El llamado del Espíritu

Cómo escuchar la voz de Dios en la profecía del Antiguo Testamento

Era la primera vez que iba a esquiar en mi vida, durante una excursión con niños del octavo grado. Cuando me dirigía a la estación de esquí de Wisconsin, recuerdo haber pensado: ¿Qué tan difícil puede ser deslizarse por una colina nevada?

Rebosante del desenfrenado optimismo de una niña de 13 años, me dirigí lenta y pesadamente con mis esquíes alquilados desde la cabaña hasta la pequeña colina para esquiadores novatos, que era tan empinada como la rampa de la entrada al garaje de mis padres. Pasé la mayor parte de esa larga y fría tarde probando el poder de la gravedad mientras me caía una y otra vez. Tenía moretones por todo el cuerpo, y estaba cansada al final del día; y mientras iba en el autobús de regreso a casa tomé la decisión de retirarme de mis intentos de convertirme en esquiadora.

Cuando veo los Juegos Olímpicos de invierno, recuerdo mi miserable experiencia al ver a esquiadores de primera línea deslizándose por las profundas pendientes. Esas laderas, marcadas con señales de rombos dobles negros, advierten a los no expertos a no acercarse a esas pendientes.

Tengo la sospecha de que hay algunos cristianos que se acercan a su Biblia escogiendo únicamente partes de ella, de la misma manera que las estaciones de esquí marcan los rastros: para principiantes, intermedios, expertos, y “¡profesionales de verdad!”. Sin embargo, la analogía no es del todo perfecta, porque incluso los pasajes más conocidos de la Biblia no son necesariamente sencillos cuando se trata de cómo los entendemos, obedecemos y vivimos. Pero los relatos de Génesis, la música de los Salmos, o las francas instrucciones de las epístolas de Pablo, parecen más accesibles a la mayoría de los lectores de la Biblia que los libros proféticos del Antiguo Testamento. ¿Son estos libros exclusivamente el dominio de expertos bíblicos, como pastores, profesores de teología e historiadores?

No hay ninguna escapatoria en el llamado que tenemos de hacer uso de la Palabra de Dios correctamente (véase 2 Timoteo 2.15). Los libros proféticos cubren casi un tercio de las páginas de nuestras Biblias, y hacen referencia a personas, lugares y cosas que pueden no ser familiares a los lectores contemporáneos. La buena noticia es que, con un poco de orientación, estos valiosos libros nos permiten ver de nuevo la manera en que nuestro justo y amoroso Dios responde tanto a los fieles como a los rebeldes. También nos permiten escuchar más claramente su inalterable llamado a volvernos de todo corazón a Él.

¿Escritos para quién?

Hay un par de maneras frecuentes en las que quienes comienza a leer los libros proféticos pueden desviarse y no darse cuenta del mensaje de tales libros. La primera es leer por encima la literatura profética de la Biblia con el fin de encontrar versículos para una aplicación moderna y personal de los mismos. Esto suele fluir de las mejores intenciones, como son el deseo de alentar a alguien con una palabra directamente de la Biblia. (Yo misma lo he hecho). Sin embargo, cuando escogemos selectivamente algunos pasajes que parecen estar de acuerdo con nuestros sentimientos, podemos desarrollar el hábito de pensar que los libros proféticos son acerca de nosotros.

¿Son los libros proféticos exclusivamente el dominio de expertos bíblicos, como pastores, profesores de teología e historiadores?

Imaginemos que el profeta Jeremías entró en una librería cristiana, y que está viendo algunas palabras de su mensaje a Israel estampadas en el anverso de una tarjeta de graduación. Cuando proclamó: “Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza” (Jeremías 29.11 NVI), él estaba hablando al pueblo escogido que estaba cautivo en Babilonia. No tenían ninguna esperanza de volver a su tierra. Pero Jeremías les trajo el mensaje de que si aceptaban la disciplina de Dios por causa de su infidelidad a Él, comprenderían su fidelidad inmutable.

Una segunda forma de desviarnos es cayendo en especulaciones “¡sacadas de los titulares de prensa del día!”. Ciertas corrientes de la iglesia tienen obsesión por el análisis de pasajes proféticos que apuntan hacia el fin del mundo, con el propósito de estar en la ventajosa posición de saber cómo sucederán todas las cosas. Sospecho que la mayoría de estos autoproclamados expertos en profecía probablemente tienen buenas intenciones. Quieren preparar al público moderno para que estén listos para el regreso del Señor.

Hace una generación, un exingeniero de la NASA convertido en maestro de profecía bíblica, llamado Edgar Whisenant, convenció a miles de creyentes de que Jesucristo regresaría durante la fiesta judía de las trompetas (Rosh Hashaná) en 1988. Su detallado sistema para determinar la fecha era una mezcolanza de pasajes bíblicos, calendarios modernos y acontecimientos actuales vinculados a la fecha de fundación del moderno Estado de Israel. A lo largo de la historia, ha habido movimientos dentro de la iglesia de fijación de fechas, así como sectas que pueden haber comenzado en la iglesia, pero que finalmente se salieron de los límites de la ortodoxia teológica. La tentación de descifrar las lunas de sangre y los movimientos geopolíticos modernos por medio de profecías antiguas, se basa a menudo en nuestro temor al futuro, especialmente cuando el presente parece ser cada vez más sombrío.

La afición por algunos amantes de la profecía, que tratan de descifrar pasajes como las 70 “semanas” de Daniel 9.24-27 o de buscar sin descanso pruebas de que el final está cerca de este o aquel acontecimiento presente, pasan por alto la historia más amplia que los profetas han estado proclamando por más de 2.500 años. Como han señalado eruditos de la Biblia, como Gordon D. Fee y Douglas Stuart, menos del uno por ciento de los pasajes de los profetas apuntan a acontecimientos que todavía no se han producido en la historia: “Los profetas anunciaron efectivamente el futuro. Pero, por lo general, se trataba del futuro inmediato de Israel, de Judá y de otras naciones, en vez del futuro nuestro. Por tanto, una de las claves para entender … es que, para que podamos ver cumplidas las profecías que ellos hicieron, debemos mirar hacia atrás a tiempos que para ellos eran todavía tiempos futuros, pero que para nosotros ya están en el pasado”.

Más allá de la pequeña colina

El Antiguo Testamento tiene diferentes tipos de literatura inspirada por Dios, recogida en el lapso de más de mil años. Los cinco primeros libros del Antiguo Testamento, conocidos como el Pentateuco (“cinco pergaminos”, en griego), contienen la revelación de Dios de sí mismo por medio de la Ley. Los libros históricos, que van desde Josué hasta Ester en nuestras Biblias, detallan la manera como el pueblo del pacto de Dios, Israel, respondió a la Ley y al Dador de la Ley. Los escritos sapienciales y poéticos, que incluyen a Job, Salmos, Proverbios, Eclesiastés y Cantar de los Cantares, nos ofrecen la gama completa de la respuesta devocional a Dios. El último grupo de libros contiene los escritos proféticos, y ellos describen la manera como Dios, el Dador de la Ley, trata tanto con el pueblo de su pacto como con las naciones circundantes —cuando obedecían y cuando violaban su misericordioso llamado de que le amaran y obedecieran.

Puede ser útil tener en mente estas categorías cuando pensemos en cómo abordar los libros proféticos. Aun cuando afirmamos que toda la Biblia es inspirada divinamente, debemos reconocer que los diferentes géneros de literatura bíblica requieren que los leamos a la luz de su estilo, como también de su propósito.

Los 16 libros atribuidos a los profetas destacan para los lectores la manera en que la obediencia a Dios lleva consigo la bendición, y la desobediencia a Él implica consecuencias graves. Estos libros también ponen de relieve que Dios está dedicado a la recuperación, ofreciendo una manera de regresar a Él en todo momento. En ocasiones, los libros se subdividen en las categorías de profetas mayores y menores. Isaías, Jeremías (y el libro de Lamentaciones, atribuido a Jeremías), Daniel y Ezequiel son llamados profetas mayores, únicamente en virtud de la extensión de los mensajes recogidos. La literatura profética adicional del Antiguo Testamento consiste en 12 libros pequeños en extensión, que han sido denominados “profetas menores”. Sus profecías pueden haber sido más breves en cuanto a tamaño, pero tuvieron el mismo ADN divino de los libros más extensos.

Estos libros también ponen de relieve que Dios está dedicado a la recuperación, ofreciendo una manera de regresar a Él en todo momento.

La palabra profecía evoca para algunos de nosotros imágenes de predicciones futuras. Pero, en la Biblia, el rol principal del profeta era simplemente hablar en nombre de Dios. Siempre ha habido hombres y mujeres que han sido usados por Dios para comunicar su palabra a sus comunidades. Estos son: Samuel, Natán, María y Débora (Véanse 1 Samuel 3; 2 Samuel 12; Éxodo 15.20; y Jueces 4.4).

Los hombres que llegarían a ser conocidos por nosotros como los profetas escritores, entraron en escena en los años posteriores a la muerte del rey Salomón (alrededor del 931 a. C.). Una lucha por el poder entre Jeroboam y el hijo de Salomón, Roboam, dividió en dos a la nación de Israel. (Véanse 1 Reyes 12; 2 Crónicas 10). Roboam se convirtió en rey del territorio del sur donde estaba Jerusalén —la tierra que había sido asignada a las tribus de Judá y Benjamín. Esta nueva nación llegó a ser conocida como Judá. Jeroboam gobernó sobre la región asignada a las otras diez tribus, y esta nación siguió siendo conocida como Israel. Este fuerte enfrentamiento familiar y la posterior decadencia moral en ambos reinos, llevaron al surgimiento del ministerio de los profetas escritores, aproximadamente entre el 890 a. C. y el 440 a. C. Los autores Craig G. Bartholomew y Michael W. Goheen señalan: “El oficio profético aparece, por tanto, en Israel como contrapeso a la poderosa institución de la realeza … con frecuencia encontramos a un profeta en una agria confrontación con el rey de su tiempo”.

Enfrentamientos por la verdad

Comprender cuándo, dónde y a quiénes hablaba un profeta, puede ofrecer un marco útil para entender la naturaleza de esa confrontación. Los académicos tienen diferentes opiniones en cuanto a las fechas de algunos de estos libros, así que presento las fechas que aparecen a continuación para dar un sentido general del flujo de los acontecimientos en torno al ministerio de cada profeta.

Después de la división de la nación en los años posteriores a la muerte de Salomón, los reinos del norte y del sur siguieron trayectorias semejantes, pero a ritmos diferentes.

 

Israel: En los dos siglos y medio posteriores a la división, Israel fue gobernado por una serie de diecinueve reyes que mezclaron partes de la Ley de Dios con la religión de las naciones paganas vecinas, lo cual era una flagrante violación del primer mandamiento (Éxodo 20.3, 4). El insensible Israel se negó a escuchar el llamado de los profetas a volver a Dios. En el 722 a. C., los asirios conquistaron a Israel. El ejército invasor llevó a los mejores de ellos a la esclavitud y dispersó al resto de la población en los latifundios de Asiria. Pero, por su capitulación espiritual, los israelitas estuvieron predispuestos a la asimilación, y en un par de generaciones perdieron su identidad distintiva como pueblo escogido.

Judá: Después de la división de la nación, Judá se comportó solo un poco mejor que su hermana al norte. Tal vez debido a la presencia del templo en Jerusalén, el declive espiritual de Judá por la capitulación espiritual y la idolatría fue un poco más lento. Dios envió a Judá una serie de profetas que pidieron que volvieran a Dios, pero sus palabras cayeron en oídos sordos, y en el 586 a. C. los babilonios ya habían conquistado el reino del sur. En la Ley, una de las consecuencias de la desobediencia, anunciada por Dios, era que el pueblo escogido sería sacado de la tierra prometida (Deuteronomio 28.15-68).

En lo que parecía en ese momento una promesa improbable, el profeta Jeremías dijo estas palabras a su dolorido pueblo, cuando fueron desarraigados de sus hogares en Judá y llevados a cientos de kilómetros de distancia a Babilonia: “Así dice el Señor: Cuando a Babilonia se le hayan cumplido los setenta años, yo los visitaré; y haré honor a mi promesa en favor de ustedes, y los haré volver a este lugar” (Jeremías 29.10 NVI).

La palabra profecía evoca para algunos de nosotros imágenes de predicciones futuras. Pero, en la Biblia, el rol principal del profeta era simplemente hablar en nombre de Dios.

En el 538 a. C., Ciro, el persa que se había convertido en gobernante de Babilonia, milagrosamente dio su permiso para que los cautivos regresaran a su país. Un gran número de judíos siguieron viviendo en Babilonia (en lo que hoy es el moderno Irak) durante los siguientes 2.500 años, hasta después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la comunidad fue desarraigada por la persecución.

Los libros históricos de Esdras y Nehemías describen el posterior regreso a Judá y la reconstrucción de Jerusalén. Una hojeada a estos libros es un claro recordatorio de que, a pesar de la alegría de ser restaurados a su patria, la propensión del pueblo a alejarse de Dios estaba siempre presente por su inclinación a la capitulación espiritual.

No solamente para los expertos

Algunas partes de las Sagradas Escrituras parecen convertirse en laderas marcadas con rombos dobles negros cuando la realidad de que probablemente necesitamos herramientas adicionales y guía experta, se estrella contra nuestras expectativas. Si la Biblia es la carta de amor de Dios para nosotros, su significado debe ser claro, sin enredos, ¿no es así? Pero Fee y Stuart desafían esas suposiciones: “De acuerdo con el hecho de que los pensamientos de Dios son profundos, comparados con los pensamientos humanos (Salmo 92.5; Isaías 55.8), no debería sorprender que algunas partes de la Biblia requieran tiempo y estudio paciente para ser comprendidas”.

Los libros escritos por los profetas están definitivamente en esa categoría. Los lectores modernos descubrirán que un diccionario o manual bíblico es valiosos para tener una idea del contexto histórico, el trasfondo del profeta (si se conoce), y un esbozo general del libro. Además, uno o dos buenos comentarios ofrecerán información sobre el mensaje del profeta, matices del significado en el idioma original e información cultural.

Por ejemplo, Amós, un profeta del reino del norte, se ocupa de los pecados de los vecinos de Israel, así como los de Judá e Israel. Utiliza la frase “por tres transgresiones de [… (el lugar)] y por cuatro” un total de ocho veces en los dos primeros capítulos de su profecía, cuando menciona los pecados de cada pueblo. El número cuatro era utilizado en la literatura de ese tiempo para representar todos los aspectos de una cosa, tales como las cuatro estaciones del año o las cuatro fases de la luna. En su comentario sobre Amos, Bob Utley explica que en el Antiguo Testamento, el número cuatro representaba las cuatro direcciones de la brújula, las cuatro direcciones del viento o los cuatro confines de la Tierra. “De estas representaciones proviene su significado implícito de totalidad o plenitud. También los números tres y cuatro suman siete, que es otra forma del Antiguo Testamento para expresar la totalidad; ¡los pecados de estas naciones eran totales o completos!”. Esta información agrega riqueza al significado de las acompasadas expresiones numéricas de Amós.

Hacer nuestro trabajo no solo nos dará una idea de los mensajes de los profetas, sino que también iluminará nuestra lectura del Nuevo Testamento. Hay por lo menos noventa y nueve citas directas de los profetas en el Nuevo Testamento. El Señor Jesús honró a los profetas como aquellos que expresaron fielmente la esencia y la virtud de la Ley. Cuando un experto religioso del primer siglo le preguntó al Señor Jesús cuál creía Él que era el mandamiento más grande de la ley, Él le respondió: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” (Mateo 22.37-40). Los libros proféticos eran una parte de la Biblia que Jesús leía, y fueron parte integral de su ministerio.

Estoy plenamente de acuerdo con el estímulo de Fee y Stuart de que usted utilice herramientas de estudio para orientarse en la lectura de los libros proféticos. Pero creo que, incluso sin esos recursos, usted puede aprender mucho de estos libros si aborda su lectura con inquietud espiritual —con un corazón que se acerque a la profecía del Antiguo Testamento con preguntas tales como:

• ¿A quién fueron dirigidas originalmente estas palabras?
• ¿Qué conductas y convicciones espirituales alaba Dios?
• ¿Qué condenó Dios?
• ¿Qué advertencias en cuanto a disciplina o consecuencias dio Dios a las personas que se dirigió?
• ¿Qué promesas hizo Dios al pueblo?
• ¿Qué descubre usted en cuanto a la naturaleza de Dios?
• ¿Hay aspectos en su vida que necesitan cambiar como resultado de las palabras que ha leído?

El contexto histórico es de gran ayuda, pero es esencial recordar que Dios no ha cambiado. Las palabras de los profetas acerca de la naturaleza de Dios y de la clase de relación que Él quiere tener con nosotros, son tan oportunas hoy como lo fueron en el momento que fueron dadas. El llamado a arrepentirse y a volver a Dios para tener una vida de devoción incondicional a Él, no tiene fecha de vencimiento.

El Señor prometió que el Espíritu Santo nos guiaría a toda la verdad (Juan 16.13, 14). Hacer nuestro trabajo es importante cuando se trata del estudio de los profetas, pero es esencial que procuremos escuchar la voz del Espíritu en nuestra travesía espiritual por estos libros. Él es nuestro fiel guía y maestro, y por esa misma razón, los libros proféticos de la Biblia no son algo reservado solamente para los expertos; ellos también son para cada uno de nosotros.

 

Ilustraciones por MUTI
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