El misterio de Dios

La experiencia más grande de la fe no consiste en encontrar respuestas, sino en vivir en lo desconocido.

Cerca del final de la peregrinación de cuarenta años de Israel, la vida de Moisés estaba haciendo un alto. Dentro de poco, Josué sería designado como el líder de la nación, y por fin entrarían en su tierra y encontrarían descanso. Uno puede imaginar lo que sentían los israelitas. Algunos eran muy jóvenes para recordar las cadenas de Egipto; otros, demasiado viejos para sentir otra cosa que no fuera el cansancio. Pero, sin duda, la mayoría de ellos sentía cierto grado de tensión y de ambivalencia. El Dios que era su rey había sido un feroz defensor, pero también su ira había sido feroz. La conciencia de que eran únicos era contrabalanceada por su conciencia de ser personas que no tenían un hogar. Sus victorias en las guerras habían sido ensombrecidas por sus pérdidas, como las causadas brutalmente por los amalecitas. La pregunta que debe haber atormentado a muchos de ellos, es la pregunta que atormenta a cualquiera que este enfrentando una prueba: ¿Por qué? ¿Por qué había sido tan difícil, tan doloroso, para ellos realizar su viaje?

¿Por qué había sido tan difícil, tan doloroso, para los israelitas realizar su viaje?

En el libro de Deuteronomio, Moisés reúne al pueblo para recordarles su identidad. Les repite la historia del Éxodo, les recuerda la Ley, y los llama a renovar su compromiso con una vida de obediencia. Al terminar este llamado, les hace una advertencia: "Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta ley” (29.29). Es un recordatorio crucial para el pueblo de Dios, especialmente en medio de las pruebas. También es esencial para nuestra vida con Dios. Hay muchas cosas que han sido reveladas, pero mucho de lo que queda sin respuesta no tiene respuesta a propósito. Estas “cosas secretas” pertenecen al Señor.

Moisés ofrece estas palabras como una respuesta al “por qué” de su sufrimiento. A los 400 años de esclavitud. A las innumerables frustraciones a lo largo del viaje: enfermedades, muerte, pérdidas, altercados y angustias de todo tipo. ¿Por qué fueron necesarias? ¿Qué quieren decir? Las respuestas pertenecen al Señor. También es revelador de Dios, quien se revela y se oculta a sí mismo. Él está presente en Israel, pero ellos no pueden ver su rostro. Tiene un nombre, pero éste es enigmático: Yo soy quien soy. Él es visible como una nube durante el día, y como fuego por la noche, pero su sustancia real, su esencia, incluso su morada, todo eso pertenece a esta categoría de las “cosas secretas”.

Es un Dios misericordioso que se revela a sí mismo. El regalo que dio a Israel en la Ley los hacía verdaderamente santos y puestos aparte de sus vecinos. Ella les ofrecía una imagen de la “vida buena”, de un mundo mejor donde se adora a Dios, se protege a la dignidad humana, se honra a los padres, y se respeta al prójimo. La Ley les dio una identidad segura como el pueblo de Dios, y estas cosas reveladas se convirtieron en tradiciones que transmitieron a sus hijos, preservándoles y cumpliendo la promesa de Dios a Abraham, hasta el día de hoy.

Mucho de lo que queda sin respuesta, no tiene respuesta a propósito. Estas “cosas secretas” pertenecen al Señor.

Sí, es un Dios santo y majestuoso que nos recuerda que todavía hay “cosas secretas”. Es una tensión maravillosa: el Dios que se revela a sí mismo en las Escrituras, es al mismo tiempo conocible e incognoscible.

Humildad y misterio

Vivimos en un tiempo en que las personas tienen la posibilidad de ejercer poderes casi divinos. Hay ejemplos extraordinarios de esto, como son la capacidad de dividir el átomo o mapear el genoma humano; y hay maravillas tan habituales que no las notamos: la resonancia magnética, los teléfonos celulares, la cirugía laparoscópica, los vuelos supersónicos. Los avances en la ciencia y en la tecnología en los últimos siglos son impresionantes, y somos capaces de hacer cosas que habrían parecido milagrosas a nuestros antepasados.

Una vez que la humanidad encontró las herramientas del descubrimiento científico, la naturaleza se volvió accesible y pareció revelar todos sus secretos. Una pequeña aspirina puede curar un dolor de cabeza. El principio de Bernoulli crea la elevación y permite que un pájaro, o, de hecho, un avión, vuele. Las ondas acústicas pueden grabarse y reproducirse una y otra vez en radios, tocadiscos, CDs y iPods.

En cierto modo, todos estos logros forman parte de la visión más grande de la gloria creadora de Dios. De hecho, somos una creación maravillosa; Tenemos una capacidad sorprendente para el conocimiento y la creatividad. Pero, por otro lado, estos logros tienen la capacidad de cegarnos y de engañarnos, haciéndonos pensar que hemos descifrado al universo. Cuando estamos convencidos de que, por medio del estudio y de la experimentación hay una explicación para todo, eso se convierte en una respuesta automática, y enfocamos toda la vida con esa expectativa, entre ellas la religión.

   

Esto nos lleva a un gran problema cuando se trata de la Biblia y de Dios mismo. Si enfocamos a la Biblia de la misma manera que enfocamos a la naturaleza, supondremos que, con suficiente estudio, no tendrá ya nada oculto para nosotros, y que podremos resolver todos sus misterios. La Biblia, de esta manera, se convierte en un texto que podremos dominar, y aceptamos la ilusión de que todo lo que hay en ella puede ser categorizado y comprendido.

Pero la Biblia no es como el manual que viene con la tostadora. Tampoco es como un texto científico. Lejos de eso, se nos dice que es “viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón.” (He 4.12 NVI). Notemos que la Escritura nos penetra, nos juzga. Cuando nos acercamos a la Biblia, y ciertamente a Dios, estamos tratando con un poder, una profundidad y una maravilla, a diferencia de cualquier otra cosa que hayamos encontrado. Es una cosa “inspirada por Dios”, y saber eso debe inspirar humildad (2 Ti 3.16).

Misterio, consolación y el libro de Job

El misterio no solo nos enseña humildad; también ofrece un tipo extraño de consolación. En la vida de Job, por ejemplo, todos los problemas de este hombre –la pérdida de su familia, de su riqueza y de su salud –lo convierten en un ser desgraciado, y espera que Dios se le presente y le dé respuestas en cuanto a su sufrimiento. Sin embargo, cuando Dios se le aparece, no le da a Job ni una sola respuesta. Más bien, en Job 38.2-11 (NVI), el Señor presenta una serie progresiva de preguntas e imágenes:

«¿Quién es este, que oscurece mi consejo
    con palabras carentes de sentido?
Prepárate a hacerme frente;
    yo voy a interrogarte, y tú me responderás.
»¿Dónde estabas cuando puse las bases de la tierra?
    ¡Dímelo, si de veras sabes tanto!
¡Seguramente sabes quién estableció sus dimensiones
    y quién tendió sobre ella la cinta de medir!
¿Sobre qué están puestos sus cimientos,
    o quién puso su piedra angular
mientras cantaban a coro las estrellas matutinas
    y todos los ángeles gritaban de alegría?
»¿Quién encerró el mar tras sus compuertas
    cuando este brotó del vientre de la tierra?
¿O cuando lo arropé con las nubes
    y lo envolví en densas tinieblas?
¿O cuando establecí sus límites
    y en sus compuertas coloqué cerrojos?
¿O cuando le dije: “Solo hasta aquí puedes llegar;
    de aquí no pasarán tus orgullosas olas»?

Dios sigue después dando ejemplo tras ejemplo de las cosas extrañas de la creación: mares, nieves, lluvia, bueyes, avestruces, entre otras. Job está mudo mientras Dios pone imagen sobre imagen, sumergiéndole en un mundo cada vez más grande.

Cuando Dios se le aparece, no le da a Job ni una sola respuesta.

Como dice G. K. Chesterton en cuanto a este pasaje: “Dios llega al final, no para contestar enigmas, sino para plantearlas... Expresados verbalmente, los misterios de Jehová parecen más insondables y más sombríos que los enigmas de Job. Pero Job, que antes del discurso de Jehová estaba desconsolado, fue consolado después de él. No se le había dicho nada, pero siente la terrible y estremecedora atmósfera de algo que es demasiado bueno para ser contado. La negativa de Dios a explicar su designio es, en sí misma, un indicio apasionado de su designio. Los enigmas de Dios satisfacen más que las soluciones del hombre”.

Este es el hecho sorprendente del libro de Job: Dios no responde ni una sola de las candentes preguntas de su siervo. No resuelve el misterio ni le da sentido. En vez de eso, descorre la cortina del mundo desde sus orígenes para que Job se sienta cada vez más pequeño entre las imponentes singularidades y poderes que lo rodean. Es esto –no las respuestas que esperaba, ni tampoco los intentos por captar el significado de sus amigos –lo que deja a Job, al final, satisfecho. Porque hay algo más que acompaña la disposición de Job de aceptar el misterio de sus circunstancias: el abrazo de Dios mismo.

El misterio no solo nos enseña humildad; también ofrece un extraño tipo de tranquilidad.

Resulto ser que el Dios en el torbellino, era la “respuesta” que Job buscaba, no la solución a toda la tensión y a todo el misterio de su sufrimiento. Y lo que es válido para Job, también es válido para nosotros. Mucho más satisfactorio que tener las respuestas a todas las preguntas de la vida, es conocer y confiar en el Dios que gobierna al universo.

 

Misterios que revelan el misterio

Es en el espíritu de humildad que aceptamos el misterio, ya sea que lo hagamos en medio de la tristeza o de la mundanidad de la vida ordinaria. La disposición humilde de aceptar que “las cosas secretas pertenecen a Jehová”, es parte de nuestra experiencia cotidiana como creyentes. El salmista escribió en el Salmo 131:

Jehová, no se ha envanecido mi corazón,
    ni mis ojos se enaltecieron;
Ni anduve en grandezas,
    Ni en cosas demasiado sublimes para mí.
En verdad que me he comportado y he acallado mi alma
    Como un niño destetado de su madre;
    Como un niño destetado está mi alma.
Espera, oh Israel, en Jehová,
    Desde ahora y para siempre.

Nos tranquilizamos en el misterio como un niño que se tranquiliza en el pecho de su madre, sabiendo que pertenecemos a un mundo demasiado grande y demasiado vasto para que lo comprendamos.

A menudo, se suele hablar del evangelio como un “misterio revelado”, pero incluso eso sigue siendo profundamente enigmático. En el libro de Romanos, después que Pablo ha dado a sus lectores once capítulos de exposición detallada sobre la gracia de Dios revelada en Jesús, todavía es capaz de decir: “¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero?” (11.33, 34).

Esta exclamación revela una verdad profunda: Cuanto más profundamente insistamos en la persona de Dios y en la maravilla del evangelio, más nos confundirán sus misterios. La Palabra de Dios y Dios mismo son maravillas para contemplar, no temas para dominar. Hacer esto último solo llevará a la frustración.

Volviendo a Chesterton, éste nos hace una invitación a acercarnos a la fe como lo hace un poeta. “El poeta solo pide meter su cabeza en el cielo. Es el especialista en lógica quien busca meter al cielo en su cabeza. Y es su cabeza lo que se rompe”. Que podamos vivir con la humildad suficiente para contemplar los misterios de nuestra fe, para profundizar más en las maravillas de nuestro Dios y de su creación, y para encontrar satisfacción, no porque sabemos todas las respuestas, sino porque conocemos a Dios mismo.

 

Ilustraciones por Armando Veve

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