Anhelo por el banquete

Cómo cultivar un apetito por las cosas de Dios

Son las 5:30 p.m. de un martes. Y en una casa entre millones, una familia con niños pequeños se reúne después de todo lo que les ha llevado su rutina diaria: el trabajo, la escuela, la guardería, las diligencias, las citas con amigos, el tráfico. Las ollas y los sartenes cocinan a fuego lento en la estufa, liberando los aromas propios de la intimidad familiar. Pero después de un largo día en que estuvieron separados, esta reunión familiar no se trata de una imagen humorística del célebre pintor Norman Rockwell. Uno de los padres cruza la puerta y se enfrenta a un aluvión de lágrimas y discusiones, mientras que el otro, ya cansado de la batalla, da la bienvenida al otro a la refriega, cansado y apresurado, dice: “Hola, ¿quieres resolver esto?” antes de retirarse a la cocina. La advertencia de privarlos del juego de Lego y de la TV trae una calma momentánea. Mientras la familia se reúne para comer, el cocinero de turno pone la mesa y la calma se disuelve en un coro de lamentos. “Mira esta cosa verde. ¡¿Eso es una cebolla?!”. Para los niños, los diversos y hasta ahora insípidos ingredientes no pueden sumarse al delicioso aroma, porque es claro que no son macarrones acompañados de magdalenas..

¿Cuántas veces he pensado: En realidad, debería pasar algún tiempo con las Sagradas Escrituras, pero luego decido encender la televisión?

Cuando el aumento de la fatiga se encuentra con el hambre cada vez mayor, y todos en la casa se vuelven medio salvajes, la turbación se desparrama en la cena y da un giro bastante cruel. Tantas cosas buenas pueden tener lugar en la mesa, y es una verdadera tragedia sentarse a ella de mal humor. Es un momento para hablar, para conectarse unos a otros cara a cara, y para unir a las personas. También es un tiempo para comer. Nuestros cuerpos tienen hambre, y la comida es un delicioso acto de gracia que satisface esta necesidad de una manera en especial milagrosa. Pero trate de explicarle a un niño hambriento el anticipo del banquete que se le ofrece, incluso en un plato que contenga cebollas.

Por supuesto, la mezcla siniestra de hambre y fatiga no es solo a la hora de la cena. Un tiempo en que la fatiga espiritual y una especie de hambre nos llevan a sentirnos enojados con nuestro Padre celestial. El profeta Amós nos recuerda esto: “Vienen días —afirma el Señor omnipotente—, en que enviaré hambre al país; no será hambre de pan ni sed de agua, sino hambre de oír las palabras del Señor” (Amós 8.11 NVI). He sentido esta hambre, y sin embargo, ¿cuántas veces he pensado: En realidad, debería pasar algún tiempo con las Sagradas Escrituras, pero luego decido encender la televisión? Como un niño rechazando la cena y suspirando por comida chatarra.

 

Es curioso, pero ser padre y discutir con mis hijos en la mesa de la cena, me ha abierto los ojos al hecho de que soy muy parecido a un niño ante nuestro Padre en el cielo. A menudo me he visto llorando delante de Dios por algún deseo no satisfecho en el momento, o por otra cosa, y en un instante me veo ni más ni menos como mis propios hijos llorando frente a mí cuando no quieren lo que les ofrezco. Ay, ver esto es siempre aleccionador. Pero luego pienso en los momentos en que mis hijos se han sentado y, con poca interrupción o perturbación, disfrutamos de nuestro tiempo juntos para compartir una comida sana y deliciosa. A través de los años, he tenido momentos como ese en la Biblia, también.

Ser padre y discutir con mis hijos en la mesa de la cena me ha abierto los ojos al hecho de que soy muy parecido a un niño ante nuestro Padre en el cielo.

No hace mucho tiempo, mi iglesia realizó un estudio del Evangelio de Juan durante algunas semanas. El pastor estaba predicando sobre el pasaje donde el Señor lava los pies de los discípulos. En esas palabras que describen al Señor Jesús —Dios con nosotros— encorvado sobre unos pies sucios y apestosos, con una toalla alrededor de su cintura y una palangana de agua, sentí de nuevo que Él ha estado aquí. Tanto en el sentido literal de que el Señor caminó por la Tierra, como también en el sentido espiritual de que Él ha estado presente en mis propias luchas, no menos reales que el hombre que lavó los pies del apóstol Pedro. Incluso los de Judas. Me dirigí en mi auto a la iglesia esa mañana sintiendo la punzada del hambre que profetizó Amós. Regresé a casa lleno porque, por algún medio sobrenatural que quizás nunca entenderé del todo, es posible encontrar literalmente al Señor Jesús en las Sagradas Escrituras.

Es aquí, en mi apetencia por la Palabra de Dios, que la guerra en las comidas con mis hijos me dan, en realidad, una abundante ración de esperanza.

 

Para mi esposa y para mí, la comida es una parte muy valiosa de la cultura que, de veras, queremos transmitir a nuestros niños. Nos encanta la variedad de cocina disponible en nuestro vecindario en Louisville, Kentucky. Nos inclinamos por la internacional, y cuanto más picante mejor. El bibimbap coreano cargado de verduras y carne de res, arroz largo crujiente contra los lados del tazón de piedra caliente, todo cubierto con un perfecto envuelto de huevo. Un rico plato de chile indio, bien picante como para hacernos sudar, servido sobre arroz basmati con mantequilla, acompañado con pan naan asado a la perfección. Además de la influencia asiática, una carnicería que se encuentra por la carretera se abastece en gran medida de cerdos que cría el mismo dueño (también casado con la mujer que maneja la panadería en la cuadra siguiente). Y ese lugar sirve una charcutería de carnes y quesos curados que nos cautivan. Incluso el queso de cabeza de cerdo.

La comida nos une a mí y a mi esposa una y otra vez en una especie de comunión, y sentimos el mismo amor por una nueva comida que nos conecte con nuestros hijos. Pero cada vez que rechazan lo que les ofrecemos, se siente como una pequeña puñalada en el corazón. Por la desesperación, me he visto sermoneando a mis hijos con una lógica paterna muy familiar en mi propia infancia: “Mire, joven. Hay niños hambrientos en el mundo que estarían agradecidos de tener algo, por mucho menos que una comida así de buena”.

Los niños son una mezcla asombrosa y desconcertante: con una resistencia que nos hace rechinar de dientes, sí, pero también con un mimetismo que nos derrite el corazón. Trate de lograr que hagan algo, y será una guerra. Pero deje que le atrapen haciendo algo y disfrutándolo, y estarán pegados a usted como una sombra. Al igual que cualquiera, ellos solo quieren ser felices. La alegría y el disfrute son contagiosos: si usted parece feliz, es probable que prueben lo que está intentando que hagan.

 

En realidad, eso es lo que necesito: personas que tengan un amor genuino por el banquete de la Palabra de Dios. Me da esperanza saber que existen —creyentes que se han sumergido en las Sagradas Escrituras y que hablan de los evangelios, de las epístolas y de los Salmos, de la manera que hablo de los restaurantes. Incluso de esos tiempos difíciles y espinosos en el Antiguo Testamento, como las historias de Job o de Tamar. Necesito contagiarme de la alegría de otros por el banquete que el Padre pone frente a nosotros. En esta etapa de mi vida —criando niños pequeños, renovando una casa con mis propias manos, trabajando y estudiando— eso no ha sido fácil. Se requiere esfuerzo para encontrar a esta clase de personas consagradas, y mucho más para pasar tiempo con ellas. Sin embargo, cuanto más ajetreada y estresante se vuelva la vida, más convencido estoy de cuán necesario es buscar la relación con quienes aman al Señor Jesús, y buscarle a Él donde pueda ser hallado con facilidad. Por eso oro por tales amistades.

Aparte de amigos consagrados a Dios, he encontrado otra práctica provechosa para aumentar mi apetito por las Sagradas Escrituras. Aunque parezca irónico, esto ha implicado consumir menos de la Palabra. Hay mucho allí, y es fácil dispersarse y sentirse abrumado, por lo que a veces es conveniente empezar con solo lo suficiente para mantener la coherencia. Es por eso que pasé la mayor parte del año pasado meditando en el Sermón del monte y las Bienaventuranzas. Tener esta comida regular me ha ayudado a que las Sagradas Escrituras me parezcan familiares de nuevo. Me ha estimulado el apetito para ir más lejos, lo que considero una gran bendición.

En cuanto a las guerras sobre la comida en mi casa, han comenzado a brillar destellos de esperanza. Después de años de ver a mi esposa y a mí hincar el diente a las comidas más picantes que podemos manejar (una especie de sufrimiento competitivo), uno de nuestros hijos ha decidido poner salsas picantes más suaves en su comida. Incluso, una o dos veces, ha probado algunas de las cosas más fuertes con un vaso lleno de agua al alcance de la mano. Creo que al final las aceptará. La otra mañana, me pidió que le cocinara un huevo como el mío (frito), y se lo comió. No ha pedido otro todavía, pero qué glorioso desayuno fue ese.

 

Fotografía por Yasu + Junko

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