que expresamos bondad es a través de nuestras acciones al estar alertas para encontrar formas de ayudar a los demás, incluso si tenemos que sacrificar tiempo o sufrir inconveniencias. Además de los actos de bondad, las iglesias demuestran el amor de Cristo cuando sirven a sus vecindarios o escuelas circundantes. Existe una gran variedad de formas en las que podemos ser bondadosos.

En cuarto lugar, es vital que entendamos cómo se produce en nosotros una bondad semejante a la de Cristo. Puesto que este es un aspecto del fruto del Espíritu, es algo que no podemos producir por nosotros mismos (Ga 5.22, 23). Sin embargo, somos responsables de sustituir las actitudes de nuestra antigua forma de vida por las características de Cristo a través del poder del Espíritu (Ef 4.22-24). No podemos excusarnos diciendo: “Bueno, ser amable no es algo natural en mí”. Por supuesto que no lo es. No somos llamados a hacer lo que es natural sino a ser transformados en una persona que refleje la naturaleza de Cristo (Col 3.12, 13).

Si le resulta difícil ser amable, ya sea con un creyente o con alguien que no conoce a Jesucristo, pídale al Señor que cambie la forma en que responde. Cada situación que ejercita su paciencia es una oportunidad que Dios le ha dado para elegir la bondad en lugar de la dureza. Preste atención no solo a lo que dice, sino a cómo lo dice. Recuerde que ser amable no es solo una buena opción, es un mandato del Señor quien le ha demostrado a usted una bondad extraordinaria.

En oración por usted,

Charles F. Stanley

P.D. ¿Alguna vez ha tratado de enumerar todas las maneras en que Dios ha sido bondadoso con usted? Sin importar lo larga que sea la lista, puedo asegurarle que es solo la punta del iceberg. Qué alegría tan grande será estar juntos en el cielo como una sola Iglesia para alabar y agradecer al Señor por su infinita bondad hacia todos los que hemos creído en Jesucristo para salvación.


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