julio 2019

Del corazón del pastor

El ejemplo que debemos seguir es el de nuestro Señor Jesucristo.

por Charles F Stanley

Cuando la Biblia dice que Dios ama al mundo, no significa al planeta, sino a la gente. Aunque nuestro planeta es hermoso y maravilloso, el propósito del Señor al crearlo fue proporcionar un lugar en el que habitara la humanidad. Su interés en la humanidad se demuestra a lo largo de la Biblia. De hecho, las Sagradas Escrituras podrían llamarse la historia de Dios y su redención de la humanidad. Dado que el Señor ama y cuida a las personas, ¿no deberían ser ellas también una prioridad para nosotros? Fuimos creados para relacionarnos con Dios y entre nosotros. Además, la Biblia está llena de instrucciones en cuanto a cómo tratarnos los unos a los otros. Para cultivar buenas relaciones debemos ser compasivos, amables, humildes, atentos, pacientes, tolerantes y perdonadores (Col 3.12, 13).

El ejemplo que debemos seguir es el de nuestro Señor Jesucristo. Él nos amó lo suficiente como para dejar el cielo, tomar forma humana, ministrar a las personas necesitadas y heridas, y así morir para pagar la pena por nuestros pecados una vez que hemos creído en Él y hemos sido perdonados y reconciliados con Dios. Y, antes de ascender de nuevo al cielo, les dijo a sus seguidores que proclamaran el evangelio, hicieran discípulos y les enseñaran a obedecerlo (Mt 28.19, 20).

Aunque su orden es clara, a veces nos obsesionamos en cómo hacerlo de manera efectiva. Parece demasiado abrumador, y tratar con las personas a veces puede ser muy difícil. Sin embargo, no podemos huir para escondernos de los demás. La iglesia no puede funcionar sin buenas relaciones entre sus miembros, y también necesitamos saber cómo interactuar con aquellos que no conocen al Salvador. Nuestro objetivo siempre debe ser ayudar a los demás presentándoles a Jesucristo, o alentarles a crecer en su relación con Él. En otras palabras, queremos que Dios nos use para edificar espiritualmente a la gente. Pero, ¿cómo hacemos esto?

En primer lugar, debemos reconocer la condición de la persona con la que tratamos. Cuando el Señor interactuaba con la gente, no actuaba de la misma manera con todas las personas. Por ejemplo, Nicodemo era un fariseo religioso que necesitaba entender que no podía ir al cielo; por eso Cristo le explicó las verdades espirituales (Jn 3.1-21). Sin embargo, su acercamiento al hombre poseído por demonios en Marcos 5.1-20 fue muy diferente. La necesidad inmediata de este hombre era la liberación. Sin esta, nada de lo que el Señor hubiera dicho o hecho habría tenido efecto en él.

Aunque no somos omniscientes como Cristo y no podemos conocer el corazón o los pensamientos de las personas, tenemos la guía de la Palabra de Dios y al Espíritu Santo para ayudarnos al hablar con las personas. Es obvio que la principal necesidad de un incrédulo es la salvación, pero a veces tenemos que abordar una necesidad física o material más inmediata antes de que escuchen el evangelio.

Cuando entablamos relaciones en la iglesia, también es de ayuda discernir la condición espiritual de los creyentes. ¿Se trata de un nuevo cristiano al que le vendría bien recibir aliento; o de alguien que ha caído en pecado y necesita restauración, o es un creyente más maduro que necesita ser desafiado con verdades más profundas de las Sagradas Escrituras? La condición espiritual, además de las necesidades físicas, debe ayudarnos a determinar cómo nos tratamos los unos a los otros.

En segundo lugar, debemos darnos cuenta del poder de Cristo para transformar una vida. Desde una perspectiva humana, podemos sentirnos tentados a pensar que algunas personas no tienen esperanza. Esta fue la opinión de quienes vivían cerca del endemoniado incontrolable. Se sorprendieron al verlo vestido, sentado y cuerdo debido a lo que el Señor había hecho por él (Mc 5.15). En lugar de mirar con impotencia la condición humana, necesitamos mirar a Cristo, quien tiene el poder de transformar vidas, y hacer de la iglesia un lugar en donde nadie pierda la esperanza.

Siempre debemos recordar que no somos nosotros los que cambiamos a las personas. Nuestro trabajo es demostrar el amor de Cristo y predicar la verdad de la Palabra de Dios. Si empezamos a pensar que somos nosotros los que provocamos el cambio, entonces le hemos robado la gloria a Cristo. No somos más que los recipientes de barro que Dios usa para cumplir sus propósitos (2 Co 4.7). Nuestro trabajo es obedecer a Dios y dejar las consecuencias en sus manos.

En tercer lugar, debemos acudir a la persona. Cuando el Señor ministraba a la gente, a menudo era de manera personal (Mt 8.3, 15). Mucho ha cambiado desde el primer siglo, y existen más medios para evangelizar y discipular. Sin embargo, en una era de textos impersonales, correos electrónicos y redes sociales, no debemos olvidar el valor del contacto personal. Es imposible leer las expresiones faciales, el lenguaje corporal o actitudes a menos que estemos cara a cara con la persona.

En cuarto lugar, debemos prepararnos para ayudar. Es posible que haya escuchado el dicho: “No puedes dar lo que no tienes”. Esto también es cierto con respecto a los asuntos espirituales. Si descuidamos nuestro propio crecimiento espiritual, ¿cómo podremos ayudar a otros con el suyo (Mt 7.4, 5)? Sería como un ciego guiando a otro ciego. Nuestro crecimiento espiritual no es solo un asunto personal, si no estamos madurando en la fe, estamos privando al Cuerpo de Cristo de la sabiduría que podríamos haber ofrecido. En cambio, si estamos creciendo en la gracia y el conocimiento de Cristo, Él nos usará para ayudar a otros a crecer también.

Las personas que le rodean son un regalo de Dios, y Él quiere que usted sea una bendición para ellas. Por tanto, me gustaría alentarle a aprovechar al máximo cada oportunidad para que pueda ser “instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra” (2 Ti 2.21).

En oración por usted,

Charles F. Stanley

P.D. Al celebrar el Día de la Independencia de nuestra nación, tómese el tiempo para dar gracias a Dios por las bendiciones que le ha dado a lo largo de los años. Aunque a menudo nos centramos en lo que está mal en nuestro país, todavía hay mucho que apreciar, en especial el hecho de que todavía podemos reunirnos con libertad para adorar a nuestro Señor.


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