Dígame lo que ve

Pensamos en los dones espirituales como un asunto de descubrimiento personal, pero no podemos saber a fondo cómo nos creó Dios fuera de la comunidad de creyentes.

Cuando estaba en el último año de la escuela secundaria, le pidieron al grupo de jóvenes de mi iglesia que dirigiera un servicio nocturno para la celebración anual del domingo de la juventud. El adulto a cargo de nuestro grupo reclutó voluntarios para que fueran ujieres, dirigieran alabanzas y leyeran la Biblia. Pero cuando llegó la parte de la predicación, todos me miraron, aunque pertenecíamos a una pequeña iglesia que no permitía que las mujeres fueran pastoras. Había sido formada como líder en el grupo, y había crecido en mi conocimiento de la Palabra. Por no ser de quienes retroceden ante un desafío, acepté el rol y comencé a preparar mi predicación.

La noche transcurrió tan bien como esperábamos. Pero antes de que pudiera llegar al salón de confraternización para comer ponche y galletas, uno de los ancianos —no por título sino solo por edad y experiencia— se me acercó. Nunca olvidaré haber visto a Alva Cash acercárseme. Me habían advertido que algunos miembros de la iglesia podrían no estar contentos con mis enseñanzas, y esperaba que el Sr. Cash me dijera que las mujeres no debían estar en el púlpito. En vez de eso, me estrechó la mano y me dijo: “Jovencita, hiciste un buen trabajo”.

Yo esperaba que el Sr. Cash me dijera que las mujeres no debían estar en el púlpito. En vez de eso, me estrechó la mano y me dijo: “Jovencita, hiciste un buen trabajo”.

Tal vez sí tenga el don de la enseñanza, pensé, recordando cómo un maestro de la escuela dominical me había animado en ese sentido años antes. Poco después de entregar mi vida a Cristo y ser bautizada a los 13 años, comencé a asistir a una congregación con mi madre y mi hermano, y me encontré en la clase de estudiantes de secundaria que enseñaba Harry Durbin, quien era diácono en la iglesia y sus hijos iban a mi escuela. No recuerdo con exactitud cómo dirigía Harry las discusiones o qué plan de estudios usábamos, pero unos meses después de que empecé a asistir, un domingo me tomó del brazo y me llevó aparte después de la clase.

“Sabes, creo que es posible que tengas el don de la enseñanza” –me dijo

Como nueva cristiana que era, estaba confundida. ¿Cuándo recibí el don? ¿Cómo supo él que yo lo tenía, cuando ni yo misma lo sabía? ¿Y cómo podría ser maestra si solo era una jovencita? Es cierto que siempre quise ser maestra cuando creciera, pero también quería ser meteoróloga, arqueóloga y, más recientemente, periodista. ¿Acaso tenía también esos dones? Harry me explicó que los dones espirituales eran facultades y talentos particulares que nos da el Espíritu para la Iglesia. Me dijo que después de observarme en clase, vio evidencias de este don que Dios me había dado. No lo entendí del todo, pero me aferré a la motivación que me dio. Al igual que la inversión del apóstol Pablo en Timoteo, Harry me ayudó a “[avivar] el don de Dios en mí” (2 Ti 1. 6).

Después de graduarme de la escuela secundaria y matricularme en una universidad cristiana, aprendí más sobre los dones del Espíritu; de cómo son llamados a veces dones de gracia (Ro 12.6), y de cómo tienen el mismo valor, aunque algunos son más visibles que otros (1 Co 12.14-26). Descubrí que la mayoría de las personas no tienen a un Harry en su vida que las ayuden a descubrir cuáles son sus dones. En cambio, creen que no tienen ninguno, o hacen un inventario de dones espirituales y tests de personalidad para tratar de determinar los dones del Espíritu. Me preguntaba si la enseñanza era, en efecto, un don espiritual o solo algo que me gustaba, tal vez un talento natural. Una y otra vez, tomaba los tests solo para asegurarme de que no estuviera perdiéndome algo. Pero aunque las herramientas que usaba a menudo confirmaban mi don, me convencí cuando, una y otra vez, alguien de una iglesia a la que asistía —a menudo un pastor o un líder de estudio bíblico— también lo confirmaba.

Con el paso del tiempo, he cambiado de iglesia varias veces al mudarme a diferentes ciudades por cuestiones laborales o familiares. Y en cada caso, surgía la pregunta: ¿Cómo les haré saber lo que sé hacer? Algunos dones espirituales son más fáciles de “transferir” en esas situaciones. Quienes sienten que tienen el don para trabajar con niños, por lo regular se conectan con rapidez a un nuevo rol, al igual que quienes sienten tener el don de lo que a veces se llama “de ayuda” o de trabajo entre bastidores. Pueden encontrar con facilidad oportunidades para instalar sillas o llevar comida a los enfermos. Así que me involucraba de todas las formas que podía: llenando sobres, cambiando pañales y haciendo comidas.

Aunque valoraba esos trabajos, y sabía que era necesario hacerlos, sentía que estaba actuando fuera de mis dones espirituales. El problema es que, aunque las iglesias necesitan maestros consagrados tanto como necesitan personas para ayudar en la guardería, a menudo no son rápidas para nombrar para ese rol a alguien nuevo o que los líderes no conozcan bien. Y tiene sentido. La enseñanza viene acompañada de más responsabilidad (Stg 3.1) y autoridad (1 Ti 2.12). La Biblia establece requisitos elevados para los maestros, abogando no solo por los dones, sino también por la madurez espiritual y el carácter impecable de quienes enseñan. No podía simplemente ofrecerme como voluntaria para desempeñar un papel que tenía tanto peso. Sería como ofrecerme como voluntaria para ser gerente de una compañía en mi primer día de trabajo.

Una vez, tomé un trabajo en una nueva ciudad y comencé a asistir a una nueva iglesia. En realidad, me agradaban el pastor y todas las personas que había conocido, y estaba lista para involucrarme de lleno después de asistir durante cuatro o cinco semanas. Tenía tan buenos recuerdos de estar en un grupo de jóvenes, y me había encantado trabajar con estudiantes de secundaria cuando estaba en la universidad; así que hice arreglos para reunirme con el pastor de jóvenes, y me ofrecí a ayudar con los adolescentes de la iglesia. Me dijo que, en realidad, no tenían vacantes, y me sugirió que me involucrara en el ministerio de mujeres o en el grupo de solteros. Me pareció extraño que no necesitaran más voluntarios, pero acepté su palabra.

Más tarde, después de haber estado en la iglesia por un tiempo, el pastor de jóvenes se me acercó: “Sabes, en realidad nos vendría bien tu ayuda en el ministerio juvenil” —afirmó. Me sentí encantada de que me lo pidiera, y en poco tiempo, incluso formé parte de un equipo que enseñaba una serie de escuela dominical para chicas adolescentes mientras él enseñaba a los varones. Cuando le pregunté qué había cambiado, me dijo que la iglesia tomaba la enseñanza muy en serio, y hasta que tuvieron la oportunidad de conocerme y discernir si tenía o no el don de la enseñanza, no iban a lanzarme en ese rol. Fue una perspectiva que llegué a valorar.

 

Durante los últimos dos años, mi esposo y yo comenzamos a asistir a una iglesia situada a unos 35 minutos de nuestra casa. Esta vez, sabía que no debía intentar apresurarme a tomar una posición en un lugar donde aún era poco conocida. En vez de eso, empecé a participar en los estudios bíblicos, a servir donde podía, y a conocer a la gente. Una vez más, un líder me llevó aparte para hablar conmigo.

“¿Ha pensado alguna vez en enseñar?”.

“Es curioso que me lo pregunte”.

No solo líderes de la iglesia han identificado mis dones y me han animado a usarlos, sino que también me han ayudado a desarrollarme y crecer. Un pastor dirigía un grupo que servía como “incubadora” para hombres que se sentían llamados al ministerio. Se llamaba “Hombres fieles”, pero como ese mismo pastor también identificó mi don de la enseñanza y quería ayudarme a desarrollarlo, me dejó ser la única mujer del grupo. No era porque pensara que yo podría llegar a ser pastora; solo vio que no había otras oportunidades para mí en ese momento.

Me pregunto si habría podido entender o usar mis dones espirituales a lo largo de los años, de no haber tenido el estímulo constante de la iglesia —si hombres y mujeres consagradas no me hubieran alentado a “avivar el don de Dios”. ¿Y si Harry Durbin o Alva Cash no se hubieran dado cuenta de esta nueva creyente todos esos años atrás? ¿Y si ese pastor de jóvenes hubiera mantenido su “no” definitivo, y no se hubiera molestado en discernir si el Espíritu, en realidad, me había dado un don? ¿Y si el líder de “Hombres fieles” no se hubiera arriesgado a invitar a una mujer al grupo? ¿Y si el líder del estudio bíblico no me hubiera tomado aparte el año pasado para decirme que vio a Dios obrando en mí? Pero tal vez lo más importante, ¿qué dones tienen los demás que no están usando, y tal vez incluso no los han identificado, porque no estoy haciendo lo mismo por ellos?

Estoy agradecida por los creyentes mayores y los líderes de la iglesia que me han guiado; que me enseñaron a estudiar y memorizar la Biblia; que oraron por mí, que me permitieron elaborar un plan de estudio bíblico; o que me han invitado a hablar frente a la congregación. Aunque he leído y estudiado por mi cuenta para mejorar mis destrezas como maestra, mi don —dado para el bien común de la Iglesia— ha sido desarrollado por la Iglesia. Como debe ser.

Ilustraciones por Michael Kirkham

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