Cordones sueltos y viento recio

Cuando llegan los problemas, ¿se enfoca usted en lo que puede controlar o confía en Aquél que lo gobierna todo?

Madison tenía tres años cuando tuvo su primera cometa. Hurgó en la hierba plástica de su cesta de Pascua, un largo paquete adornado con un jovial personaje infantil popular en ese momento. Yo había anticipado iniciarla en una danza deslumbrante en el cielo, pero descubrí pronto que yo estaba mucho más interesado que ella en la cometa. Madison prefería claramente las cosas que estaban en el fondo de la cesta: malvaviscos y dulces de chocolate, merengues azucarados, y una multicolor mezcla de caramelos. Mientras probaba estas cosas, yo preparaba la cometa de plástico, ansioso por enseñarle todo lo que sabía sobre el viento, la tensión y el manejo del cordel.

Afuera, en el patio, sus pequeños dedos agarraban firmemente el cordel, mientras yo la invitaba a que corriera y moviera la cometa para atrapar el viento. “¡Ve! ¡Ahora!” El viento está perfecto. Echa a correr, y mira esto tan hermoso.

Sin la más mínima idea de lo que tenía que hacer, salió disparada mientras la cometa chocaba contra la hierba. “Deja que papá te enseñe”, le dije apretando el cordel con mis gruesos dedos y agitando mi muñeca en el aire. La cometa se elevaba cada vez más a medida que se desenrollaba el cordel. Madison me lo quitó y se apoderó de la cometa, solo para ver que se iba a pique, estrellándose al igual que su roto corazón.

Así que la persuadí con ruegos a que volviera a elevar la cometa, pero con mis manos sobre las de ellas en el cordel, manejando la tensión en la parte superior mientras mi hija se emocionaba cada vez más. La cometa se levantó y se elevó por encima de nosotros, y encontré el momento que había deseado. Pero cuando me volví a ver el alegre rostro de mi niñita, lo que vi más bien fue una expresión de frustración en su cara enrojecida. Su semblante se transformó en un mar de sollozos, mientras apuntaba con su dedo tembloroso a sus zapatitos rosados que se le habían desatado. El triunfo que había tenido en el cielo había sido tragado por unos cordones sueltos.

Así es la vida en Cristo. La nuestra es una historia escrita desde antes del tiempo, un futuro en el que Dios “hace que todas las cosas resulten de acuerdo con su plan” (Ef 1.11 NTV), y dejamos que el equivalente espiritual de los cordones sueltos sea nuestra ruina. Nos sentimos atraídos por las cosas terrenales —por lo que podemos palpar y controlar­­— ­y nos perdemos de lo que Cristo está haciendo.

Eso le sucede a todos. El profeta Elías proclamó una sequía de tres años, vivía de una jarra sin fondo de aceite, resucitó a muertos, e hizo descender fuego del cielo; sin embargo, se sintió deprimido por la amenaza de una reina (1 R 19.2). Después de quitar su mirada de las victorias del pasado y de las promesas del futuro, corrió desaforadamente al desierto para salvar su vida.

Los hijos de Abraham tuvieron también esta tendencia. Olvidando su liberación de Egipto y rechazando la ruta directa a la Tierra Prometida, se desesperaron —quejándose a Dios y aborreciendo los mismísimos regalos que Él les había dado. Después se deslizaron las serpientes, una queja terrenal como nunca se había visto. La gente fue mordida, y muchos de ellos murieron (Nm 21.4-6). Sin embargo, como respuesta a sus gritos desesperados de que los salvara, Dios les dio una imagen perfecta de la manera de salir de la conmoción. Moisés debía tomar la misma imagen de lo que los había dañado, y ponerla en un poste para todo el que había sido mordido la mirara y viviera.

Esa cuerda de salvamento es precisamente la esperanza de rescate que tenemos hoy. Cuando levantamos a Jesús, muy por encima de nuestros problemas, sustituimos la frustración, el temor y la muerte por la paz, la fe y la vida. Como escribió Pablo a los corintios: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co 5.21). Este es nuestro rescate, nuestro lugar de partida, y donde debemos poner nuestra mirada.

Más de 3.000 años después, es muy fácil mirar con desdén la queja de esos quejumbrosos peregrinos bíblicos, y burlarnos de su miopía espiritual. Su falta de fe convirtió a una caminata de 40 días desde Egipto a Canaán, en una peregrinación de 40 años, y sus circunstancias solamente empeoraron en cada capítulo de Éxodo. Pero ¿somos nosotros realmente tan diferentes, incluso en este lado de la Encarnación? ¿Con qué frecuencia dice el cristiano occidental que está “muriéndose de hambre”, “agotado” o “perdiéndose de lo que todos los demás tienen o llegan a hacer”?

Somos demasiado rápidos para medirnos por una escala terrenal —por lo que tenemos y a quien conocemos, y también por nuestras oportunidades y desafíos, y por nuestras dificultades y bendiciones. Sabemos que estos son instrumentos poco confiables en comparación con la excelencia del conocimiento de Cristo, y sin embargo, los usamos de todos modos. Mientras que la obra de Dios en nuestra vida está destinada a crear un hermoso vuelo, somos aplastados, abatidos y se nos enrojece el rostro una y otra vez cuando quitamos los ojos de las cosas que Él está haciendo, preocupándonos por nuestros “cordones de zapatos”.

Los estándares humanos siempre nos defraudarán, de la misma manera que lo hacen las reglas y los ritos carentes del Espíritu. Hay una razón para que las Escrituras utilicen el lenguaje de la luz y de la vida, y del agua que brota —la fe salvadora tiene una riqueza y una vitalidad que captan no solamente nuestra realidad, sino también nuestra pasión y nuestra imaginación. Hemos sido resucitados con Cristo y, como resultado, tenemos una nueva identidad y también la libertad de reordenar nuestra manera de pensar y de valorar.

Las dificultades de la vida son muy reales, no importa qué tan fuerte sea nuestra fe. Tienen importancia cuando nuestras finanzas se desploman; cuando la persona en quien confiábamos resulta ser deshonesta; y cuando recibimos un diagnóstico fatal. Cosas como estas pueden y deben tocarnos. Pero cuando lo hacen, hay que recordar quién mece al viento.

Con mi hija derrumbada delante de mí, me agaché para atar los cordones que la habían deshecho. Su reacción fue extrema, pero no quise enfocarme en una nimiedad cuando había tanto que ver arriba en el cielo. Así que, con dulzura y con una sonrisa en mis labios, comenzamos de nuevo, dos seres aprovechando el poder que había en lo alto. Juntos, corrimos hacia adelante, dando tropezones y cayéndonos, con la cometa en ascenso en una corriente de aire. De mi garganta salían llamadas de aliento mientras me desprendía del cordón y dejaba que Madison siguiera corriendo llena de alegría.

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