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Granja Moulton, parque nacional del Grand Teton, Wyoming. Fotografía por Charles F. Stanley.
Meditación diaria

El gran abismo

Solo al estar revestidos de la justicia de Cristo podemos presentarnos delante de un Dios santo.

Isaías 55.8, 9

Al pensar en Cristo como nuestro puente hacia Dios, es natural preguntarse qué creó la brecha entre nosotros y el Padre celestial.

La Biblia muestra la santidad de Dios de manera vívida. Él es el “Altísimo”, descrito como “alto y sublime” (Sal 9.2; Is 6.1), y declara: “Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos” (Is 55.9). Esto no habla solo de distancia física, sino de la infinita diferencia entre su perfecta santidad y nuestra naturaleza pecaminosa.

Moisés lo vivió en la zarza ardiente, cuando Dios le advirtió que no se acercara demasiado (Ex 3.5). Más tarde, al construirse el tabernáculo, solo el sumo sacerdote podía entrar al Lugar Santísimo una vez al año, en el Día de la Expiación (He 9.7). El mensaje era claro: la humanidad pecadora no puede acercarse a un Dios santo y sobrevivir. La Biblia incluso lo describe como “fuego consumidor” y Aquel que habita en “luz inaccesible” (Dt 4.24; 1 Ti 6.16).

¿Por qué vino el Señor? Solo el Hijo de Dios, perfecto y sin pecado, podía acercarse al Padre y permanecer en su presencia. En Cristo, nosotros también podemos experimentar esa intimidad, no por nuestra propia santidad, sino porque Él nos revistió con su justicia y nos condujo de manera segura al otro lado.

BIBLIA EN UN AÑO: ESDRAS 5-7