Amor en la ira

Dios nos ama de tal manera que está dispuesto a protegernos, incluso de nosotros mismos.

El supermercado tiene un poder como ninguna otra cosa para alterar la vida de una persona. El ruido, las listas y las colas, además de la posibilidad de que el hijo de uno tome algo o ruegue que le compren algo diferente en cada pasillo, conspiran para hacer de las compras una experiencia miserable para muchos padres. Tengo hijos, por lo que puedo dar testimonio de esto.

Hace poco me encontré con una madre que perdió los estribos luego de ser agobiada por la mayor de sus tres hijos mientras intentaba hacer compras de comida. La madre empujaba el carrito de las compras, tratando de encontrar la leche que necesitaba, mientras que su hija corría en círculos, agarraba cajas, y gritaba por todos lados. La madre explotó y gritó: “¡No! ¡Ya no más! ¡Ya basta! ¡Pórtate bien!” La niña la miró afligida, bajó la mirada y siguió en silencio a su madre por el pasillo, aunque a cierta distancia.

¿Quién conoce la historia de esta pobre mujer? Cualquiera que sea, es indudable que ningún padre en su sano juicio le lanzaría piedras. Sin embargo, la reacción de esta agotada madre ejemplifica la manera en que muchos creemos que se siente y actúa Dios con nosotros. Imaginamos que Dios tiene una paciencia limitada y que se cansa de nosotros. Pensamos que Dios ya no aguanta más nuestra estupidez, ignorancia y rebeldía.

Pero nuestra sospecha carece de fundamento, pues las acciones de Jesucristo nos aseguran que la esencia de Dios es de amor, paciencia y perdón inextinguibles (incomprensibles para la mente humana). Como dice el salmista, Él es “lento para la ira, y grande en misericordia” (Sal 103.8). Jesús se sometió gustosamente a las dificultades de la existencia humana al asumir la carne y la agonía de la cruz, como demostración de la verdad de que el amor divino no tiene límites. Nuestra rebelión no toma a Dios por sorpresa. Por el contrario, es la razón por la que el Señor Jesús vino a nosotros. Nuestra pecaminosidad es la causa por la que tenemos este regalo llamado el evangelio. En otras palabras, Él tiene por segura nuestra manera de ser, y se ocupa de ella con misericordia. Dios no pierde los estribos.

Al recibir esta noticia tan inmensamente buena, algunos dan por sentado que esto significa que el amor de Dios es unidimensional. Piensan que, porque Dios es amor, solamente puede ofrecer la sonrisa de un abuelo, incluso si nos hacemos daño a nosotros mismos y volvemos añicos nuestro mundo. Por supuesto, una débil y benigna falta de acción no es amor en absoluto.

Hace algunos años, un señor mayor me hizo sentar y me dijo con franqueza que yo estaba actuando de una manera egoísta, dañando a alguien que amaba. No me recriminó ni atacó mi dignidad, pero tampoco me dio una palmadita en la espalda ni me dijo palabras dulces que no me habrían hecho a mí (ni a la persona que yo estaba perjudicando) absolutamente ningún bien. El amor requería palabras punzantes. Estas palabras no fueron fáciles de escuchar, pero eran ciertas y trajeron sanidad. Corregí lo que estaba haciendo mal, y el fruto ha sido años de regocijo.

El apóstol Pablo también dispensaba palabras amorosas y punzantes. Al escribir a los cristianos que viven en la ciudad de Colosas, les amonestó a vivir a la altura de su identidad como seguidores del Camino de Jesús; a vivir valientemente la verdadera vida y la verdadera humanidad que Dios tenía para ellos. Dijo a los colosenses que “hicieran morir” esos restos destructivos de su vieja vida: inmoralidad sexual, impureza, bajas pasiones, malos deseos, ira, deshonestidad, malicia y avaricia. “Por estas cosas”, dijo Pablo, “viene el castigo de Dios” (Col 3.5-9 NVI).

¿Ira? ¿Cómo se relaciona con el amor?

Pablo entendía que Dios no estaba interesado en la simple implementación de un nuevo y mejorado código moral. En vez de eso, Él quiere crear una nueva vida creada por la espléndida verdad de que hemos “resucitado con Cristo” (Col 3.1). Jesús llevó y fue clavado en una cruz voluntariamente, y se levantó triunfantemente de una tumba para instaurar el reino de Dios y dar inicio a la vida que crea este reino. Todo lo que había sido arruinado por el pecado (y toda la devastación posterior) tenía que ser deshecho. Sin embargo, si la humanidad ha de ser restaurada y los efectos desastrosos del pecado corregidos, esto significa que nuestra manera de ser será alterada. Si el reino de Dios ha de venir a la Tierra como ya lo está en el cielo, entonces la dirección de nuestro mundo será revertida.

Dios ha entrado en nuestro mundo para sanarnos, restaurarnos y establecer una creación totalmente nueva. Por su gran misericordia, todo cambia. Dios siempre insiste en que dejamos atrás todo lo que nos deshumaniza, todo lo que destruye al bien, todo lo que produzca egoísmo y maldad, en vez de alegría, amor y vida.

Tengo una amiga que se entrega de corazón sin temor. Esta postura valiente la coloca en una posición vulnerable, ya que eso significa que inevitablemente tendrá que aguantar la incomprensión, el rechazo y la inmadurez de los demás. En una conversación reciente con su pastor, ella le dijo que tendría que entrar pronto en otra de esas situaciones vulnerables. Dios le estaba pidiendo que se diera libremente, y ella sabía que eso iba a ser costoso. Su pastor le preguntó la razón, y ella le dijo que una experiencia anterior le había demostrado que, en esa situación, sería desechada y tratada con desdén. Cuando mi amiga comenzó a contar una de estas historias, su pastor la interrumpió diciéndole: “Lo siento, pero tengo que detenerte en este punto. Tengo que decirte que estoy enojado, muy enojado”.

En ese momento, la ira del pastor por el bien de mi amiga fue la acción más correcta y sanadora que ella pudo haber experimentado. La ira del pastor no estaba en conflicto con el amor. Su ira protegió y ratificó ese amor.

La ira de Dios, definida por el abnegado sacrificio de Jesucristo, nos dice que el amor divino es al mismo tiempo poderoso y tenaz. De hecho, el amor de Dios es tan intenso que Él no permitirá que las cosas que nos destruyen no sean controladas. Él no sonreirá tranquilamente mientras nos degradamos a nosotros mismos o dañamos a los demás. Nuestro Padre se enoja, y esta ira es un regalo grandioso; Dios no está de brazos cruzados cuando el amor es despreciado y cuando brotan la violencia o la injusticia. El amor de Dios no está en contradicción con su ira. Por el contrario, su amor exige esa ira. El gran escándalo no es el fiero amor de Dios, sino las maneras asombrosas de cómo nos mantenemos aletargados y tímidos en nuestra respuesta.

Sin embargo, la ira de nuestro benévolo Padre celestial no es un explosivo ataque de enojo, como el de la mujer del supermercado. La ira de Dios no se desborda, haciendo que nuestra relación sea de inestabilidad y miedo. La ira de Dios protege su amor. Su acción decidida y tenaz a nuestro favor nos asegura que Él es lo suficientemente fuerte para sanarnos y hacernos libres. Podemos descansar en la seguridad que viene de saber que el amor divino no es tímido ni tibio, sino tan intenso que nunca se mantendrá en silencio, y tan sólido que nunca se resquebrajará.

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