Bienvenidos sean los errores

La iglesia debe ser un lugar donde esté bien equivocarse.

Una vez, hace muchos años, me senté en una habitación sin ventanas repleta de pizarrones, papel de impresora, y artículos de oficina, debatiendo con otros cómo se vería el nombre de nuestra iglesia en la parte trasera de un autobús urbano. Si compramos espacio publicitario, ¿el panel debe incluir solo el nombre? ¿Quizás un eslogan? ¿Qué tal una imagen? Si nos decidimos por una imagen, ¿debería ser una cruz? ¿O una taza de café?

Ahora me río de lo mal preparada que yo estaba para responder preguntas como esas. Era joven y no sabía nada de publicidad. Sabía solo un poco más sobre la cruz, pero no podía haber explicado lo que el escritor de Hebreos quiso decir con “vituperio”. Siempre más tímida que audaz, estoy bastante segura de que voté por la imagen acogedora de una taza de café.

Si nuestro pastor hubiera tenido la intención de encontrar “la mujer adecuada para el trabajo”, nunca me habría invitado a contribuir.

Hay una hermosa ironía en el recuerdo de esa reunión en la oficina de nuestra pequeña iglesia. Aunque estábamos reunidos para intercambiar ideas sobre los méritos de una campaña publicitaria, mi presencia en la sala era una prueba de que nuestra iglesia no funcionaba como un negocio. Si nuestro pastor hubiera tenido la intención de encontrar “la mujer adecuada para el trabajo”, nunca me habría invitado a contribuir. Pero mi pastor no le temía al fracaso. No le importaba que aún no hubiera demostrado mi competencia. Me invitó a intentarlo. Me invitó a servir. Sus repetidas invitaciones incentivaron mi crecimiento espiritual. Que es como debería ser.

Aunque nuestras iglesias pueden usar recursos del mundo corporativo, desde hojas de cálculo hasta fotocopiadoras, y aunque puedan hablar el idioma de los negocios, la publicidad y el mercadeo, en esencia, la iglesia no es un negocio. Es un cuerpo, el cuerpo de Cristo en el mundo, y por mucho que lo intentemos nunca puede ser reducida a una marca. Debemos tener cuidado de no confundirla con una máquina corporativa o una mercancía que se vende en el mercado.

Sin embargo, cuando utilizamos herramientas de negocios y hablamos el idioma de un profesional de negocios, podemos olvidar quiénes somos y qué somos, y que la iglesia también está formada por novatos. Podríamos olvidar que el objetivo de la iglesia no es hacer un producto perfecto, radiante, sino más bien fomentar el crecimiento de sus miembros, quienes sirven al mundo por el poder de Dios, un poder que siempre se ha perfeccionado en la debilidad.

El objetivo de la iglesia no es hacer un producto perfecto, radiante, sino más bien fomentar el crecimiento de sus miembros.

Los seres humanos aprenden cuando van más allá de sus capacidades e incluso cuando cometen errores. Todo padre sabio de un niño en desarrollo sabe que este es el camino confuso hacia la madurez. Pero los negocios prósperos minimizan la confusión, y las marcas exitosas dependen de la constancia. Nuestras iglesias necesitan usar un criterio diferente para evaluar.

 

En Hebreos, leemos que el Señor Jesús “por el gozo puesto delante de él, sufrió la cruz” (12.2). Esas palabras nos recuerdan un contexto histórico demasiado fácil de perder: La cruz, como la soga de un ahorcado o una silla eléctrica, era vergonzosa. Era un dispositivo de tortura y una herramienta de ejecución reservada para criminales y esclavos. No es de extrañar que yo votara a favor de la imagen de una taza de café. Seguro esa es una imagen mucho más atractiva para alguien atrapado detrás de un autobús en la hora pico.

Me mudé de esa ciudad hace años, y ya no recuerdo si llegamos a algún consenso entre las cruces y las tazas de café. Pero un domingo me senté en un banco de mi iglesia, observé la gran cruz de madera que cuelga al frente, y pensé en esas palabras de Hebreos. Con su magnífica madera marrón, nuestra cruz es hermosa. A mi lado en el banco, mi hija adolescente llevaba una cruz igual de hermosa alrededor de su cuello, no de madera sino de plata. Por un momento, tuve en mi mente una paradoja central del cristianismo y la admiré de la forma en que se puede admirar la madera lisa o la plata brillante: Lo que era vergonzoso se volvió hermoso; lo que representó el fracaso final, se convirtió en la representación de la victoria y la esperanza.

Las muchas y complejas paradojas del reino de Dios no son fáciles de comunicar a través de una valla publicitaria, pero imparten fortaleza a la vida actual de la iglesia, siempre invitándonos a imaginar las muchas maneras en que nuestras congregaciones pueden y deben desafiar la sabiduría convencional de la cultura en general. ¿Pueden nuestras iglesias convertirse en comunidades donde la excelencia sea vista y reconocida, pero el fracaso no sea temido? La publicidad puede hacer crecer el tamaño de nuestras congregaciones, pero nunca nuestros corazones, mentes y almas. Ese tipo de crecimiento ocurre cuando tropezamos y luego nos levantamos, o cuando cometemos un error y hacemos un nuevo intento. Si nuestro Salvador hizo suya la vergüenza del fracaso asociado con la cruz, ¿por qué entonces la apariencia del fracaso causa tal temor en nuestros corazones?

Tengo una buena amiga que asiste a una iglesia muy diferente a la mía. Viendo desde afuera, diría que esta iglesia tiene una marca confiable y convincente. Tiene la reputación de ministerios efectivos y adoradores entusiastas. Incluso la he recomendado a algunos conocidos, sintiéndome segura de que tiene tanto la sustancia como el estilo que se adapta a ellos. Sin embargo, en conversaciones privadas, mi amiga me ha hablado de su lucha por encontrar una manera de servir como una novata en el ministerio dentro de una cultura de excelencia profesional. Una y otra vez, sus ofrecimientos han sido rechazados o se han malogrado por un obstáculo burocrático tras otro. “Estoy cansada de que me digan que necesito asistir a un ‘entrenamiento’ más”, me confesó mi amiga. “Mi jefe en el trabajo me da nuevas responsabilidades para ayudarme a avanzar hacia mis metas. ¿Por qué no puede hacerlo mi pastor? Creo que mi iglesia valora más la reputación de sus programas que a mí”.

Necesitamos programas de entrenamiento. Necesitamos verificaciones exhaustivas de antecedentes. Las iglesias de todo el mundo están aprendiendo, para nuestro dolor colectivo, lo importante que es hacer que nuestros lugares de reunión sean más seguros. Pero una vez que hemos protegido con oración y sagacidad a los miembros más vulnerables de nuestras congregaciones, ¿cómo hacemos espacio para que cada miembro del cuerpo de Cristo crezca? ¿Es posible que el camino de una iglesia hacia el éxito parezca a veces tentar al fracaso? ¿Y si la excelencia por la que estamos luchando para profesionalizar nuestras iglesias no es el tipo de excelencia que más le importa a Dios?

 

Comparto la banca de mi iglesia con mis cuatro hijos, por lo que sé por experiencia propia lo complicado que puede ser el camino hacia la madurez. Mi casa está llena de confusión, y una de las cosas más difíciles que hago como madre es dejar que mis hijos fracasen. Momento a momento tengo que discernir: ¿Están lo suficientemente seguros? ¿Están también seguros los otros que están a su alrededor? ¿Ha llegado el momento de dejar que extiendan sus alas, aunque sé que pueden caer?

“Mi jefe en el trabajo me da nuevas responsabilidades para ayudarme a avanzar hacia mis metas. ¿Por qué no puede hacerlo mi pastor?”

Mi pastor, todos esos años atrás, me dio una y otra vez responsabilidades que me sacaron de mi zona de comodidad. Y el margen en cuanto a posibilidad de que se cometieran errores, era amplio y favorable para el crecimiento en la cultura de nuestra iglesia. Fui invitada a ese espacio y transformada por él. Me habría gustado que se confiara en mi amiga de una manera similar. Simpatizo con ella con un gesto de aprobación cuando me confiesa que ha comenzado a visitar otras iglesias. Sin embargo, también recuerdo a cierto miembro de nuestra iglesia de la ciudad que fue elevada a una posición de liderazgo, a pesar de un pasado que habría sido motivo de preocupación para muchos. Esperábamos que ella fuera como el recaudador de impuestos Mateo, despreciado y de quien se desconfiaba, pero restaurado por la aceptación del Señor Jesús. Por un tiempo esto pareció ser así, hasta que se llegó al punto de que ya no lo era. Cuando al final se le pidió a esta mujer que renunciara al liderazgo, muchos de nosotros luchamos con dolorosos sentimientos de duda personal. Nuestra iglesia se movió con rapidez para reducir el daño de las decisiones incorrectas de esa persona, pero su fracaso (y el nuestro) nos dolía todavía. Creo que el dolor se intensificó precisamente porque éramos más como una familia que como colegas profesionales.

La misma misericordiosa invitación que el Señor Jesús extendió a Mateo, la hizo también a Judas Iscariote, cuyo beso traicionero hizo que el Señor se acercara más a la cruz. Podemos fomentar una cultura de aversión al riesgo en nuestras iglesias, porque hemos hecho un ídolo de nuestra propia reputación. Pero también podríamos hacer esto porque tememos el dolor de la decepción y la traición. Quizás una manera de tomar la cruz del Señor y seguirlo tanto de manera individual como colectiva, es al hacer responsables a nuestros líderes, al proteger a los vulnerables, y al dar la bienvenida a personas tan imperfectas como el ladrón en la cruz, para juntos compartir una vida de transformación.

¿Cómo podemos hacer esto? Con sabiduría. Con valentía. Al reconocer que no podemos ser fieles y al mismo tiempo estar exentos del dolor. Al reconocer que debemos seguir siendo vulnerables, incluso al dolor de nuestros propios fracasos. Quizás una de las maneras más significativas en que podemos cultivar una cultura de la gracia en nuestras iglesias, es extender esa gracia a nosotros mismos. La ironía de nuestra creciente madurez es que podemos perderla si la sobreprotegemos.

Nunca somos demasiado maduros para fallar, y nunca demasiado viejos para aprender de los errores. Recién comprometida con el valor del fracaso, me ofrecí hace poco para servir en un retiro de jóvenes durante un fin de semana. Por fortuna, mi ofrecimiento fue aceptado, a pesar de que “dinámica mentora de jóvenes” no está en ninguna parte de mi currículo. Estoy un poco más que nerviosa. A decir verdad, estoy aterrorizada. Sospecho que a veces justo así se siente la fidelidad.

 

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Ilustración por João Fazenda

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