octubre 2019

Del corazón del pastor

La generosidad comienza entregándonos primero al Señor.

por Charles F Stanley

Cuando era niño, mi madre ganaba muy poco dinero, el cual tenía que estirar para poder cubrir nuestras necesidades básicas: comida, ropa y vivienda. Por eso no podía entender su generosidad. Cuando venían niños pidiendo algo para comer, siempre compartía lo que teníamos, incluso si era solo una rebanada de pan. Recuerdo haber pensado que, si seguía regalando nuestra comida, no tendríamos suficiente para comer, aunque siempre tuvimos.

A esa temprana edad, no sabía nada acerca de la seguridad que daba ser generoso. Para aquellos de nosotros que hemos confiado en Jesucristo como Señor y Salvador, no tenemos motivos para temer que compartir lo que tenemos resulte en algún tipo de privación personal. Tenemos un Padre celestial amoroso que está comprometido a cuidar de sus hijos, para que nunca tengamos que preocuparnos o tener miedo.

Sin embargo, vivimos en un mundo que no conoce a Dios como Padre, donde las personas a menudo tienen una forma diferente de ver la vida y se quedan atrapados en una mentalidad que dice: “Consigue todo lo que puedas y guárdatelo”. Además, todos nacemos con una naturaleza pecaminosa y egocéntrica. Es natural cuidarnos. Pero como cristianos, estamos llamados a pensar conforme a la Biblia y a rechazar las filosofías mundanas que nos alejan de Dios. Por eso es tan importante la generosidad; pues nos reta a pensar y a actuar en contra de las creencias del mundo y a confiar en lo que el Señor dice en su Palabra.

Primero, debemos ser generosos porque Dios es generoso. “Él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas” (Hch 17.25). Dios no tiene nada de tacaño. Cuando creó la Tierra, colocó en ella todo lo que necesitamos para vivir y disfrutar. Además, las Sagradas Escrituras dicen que Dios está lleno de misericordia, verdad, consuelo, conocimiento, sabiduría y poder. Pero su mayor expresión de generosidad está en la salvación de aquellos que recurren a su Hijo Jesucristo para liberarse del pecado. El apóstol Pablo dice que nuestra salvación es “según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar” (Ef 1.7,8). Nosotros, como hijos de ese mismo Padre, también deberíamos ser generosos, e incluso, dar a nuestros enemigos, “no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque él es benigno para con los ingratos y malos” (Lc 6.35).

En segundo lugar, podemos ser generosos porque Dios es nuestra suficiencia. Nuestra esperanza no está en la incertidumbre de las riquezas, sino en el Señor, quien nos provee de todas las cosas para que las disfrutemos (1 Ti 6.17). Una vez que esta verdad es nuestra premisa, no hay razón para aferrarse a las riquezas o a las posesiones. Por el contrario, Dios nos libera y quiere que sus hijos “hagan bien, que sean ricos en buenas obras, dadivosos, generosos” (v. 18).

En su carta a los Corintios, el apóstol Pablo enfatiza aún más la suficiencia de Dios con esta sorprendente promesa: “Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra” (2 Co 9.8). Observe cómo describe el compromiso del Señor con aquellos que son generosos. Nunca debemos dejar que nuestros temores apaguen la generosidad y la fe en la promesa que Dios ha hecho de proveer.

En tercer lugar, debemos ser generosos porque los caminos de Dios son los mejores. Aunque el mundo promueve la acumulación de riquezas, las verdaderas riquezas no se miden por la abundancia material, sino por las riquezas espirituales. Proverbios 11.24-28 expresa este contraste con dos tipos diferentes de agricultores. Uno esparce su semilla para producir una cosecha que alimente a muchos, mientras que el otro agricultor acapara su grano con la esperanza de aumentar el precio para obtener mayores ganancias. Pero Dios dice: “El que confía en sus riquezas caerá; mas los justos reverdecerán como ramas” (v. 28).

En cuarto lugar, Dios usa la generosidad para conformarnos a la imagen de Cristo. La generosidad nos aleja del amor al mundo y sus placeres; y nos libera para servir a Cristo, quien nos advirtió que nadie puede servir a dos señores —Dios y las riquezas—, porque aborrecerá a uno y amará al otro (Mt 6.24).

Nuestra generosidad contribuye al ministerio y la misión de la Iglesia al mostrar a un mundo que nos observa el amor de Cristo y su poder para cambiarnos. Cuando las comunidades cristianas se cuidan unas a otras, así como a los que están fuera de los muros de la iglesia, demuestran la naturaleza generosa y compasiva de Dios y le traen gloria: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5.16).

La generosidad es un estilo de vida desinteresado que se centra en Dios y en los demás. Al contrario de lo que dice el mundo, hay más alegría en dar con el corazón correcto que en acumular más para nosotros mismos.

Mi madre sabía que la generosidad no es solo para los ricos, sino que debería ser la actitud y la práctica de todos. Ella veía las necesidades de quienes la rodeaban como una oportunidad para servir al Señor, no como una amenaza para su seguridad económica. La generosidad comienza entregándonos primero al Señor, confiando en que Él proveerá mientras abrimos nuestras manos y corazones para compartir lo que tenemos con los demás.

En oración por usted,

Charles F. Stanley

P.D. En muchos sentidos, los cristianos estamos llamados a vivir de forma contracultural, en especial cuando se trata de generosidad. Por eso es aconsejable analizar si nos estamos dejando influenciar por las maravillosas promesas de Dios, o por las filosofías del mundo. Las verdades de Dios son eternas y esperan ser descubiertas.


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