Cuando oramos

Cinco maneras de integrar la oración a cada aspecto de la vida

Si tan solo pudiera celebrar en mí la falta de oración— si tan solo pudiera justificar de alguna manera mi alejamiento de Dios.

A decir verdad, sentimos mucha culpa por pensamientos como estos. Además de leer la Biblia muy rara vez, muchos lamentamos en silencio una vida de oración frustrada, tal vez más que cualquier otra cosa en nuestros esfuerzos como discípulos. Resolvemos de corazón, alimentados por otro sermón, o bendición, o carta pastoral, ser más intencionales al hablar con Dios. Pero cuando la inspiración se ha desvanecido y no hay un crecimiento perceptible que señalar, nos damos por vencidos una vez más y esperamos la siguiente ola de intentos.

¿Qué es lo que pasa? ¿Qué nos falta en esta parte esencial de seguir a Jesucristo? ¿Por qué necesitamos adoptar de lleno una vida de oración?

Después de que todos los sermones y seminarios han terminado, cuando todos los libros sobre la oración se han llenado de polvo, al final lo que necesitamos es recuperar la comprensión de la oración como una experiencia de Dios mismo. Es maravilloso recibir consejo de oradores piadosos y experimentados, pero las lecciones que aprendemos de esas personas nunca nos enseñarán lo que en verdad necesitamos saber. Solo la oración —la conversación con Dios mismo— puede hacer eso.

El propósito de esta guía es ayudarle a establecer una práctica diaria de hablar, escuchar y pasar tiempo con el Señor, una práctica que se integra de manera natural a los ritmos de la vida diaria.

En otras palabras, la meta aquí no es información sino formación. Con ese fin, hemos reunido lo que sigue para ayudarle a comenzar a ver la oración no solo como algo que hacemos, sino también como parte esencial de quiénes somos.

UNA DEFINICIÓN

En el siglo IV, el teólogo y célebre predicador Juan Crisóstomo dijo: “La oración es la luz del alma, que nos da el verdadero conocimiento de Dios”. El tipo de conocimiento del que hablaba no era el que se aprende en los libros, sino el que nace de un verdadero encuentro con el Cristo vivo.

La oración es comunión con Dios. Sí, acudimos a Él con nuestras necesidades y nuestros deseos, como lo mandan las Sagradas Escrituras. Sí, la oración implica conversar con el Señor, hablar y escuchar. Pero ni nuestra conversación ni nuestras peticiones son, en realidad, de lo que se trata la oración: son los medios, no el fin. Más bien, lo que buscamos es una unidad cada vez más profunda con el Salvador que cada una de estas partes facilita. Lo que anhelamos es a Dios mismo.

 

Ore con su cuerpo: La oración física

Aunque no hay una posición “correcta” o “apropiada” para la oración, no debe descartarse lo que hacemos con nuestros cuerpos. ¿Por qué razón? Porque somos creaciones encarnadas a las que se les ha prometido cuerpos de resurrección. Como templos del Espíritu Santo que están destinados a la gloria de Dios, le adoramos presentando nuestro ser físico como sacrificios vivos y santos (1 Co 6.19, 20; Ro 12.1). Muy a menudo, pensamos en la oración en términos solo cerebrales, como un acto de la mente, pero debe ser algo que experimente la persona en su totalidad: la mente, el alma y sí, el cuerpo también.

A lo largo de la Biblia se mencionan muchas posturas de oración. Abraham se postró sobre su rostro delante de Dios (Gn 17.3, 17). Moisés intercedió con los brazos extendidos (Ex 9.27-29). El rey Salomón se arrodilló (1 R 8.54). El recaudador de impuestos se golpeó el pecho y bajó los ojos (Lc 18.13). Ana imploró con llanto y labios silenciosos (1 S 1.9-18). Y el Señor Jesús volvió sus ojos al cielo (Jn 11.41).

Aunque puede sentir incomodidad al principio, hablarle al Señor con su cuerpo, apoyándose en diversas posturas, es una manera maravillosa de enriquecer su vida de oración. Puede comenzar en la privacidad de su propio hogar y seguir desde ahí.

 

Pida con audacia: La oración intercesora

En su libro Vida en comunidad, Dietrich Bonhoeffer escribe: “La intercesión no significa más que llevar a nuestro hermano a la presencia de Dios, verlo bajo la cruz del Señor Jesús como un ser humano necesitado... Su necesidad y su pecado se vuelven tan pesados y agobiantes que los sentimos como propios, y no podemos hacer nada más que orar”. En el Antiguo Testamento, el sumo sacerdote iba ante la presencia de Dios en el Lugar Santísimo para interceder por el pueblo. Pero el Señor Jesús, por su muerte en la cruz, se convirtió en nuestro gran sumo sacerdote, intercediendo por nosotros ante el Padre.

La oración en sí misma es abrumadora, y orar por los demás aún más. No es raro pensar: ¿Y si oro mal? ¿Y si dejo algo fuera? ¿Qué tan específico debo ser? Sin embargo, Dios nos manda que oremos. Y debemos recordar que Él no nos deja solos: el Señor Jesús está sentado a la diestra del Padre, abogando por nosotros, y el Espíritu Santo intercede por nosotros con “gemidos indecibles” (Ro 8.26). No tenemos que orar de manera perfecta; Dios no está calificando nuestras oraciones. Pero mientras oramos con un corazón sincero e inclinado hacia su voluntad, Él nos enseña. La mejor manera de aprender la intercesión es comenzar a practicarla.

La oración intercesora en un contexto de adoración colectiva no es más que la intercesión de unos por otros. Sin embargo, orar en público puede ser intimidante y, si no tenemos cuidado, puede convertirse en un espectáculo. (Vea Lucas 18.9-14). El Señor Jesús invitaba a los discípulos a orar con Él, y la iglesia primitiva oraba junta. Su unidad al derramar sus corazones como una sola persona —que necesitaba y dependía de Dios para hacer lo que solo Él puede hacer— resultó en compañerismo, discipulado y poder espiritual. Al orar juntos, encontramos valor para ser auténticos y transparentes, y aprender unos de otros.

 

Tómese su tiempo: La meditación

El plan típico de lectura de la Biblia en un año es una corrida a toda velocidad, una carrera frenética para absorber alrededor de 775.000 palabras en 365 días. Dicho de otro modo, es el equivalente literario a recorrer en un carrito eléctrico el museo de Louvre, y decir que uno ha admirado la belleza de cada una de las 380.000 piezas de arte en exhibición.

La lectura rápida, aunque valiosa a su manera, deja poco espacio para contemplar los lirios vestidos con sus mejores galas (Mt 6.28-30), o la forma en que la unidad entre los hermanos es como el aceite en la barba de Aarón (Sal 133.1-3). Cuando reducimos la velocidad para mirar de verdad, recordamos que la luna y las estrellas no son cuerpos astronómicos fríos, sino la obra misma de los dedos de Dios (Sal 8.3, 4).

Al movernos demasiado rápido no solo nos perdemos de la belleza del lenguaje, sino también de la grandiosidad de Dios.

Al movernos demasiado rápido no solo nos perdemos de la belleza del lenguaje, sino también de la grandiosidad de Dios. Y es por eso que debemos leer más despacio de manera intencional, y tomarnos tiempo para contemplar las palabras, las imágenes y las historias de las Sagradas Escrituras. Eso será lo que quedará en nuestra mente. El pastor puritano Thomas Watson lo expresó así: “Sin meditación, las verdades de Dios no se quedarán con nosotros. El corazón es duro y la memoria resbaladiza, y sin meditación, ¡todo está perdido!”.

La meditación se define a menudo como imaginación y contemplación de las palabras y la bondad de Dios. Al comprometernos de manera intencional con las Sagradas Escrituras de esta forma, disminuimos la velocidad, reflexionando sobre cada palabra y permitiendo que las escenas e imágenes cobren vida en nuestra imaginación. La meditación nos permite tener una conversación con la Biblia. Nos ayuda a maravillarnos.

Esto se puede hacer con un pasaje largo, o con solo uno o dos versículos. Y la meditación no tiene por qué limitarse solo a un momento; podemos continuar meditando mientras conducimos el automóvil o salimos a caminar.

Otras opciones, cuando no tenga un versículo en mente, sería meditar en una frase como “Señor, ten misericordia”; leer (o memorizar) una bendición como la que se encuentra en Efesios 3.14-21; o recitar los nombres de Dios/Jesucristo y lo que significan.

 

Tome un respiro: La oración incesante

El apóstol Pablo, en una carta a la iglesia en Tesalónica, escribió estas palabras, no solo como una exhortación, sino también como un mandato pastoral: “Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús”(1 Ts 5.16-18). Y a los efesios: “orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu” (Ef 6.18). Como personas que nos aferramos con fe a las enseñanzas de las Sagradas Escrituras, tenemos que creer que el apóstol Pablo creía en realidad que la oración incesante era posible. Pero para aquellos de nosotros que estamos luchando con el ritmo acelerado de la vida moderna, la pregunta es conmovedora: ¿Cómo hacerlo?

No hay una fórmula para superar la dificultad de la mente para lograr una vida de oración incesante. Pero hay un método probado, con siglos de antigüedad, para ayudarnos a perseverar y encontrar el camino, con independencia de lo que estemos haciendo o de quién esté cerca.

La oración incesante le ayudará a descubrir que el Señor es el compañero constante que ya es.

Durante cientos de años, los cristianos han repetido en silencio breves oraciones o fragmentos de las Sagradas Escrituras a lo largo del día para permanecer presentes ante Dios. Tener un estribillo sencillo al cual invocar durante el día nos ayuda a mantener la conexión con Cristo, y afina nuestro corazón para escuchar al Señor llamando a la puerta.

Hacerlo también nos ayuda a desalojar pensamientos no deseados. En vez de entretenernos con esos pensamientos, podemos, a través de nuestra disciplina de oración, dejarlos pasar como un pájaro que pasa volando junto a una ventana, y luego volver la atención a Dios a través de nuestro estribillo de oración.

Pero ¿qué hay del versículo que dice: “Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos” (Mt 6.7). Pero no todas las repeticiones son “vanas” o “sin sentido”. Un versículo de oración bien escogido es todo lo contrario. Entonces, recitar con devoción y atención a Dios produce un hábito de corazón que nos acerca al Salvador, y nos hace más parecidos a Él.

No hay nada de magia en este método. Practicar la disciplina de la oración incesante no sustituye al tiempo que se dedica a la meditación en las Sagradas Escrituras y a tener comunión con Dios. Es una extensión de esa devoción, una forma de continuar en comunión mientras usted corta el césped, lava los platos, sirve en la iglesia o hace su trabajo. Aprender a invocar al Señor de esta manera no afectará sus responsabilidades diarias. Solo le ayudará a descubrir que el Señor es el compañero constante que ya es.

 

Encuentre las palabras: La oración escrita

No se qué decir. Esta es la razón más común por la cual la gente evita la oración. Quieren alabar a Dios, interceder por otros, o confesar sus pecados, pero cuando lo intentan, las palabras se desvanecen en el aire. Pero no hay ninguna ley que establezca que cada oración que ofrezcamos tiene que ser una creación perfecta e irrepetible, o una colección hecha a la medida de frases perfectas.

Cuando tenemos problemas para hablar, podemos usar los pensamientos de los demás. Hacer esto tiene una manera de eliminarnos el problema, ya que, en lugar de formar las palabras, permitimos que ellas nos formen a nosotros. Repetir estas oraciones y memorizarlas, se convierten en parte de nuestra adoración diaria y nos permite tener una comunicación más rica y profunda con Dios.

 

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Dallas Hazelrig, Jamie A. Hughes, Cameron Lawrence y Aline Mello contribuyeron a este artículo. Foto-ilustraciones por Joe Cavazos

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