La mesa de un Padre

Ya sea que se haga en la Cena del Señor o en el comedor de nuestro hogar, partir el pan tiene que ver con la santidad que hay en y alrededor de nosotros.

No guardo muchos recuerdos de mi infancia comiendo con mi familia a la mesa. Mi padre ya nos había dejado antes de que comenzaran mis recuerdos, y el padrastro que vino después estaba ausente con frecuencia, ya fuera trabajando lejos de casa o viendo TV en otra habitación. Es tal vez por esto que mis hijos tienen un padre que insiste en que comamos juntos siempre que sea posible.

Por esa razón insisto siempre que cada uno de ellos permanezca en la mesa hasta que la comida y la conversación terminen. Algunas veces, especialmente cuando las actividades y las distracciones han estado presionándonos más de lo normal, se quejan de mi norma. Pero es cuando somos halados en direcciones diferentes, que soy más insistente. El mundo está amenazando constantemente con separar a nuestras familias, y muchas veces nosotros cooperamos con él.

Tal vez vi muchos episodios de La pequeña casa de la pradera. Los veía con ansias, anhelando poder sentarme a la mesa del comedor de la pequeña cabaña, entre Mary y Laura, y deseando que Pa fuera mi papá. O quizás algo que Dios infundió en nosotros nos atrae al compañerismo de la mesa.

Fue el comer separados, si usted piensa en ello, lo que arruinó a Adán y Eva y, por consiguiente, a nosotros. El engañador le ofreció a Eva la fruta prohibida, y ella decidió comerla sola. Sabemos por la Sagrada Escritura (Gn 3.6) que aunque Adán estaba con ella, no habló. Esto significa literalmente que estaba allí mirando en silencio. ¿Qué habría pasado si hubiera intervenido o si ella hubiera pensando en pedirle su opinión? ¿Qué habría pasado si hubieran reflexionado en cuanto a esta comida juntos, comprometidos como estaban ellos entre sí?

Tal vez nada habría sido diferente; la historia de la humanidad demuestra, una y otra vez, que somos capaces de hacer el mal cuando actuamos de común acuerdo. Cada vez que pienso que las personas deben comer juntas, como una familia, en vez de devorar su comida por separado, pienso en Adán y Eva, divididos por la serpiente y participando de manera individual de lo que debieron haber rechazado juntos.

La serpiente ofreció una comida dividida y esa es precisamente una de las muchas maneras en que nos tienta a desobedecer a nuestro Dios. Cristo se vertió a sí mismo para que nosotros pudiéramos llegar a tener comunión con el Padre. La serpiente nos invita a comer solos de la fruta prohibida, con la falsa promesa de que podemos ser como Dios. Pero Cristo nos invita a que lo comamos a Él, para que podamos llegar a ser uno con Dios.

No es poca cosa que el Señor Jesús instituyera su Cena alrededor de una mesa, invitando a sus discípulos —incluso al que estaba perdido— a participar colectivamente. Él nos pide que busquemos pasar más tiempo con el Padre, pero también entre unos y otros.

Esto es lo que está en mi mente cuando insisto en que mis hijos se sienten juntos a la mesa del comedor. Aunque ellos a veces se exasperan por nuestro ritual, puedo ver que esto les da más que sustento físico. Puedo decir esto por la manera como se sienten atraídos por las historias —los relatos de mi niñez, las anécdotas de sus vidas y de cuentos de hadas que esperan que yo invente en el acto, para ser continuadas durante los próximos días a la hora de comer. A veces, me piden que les cuente historias, y en otras ocasiones son ellos quienes las cuentan; uno de ellos toma la iniciativa de narrar una experiencia que tuvieron juntos, mientras que los otros intervienen cada cierto número de palabras para añadir algún detalle importante o corregir algún error detectado en el relato.

En nuestra mesa consumimos no solamente comida, sino además palabras, por eso no puedo evitar notar el paralelismo con la Santa Cena (o Cena del Señor), en la que nosotros los cristianos comemos no solo pan y vino, sino también la Palabra misma (Jn 1.1-5; 6.56). Los siervos de Dios que forman parte de nuestras vidas imparten bendiciones y oran por nosotros, vierten palabras de gozo y nos dan consejos cuando nos acercamos para ser alimentados por ellos en cuerpo y espíritu.

Lo mismo deseo que ocurra en la mesa de mi hogar. Después de todo, una manera de conducir a estos pequeños a Dios es ayudándolos a ver la santidad en torno nuestro, la santidad que Dios ha puesto dentro de nosotros. Por eso, trato de hacer que nuestro tiempo de la comida sea más santo, más separado de los pecados y las distracciones del mundo.

Puede ser que “santidad” no sea la primera palabra que cruce por su mente si ve a mis cuatro hijos varones comiendo ruidosamente y hablando todos al mismo tiempo, y hasta algunas veces cayéndose de sus sillas. Pero, por otro lado, es posible que así sean las comidas que tendremos en el cielo por la eternidad: abundantes, rodeados por seres queridos y sonrientes por tener un Padre Celestial que desea estar cerca de nosotros y que nos ama más de lo que podemos imaginar.

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