septiembre 2019

Del corazón del pastor

Cristo no nos ha dejado aquí solo para pasar el tiempo.

por Charles F Stanley

Sin duda, habrá escuchado sermones y cantado himnos acerca del reino de Dios. De hecho, cada vez que recita el Padrenuestro, le pide a Dios que venga su reino. Pero ¿qué quiso decir Cristo con estas palabras? Puesto que hoy hablamos de naciones y países, el concepto de un reino puede parecernos extraño y, sin embargo, se habla de él en toda la Biblia.

Por ejemplo, tanto Juan el Bautista como Jesucristo comenzaron sus ministerios diciendo: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mt 3.2; 4.17). Pero cuando los fariseos cuestionaron a Cristo, en cuanto a cuándo vendría el reino de Dios, el Señor dijo: “El reino de Dios no vendrá con advertencia, ni dirán: Helo aquí, o helo allí; porque he aquí el reino de Dios está entre vosotros” (Lc 17.20, 21). Sin embargo, algunos capítulos más tarde, describió ciertas señales y dijo: “Cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios” (v. 21.31).

No es de extrañar que haya tanta confusión acerca de este tema. Por lo tanto, para obtener una comprensión precisa, debemos responder a cuatro preguntas básicas. Primero, ¿qué es el reino de Dios? La palabra reino se refiere tanto al territorio como a la autoridad gobernadora de Dios. Aunque Él es el Soberano Gobernante sobre todo lo que existe tanto en los cielos como en la tierra, hay un reino específico en el cual reina sobre los que son parte de su reino (Sal 46.2-6).

Cuando el Señor dijo que el reino de Dios estaba cerca y en medio de ellos, estaba anunciando que Él, el Rey, estaba ahora en la Tierra. Aunque fue rechazado por los judíos y crucificado por los romanos, su reino no había fracasado, sino que estaba establecido en los corazones de aquellos que creían en Él.

En la actualidad, hay dos reinos espirituales operando en este mundo: el reino de las tinieblas y el reino del Hijo de Dios (Col 1.13). Los que están en el reino de las tinieblas están atados al pecado y viven bajo la autoridad de Satanás. Este es el dominio en el que todo ser humano nace porque todos somos pecadores. Pero Dios puso en marcha un plan por medio de su Hijo para rescatar a aquellos en la oscuridad y transferirlos a su reino.

Esto nos conduce a la segunda pregunta: ¿Cómo se entra al reino de Dios? Jesucristo vino para cargar con los pecados de la humanidad en la cruz y sufrir el castigo que estaba reservado para nosotros, para que todos aquellos que confiemos en su muerte como pago por nuestros pecados podamos ser perdonados. En ese momento, cada creyente es arrebatado del reino de la oscuridad y transferido al reino de Dios.

Cristo lo explicó de esta manera: “el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Jn 3.3). Estaba hablando de la regeneración que opera el Espíritu Santo en el momento de la salvación.

En nuestra condición pecaminosa no somos aptos para el reino de Dios; por tanto, debemos convertirnos en nuevas criaturas con nuevos corazones y nuevos espíritus. Al ser ya nuevas criaturas, junto con los creyentes de todo el mundo y de todas las épocas, nos convertimos en el pueblo de este reino de la luz y formamos lo que llamamos “la iglesia universal”.

La tercera pregunta es la siguiente: una vez que nos convertimos en ciudadanos, ¿cómo debemos participar en este reino? Aunque vivimos en la Tierra, nuestra ciudadanía está en el cielo. Este mundo no es nuestro hogar, por lo que no debemos adoptar los valores y las prácticas del dominio de la oscuridad. Nuestro Rey es Cristo, y Él nos dijo: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mt 6.33). Lo logramos al someternos a su autoridad, vivir de acuerdo con los principios bíblicos, y crecer en nuestro amor y conocimiento de Él. Como pueblo de Dios, nuestra esperanza no está en esta vida sino en una herencia imperecedera reservada para nosotros en el cielo (1 P 1.3, 4).

La cuarta pregunta es ¿Cuál es nuestra responsabilidad para con los que están fuera del reino? Cristo no nos ha dejado aquí solo para pasar el tiempo hasta que podamos entrar al cielo. Nuestro Rey nos encomendó proclamar un mensaje específico (Mt 28.19, 20). A medida que llevamos el evangelio de la salvación al mundo, uno por uno, Dios agrega a su reino aquellos que han de ser salvos. Nuestro trabajo es señalar el camino diciéndoles lo que el Señor Jesucristo hizo para cerrar la brecha del pecado entre el hombre y Dios.

Parte del plan de Dios es que hagamos discípulos para poblar su reino, pero en última instancia es su obra. No tenemos poder para salvar a nadie, pero sí tenemos la verdad, que Dios usa para abrir mentes y corazones de las personas de manera que puedan creer en Cristo. Nuestra responsabilidad es ser fieles y aprovechar cada oportunidad que Dios nos brinde para mostrar su amor contando a los demás cómo ser ciudadanos de este reino glorioso.

Justo ahora vivimos en la era de la gracia en la cual Dios llama cada vez a más personas a su reino. Aunque en la actualidad este es un reino espiritual, algún día llegará a ser un reino físico cuando Cristo regrese para establecer su reino glorioso en la Tierra. Esto es lo que le pedimos a Dios que haga cada vez que decimos: “Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra” (Mt 6.10). Llegará el día en que el reino de este mundo se convierta en el reino “de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos” (Ap 11.15). Hasta entonces, seamos fieles.

En oración por usted,

Charles F. Stanley

P.D. Le doy gracias a Dios por hermanos en la fe como usted. Es mi anhelo que tanto Ministerios En Contacto como la Palabra de Dios le sean de bendición. Juntos somos parte del glorioso reino de Dios, lo cual debe servirnos de consuelo. A pesar de que la vida pueda ser difícil en este momento, nuestro futuro reino se acerca y todo será como debe ser.


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