El final de los recuerdos

Puede que no seamos capaces de olvidar en esta vida, pero debemos seguir perdonando de todos modos.

Habían pasado varios años. Las nubes oscuras que se cernían sobre mi familia y mi ministerio se habían desvanecido en el fondo, los tenues remanentes de otra estación. Y entonces, de repente, mientras hablaba con un viejo amigo, esas heridas y traiciones de pronto regresaron, nuevos recordatorios del dolor infligido por un antiguo amigo y mentor. De inmediato, volví a pelear esas mismas batallas, escuchando esos mismos feos susurros, pisando ese viejo terreno tan familiar. Pensé que ya había terminado de perdonar a la persona que había calumniado de una manera tan brutal e inexplicable mi nombre, y que casi arruinó mi ministerio. Pero, por desgracia, no había terminado de hacerlo.

De repente, mientras hablaba con un viejo amigo, esas heridas y traiciones de pronto regresaron, nuevos recordatorios del dolor infligido por un antiguo amigo y mentor.

A menudo se nos anima –a veces por hermanos cristianos bien intencionados– a perdonar y olvidar. Pero me pregunto si eso es posible. Me pregunto incluso si es bíblico. ¿Cómo puede uno olvidar cuando alguien nos traiciona? No estoy hablando de los insultos pequeños y los disgustos usuales. Me refiero a un dolor brutal y difícil. ¿Y es el perdón en verdad olvido? ¿No recordaba José, en realidad, esas noches de miedo en la prisión? ¿Bloqueó el rey David, en realidad, en su memoria las imágenes de Saúl persiguiéndolo? ¿Dejó el apóstol Pablo de pensar, en realidad, en los hermanos que lo habían abandonado a sus cadenas?

Dios, dicen el profeta Isaías (Is 43.25) y el escritor de Hebreos (Heb 8.12) “nunca más se [acordará] de [nuestros] pecados”. A primera vista, parece que Dios olvida nuestros pecados del todo. Pero ¿lo hace? No estoy tan seguro.

La palabra recordar, tanto en griego como en hebreo, tiene un significado un poco más holístico que el simple recuerdo. Consideremos, por ejemplo, cuando Moisés escribe acerca de Dios en Éxodo 2.24: “Y oyó Dios el gemido de ellos; y se acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob”. No es como si Dios recordara de repente que había hecho un pacto con Abraham, Isaac y Jacob. ¿Les prometí algo? Estoy seguro de que lo escribí en alguna parte. Oh sí, aquí está. Dios no hace eso. Nosotros olvidamos. Nosotros no recordamos. Tenemos recuerdos resbaladizos, perdidos y frágiles. ¿Sucede lo mismo con Dios? “El camino de Dios es perfecto”, escribe el salmista (Sal 18.30 NVI). Entonces, ¿qué significa que Dios recuerda? Significa que Dios actúa. Entonces, cuando Isaías y Hebreos dicen que Dios ya no recordará nuestros pecados, la idea es que ya no tomará más acción en cuanto a ellos. Su juicio, impuesto sobre Cristo crucificado, ha sido satisfecho. Dios ya no nos juzga por nuestros pecados.

 

En realidad, encuentro consuelo en la idea de que Dios no ha olvidado mis fracasos, de que Él sabe todas las veces que le he fallado. Dios ve cada mancha, pero no juzga ni condena porque el juicio y la condenación ya sucedieron cuando Cristo llevó mi vergüenza. Esto es lo que hacemos cada vez que levantamos la copa a nuestros labios y participamos del pan en la comunión. Estamos, en cierto sentido, reviviendo –sin olvidar– nuestras transgresiones, y, sin embargo, celebrando la negativa de Dios a recordar, a actuar en contra de ellas. Lo que nos lleva de nuevo a nuestro propio perdón –un perdón que es modelado y alimentado por el perdón que Cristo nos ha dado. “Sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente”, exhorta el apóstol Pablo a los efesios, “así como Dios les perdonó a ustedes en Cristo” (Ef 4.32 NVI).

Dios nos da poder para perdonar, porque nosotros no podemos olvidar.

Pero esto es más difícil en la práctica de lo que se lee en el papel. Justo cuando pensamos que hemos dejado atrás nuestras heridas, estas vuelven. Están al acecho en los recovecos de nuestra mente. Flotan a la superficie cada vez que escuchamos esa canción, vemos esa imagen o pasamos frente a esa casa. Es por eso que Jesucristo le dijo al apóstol Pedro, ante su pregunta, que perdonara “setenta veces siete” (Mt 18.22). La mayoría de nosotros leemos esto como que el Señor le da a su discípulo unas matemáticas imposibles. Jesucristo, sin embargo, no le estaba dando a Pedro una ecuación, sino un estilo de vida. El perdón es un ritmo.

Nunca somos los mismos después del dolor. Éste deja siempre una cicatriz, una marca indeleble en nuestra alma.

Tendemos a suponer que esas heridas profundas y difíciles que nos infligen los demás tienen un ciclo de vida: somos heridos, perdonamos, seguimos adelante. Pero nunca somos los mismos después del dolor. Éste deja siempre una cicatriz, una marca indeleble en nuestra alma. El perdón no borra esa marca. Más bien, nos da una manera de aceptarla y no dejar que nos lleve a una vida de resentimiento y venganza. Es una manera de liberar nuestras almas de la prisión de la desesperación.

Jesucristo estaba, en realidad, enseñando a Pedro a crear el hábito del arrepentimiento. Día tras día, semana tras semana, año tras año, durante toda la vida. Jesucristo sabía que, para Pedro y para todos nosotros, el aguijón de nuestras heridas nunca desaparece por completo. Las rememoramos, a veces cuando menos lo esperamos, ofreciéndonos la oportunidad de seguir adelante por el perdón que Cristo nos ha dado.

Irónicamente, Pedro no solo estaría en sintonía con el ritmo del perdón, sino que también tendría que recurrir cada día, por el resto de su vida, al perdón de Dios para con él. Cada vez que un gallo cantara –parte del ambiente de la vida cotidiana en el primer siglo– el apóstol recordaría su traición y la gracia sustentadora de Dios. Y así es: Dios no olvida. Nosotros no olvidamos. Dios perdona, y nosotros perdonamos.

Solo el derramamiento de la ira de Dios sobre su propio Hijo, pueden proporcionarnos el marco moral para ofrecer nuestra propia gracia extraordinaria hacia nuestros enemigos.

Esta realidad –de que no tengo que dar el perdón en un gran evento y único que borre mis dolorosos recuerdos– fue muy liberadora. Es irónico que sean los recuerdos los que me lleven a perdonar. Me recuerdan mi propia fragilidad, los patrones ocultos de incredulidad, y la misericordia de Dios para conmigo.

Perdonar como Cristo exhortó a Pedro a perdonar es imposible a menos que volvamos a visitar con frecuencia esa escandalosa escena en las afueras de Jerusalén. La autoayuda, la meditación y la religión sin sangre no pueden llevarnos del resentimiento a la libertad. Solo el derramamiento de la ira de Dios sobre su propio Hijo, solo la derrota del pecado y la muerte en la resurrección, y solo la justicia perfecta pueden proporcionarnos el marco moral para ofrecer nuestra propia gracia extraordinaria hacia nuestros enemigos. Haced esto a menudo, dijo el Señor Jesús, en memoria de mí (Lc 22.19).

Por supuesto, una vida de perdón puede, con el tiempo, comenzar a sanar nuestras heridas. Todavía recuerdo las heridas de hace muchos años. Es curioso, como en el caso de Pedro, la creciente realidad de mis propios pecados contra otros poco a poco ha convertido parte de mi enojo en tristeza hacia el antiguo amigo que tanto me hirió. Y espero con ansia ese día en que vea el final de mi recuerdo, cuando el necesario ritmo de perdón ya no será necesario, cuando Cristo enjugará nuestras lágrimas y al fin todo será hecho nuevo.

Cuando surjan de nuevo pensamientos feos y recuerdos difíciles, puedo susurrar una petición silenciosa de poder para perdonar. He llegado a aceptar esto como una característica, no como un error, de la experiencia cristiana. He dejado de preguntarme por qué no he “terminado” lo que pienso que debería haber “terminado”. Pero tampoco tengo que dejar que mis heridas formen una cicatriz amarga en mi corazón. No tengo que cargar con el peso de mi propio sentido de venganza.

Llegará el día cuando las setenta veces siete habrán terminado. Cuando mi mente y mi corazón pecaminosos ya no volverán a repasar, revivir y volver a imaginar la oscuridad. Cuando la luz de Cristo nos ilumine y nos perfeccione en gloria. En ese día, nuestros corazones se maravillarán por la manera en que Dios tejió la fealdad del pecado en un tapiz de gracia soberana; por la forma cómo Él supervisó todas las heridas, dolores e injusticias, y dirigió nuestros pasos resbaladizos hacia la patria celestial.

Fotografía por Los Voorhes

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