Contentamiento y generosidad

Ya sea que tengamos poco o mucho, la medida de nuestra fe está en cuánto confiamos en Aquel que lo provee todo.

Mis padres son las personas más generosas que conozco. Han regalado automóviles, comida y montones de ropa nueva a personas necesitadas. Han dado de su escaso tiempo y dinero para ayudar económicamente a otros que están pasando por algún tipo de necesidad. Cuando yo era niño, hubo temporadas en las que mi padre no aceptó recibir su salario, porque la iglesia que pastoreaba estaba teniendo dificultad para pagar las cuentas. Pero siempre tuvimos comida en la mesa, y nunca nos faltó nada.

Ahora que soy padre, entiendo las presiones que papá y mamá experimentaron; sin embargo, nunca dejaron de sonreír. En nuestro hogar no había un ambiente sombrío. Cada vez que le preguntaba a mi padre en cuanto a la falta de dinero, él decía: “Dios es el dueño de todo, Winn, y se ocupará de nosotros”.

Mis padres no se aferraban a lo que tenían —lo daban generosamente con alegría porque tenían la convicción de que siempre habría suficiente. Sabían que Dios es un Dios de abundancia. Creían que Él respondía con rapidez a cualquier necesidad, y que daba a todo el mundo con generosidad.

Sin embargo, no todos somos así. Algunas veces, adoptamos la perspectiva contraria, pensando que Dios nos priva de bendiciones, por lo que tratamos de arreglárnoslas ocupándonos de nuestra propia existencia y aferrándonos a lo que tenemos (energías, dinero, tiempo, reputación, posesiones).

Pero, si por el contrario, permitimos que la perspectiva del generoso reino de Dios moldee nuestra vida, nos resultará fácil desprendernos de lo material. Como dice un maestro que conozco: “La escasez es la mentira; la abundancia es la verdad”.

Esta actitud requiere fortaleza y determinación. Exige una vena de atrevida confianza. En las Sagradas Escrituras, los niños son normalmente presentados como confiados y generosos. (Recordemos que fue un niño quien dio al Señor sus panes y sus peces). Jesús dijo que los niños son el ejemplo de la confianza sencilla que exige el reino de Dios. Ellos demuestran egoísmo con frecuencia, por supuesto, pero parecen tener la capacidad de liberarse del mismo con más rapidez que los adultos y confiar más fácilmente.

Por haber visto la generosidad de nuestro padre, mi hermana Vonda decidió que le quería hacer un regalo a Dios, algo que le resultara muy costoso, y que requiriera mucha fe. Siendo aún pequeña, a Vonda le importaba muy poco el dinero; sin embargo, la goma de mascar era como el oro para ella. Un domingo, con firme resolución, llevó su preciada caja de goma de mascar a la iglesia. Después del servicio, Vonda caminó hacia el pastor, sacó solemnemente su tesoro del bolsillo, y lo puso en la mano del pastor. Hasta la viuda con sus dos moneditas de cobre pudo haber quedado sin habla al ver aquello.

Meses más tarde (que deben haber parecido décadas en la mente de una niña de cuatro años), nuestra familia se encontraba en Saint Augustine, Florida, visitando los terrenos de una misión de nuestra iglesia. Dentro de la vieja capilla mi hermana le preguntó a papá si sabía lo que el Señor Jesús había hecho con la goma de mascar. ¿Si se la había comido?

Pero un detalle muy importante de la historia es que horas después de que mi hermanita hiciera entrega de su generosa ofrenda al pastor, una mujer visitó nuestra casa. Cuando mi mamá salió a verla, la mujer le entregó una bolsa. “Yo estaba en el supermercado”, dijo, “y recordé cuánto le gusta a Vonda la goma de mascar. Pensé que le gustaría tener esto”. En la bolsa había una caja de goma de mascar para mi hermana.

Usted pudiera decir que esto solo fue una coincidencia. Sin embargo, la verdad es que aunque Dios no es una máquina de chicles, lo puedo imaginar sonriendo de oreja a oreja mientras Vonda sepultaba sus manos en los montones de chicles. Mi hermana descubrió, tal vez de la manera que solamente un niño puede hacerlo, que Dios es el dueño de todo, y que siempre se ocupará de nosotros.

La experiencia de mi hermana refleja la enseñanza de Jesús acerca de Dios: ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si pide un pescado, le dará una serpiente? ¡No, eso sería una locura! Aun con todos sus errores, usted anhela darle cosas buenas a sus hijos, ¿no es cierto? ¿Puede imaginar cuánto más está el Padre celestial deseoso de darle a usted?

Cuando reconocemos la generosidad de Dios, y creemos que Él proveerá para nuestras necesidades, somos liberados para tener una actitud libre de ansiedad: Una de contentamiento. Las personas que tienen contentamiento confían en la abundancia, la bondad y la provisión de Dios. Cuando entendemos que Él es generoso desde el principio hasta el final, podemos vivir libres de tensiones mientras esperamos sus abundantes regalos, tanto para nosotros como para los demás. Porque tenemos fe en Dios, ya sea que estemos nadando en la abundancia o teniendo escasamente víveres para preparar una sola comida, tendremos contentamiento en ambos casos (Vea 1 Ti 6.8).

Contentamiento no significa que aceptemos injusticias, o que no hagamos nada para salir de una situación inaceptable. El contentamiento no implica una existencia cruzada de brazos. Pero sí una manera de vivir que demuestre que confiamos en Dios más de lo que confiamos en nuestras circunstancias. Significa que nos aferramos a la verdad de que Dios conoce los apuros de nuestra vida, y que nos permitimos recibir la paz que viene cuando se sabe que Él es el dueño de todo lo que necesitamos. El contentamiento consiste en reconocer que con Dios, siempre tenemos suficiente gracia, amor, esperanza, dinero y afecto.

En un largo viaje por carretera que hizo nuestra familia en unas navidades hace varios años, nos vimos atrapados en una tormenta de nieve. Pasamos dos horas totalmente detenidos en una autopista, mientras que unas grúas sacaban a cuatro camiones de transporte pesado de una zanja. Nuestros niños se pusieron inquietos y comenzaron a pelearse por los libros y por los juegos que habían traído. Inventaron preguntas que, de algún modo, incluían múltiples intercambios de dinero que habían recibido en la Navidad. Las discusiones se hicieron cada vez mayores, hasta que mi esposa le puso fin a la pelea. “Chicos”, les dijo, “la única pregunta que necesitan hacerse es ésta: “Ahora mismo, en este momento, ¿tengo suficiente?”

“De su plenitud [de Jesús]”, dice el apóstol Juan, “todos hemos recibido gracia sobre gracia” (Jn 1.16 NVI). Los regalos que el Señor Jesús da no son para unos pocos privilegiados; son para todos. El pozo de Dios nunca se agota; se derrama con generosidad. Y porque Dios es el dueño de todo, y porque su inmenso corazón rebosa de generosidad, hemos sido liberados para vivir bien, y para amar a los demás.

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