Cómo encontrarle sentido a Levítico

A menudo vemos este libro del Antiguo Testamento como algo tedioso, en vez de verlo como una fuente de gran gozo.

Los sacrificios son extraños. Si ha leído el Antiguo Testamento, se habrá dado cuenta de que hay muchos en esos 39 libros. Pero ¿por qué? Una mirada rápida al sistema de sacrificios de Israel puede hacernos preguntar si todos estos cadáveres de animales señalan a un Dios que necesita su kilo de carne para estar satisfecho. Pero sabemos que Dios no es un carnívoro malévolo con un gusto insaciable por la carne fresca.

Esta es, de suponer, la razón por la cual Levítico es un libro tan extraño para los oídos modernos: todo tiene que ver en sí con sacrificios. Muchas personas que se proponen leer toda la Biblia en un año, se estancan con la lectura de Levítico, con sus leyes de pureza y sus regulaciones sacerdotales; sin embargo, es un gran libro que nos señala de manera asombrosa a Jesucristo.

Un buen comienzo es reconocer la estructura del libro: Levítico utiliza un recurso literario hebreo conocido como quiasma. Esto significa que los puntos de referencia son los mismos, y que dirigiéndose hacia el centro hay partes que son similares entre sí, siendo el centro el clímax o el “punto principal”. En el centro de Levítico está el día de expiación —el punto culminante del libro que exploraremos más adelante—, pero las secciones que lo rodean instituyen el sistema de sacrificios con el sacerdocio, y a la par dirigen nuestra atención a verdades trascendentales.

La vida es un regalo

Levítico comienza con diferentes tipos de sacrificios y ofrendas. La práctica puede ser extraña para nosotros hoy en día, pero era común en el mundo antiguo. Desde Egipto hasta Italia, desde China hasta México, y desde las poderosas civilizaciones a los pueblos nómadas, los sacrificios y las ofrendas eran elementos principales de muchas culturas.

¿Por qué razón? En parte, para reconocer de forma pública que la vida es un regalo, que dependemos de la creación para recibir vida y sustento. (Intente pasar más de cuarenta días sin agua ni alimentos, y entenderá esta verdad enseguida). Ya se trate del animal cuya vida se nos dé, de la fruta arrancada del árbol, o del grano cortado de su tallo, debemos recibir el sustento desde afuera, vida de la vida que nos es dada, para vivir en verdad.

Y la reacción apropiada es gratitud.

Muchos de los sacrificios de Israel eran solo formas de decir “gracias” (por ejemplo, con las ofrendas de granos y de paz); y “perdónanos” (con las ofrendas por el pecado y la culpa). El hecho de que la vida es un regalo puede ser difícil de recordar hoy. Compramos carne en un envoltorio plástico pulcro, cortada en proporciones perfectas, limpia y esterilizada. Estamos desconectados de los procesos detrás de escena —de los sacrificios hechos para sustentar nuestra vida.

Con este enfoque desconectado, puede ser fácil vivir bajo la ilusión de que somos individuos autónomos, que logramos las cosas por nuestros propios medios, en vez de criaturas que pertenecemos a la creación que nos sostiene —y, al final de cuentas, al Creador de quien proviene el sostén. La manera más franca de recibir la vida es reconocer que nos es dada. La vida no se gana, sino que se recibe; poder respirar es un regalo.

Y la reacción apropiada es gratitud.

La manera más franca de recibir la vida es reconocer que nos es dada. La vida no se gana, sino que se recibe; poder respirar es un regalo.

Cuando negamos esto, vamos en contra del universo. En todo el mundo, el sacrificio era, por lo general, el centro de la celebración comunitaria. Así ocurría también en Israel. Sus principales festividades nacionales (descritas en Levítico 23 al 27), eran organizadas por los sacerdotes, y el sacrificio era el centro de sus labores. La gente venía a ofrecer sus sacrificios, alabando a Dios por ser quien es, y por lo que había hecho en la historia de ellos.

Luego comían la carne. Esto puede parecer demasiado obvio como para mencionarse, pero algunas personas parecen creer que los animales solo eran asesinados y después arrojados a la basura. Por el contrario, para Israel la mayor parte de la comida no se desechaba; sino que se les daba a los levitas (por ser la tribu sacerdotal que no poseía territorio), y se utilizaba en las celebraciones de la nación (grandes festividades que duraban días enteros). El carácter singular de la comunidad estaba a la vista: los israelitas debían ser un pueblo caracterizado por la humildad y la gratitud delante de su Rey.

Creo que tuve una idea de esto una vez, asistiendo a una ceremonia indígena en la que se expresaba gratitud públicamente por el cordero que se convertiría en la comida de la comunidad. El anciano puso sus manos sobre la cabeza del joven cordero, y pronunció una oración de agradecimiento por la comida que el animal iba a proveerles. Lejos de devaluar al animal, la ceremonia añadía un significado sagrado al gran valor del animal al dar su vida por la comunidad.

Hoy, como iglesia, también somos una comunidad reunida en torno al sacrificio —el mayor acto de entrega que el mundo haya visto: la muerte de nuestro Salvador en la cruz. Cristo revela, de una manera incluso más profunda que los animales de antaño, que no podemos fabricar vida desde nuestro interior. En vez de eso, debemos recibirla por medio de la gracia de su vida, que nos es dada para que en verdad podamos vivir. Alrededor de la mesa de su cuerpo deshecho y de su sangre derramada —el Cordero ofrecido (Hebreos 9.28)— nos reunimos en celebración como comunidad, para decir “gracias” y “perdónanos” a nuestro Dios. Aquí descubrimos a ciencia cierta la medida en que la vida es un regalo: La vida que Él nos da es el regalo que nos ha sido dado por gracia.

Y la reacción apropiada es gratitud.

Asimilar la muerte

La sección siguiente de Levítico (capítulos 8 al 10) se centra en el sacerdocio. Dios designó a una de las doce tribus israelitas, los levitas, para ser sacerdotes y mediadores entre Dios y su pueblo. El nombre del libro Levítico en realidad significa “libro de los levitas”, ya que se centra en este sacerdocio de Israel. Los levitas estaban a cargo del sistema de sacrificios y del lugar donde se centraba: el tabernáculo en el desierto, y luego, el templo; en ambos, moraba la santa presencia de Dios en medio de su pueblo. Había reglas específicas de conducta para los sacerdotes (Levítico 21 al 22, la sección del espejo), que los separaba como santos para ministrar delante del Señor.

La tercera sección de Levítico se enfoca en la pureza. El sistema de sacrificios de Israel fue creado para tratar dos tipos de impureza o suciedad. En cuanto a la primera impureza —la del ritual (tratada en los capítulos 11 al 15)—, la persona se volvía impura cuando tocaba algún cadáver o estaba en contacto con cosas tales como el moho, enfermedades de la piel, o fluidos corporales.

Esto no significaba que la persona hubiera hecho algo inmoral en sí; no es como si hubiera matado a alguien o robado un banco. Tendemos a pensar que este tipo de impureza surge de los delitos, pero, en realidad enfatizaba algo diferente: el problema era estar en contacto con algo asociado con la muerte. Tales cosas podían transferir su contaminación a la persona porque, lamentablemente, la muerte se propaga.

En un tiempo de enfermedades y de bacterias, la pureza ritual protegía la salud y la higiene de la comunidad del antiguo Israel. También daba el impresionante sentir que el Creador era el Dios de vida, con la conciencia de que la muerte y la ruptura estaban conectadas con nuestra distancia de Él. Como le gusta decir a mi amigo Gerry: bailar el vals en la presencia de Dios con impureza ritual, era como si yo volviera a casa sudado después de un partido de baloncesto, y tratara de abrazar a mi esposa. Ella se taparía la nariz y me diría: “¡Apestas! Ve a ducharte”. No he hecho nada malo en sí, pero no estoy en buenas condiciones para abrazar a mi esposa.

Los animales de los sacrificios eran como esponjas de lana que “absorbían la muerte” de la persona y su destrucción.

Con respecto a Israel, Levítico decía que una persona podía tener impureza ritual en su vida, y aun así obedecer a Dios; solo que no podía “abrazarlo”, es decir, no podía ingresar a los espacios de su presencia íntima en el templo. Si la persona quería acercarse a Dios, debía primero purificarse por algo que la librara de la inmundicia. Por tanto, tenía que esperar un día, tomar un baño, y después ofrecer un sacrificio que absorbiera cualquier “estado de muerte” que quedara en ella.

Una vez libre de impureza ritual, la persona podía presentarse de nuevo ante la vivificante presencia de Dios.

La segunda clase de inmundicia era la impureza moral. La sección de espejo de Levítico (capítulos 18 al 20) describe las violaciones —contra la justicia social, la integridad sexual y las relaciones sanas— que volvía a la persona moralmente impura. La rebelión deliberada fue, por supuesto, el medio por el cual entró la muerte al principio, la grieta en el mundo a través de la cual la corrupción invadió y contaminó la obra maestra de la creación de Dios.

Entonces, tanto la impureza moral como la impureza ritual tenían algo en común: estaban asociadas con la muerte. Y, como sucede con la oscuridad delante del sol, la muerte no podía vivir en la presencia de Dios. Los animales de los sacrificios eran como esponjas de lana que “absorbían la muerte” de la persona y su destrucción. Tomaban sobre ellos tanto la muerte que nos afecta, como la muerte que provocamos. El Creador toma la esponja de lana y quita la basura de nosotros, para lavarnos y poder seguir con una vida de rectitud.

El día de la expiación

Esto nos lleva al clímax de Levítico, en el centro del libro: el día de la expiación. ¿En qué consistía ese día? El pecado “separa a Dios y a la humanidad”; “la expiación los reconcilia”. Los israelitas eran un gran grupo de personas, y quién sabe cuánta maldad y corrupción había tras bastidores, separando a la nación de Dios a lo largo de todo un año. Entonces, una vez al año se realizaba este acontecimiento público para expiar la culpa y la impureza del pueblo en general, para reconciliarlo con Dios.

 

En el día de la expiación, se llevaban al templo dos machos cabríos. El sumo sacerdote mataba al primero, y rociaba su sangre en el Lugar Santo (la entrada al Lugar Santísimo, donde habitaba la presencia de Dios de la manera más íntima); esto se hacía para tratar con “las impurezas de los israelitas, cualesquiera que hayan sido sus pecados” (Lv 16.16 NVI). El sumo sacerdote tomaba después al segundo macho cabrío, colocaba ambas manos sobre su cabeza, y confesaba la iniquidad del pueblo “poniendo” los pecados de Israel sobre el animal, que luego era enviado al desierto.

¿Qué significaban estos machos cabríos? Eran una imagen de exilio y de muerte.

El segundo macho cabrío, enviado al desierto, era una imagen de exilio. Al igual que Adán y Eva que fueron expulsados del huerto del Edén, o de Israel finalmente expulsado de su tierra, el chivo era expulsado de la tierra prometida para llevar los pecados del pueblo al desierto. Imagínese que, mientras observa al macho cabrío caminar hacia el ocaso, tiene este pensamiento: Allí van nuestra corrupción, nuestra violencia, nuestro adulterio y nuestra codicia. Creo que sentiría el peso del impacto del pecado en un nivel más profundo.

El animal iba al exilio para que el pueblo no tuviera que hacerlo.

“La paga del pecado es muerte”, nos dice el apóstol Pablo en Romanos 6.23. El primer macho cabrío absorbe la muerte del pueblo como un sustituto, y su sangre limpia el santuario del templo quitando la corrupción de la tierra. ¿Cómo sería ver a este animal soportando el peso de los crímenes, del caos y de la locura de la comunidad a la que usted pertenece? No puedo evitar sentir que el día de la expiación daba Israel un mayor sentido de justicia pública. Que ese día los ayudaba a tomar más en serio el peso y la seriedad del mal. El pecado tiene consecuencias; la rebelión lleva a la muerte.

Jesucristo tomó nuestra muerte cuando entró en la tumba, y lo hizo para unir lo que el pecado había desgarrado, reconciliar cielo y Tierra, y resucitarnos de la tumba como su pueblo.

Ese día de la expiación apunta hacia Cristo. Cuando el Señor Jesús fue llevado fuera del templo, entregado a los gentiles, y obligado a llevar la cruz sobre sus espaldas a través de las puertas de Jerusalén y fuera de la ciudad, Él fue el chivo expiatorio que llevó nuestro pecado al yermo terreno desierto. Y al igual que el segundo macho cabrío en el día de la expiación, Cristo, en su humanidad redentora —llevó nuestro exilio, borrando la distancia que había entre nosotros y el rostro de nuestro Padre celestial.

Cuando Jesucristo murió, Él fue nuestro sustituto perfecto. A semejanza del primer chivo en el día de la expiación, Él cargó con el poder destructivo de nuestra rebelión, del deterioro que hemos causado a su creación. Cristo tomó nuestra muerte cuando entró en la tumba, y lo hizo para cumplir un solo objetivo: unir lo que el pecado había separado, reconciliar cielo y tierra, y resucitarnos de la tumba como su pueblo.

El Señor Jesús satisfizo el sistema sacrificial. Los sacrificios de Israel eran, como nos dice Hebreos 10.1 (LBLA), “solo la sombra de los bienes futuros”. Tenían que ser ofrecidos una y otra vez para mantener a Israel limpio, pero no para penetrar las profundidades de los corazones de los fieles. Mas, cuando nuestro Salvador entregó su vida, ofreció “una vez y para siempre un solo sacrificio por todos los pecados”, para que nosotros, quienes estamos unidos a Él, podamos tener “confianza para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo... [y] acercarnos con corazón sincero” (Hebreos 10.12, 19, 22). ¿Reconoce la realidad de todas las imágenes en Levítico? Jesucristo es tanto nuestro Sumo Sacerdote que ofrece el sacrificio, como el sacrificio ofrecido para traernos de vuelta a la presencia de Dios. El Señor de la vida se dio a sí mismo para que podamos vivir, y nuestra respuesta apropiada es la gratitud.

Ilustraciones por Tim McDonagh

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