De rodillas sobre una tierra calcinada

Después de experimentar las secuelas del pecado es posible crecer si estamos dispuestos a renunciar a nuestro orgullo.

Regresé a Wichita, Kansas, tres años después de haber hecho cenizas la vida que había tenido allí.

Había caído profundamente en el pecado y el autoengaño que lo acompaña con tanta frecuencia, y después me alejé de una iglesia llena de personas que se habían encargado de mi familia durante el tiempo que mi hija tuvo un tumor cerebral inoperable. Había abandonado a la mujer con la que había enterrado a esa hija. Me había anestesiado con el licor y las mujeres, al mismo tiempo que alimentaba mis quejas, los agravios que sentía que había sufrido, y la retorcida lógica que en mis oscuros pensamientos, justificaban esas acciones.

Había corrido hasta que me encontré de rodillas en un pequeño apartamento en una ciudad extraña, con una pistola en la boca y una reluciente bala de 9 mm en la cámara. La pistola era mi Smith & Wesson; y la temblorosa mano que la sujetaba era la mía.

Esto es lo que sucede cuando a uno ya no le queda nada más que quemar en la vida. Uno se encuentra de rodillas. Pues, de una forma u otra, uno caerá de rodillas.

Y he aquí algo en cuanto a Dios: No importa lo que nos digamos a nosotros mismos, Él nunca nos dejará. Su viña siempre está abierta, a la espera de trabajadores, y nos paga el salario de un día completo, aun cuando lleguemos a la hora undécima (Mateo 20.1-9). Las puertas del jardín del cielo están abiertas, pero nosotros, los calcinados de la tierra, damos la espalda a las cosas buenas y en crecimiento. A la vida misma.

Pero, a veces, gracias a Dios, somos doblegados lo suficiente para ver la tierra como lo que es, y aprender cuál es nuestro lugar en ella. Para mí, al menos, ese fue el comienzo de la redención: de rodillas, con una pistola en mano, listo para hacer uso de la última migaja de control que pensaba que me quedaba, y así ponerle fin a mi vida.

Cuando a uno ya no le queda nada más que quemar en la vida, se encuentra de rodillas. Pues, de una forma u otra, uno caerá de rodillas.

Pero mientras estaba de rodillas, llorando y tratando de reunir el valor para apretar el gatillo, se me ocurrió que tal vez mi insistencia en gobernar mi vida había sido siempre el problema.

Así como Dios había colocado a mi alrededor personas que habían tratado de evitar que me destruyera a mí mismo, el Señor me puso de nuevo entre personas que me ministraron. Emprendí el trabajo de redención comenzando primero por el suelo seco y agrietado de mi propio corazón. Después de todo, no podemos arreglar cuentas con nadie si primero no hemos arreglado nuestras cuentas con el Señor. Con toda razón David escribió: “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos” (Salmo 51.4).

Felizmente, “misericordioso y clemente es Jehová, lento para la ira y grande en misericordia” (Salmo 103.8). Pero hacer que nuestro corazón nuevamente sea apto para el trabajo de jardinería requiere remover la capa de tierra endurecida, es decir, sanar el suelo. El Señor es, sin duda, misericordioso con nosotros cuando traemos nuestras transgresiones a Él, pero exige que las veamos de lleno y de frente: “He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría” (Salmo 51.6).

La recuperación puede ser dolorosa.

Es difícil describir este trabajo sin equivocarse. O aparentamos que fue exitoso gracias a nuestros méritos, o damos la impresión de que no tuvimos ninguna responsabilidad en el asunto, ya que todo dependió de Dios. Conservo en mi mente la parábola de la viña en la que el Señor recibe a todos los que desean trabajar, y nos recompensa totalmente sin importar nuestros insignificantes esfuerzos —pero debemos trabajar. La parábola no dice que alguien entró en la vida, y simplemente estuvo sentado durante todo el día. Los trabajadores recibieron su paga. Pienso, asimismo, en la reconfortante verdad expresada por Pablo: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas” (Efesios 2.10). Observemos que la palabra clave es “anduviésemos”, no “descansáramos”.

Por tanto, yo tenía trabajo que hacer, pero siempre un trabajo sensible. El Señor puso toda la verdad de mis acciones frente a mí, sentí tristeza y lloré. Entonces me ofreció oportunidades de servir a las personas que yo había herido, y lo hice. Trabajamos en la viña del Señor, pero Él es el capataz. Y las instrucciones no han cambiado, no importa cuánto tratemos de adaptar la iglesia de Dios a nuestras comodidades modernas. Tenemos que orar, leer las Sagradas Escrituras, ayunar, cuidar las viudas y los huérfanos, visitar a los presos y amar a nuestros prójimos como a nosotros mismos.

Ah, sí, mis prójimos. Eso incluía a mi exesposa, que vive en este momento en Carolina del Norte, adonde también me había mudado yo para estar cerca de nuestros hijos. Le pedí perdón, y ella me lo dio misericordiosamente. Incluía también a mis hijos, que sufrieron terriblemente por causa de mis decisiones. También incluía a todas aquellas personas a las que  yo había hecho cenizas en Wichita.

Por supuesto que amo a todas esas personas. Pero tengo que hacer lo necesario para sentirme feliz. Eso es lo que yo me decía, en medio de mis dramáticos encuentros con ellas. Pero ahora estaba comenzando a entender que, por lo menos según lo dice el Señor, el amor no es sentimientos sino acciones. Sí, sentía amor hacia mi familia y mis amigos cuando pensaba en ellos. Pero, ¿había yo actuado con amor?

No. Había actuado como si los odiara.

Me encontraba, pues, en Wichita, sobre tierra calcinada. “Te desapareciste por un tiempo”, me dijo un amigo que me invitó a desayunar. Era alguien que una vez me llamaba su mejor amigo, una persona a la que no había visto ni con la cual había hablado ni una sola vez durante esos tres terribles años. Es la vergüenza la que nos mantiene alejados, incluso después de que uno comienza a entrar en razón. Y eso fue lo que le dije.

Mi amigo me perdonó. Me perdonó aun antes de que me sentara a la mesa y le pidiera que me perdonara. ¿Ha tenido usted alguna vez a alguien que fuera para usted Cristo de esa manera? Fue un desayuno maravilloso, una de las mejores comidas que he tenido, aunque no puedo recordar lo que había en mi plato.

Pero con otro amigo con quien había tenido una amistad estrecha no pude reunirme ni esa vez, ni ninguna otra desde que volví a Wichita. Sus respuestas por correo electrónico a mis preguntas fueron breves y cordiales, como las que puede dar un bibliotecario cuando uno llama para preguntar acerca de un libro fuera de circulación. Se estaba protegiendo a sí mismo y a su familia. ¿Y quién puede culparlo?

Había otros amigos a los que no les dije en absoluto que iba a venir. No porque yo no quisiera verlos, sino porque temía que me dijeran que no querían verme. En la tarde que iba a salir de la ciudad, me invadió por breve tiempo un espíritu de valor. Esas personas se habían ocupado de mi familia durante la enfermedad de mi hija; nos habían alimentado, habían hecho reparaciones en nuestra casa, e invitado a sus hogares en los tristes meses posteriores a la muerte de nuestra hija. Tenía que ir a verlos, aunque me dieran un portazo en la cara.

Me dirigí a la casa de ellos, y esperé un rato sentado en mi auto. ¿Y si en realidad me dieran un portazo en la cara? ¿Y si me gritaban? Mi regreso había sido mucho mejor de lo que podía haber esperado. ¿Y si esto lo estropeaba todo?

Pero no se trataba de mí, ¿cierto? —pensé.

Salí del auto, me dirigí hacia su puerta, y toqué suavemente. No hubo ninguna respuesta. Entonces golpeé más fuerte. Escuché que la conversación que había adentro se detuvo. La puerta fue abierta. Y ahí estábamos nosotros, de pie a cada lado del umbral, sin saber yo qué decir, aparte de un “hola”, y mi pareja de amigos sin palabras.

Sus ojos se llenaron de lágrimas. Me halaron y me abrazaron durante un largo tiempo. ¿Ha sentido usted alguna vez el perdón? ¿Lo ha sentido alrededor de sus hombros, en lo más profundo de su corazón? El perdón es amor derramado en nosotros sin merecerlo, y es una sensación celestial.

Si usted nunca ha pedido perdón, debe hacerlo. Y si no lo ha dado, debe hacerlo —si no por bien de la persona que se lo pide, entonces por el bien de su propia alma.

No es que pueda culpar a las personas con las que todavía no estoy reconciliado. Mientras escribo esto me doy cuenta de que, en algunos casos, aunque he tratado de relacionarme con ellas, literalmente no les he pedido perdón. Tal vez piensan que quiero fingir que no las he herido. Tal vez deba ser más directo pidiéndoles que me perdone. Hacer eso es muy humillante. Pero es precisamente la medicina que necesita un hombre orgulloso como yo.

Si usted nunca ha pedido perdón, debe hacerlo. Y si no lo ha dado, debe hacerlo —si no por bien de la persona que se lo pide, entonces por el bien de su propia alma.

Esto no quiere decir que después de recibir perdón por el daño que uno ha hecho, todo será mejor. Usted puede cortarle el brazo a alguien y después pedirle que le perdone, y es posible que esa perdona encuentre la gracia suficiente para hacerlo. Pero la persona no recobrará su brazo. No lo recobrará hasta que el Señor regrese y haga nuevas todas las cosas. El perdón humano no puede rehacer las cosas. Tengo esta experiencia, incluso con los amigos que he restaurado mi relación. Hay una cautela en ambos lados, tanto en ellos porque se preguntan si realmente he cambiado; y en mí, porque me siento avergonzado.

La redención, en otras palabras, no es un episodio. Es un jardín que usted está tratando de cultivar sobre una tierra que ha arruinado. Algunas almas confiadas y amorosas se le unirán para labrar la tierra y hacerla productiva de nuevo. Sin duda, tienen la fe de un niño, y el reino de los cielos será su recompensa (Mateo 18.1-4).

Otros se unirán a usted, pero nunca serán capaces de dejar que usted olvide lo sucedido. Es tentador que nos sintamos resentidos por eso, pero, en verdad, necesitamos que se nos recuerde cada día nuestros pecados. Ese doloroso recuerdo puede ser lo que nos impida volver al mal como un perro a su vómito (Proverbios 26.11).

Y otros a quienes usted ha agraviado se le unirán por un tiempo en su jardín de tierra calcinada, pero el trabajo les resultará demasiado doloroso. Algunos solo le darán la espalda ante los bordes de ese terreno marcado por cicatrices. Habrá veces en las que se sentirá tentado a alejarse para plantar un nuevo jardín en una buena tierra, en un lugar donde nadie le conozca. Pero esta tierra quemada le pertenece a usted, este jardín es suyo. Y redimirlo requiere su trabajo.

Es posible que usted no vea mucho fruto en esta vida. Pero si la redención es su meta, si su visión es la vida que tendrá en el mundo venidero (la vida que en su pecado y su enfermedad casi perdió, pero que está tan abierta a usted ahora como el día en que nació) no es demasiado tarde para comenzar ese trabajo. Aun en la hora undécima no es demasiado tarde.

 

Ilustración por Craig Ward
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