Dios con nosotros

La historia radical que sigue transformando al mundo

Si estamos leyendo la historia bíblica en orden, al llegar a los Evangelios, habremos realizado un gran recorrido. Experimentamos el nacimiento del cosmos, de un mundo repleto de tantas posibilidades y bellezas impresionantes; sin embargo, todo el drama se volvió catastrófico casi tan rápidamente como el comienzo del espectáculo. Nos deleitamos en la maravilla de un huerto exuberante y espléndido, de una magnificencia más allá de toda descripción, para verlo después arruinado por sus guardianes humanos. Encima de todo esto, apenas habíamos dejado atrás el primer acto de la narración, cuando un hombre, por pura envidia, asesinó a su hermano. Sin necesidad de que alguien nos explique la trágica verdad, tenemos claro instintivamente que no estamos leyendo ningún delicado cuento de hadas; esta va a ser una historia, de verdad, desagradable. Y desde esos hechos iniciales hasta las páginas finales del Antiguo Testamento, nada de la autenticidad del relato se apacigua. Durante todo este tiempo, estuvimos inmersos profundamente en esta historia veraz, angustiosa, esperanzadora y sombría, que relata cómo un mundo inundado de bondad sigue retorciéndose desesperadamente por el rescate de Dios.

Comencemos aquí

Cuando leemos las palabras finales del Antiguo Testamento y comenzamos el Nuevo Testamento, tomamos un respiro y nos sumergimos de cabeza en un grupo de cuatro libros: Mateo, Marcos, Lucas y Juan; cada uno de ellos enfatizando que nos están proclamando el evangelio. Y esta palabra, evangelio, resplandece como grandes letras de neón a medianoche, porque la traducción literal de evangelio es “buena noticia”.

Y justo en el momento preciso, después de que hemos experimentado tanta desintegración de nuestras esperanzas y posibilidades, y la frustración por la incapacidad de la humanidad de dejar de hacer desastres, una buena noticia es precisamente lo que necesitamos. Extrañamente, sin embargo, esta nueva parte de la historia comienza (¿lo creería usted?) con una cronología, nada menos. Mateo la inicia mencionando, antepasado por antepasado, el linaje de Jesús: hombres y mujeres que habían estado enterrados durante siglos. Algo, ciertamente, para poner a dormir a cualquiera de aburrimiento.

Pero, cuanto más leemos, descubrimos que Mateo comienza con los detalles humanos más vanos para dejar absolutamente claro algo que nunca habríamos imaginado: la buena noticia que más necesitamos no es, como muchos habrían creído, un ideal religioso, una teoría filosófica o un código moral, sino una persona. Más tarde, descubriremos que esta buena noticia es Jesucristo, Aquel que en su propio cuerpo nos acerca a Dios. Y más sorprendente aun, esta historia no solo nos habla acerca de Jesús, sino que también nos invita a experimentarlo personalmente. Los Evangelios no nos proporcionan la crónica polvorienta de una antigua figura religiosa, sino que nos dan la bienvenida a una historia viva donde, en sus páginas sagradas, nos encontramos con el Dios viviente.

La buena noticia que más necesitamos no es, como muchos habrían creído, un ideal religioso, una teoría filosófica o un código moral, sino una persona.

En verdad, los Evangelios narran una biografía absorbente (el nacimiento y el ministerio de Jesús, sus sermones, unos cuantos detalles de su familia, su vida con los discípulos, las dolorosísimas horas de su crucifixión y el momento asombroso de su resurrección). Pero más que eso, los Evangelios nos impulsan a quedar deslumbrados, deshechos y luego hechos nuevos por este Jesús que vive y habla hoy. En el Evangelio de Juan se nos advierte que tengamos cautela contra la tentación de entretenernos con las palabras de la Biblia, sin encontrar realmente al Jesús que está vivo en ella. Jesús dijo: “Ustedes estudian con diligencia las Escrituras porque piensan que en ellas hallan la vida eterna. ¡Y son ellas las que dan testimonio en mi favor! Sin embargo, ustedes no quieren venir a mí para tener esa vida” (Juan 5.39, 40 NVI). No leemos los Evangelios para simplemente conseguir más información acerca de Dios. Por el contrario, nos involucramos en la lectura de los Evangelios para encontrarnos con Cristo y para ser amados y sanados por Él. Nos involucramos en ellos para poder tomar conciencia de la plenitud de la vida.

Involucración en los Evangelios

Hay numerosos libros acerca de la formación y la estructuración de los Evangelios, y todos ellos ofrecen mucha información útil. Es muy provechoso conocer (para empezar) el trasfondo histórico y el fundamento sociopolítico del mundo del primer siglo —el caudal de realidades judías que llenaron la vida y los sermones de Jesús. De la misma manera, es bueno tener conocimiento de las diferencias exclusivas y del énfasis de cada uno de los Evangelios, y de las diversas formas literarias contenidas en sus páginas. Sin embargo, aun con todos estos importantísimos datos, es posible leer las palabras de los Evangelios sin realmente involucrarse en la historia. Es muy fácil acumular respuestas en nuestra cabeza, simplemente catalogando hechos históricos y teológicos sin aceptar a (o ser aceptado por) Aquel que en estas mismas historias nos invita a comer con Él, a caminar sobre aguas oscuras y traidoras con Él, a sufrir con Él, a morir con Él y a resucitar de entre los muertos con Él.

Todas las historias que nos gustan comparten la siguiente característica: nos invitan a la acción. En una de mis novelas favorita, Peace Like a River (Paz como un río), por Leif Enger, Jeremiah Land se encuentra en la sala de partos donde su hijo recién nacido Reuben, con sus pulmones flácidos y poco cooperativos, respira con dificultad, resuella y después se queda inmóvil, como muerto. Durante 12 minutos, el Dr. Nokes masajea la espalda de Reuben, le golpea el pecho y trabaja febrilmente para soplar aire en su boca y su nariz. Pero Rubén se pone cada vez más pálido con cada segundo que pasa.

Derrotado, el Dr. Nokes se rinde, convencido de que el daño cerebral es ya indudable. Jeremiah, sin embargo, se niega a darse por vencido. Contra todas las protestas, con la furia de un padre (una furia tal, que cuando el médico trató de impedir que agarrara el flácido cuerpo de su hijo, le dio un golpe en la mandíbula y lo lanzó al piso), levantó a su bebé. Entonces, con una autoridad como la de autoridad de la voz tronante del monte Sinaí, Jeremiah dijo al niño: “Reuben Land: En el nombre del Dios vivo, te digo que respires”. Y el niño lo hizo.

Cuando leí el fantástico libro de Enger, no solo me impresionó su prosa aguda o su capacidad para pintar con unas pocas frases una imagen tan vívida y desesperada. No me atrajo explorar su técnica literaria ni comenzar a suponer cómo podría desarrollarse el arco dramático. Más bien, estaba sumergido en ese momento, y los ojos se me pusieron rojos y húmedos al imaginar cómo lucharía yo por uno de mis hijos en una crisis de vida o muerte como esa, y lo fuerte y tenaz que sería mi amor hasta el punto de golpear a cualquiera que se interpusiera en mi camino para llegar a mi hijo. Me imaginaba sosteniendo su frágil cuerpo y, con cada pizca de fuerza que tuviera, le ordenaría que respirara. Después de cerrar las páginas de ese libro, abracé a mis hijos más estrechamente. Les hablé con más ternura e intensidad. Me había involucrado en esa historia, y fui cambiado.

Me imaginaba sosteniendo el frágil cuerpo de mi hijo y, con cada pizca de fuerza que tuviera, le ordenaría que respirara.

Lo mismo sucede con los Evangelios. Si queremos involucrarnos en el mundo de las Sagradas Escrituras con la intención de conocer a Jesús y encontrar la vida verdadera, entonces estos libros nos proporcionan la mejor puerta. Nos guían directamente al centro de la acción. Sin embargo, al involucrarnos, tendremos que hacer uso de la imaginación. Cuando instruía a sus lectores el cuanto al arte de vivir de manera reflexiva, al poeta y abolicionista Henry David Thoreau le gustaba decir que la cuestión crucial no es tanto lo que miramos, sino lo que vemos. Este es un consejo sabio para leer la Biblia. Necesitamos más que simplemente mirar las palabras, analizar la gramática o sistematizar todas las proposiciones en categorías teológicas ordenadas. No. Necesitamos ver a Jesús. Necesitamos tener abiertos nuestra mente y nuestro corazón para poder encontrar esperanza. De esa manera podemos tocar la salvación. Así podemos tener un encuentro íntimo con la misericordia.

Y si vamos a ver verdaderamente a Jesús en los Evangelios, tendremos que avanzar más allá de las respuestas triviales o de las conclusiones fáciles. Nos adentraremos en estas fantásticas historias con el propósito de descubrir más que datos bíblicos o moralismos simplistas inútiles. Estaremos atentos a los matices y a los detalles sutiles. Tomaremos nota de cómo Jesús escogió una fiesta de bodas como el lugar en el que quiso darse a conocer al público. Notaremos la dulzura y la admiración de Jesús por las mujeres, algo muy extraño en un mundo lleno de patriarcado. Encontraremos interesante la frecuencia con que Jesús hacía preguntas, en vez de revelar respuestas. Leeremos con interés cuando reconozcamos cuántas veces evitó Jesús a las multitudes, rechazó peticiones bien intencionadas, o mandó a callar a sus seguidores, cuando uno pensaría que Él quería que proclamaran el mensaje desde las azoteas.

Además, si queremos que el extraño y maravilloso mundo de los Evangelios se abra a nosotros, tenemos que llegar con una curiosidad santa. Podemos, por ejemplo, preguntar cómo es sentir la desesperación (como la mujer cananea) de que Jesús sane a nuestra hija. Podemos permitirnos temblar de terror (como seguramente hicieron los discípulos) al escuchar a Jesús insistir en que, para seguirle verdaderamente, tendremos que llevar una cruz, ese horrible símbolo de crueldad. Podemos, con Pedro, sentir la adrenalina de la fe denodada cuando entramos en la tormenta, para momentos más tarde ser consumidos por el miedo y las olas aplastantes.

Nuestra curiosidad tenaz nos permite explorar ángulos nuevos o inadvertidos, descubriendo maneras de estar en conversación con la historia y con el texto, que nos hacen salir de nuestra comodidad o nos presionan para entrar en espacios ignorados desde hace mucho tiempo por nuestro corazón. Por ejemplo, ¿qué habría sucedido si Judas hubiera sido un amigo fiel en vez de un traidor? ¿Cómo habría sido diferente la historia si Poncio Pilato hubiera demostrado valentía al enfrentar a la multitud? ¿O cuánto poseía exactamente María como para poder utilizar el salario de un año en un perfume que pareció un desperdicio exagerado, en un acto de derroche: lavar los pies mugrientos de Jesús? Como le gustaba decir al pastor y escritor Robert Farrar Capon: “Necesitamos jugar con las Sagradas Escrituras o, de lo contrario, nos equivocaremos”. Si, sin curiosidad juguetona, no acertaremos. Porque, aunque los acontecimientos de los Evangelios sucedieron hace mucho tiempo, la historia está siendo revivida en nosotros todavía.

Cuando nos involucramos en la historia, reconocemos cuánto tenemos en común con la cobardía de Pilato o con la codicia de Judas.

Así que, en los Evangelios, no nos mantenemos al margen, observando fríamente al texto. No. Estamos con la mujer sorprendida en adulterio, o con el funcionario del rey cuyo hijo cayó enfermo. Con ellos, nos aferramos a la esperanza de que Jesús se acerque a nuestra vergüenza, frustración y dolor. Al igual que los discípulos, aprendemos a lidiar con todas las cosas que no estamos dispuestos a abandonar a favor del reino de Dios. Cuando nos involucramos en la historia, reconocemos cuánto tenemos en común con la cobardía de Pilato o con la codicia de Judas. En los Evangelios, escuchamos a Jesús llamándonos a perderlo todo, y luego, a la grandiosa inversión, de encontrarlo todo —encontrar la vida verdadera.

No es lo que pensamos

Uno de los hechos más esclarecedores (o perturbadores) en cuanto a los Evangelios es cómo ellos trastornan la mayor parte de todo lo que sabemos en cuanto a Dios y el mundo. Nunca habríamos esperado que el Salvador de la humanidad y de la creación viniera como un bebé nacido en el seno de una familia desconocida y en un pequeño pueblo. Nunca habríamos esperado que el Rey del mundo muriera como un criminal en una cruz dolorosa y humillante. Nunca habríamos esperado que Aquel que, al final, habrá de deshacer los grilletes de todos los imperios rivales del mundo, nos ordenara amar a nuestros enemigos o insistir en que tenemos que morir si queremos vivir. Que proclamara que los mansos, no los ricos y poderosos, son lo que heredarán la tierra. Que nos enseñara que los pobres, los tristes y los hambrientos son los verdaderamente bienaventurados.

Pase un poco de tiempo leyendo las parábolas de Jesús, y verá que el patrón continúa: son las personas incorrectas las que se sacan el premio gordo (el pródigo y el publicano), mientras que las correctas sufren pérdidas (el hermano mayor y el fariseo). Del mismo modo, aquellos que damos por sentado que son personas ejemplares (los funcionarios del templo o los trabajadores diligentes) pasan a un segundo plano, después de los que pensamos que son personajes con un carácter turbio (el intruso religioso o los trabajadores rezagados). ¿Y qué pensaba Jesús cuando usó objetos tan insignificantes (como una diminuta semilla de mostaza y unas pocas cucharadas de levadura) para mostrarnos cómo es su reino?

¡Qué historia tan desconcertante nos cuentan estos cuatro libros!

 

Aunque los críticos dijeron que los personajes y los relatos de Flannery O'Connor eran demasiado grotescos o escandalosos, ella se defendió diciendo que, a veces, es necesario perturbar a los lectores para que vean verdades que han perdido o ignorado deliberadamente. “A los que tienen problemas de audición uno les grita”, escribió O’Connor, “y a los casi ciegos uno les dibuja figuras grandes y llamativas”. Las parábolas sirven como figuras grandes y llamativas de Jesús; las utiliza para perturbar nuestras sensibilidades y sacudirnos para despertarnos completamente, de modo que podamos ver la clara valentía de la vida que Él ofrece.

Y, sin embargo, incluso esto —el uso que hacía Jesús de las parábolas— es en sí mismo desconcertante. Mateo nos dice que Jesús usó estas historias simbólicas cada vez que enseñaba para confundir a quienes no tenían ningún interés en aprender de Jesús o de recibir lo que Él tenía para darles (Mateo 13.10-13). Por supuesto, lo que Jesús ofrecía entonces es exactamente lo que Él ofrece hoy: A Sí mismo. Y las historias sorprendentes y enrevesadas de Jesús nos invitan a abrir nuestros ojos para ver quién es Él, en realidad, y para escuchar su voz y responder con fe.

Es por esto que, si nos involucramos en los Evangelios buscando algo que no sea Jesús, nos sentiremos decepcionamos. Aunque podemos estar tentados en acercarnos a estos textos en busca de alguna filosofía estimulante o de conseguir aquí o allá consejos de autoayuda, el propósito de los Evangelios es ofrecernos a Aquel que es vida. Si los leemos simplemente para afirmar los dogmas preconcebidos que tenemos o insistimos en encontrar respuestas a las preguntas que creemos más apremiantes, no debe sorprendernos cuando quedemos frustrados y con las manos vacías. Del mismo modo, si nos involucramos en su lectura con la intención de desacreditar a Cristo o de encontrar razones adicionales para criticar la fe, no debemos sentirnos orgullosos de las supuestas discrepancias que creamos haber reunido. De otra manera, no podremos involucrarnos sinceramente con lo que los Evangelios realmente son o desean darnos.

La agresiva afirmación de los Evangelios no es solo que Jesús venció las expectativas políticas del judaísmo del primer siglo, y que cambió la vida de decenas de seguidores, sino que hará lo mismo con todos los que le sigan.

“Jesucristo ha cambiado considerablemente al mundo. Cuando su Palabra es predicada genuinamente, ella exalta, atemoriza, nos sacude y nos obliga a reevaluar toda nuestra vida".

“Jesucristo ha cambiado considerablemente al mundo”, escribió Brennan Manning. “Cuando su Palabra es predicada genuinamente, ella exalta, atemoriza, nos sacude y nos obliga a reevaluar toda nuestra vida. El evangelio rompe nuestra manera de pensar, nuestra cómoda piedad y la cápsula de nuestras propias verdades. El espíritu centelleante de Jesucristo abre nuevos caminos por todas partes. Sus frases son como estremecedoras espadas ardientes, porque Él no vino a traer paz, sino una revolución. El evangelio no es un cuento de hadas para niños, sino un terremoto innovador, arrollador y perturbador en el mundo del espíritu humano. Al entrar en la historia de la humanidad, Dios ha demolido todas las concepciones anteriores de lo que Él es y de lo que se supone que es el hombre”.

Este terremoto perturbador y estas espadas ardientes nos aterrorizarán o desconcertarán algunas veces, pero, como promete Jesús, esas verdades también nos liberarán. Mateo nos dice que el mensaje central de Jesús fue firme: El reino de los cielos ha llegado, por lo que mejor es que nos agarremos bien fuerte —pues todo está cambiando. No importa a dónde vayamos en los Evangelios, enfrentamos perturbación y desorientación. Ellos son como un barril de pólvora esperando para hacer volar en añicos nuestra agradable vida. Tal vez, cuando abrimos Marcos o Lucas, debamos entregar cascos y chalecos antibalas, y hacer que la gente firme una liberación de responsabilidad: Entiendo perfectamente que lo que voy a hacer es un asunto peligroso. Estoy en mi sano juicio y afirmo que por voluntad propia he tomado este peligroso libro.

Tal vez lo más extraño de todo es cuánta buena noticia hay en estas peligrosas páginas. Lejos de ser destructiva, la dinamita de los Evangelios trabaja para ponernos en libertad. Si los Evangelios nos ofrecieran solo lo que esperábamos, lo que creemos que queremos, o lo que necesitamos, entonces estaríamos verdaderamente perdidos. Estaríamos atrapados por nuestras propias visiones miopes y egoístas.

Afortunadamente, la historia a la que nos llevan los Evangelios es mucho más gloriosa. Es la historia de Dios. Es la historia de cómo encontramos nuestra vida en Él. Es la historia de cómo descendió Jesús a las entrañas mismas de la muerte y volvió a la vida. Es la historia de cómo todo se hace nuevo. Es la historia de cómo todo lo malo, todo lo arruinado, todo lo triste, se transforma en algo hermoso. Y eso es una buena noticia.

 
Ilustraciones por MUTI
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