Cuando tratamos de eliminar a Cristo de nuestra vida

Por qué es difícil desligarse de Dios

Hace pocos meses me topé por casualidad en Facebook con el perfil de un viejo amigo mío. Habíamos sido pastores de una iglesia grande suburbana. Ahora él es un ateo que trabaja como “capellán humanista secular”, y parece festejar su “desconversión” del cristianismo.

La Biblia tiene una palabra para lo que ha sucedido en la vida de mi amigo: un naufragio, como fue la seria evaluación que hizo Pablo de dos líderes cristianos que “naufragaron en cuanto a la fe” (1 Timoteo 1.19). Pero después de mi estupor inicial, entendí que no podía juzgarlo. Por el contrario, mirar sus relucientes y confiados mensajes “evangelizadores” ateístas, me hizo pensar en mi propia vida. Me pregunté por qué y cómo mi fe seguía todavía intacta y en buenas condiciones. Hablando con sinceridad, en los cuarenta años que tengo siguiendo a Cristo, hubo momentos en los que pensé dirigir mi pequeño bote hacia algunas rocas y alejarme. A diferencia de mi amigo, encuentro inaceptable el ateísmo, pero he coqueteado con mi propia versión de naufragio: una manera agradable, cómoda y menos exigente de enfocar la fe: “Dios, no te molestaré demasiado si tú no me molestas mucho a mí”.

Para esto, tengo razones poderosas e irresistibles: la duda intelectual, mi propio corazón rebelde que quiere hacer lo que le da la gana y la conducta de los cristianos que han dejado de ser creyentes, para nombrar solo algunas. Pero la razón más grande es que seguir a Jesús es ridículamente difícil. Amar a la iglesia, caminar con los pobres, buscar integridad sexual, practicar disciplinas espirituales, ser generoso con mi dinero ganado con tanto esfuerzo —la mayoría de lo que tiene que ver con Cristo es difícil y dolorosamente contrario a lo que dice el sentido común, y contrario a mi sentir. Como bromeó una vez el ateo del siglo XX, Bertrand Russell, acerca de la orden de Jesús de amar a nuestros enemigos, "No hay nada que decir en contra de eso, excepto que es muy difícil para la mayoría de nosotros practicarlo con sinceridad".

 

Sí, por eso, a veces, me dan ganas de tirar la toalla, apretar el botón de “eliminar” o, por lo menos, de deslizarme para poder hacer lo que me dé la gana. Hace unos seis años estaba en el pasillo de las galletas de un supermercado en Nochebuena, pensando en si debía asistir a la iglesia o simplemente decidir no participar en la celebración. Después de dos décadas de tener que asistir a los servicios de la iglesia, esta vez no tenía que ir porque ya no era pastor, y me había mudado al otro lado del país. Nadie esperaba que yo estuviera allí. Podía tomar unas tortillas de maíz y salsa, y quedarme en casa. Pensándolo bien, podía perderme de vista los domingos para siempre, dormir hasta tarde, leer el periódico y comer un sabroso desayuno, como todos mis sofisticados amigos seculares. Tenía la salida, y se veía bastante bien.

Así que, a la luz de la “desconversión” de mi amigo y de mis aparentemente buenas excusas para naufragar en mi fe, me preguntaba por qué seguía siendo cristiano. ¿Qué me impide abandonar, o al menos diluir, partes importantes de mi fe? Puedo resumirlo en una sola palabra: Cristo. Simplemente, no puedo alejarme de Él. Es demasiado misericordioso, exigente, fascinante, sorprendente, y absolutamente imprescindible.

El escritor secular John Jeremiah Sullivan admite tímidamente que todavía no ha podido superar lo que él llama su “fase de Jesús”. Durante la escuela secundaria, Sullivan abrió la puerta de su vida al Señor, y ahora no puede deshacerse de Él. “[Mi problema] no es que me sienta un imbécil por haberlo creído todo”, escribió Sullivan. “Es que amo a Jesucristo... ¿Por qué razón debería Él molestarme? ¿Por qué su sombra no es más simpática para mí?”.

Puedo identificarme con la frustración de Sullivan. Solo que Jesús no me molesta. Él me atrae. Me busca y me encuentra. Y a pesar de todas mis dudas e intentos de escapar, no consigo hacerlo. Con los años he aprendido que cuando Jesús aparece, Él viene solo como Señor, no viene como mi sirviente. En otras palabras, no simplemente lo busco a Él; busco todo lo que está asociado con Cristo —ya sean cosas o personas. Busco la vida en los términos de Él, no en los míos.

Comienza así. A veces, cuando me siento tentado a apartarme de Jesús, vuelvo a una pequeña escena en los Evangelios: la de Jesús caminando por la orilla del Mar de Galilea, diciendo a un puñado de pescadores: “Síganme”. Entonces me pregunto: ¿Creo que eso sucedió? Claro que sí; es una historia tranquila y poco espectacular acerca de unos pescadores del siglo primero que tendían sus redes después de un duro día de trabajo. No eran unos locos místicos o fanáticos. Eran como los mecánicos de un camión diesel limpiando todo después de reacondicionar su motor, o como las enfermeras quirúrgicas lavándose las manos después de una apendicetomía. Pero entonces tengo que preguntarme: ¿Qué clase de persona podría sacar a cuatro pescadores de su negocio familiar, cambiando para siempre el curso de sus vidas? ¿Cómo transformó Él a hombres sin educación formal, en líderes valerosos y brillantes de una nueva revolución espiritual multiétnica, que estuvieron dispuestos a morir por su Señor y Salvador? Y Jesús hizo todo eso con una sola palabra: “Síganme”. ¿Cómo lo logró?

Al reflexionar en esa historia (o en centenares de otras narraciones del evangelio que tienen el mismo efecto), como lo hizo conmigo hace más de cuarenta años, Él comienza, una vez más, a llamar a la puerta de mi corazón. Pero cuando Jesús aparece, por ser Él como es, nunca viene solo.

Cuando yo era adolescente y nuevo en la fe, me daba gusto leer un folleto llamado Mi Corazón, el hogar de Cristo. Es una linda parábola sobre cómo Jesús llama a la puerta de una casa, y después camina por las diversas “habitaciones” (la cocina, el estudio, el comedor, el clóset del pasillo, etc.) del hogar en el corazón del hombre. El libro me conmueve todavía, pero parece apoyar un error teológico: de que Jesús viene solo a mi corazón. De que se trata solamente de Jesús y yo pasando tiempo juntos.

La Biblia presenta una imagen muy diferente. Es más bien como la práctica de la hospitalidad africana. A un amigo mío, de Ruanda, le gusta recordarme que cuando alguien invita a un amigo africano a cenar, puede llegar con cinco o diez invitados más. Se le abre la puerta y, ¡sorpresa! uno ve el equivalente a un equipo completo de fútbol alineado detrás del invitado, sonriendo y esperando con confianza que todos sus acompañantes sean bienvenidos a la cena ... y quizás a disfrutar después de una semana de hospitalidad.

Esa es una mejor comparación para explicar cómo actúa el Señor. Claro, allí está Jesús, mostrándose siempre como Él mismo, hablando y actuando tan perfectamente como Él es. Rebosa de amor y ternura, pero también se mantiene firme en todo lo que Él ha dicho sobre el pecado y el arrepentimiento, el cielo y el infierno, los apetitos y la ira, la codicia y el dinero, la muerte y la resurrección, las misiones mundiales y las buenas acciones, y su autoridad y su poder.

Pero también hay otra larga fila de otros invitados, sonriendo y esperando irrumpir en nuestros hogares para una agradable y larga estancia. ¿Quiénes son ellos? Bien, allí están Abraham, Moisés, Rahab, Rut, David, Isaías y el Antiguo Testamento en su totalidad, cuyas historias se encuentra desde Génesis y hasta la Ley, los Salmos y los Profetas. Jesús amaba indiscutiblemente la historia desgarradora, llena de esperanzas, y a veces extraña del loco amor de Dios por el pueblo judío, el resto de la humanidad, e incluso toda la creación. Todo esto estaba siempre en los labios y en el corazón del Señor Jesús, y lo llevaba con Él a todas partes.

Y allí está también la iglesia: los apóstoles, todo el Nuevo Testamento, y toda esa andrajosa y a veces estrambótica multitud de santos y pecadores (pero sobre todo de santos pecadores). Pero no se trata solo de la gente y de los líderes espirituales de la iglesia de la cual usted es miembro; son todos los seguidores de Cristo de todo el mundo “de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas”, esparcidos durante los 2.000 años de historia de la iglesia (Apocalipsis 7.9). A veces, esos creyentes le sacarán de quicio, e incluso podrán romperle el corazón. Pero ellos siempre vienen con Cristo, y usted llega a amarles y a aprender de ellos.

Detrás del Señor están los pobres y los perdidos, las personas que usted conoce, que necesitan un Salvador: los poderosos y los marginados, los arrogantes y los quebrantados de corazón, los religiosos santurrones y los mundanos presumidos. Allí está esa indocumentada guatemalteca que trabaja doce horas al día en su restaurante favorito. Y allí está su dentista, ese amable pero espiritualmente endurecido agnóstico. No todo el mundo se presenta con Jesús en su puerta, solo la gente que usted puede tocar con su breve vida.

Entonces, allí están Jesús y su estilo de vida, Jesús y sus amores, de pie junto a su puerta.

Pero, antes de que usted se sienta abrumado, recuerde que Jesús está allí, también, en el centro de la escena, con su cabeza echada hacia atrás, y riendo. Por tanto, si usted se está preguntando cómo va a amar y disfrutar de ese harapiento grupo que ha venido con Jesús, Él está allí para ayudarle a hacer lo que es totalmente contrario a la razón.

¿Qué me impide abandonar, o al menos diluir, partes importantes de mi fe? Puedo resumirlo en una sola palabra: Cristo. Simplemente, no puedo alejarme de Él.

El pastor y escritor Tim Keller compara el señorío de Jesucristo con un “sismo en la vida”. Piense en un camión grande que pasa sobre un puente pequeño, dice Keller. Todo el puente se estremece en presencia del camión. Es un sismo en el puente. O piense en un hombre enorme que pisa la delgada capa de hielo en que la que usted está parado, haciendo que el hielo se agriete y tiemble. Es un sismo en el hielo. Ahora piense en Jesús entrando en su vida. Si Él simplemente es otra figura histórica de renombre, un mesías revolucionario más, o incluso el maestro preeminente del amor y de la tolerancia, entonces puede encajar perfectamente en una vida pequeña. Pero si Él es “el Señor”, entonces cada vez que Él entra en su casa o en la mía, habrá un sismo en la vida. Y con eso, escribe Keller, “todo es reordenado … cualquier punto de vista, cualquier convicción, cualquier idea, cualquier conducta, cualquier relación. Él puede cambiarlos, o puede no hacerlo, pero al comienzo de la relación usted tiene que decir: “para que [el Señor] en todo tenga la preeminencia” (Colosenses 1.18).

En el fondo, este sismo en la vida no es triste o preocupante, porque Jesús también se manifiesta con algo más: con promesas exuberantes, fantásticas, generosas. Promesas como que los mansos heredarán la tierra; que los que lloran serán consolados; que los hambrientos y sedientos serán saciados; y que los misericordiosos recibirán misericordia (Mateo 5.3-11). O promesas como que cualquiera que haya dejado casas o familiares o amigos por Jesús, recibirá cien veces más —y la vida eterna, para empezar (Mateo 19.29). O como que el reino de los cielos es como encontrar un tesoro en un campo o una perla de gran precio (Mateo 13.44-46). No es de extrañar que Pedro, ante el profundo costo del señorío de Jesús, pudiera decir: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Juan 6.68, 69).

Felizmente, dejé el supermercado esa Nochebuena, y me fui a la iglesia. No siempre me resultaba fácil, pero volvía todos los domingos, también. Y me alegro de haberlo hecho. En cuanto a Jesús y su numeroso grupo, sí, aún siguen ahí, causando todavía unas benditas dificultades, pero creando también mucho gozo.

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