diciembre 2018

Del corazón del pastor

Cristo vino la primera vez como un pequeño bebé que puso en marcha todo este plan de redención.

por Charles F Stanley

La temporada navideña está tan llena de actividades que la vida a menudo se vuelve apresurada. A veces las celebraciones terminan antes de que tengamos tiempo de apreciar lo que significan. Las compras, los preparativos, las fiestas y las actividades pueden dejarnos agotados física, emocional y espiritualmente.

Entonces, antes de adentrarnos demasiado en las festividades, hagamos una pausa y echemos un vistazo a este maravilloso evento al que llamamos Navidad. Piense en ello como una invitación de Dios, entregada por su Hijo, que ofrece salvación a la humanidad. Vino envuelto en pañales y no en un colorido papel de regalos, y fue colocado en un pesebre y no debajo de un árbol de Navidad decorado. Este bebé, que parecía tan pequeño e indefenso, fue el único que pudo rescatar a la humanidad de la destrucción eterna por medio de un proceso llamado redención.

Redimir significa comprar algo de vuelta. Por ejemplo, supongamos que usted encuentra una antigua reliquia familiar en una casa de empeños y reconoce que una vez le perteneció a su abuelo. De inmediato la volvería a comprar para mantenerla en la familia. De la misma manera, Dios nos creo a su imagen, pero cuando Adán y Eva se rebelaron contra Él y cayeron en pecado, toda la humanidad se convirtió en esclava del pecado. Jesucristo dijo: “Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado” (Jn 8.34).

Lo que necesitamos es un Redentor que pueda y esté dispuesto a pagar el precio que sea necesario. Pero ¿quién determina el precio? Desde que Adán y Eva desobedecieron a Dios, es Él quien debe recibir el pago por la redención de la humanidad. Dios claramente advirtió a Adán y Eva que el castigo por comer del fruto del árbol prohibido no era solo la muerte física sino también la muerte espiritual y el castigo eterno. Y el precio de Dios por el pecado es sangre limpia de pecado; “Y la misma sangre hará expiación de la persona” (Lv 17.11).

El Redentor tenía que ser alguien que pudiera cumplir la ley de Dios con una vida obediente y sin pecado, y debía estar dispuesto a pagar la pena al morir y recibir sobre sí la ira de Dios por los pecados de la humanidad caída, por medio del derramamiento de su sangre perfecta como pago por nuestros pecados. Ningún ser humano común y corriente podría hacerlo porque todos somos pecadores, y no somos capaces de soportar la ira de Dios por todos los demás.

Dios Hijo se hizo hombre y vino al mundo como bebé.

Pero “la gracia de Dios ha aparecido” en la encarnación (Tit 2.11). Dios Hijo se hizo hombre y vino al mundo como bebé. Él fue el único que pudo redimir a la humanidad caída porque era tanto Dios como ser humano por completo. Nunca pecó y de manera voluntaria fue a la cruz para pagar la pena que merecíamos por el pecado.

Ahora consideremos lo que hizo su redención por nosotros de acuerdo con Tito 2.11-14. En primer lugar, trajo el perdón. “Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres” (v. 11). Gracias a que el Señor vivió sin cometer pecado y pagó el precio de nuestra redención con su muerte, ahora el Padre celestial puede ofrecer el perdón de los pecados a todos los que creen en su Hijo y confían en su sacrificio.

Segundo, la redención de Cristo nos purifica. Jesucristo “se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio” (v. 14). Dios no solo nos hizo puros imputándonos la justicia de Cristo, sino que nos dio su gracia y su Espíritu para que podamos vivir “renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, [y así] vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente” (v. 12). La verdadera salvación resulta en una vida cada vez más pura.

Tercero, Cristo nos hizo “para sí un pueblo propio” (v. 14). Cuando nos sacó de la esclavitud del pecado con su sangre preciosa, no nos liberó para hacer lo que quisiéramos; sino para convertirnos en su posesión amada; por tanto, nuestro gozo y anhelo deben ser obedecerlo y vivir para Él. Aunque ahora somos sus esclavos, también somos parte de la familia de Dios y herederos de una herencia que nos espera en el cielo.

Cuarto, Cristo nos redimió para ser un pueblo “celoso de buenas obras” (v. 14). No para sentarnos y tomárnoslo con calma. La vida de fe implica servicio. Estamos llamados a amarnos y cuidarnos los unos a los otros, y proclamar el evangelio a quienes no conocen a Cristo como Salvador y Señor. Cuando Cristo ascendió al cielo, nos encomendó continuar su trabajo.

Finalmente, hay una redención que está por venir. Aunque nuestra alma fue redimida, todavía vivimos en cuerpos pecaminosos y la creación sigue bajo una maldición, pero cuando Cristo regrese todo eso cambiará. La creación será liberada de su esclavitud y en la resurrección nuestros cuerpos serán redimidos, libres para siempre del pecado y de la muerte (Ro 8.18-23). Pero por ahora, estamos “aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo” (Tit 2.13).

Cristo vino la primera vez como un pequeño bebé que puso en marcha todo este plan de redención. Al igual que una reliquia familiar en la casa de empeños, fuimos separados de nuestro Padre celestial por causa de nuestro pecado. Pero el Señor Jesucristo nos compró y nos reconcilió con el Padre. Ahora hemos recibido las bendiciones de esa redención y la promesa de un futuro glorioso con Él.

Fraternalmente en Cristo,

Charles F. Stanley

P.D. Todos en Ministerios En Contacto le deseamos una feliz Navidad. Que el regalo de Dios, su Hijo Jesucristo, enriquezca su vida durante esta temporada y durante el próximo año.


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