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Si las epístolas fueron escritas para nosotros, pero no a nosotros, ¿cómo debemos leerlas?

La Biblia es un libro tan familiar y respetado, que es fácil olvidar que fue escrito en una cultura antigua. Así como los autores modernos son el producto de los tiempos modernos, y las obras que producen presuponen el entendimiento de la cultura moderna, necesitamos reconocer los géneros literarios no familiares de los libros bíblicos. Todo lo que leemos contiene pistas en el texto que generan una estrategia de lectura, y nos indican cómo entender el mensaje del autor. Incluso los géneros bíblicos con los que podamos sentirnos más familiarizados como, por ejemplo, la narración, fueron escritos desde una perspectiva antigua por autores que no sabían qué información cultural e histórica necesitaríamos y querríamos saber. En el Nuevo Testamento, encontramos las historias sobre Jesús en los Evangelios, la historia de la expansión de la iglesia primitiva en el libro de los Hechos, en 21 cartas, y en un libro extraño, el Apocalipsis, que es una mezcla de carta, profecía y hechos catastróficos del fin del mundo. En este artículo nos centraremos en ocho de las 21 cartas –Hebreos y las epístolas generales, llamadas así por la palabra griega para “carta” (epistolé); y “generales”, porque parecen haber sido escritas para una audiencia mucho más amplia que una iglesia local determinada.

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CÓMO LEER LAS EPÍSTOLAS

Si lo pensamos bien, cuando leemos las cartas del Nuevo Testamento, en realidad estamos leyendo la correspondencia de otras personas. Todos estos libros fueron escritos originalmente y enviados a personas que experimentaban situaciones específicas en los destinos originales de las cartas. Imaginemos que leemos esta nota manuscrita:


Querida Graciela:

¡Gracias por el tiempo maravilloso del otro día! La pasamos súper en el servi-auto… Después de contarte el problema que estaba teniendo, vi a un médico.


Buena noticia, todo está bien.

Te marcaré pronto.

Sandra

A pesar de que podemos leer las palabras de esta nota fácilmente, no está claro a qué se refieren. ¿Fue el servi-auto un restaurante de hamburguesas o un autocine? ¿Cuál era el “problema” de Sandra? ¿Qué clase de médico vio? Podríamos suponer que te “marcaré” significa que Sandra llamará a Graciela, pero es una expresión extraña. ¿Y no sería más fácil comunicarse con un mensaje de texto o un correo electrónico, a menos que la nota hubiera sido escrita antes de la existencia de esta tecnología? ¿Son Sandra y Graciela amigas? ¿Hermanas? ¿Primas? Las preguntas que pudieran habérsenos ocurrido a nosotros, no se le habrían ocurrido a Graciela, la lectora original para quien fue destinada la nota. Esto ilustra que la lectura y la comprensión son dos cosas diferentes. Sin embargo, a pesar de nuestro conocimiento incompleto, sabemos a qué se refiere la nota. Sandra está expresando su agradecimiento a Graciela por el buen rato que pasaron juntas, y para darle una noticia tranquilizadora. Y lo mismo sucede cuando leemos el Nuevo Testamento, que a menudo inspira preguntas que sus escritores nunca pensaron que haríamos.

Tal vez sea perturbador saber que las epístolas del Nuevo Testamento son la Palabra de Dios para nosotros, pero no fueron escritas a nosotros. Por eso, cuando las estudiamos, podemos encontrar problemas similares a los que surgen de nuestra lectura de la nota de Sandra a Graciela. La Palabra de Dios no cayó del cielo en nuestras manos, sino que llegó a nosotros por medio de autores humanos. Los libros de la Biblia fueron escritos en lenguas antiguas (hebreo, griego, y un poco de arameo), en lugares y culturas diferentes del mundo antiguo hace milenios. Y ese hecho histórico plantea algunas implicaciones interesantes en relación con la manera como leemos e interpretamos la Biblia hoy en día. Aunque los autores del Nuevo Testamento sabían que sus palabras expresaban los pensamientos de Dios (1 Tesalonicenses 2.13), no podrían haber escrito con las especificidades de los lectores del siglo XXI en mente. Por eso, no les quedó más remedio que expresarse a los lectores originales, que compartían el lenguaje, la cultura y los usos sociales de su tiempo.

Cuando leemos las cartas del Nuevo Testamento, en realidad estamos leyendo la correspondencia de otras personas.

Además, debido a que solo tenemos un lado de la comunicación, leer esas cartas es como escuchar una llamada a un teléfono celular en un lugar público, que nos hace preguntarnos qué estará diciendo la persona que está al otro lado. Hay mucho en las cartas del Nuevo Testamento que quisiéramos entender mejor. Por ejemplo, ¿no nos gustaría saber qué fue lo que Pablo había dicho anteriormente a los tesalonicenses en cuanto al hombre de pecado (2 Tesalonicenses 2.3-5)?

Aunque nuestro conocimiento del mundo antiguo probablemente nunca será tan vasto como el de los escritores bíblicos y los lectores originales, podemos ser mejores estudiantes del Nuevo Testamento teniendo en cuenta algunos principios del contexto histórico-cultural en el que fueron escritos los libros:

1. Considerar el género literario del libro del Nuevo Testamento que estemos leyendo. En el caso de las epístolas, se trata de correspondencia escrita, por lo que no es de esperar que contengan figuras e imágenes poéticas altamente estructuradas, como podemos encontrar en la profecía o la poesía. Las cartas fueron escritas en un lenguaje bastante directo, para instruir, animar, exhortar y edificar. Aunque Hebreos exhibe ciertamente un alto nivel de destreza retórica griega, y la segunda carta de Juan emplea la metáfora para referirse a los destinatarios de la carta, las epístolas generales no son tan poéticas como los Salmos, ni tan simbólicas como el libro de Apocalipsis. Su mensaje radica más en el significado liso de las palabras, que en los significados metafóricos o simbólicos.

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Por ejemplo, sería incorrecto utilizar la etimología para derivar un significado más profundo del nombre “Demetrio” en 3 Juan 12. Este no fue un nombre creado por el autor de la carta para caracterizar a una persona, como podríamos encontrar en la poesía. Es probable que el nombre se haya derivado originalmente del nombre de la diosa griega Deméter; por lo cual sería erróneo afirmar que Demetrio aprobaba la adoración a Deméter. Debido a que la tercera epístola de Juan es una carta de recomendación, debemos reconocer que Demetrio, un nombre común en el primer siglo, es el nombre real del hombre que llevó la carta a Gayo.

2. Leer una epístola de una sentada. Muchas personas tienen el hábito de leer solo unas pocas frases de la Biblia como un pensamiento para el día, pero ningún autor del Nuevo Testamento tuvo el propósito de que su carta fuera leída de esa manera. Sacar versículos de su contexto garantiza casi siempre una interpretación equivocada. No debemos nunca sacar una frase de la Biblia fuera de su contexto histórico y textual, asignando significados a palabras que nunca podrían haber significado eso para los lectores originales, ni personalizarlos para nuestro propio independientemente de la historia de la salvación.

Para entender bien una epístola, debemos leer toda la carta –preferiblemente de una sentada– y mantener en mente la totalidad de la misma al tratar de entender cada una de sus partes. La más larga de las epístolas generales, Hebreos, puede ser leída en cuarenta y cinco minutos. Las breves cartas de segunda y tercera de Juan, y Judas, toman cada una menos de cinco minutos. Léalas detenidamente, sin darse prisa, y atento a las palabras,  ideas, personas y lugares que merezcan mayor atención.

3. Identificar el propósito y el tema principal de la carta. Los apóstoles escribieron estas cartas para ofrecer orientación espiritual y pastoral a los grupos de cristianos que vivían lejos. Preste atención al tono de la carta. ¿Es de consolación y estímulo frente a la persecución? ¿Es de reprensión y corrección de una herejía? ¿Ofrece el autor alguna enseñanza? Hebreos debe leerse como un sermón predicado para exhortar a los cristianos a perseverar en su fe en Jesús, porque no hay otra fuente de salvación, ni siquiera si fuera posible volver al judaísmo, evidentemente la fe original de muchos de los lectores convertidos al cristianismo.

Para entender bien una epístola, debemos leer toda la carta –preferiblemente de una sentada– y mantener en mente la totalidad de la misma al tratar de entender cada una de sus partes.

Santiago enseña a sus lectores que, aunque somos salvos por la fe, las obras producidas por esa fe son la prueba de la salvación; es decir, cómo hablamos, cómo tratamos a los ricos y a los pobres, y cómos soportamos las pruebas y las adversidades. Primera de Pedro es una carta de aliento para quienes enfrentaban el ostracismo social y la persecución por su fe cristiana. Igualmente, 2 Pedro y Judas fueron enviadas para llamar la atención y corregir una herejía que estaba infectando a la iglesia con inmoralidades y desvalorizando la gracia de Dios. Y las cartas de Juan fueron escritas en tiempos de confusión espiritual para tranquilizar a los lectores en cuanto a su vida eterna en Cristo.

4. Resumir las líneas generales del argumento principal. Dado que las epístolas fueron escritas para instruir y alentar, normalmente tienen un flujo lógico en sus argumentos. Haga una lista de las proposiciones principales organizándolas en su mente o escribiéndolas en una hoja. Registre cualquier frase subordinada o modificativa, al margen de cada proposición. Después, etiquete cada proposición principal de la manera siguiente: ¿Es una afirmación? ¿Revela una experiencia? ¿Es un mandamiento para ser obedecido, un deseo para ser compartido, una advertencia para ser escuchada, o una promesa para ser creída?

Por ejemplo, considere las aseveraciones en los dos primeros versículos de 1 Pedro (NVI): Peter, apóstol de Jesucristo, [escribe] a los elegidos, extranjeros dispersos por… [Asia Menor] según la previsión de Dios el Padre, mediante la obra santificadora del Espíritu,para obedecer [el pacto en la sangre de Cristo].

Reconocemos de inmediato que este es el formato estándar  para dar inicio a una carta, lo que provoca una estrategia de lectura para este género. Pedro se identifica a sí mismo como el autor con autoridad apostólica, y luego describe a sus lectores originales como elegidos por Dios, a pesar de sufrir el exilio, presentando dos temas que abordará después en el contenido de la carta. Podemos ver claramente la naturaleza trinitaria de la “elección”. que involucra al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, e identificar el tema teológico de la elección como un punto que vale la pena entender mejor.

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5. Verificar si en otras partes se repiten palabras importantes. Después de tomar nota de las palabras importantes de los versículos introductorios, y utilizando una concordancia para la traducción que estemos leyendo, podemos verificar si en otras partes se encuentran palabras iguales o parecidas. En el caso de 1 Pedro 1.2, notamos la palabra rociados con referencia a la sangre de Cristo. Una concordancia nos muestra que el rociamiento con sangre se encuentra con frecuencia en el Pentateuco como un ritual de consagración. Éxodo 24.8 es particularmente significativo, ya que Moisés roció sangre sobre el pueblo para establecer el pacto de ellos con Dios. Al verificar las formas verbales de la palabra “elegidos” (“destinados”, “escogidos”) en otras parte de 1 Pedro, encontramos que Cristo también fue escogido (1 Pedro 1.20; 2.4); que Él es el referente detrás de la imagen de la piedra angular (1 Pedro 2.6); y que Pedro considera que los cristianos son un pueblo “escogido” o “elegido” (1 Pedro 2.9; 5.13). A pesar de que este trabajo requiere esfuerzo, vale la pena para tener una comprensión más profunda de cómo desarrollaron y definieron los apóstoles sus temas principales.

6. Conocer bien los detalles históricos y culturales de la carta. Considerando el ejemplo mencionado antes, podemos toparnos con listas de nombres de lugares que son difíciles de pronunciar, o que son desconocidos. Esto debe estimularnos a consultar un atlas bíblico, donde podemos encontramos que Pedro escribió a unos cristianos que vivían en la región norte de lo que ahora es la nación musulmana de Turquía. Nos volvemos mejores lectores de la Biblia al complementar nuestra lectura con buenos recursos que expliquen los trasfondos históricos y culturales.

Las referencias a otras personas bíblicas y circunstancias pueden ser más difíciles de entender. Por ejemplo, Caín es mencionado tres veces en las epístolas generales (Hebreos 11.4, 1 Juan 3:12, Judas 11), refiriéndose al hermano homicida de Abel mencionado por primera vez en Génesis 4. ¿De qué manera son como Caín los hombres impíos que condena Judas (Judas 11)? La respuesta puede no ser clara a partir de la simple lectura de Génesis 4, ya que es poco probable que Judas esté afirmando que todos ellos eran asesinos. Habían transcurrido muchos siglos entre la escritura de Génesis y la época de Judas, durante los cuales la tradición religiosa judía llegó a pensar en Caín, el primer asesino, como alguien que representaba al pecador paradigmático que se burla del juicio de Dios en cuanto al pecado. Este sentido conecta la advertencia de Judas acerca de no tomar el camino de Caín, con su declaración anterior en cuanto a no burlarse del juicio de Dios, ni de pervertir su gracia convirtiéndola en licencia para el libertinaje (Judas 4). La advertencia de Judas continúa a través de todas las generaciones, y es relevante para los lectores de hoy: No debemos dar por sentada la gracia de Dios creyendo que podemos ser salvos, a pesar de estar viviendo como el diablo.

Los apóstoles escribieron estas cartas para ofrecer orientación espiritual y pastoral a los grupos de cristianos que vivían lejos.

Del mismo modo, Judas y otros escritores del Nuevo Testamento se refieren, algunas veces, a la literatura que habría sido conocida por los lectores originales, pero o bien se ha perdido, o bien es conocida solamente por los eruditos de hoy. Por ejemplo, Judas se refiere a historias contenidas en el Testamento de Moisés y en el libro de Enoc, escritos del mundo antiguo que eran muy conocidos en el momento que escribió su epístola, pero perdidas para la tradición religiosa occidental después del siglo II. Los arqueólogos redescubrieron textos de Enoc en el siglo XX, proporcionando una mejor comprensión de estas referencias culturales desconocidas. Consultar Biblias de estudio, manuales bíblicos y comentarios, proporcionarán información importante, pero el mensaje de Judas es claro, incluso si no poseemos esos textos: No debemos proclamar nuestra propia autoridad espiritual independiente. Judas, al igual que Pedro, Santiago, Juan, el autor de Hebreos, y los otros autores del Nuevo Testamento, escribe para alentar y exhortar a todos los lectores a seguir fielmente a Cristo.

CÓMO CERRAR LA BRECHA

¿Es un problema que el Nuevo Testamento haya sido escrito hace tanto tiempo, en una cultura tan diferente a la nuestra? ¿Disminuye esto de alguna manera el poder de la Palabra de Dios en nuestras vidas? En vez de ver la antigüedad de la Biblia como un problema, reconozcamos que Dios escogió darnos su Palabra en esta forma y manera. Debemos aceptar y respetar su decisión. Después, el hecho de que las epístolas hablaron en situaciones de la vida real en la cultura greco-romana del primer siglo, proporciona algunas pautas sobre cómo leer estos libros. Observamos que la Biblia no es una abstracción imprecisa, filosófica o teológica, sino una palabra dicha en situaciones reales de la vida, para ser un poder práctico y transformador en la vida de las personas. Eso nos da confianza para acudir a la Biblia para obtener orientación significante al enfrentar situaciones similares hoy en día.

Recordemos que cuando leímos la nota de Sandra a Graciela, recibimos el mensaje con solo una comprensión general de sus detalles. Lo mismo sucede con la lectura de la Biblia, debido a lo que los teólogos llaman la perspicuidad de la Escritura. Es decir, el mensaje de la Biblia es suficientemente claro para hablarnos, a pesar de que carecemos del mismo grado de conocimiento que los escritores compartían con sus lectores originales. Todas las epístolas y otros libros del Nuevo Testamento no solo demandan que sus lectores respondan al evangelio de Jesucristo, sino que también explican cómo Cristo ilumina la situación de vida de cada lector, tanto en tiempos antiguos como en los modernos. Por tanto, aunque siempre podamos tener preguntas acerca de la Biblia, tales incertidumbres no detienen el poder de la Palabra de Dios.

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Las características específicas de los lectores originales de las epístolas y de sus situaciones, pueden diferir de las de nuestros tiempos y culturas, pero la naturaleza humana, nuestra relación con Dios y con los demás, la realidad del pecado, y el regalo del perdón, proporcionan continuidad y estabilidad para dar testimonio del poder de la Palabra de Dios. Por ejemplo, el severo juicio de Judas contra los que pervierten la gracia de Dios convirtiéndola en  licencia para pecar (Judas 4), es una advertencia muy clara para los creyentes de hoy, aunque no sabemos a quién escribió él específicamente esas palabras, o qué estaban enseñando en concreto los herejes.

Del mismo modo, no conocemos los detalles sobre la crisis en las iglesias que originalmente recibieron las tres cartas de Juan. Sin embargo, sabemos que fue precipitada por las acciones de ciertas personas que enseñaban cierta clase de herejía en cuanto a Jesucristo, y que perturbaban la fe de muchos (1 Juan 2.18, 19). Lo que está claro –y que es tan importante hoy como en aquel tiempo – es que la enseñanza apostólica sobre el significado de la vida y la muerte de Jesús es la fuente autorizada a la que debemos aferrarnos (1 Juan 1.1-4). Juan nos dice que la verdadera trascendencia de Jesús se encuentra en su encarnación, crucifixión y resurrección, y no, por ejemplo, en sus enseñanzas religiosas y éticas, a pesar de lo importantes que son.

Asimismo, cuando Santiago enseña a no mostrar favoritismo por los ricos en la iglesia (Santiago 2.1-9), o cuando amonesta a los empleadores a tratar con justicia a los jornaleros (Santiago 5.1-6), no es difícil aplicar esa enseñanza hoy. Por tanto, en vez de ver la especificidad de las epístolas como un problema, podemos estar agradecidos de que Dios nos mostró sus sentir en cuanto a situaciones reales de la vida en el mundo antiguo, y de que consideró que hablaría a las vidas de cada generación –incluso de la actual.

Dios nos mostró sus sentir en cuanto a situaciones reales de la vida en el mundo antiguo, y de que consideró que hablaría a las vidas de cada generación

Podemos escuchar la Biblia como la Palabra de Dios para nosotros hoy cuando nos ponemos dentro del contexto espiritual de los libros. Las epístolas fueron escritas a creyentes cristianos. Si bien cualquier persona hoy, sin tener en cuenta sus creencias religiosas, puede leer las palabras del Nuevo Testamento, quienes comparten la fe del escritor bíblico pueden comprender mejor lo que leen. El apóstol Juan explica en su evangelio que él escribe la historia de Jesús “para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre” (Juan 20.31). La premisa de la fe en Cristo es la más fundamental inferencia que los escritores bíblicos esperan y desean compartir con sus lectores.

Cuando alineamos nuestras inferencias sobre el Nuevo Testamento con las de sus autores, nos convertimos en mejores lectores de la Biblia. La Biblia en su conjunto presenta la historia general de la redención de Dios de la humanidad. Las epístolas del Nuevo Testamento nos dan ejemplos de personas reales que se convirtieron en parte de esa historia por medio de su conversión a la fe en Jesucristo; primero, los autores mismos, y después, las personas a quienes ellos escribieron. Hasta que la historia de nuestra propia vida se convierta en parte de esa historia más amplia, no podemos comprender verdaderamente las advertencias, las promesas, la consolación y las exhortaciones de las epístolas.

Cuando observamos cómo habló Dios a las vidas de los creyentes del primer siglo por medio de apóstoles inspirados, el Espíritu Santo susurra el significado de la Palabra de Dios en nuestros corazones hoy. Por tanto, a pesar de las preguntas que pudiéramos tener sobre el idioma, la historia, la cultura y la geografía del primer siglo, el Nuevo Testamento contiene todo lo que necesitamos para entender el mensaje del amor de Dios por nosotros en Cristo. Es suficiente en cada generación. No somos las personas a quienes fueron enviadas por primera vez las epístolas, pero cuando nos identificamos con esos lectores originales compartiendo su misma fe en Jesucristo, la Palabra de Dios escrita a ellos es también su Palabra escrita a nosotros.

 

Illustraciones por MUTI
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