El (otro) gran engañador

Cómo nos libera Jesucristo del engaño más poderoso de todos los tiempos: el orgullo

Hace aproximadamente diez años noté una tendencia inquietante: amigos y familiares comenzaron a señalar mi pérdida de cabello. Una vez, cuando estaba parado al lado de alguien completamente calvo, un amigo común trató de sacarnos una foto, y gritó: “Oigan, ustedes, los dos calvos, acérquense un poco más”. ¿A quién estás llamando calvo?, pensé. Solo tenía el cabello un poco más delgado.

Pero un mes después, un barbero sostuvo el espejo detrás de mi cabeza, y allí estaba: un espacio bastante vacío. ¡Uf! Pero quizás el espejo estaba defectuoso. Tal vez era solo la luz. O quizás había visto, al fin, lo que no podía y no quería ver: estaba perdiendo el cabello (pero no podía llamarme calvo aún).

Filósofos y teólogos tienen una palabra sencilla para nuestro silencioso pero obstinado rechazo a ver lo que está mal en nosotros mismos: autoengaño. El pastor Tim Keller define el autoengaño como “nuestra capacidad casi infinita para esconder la verdad de nosotros mismos, si esa verdad es demasiada incómoda”. Escuchamos la suave y silenciosa voz de Dios susurrando la verdad sobre nuestro pecado y lo que está mal en nosotros, pero la verdad duele. Por eso, en vez de escuchar, hallamos formas creativas de sofocar esa voz. Jack Nicholson tenía razón al gritar su famosa frase en la película A Few Good Men (Cuestión de honor): “¡No puedes manejar la verdad!”. No podemos manejar la verdad sobre nosotros mismos.

La enfermedad del orgullo

Según la Biblia, el autoengaño es síntoma de una enfermedad espiritual mucho más grave: el orgullo. El orgullo ciego, o al menos distorsiona, lo que elegimos ver en cuanto a Dios, los demás y nosotros mismos. Como amonestó Dios a la nación de Israel: “La soberbia de tu corazón te ha engañado, tú que moras en las hendiduras de las peñas… que dices en tu corazón: ¿Quién me derribará a tierra?” (Abdías 1.3). Cuando el orgullo se apodera de nuestra alma, se siente como si estuviéramos subiendo más cuando, en realidad, estamos en camino a un trágico accidente; estamos atrincherados en nuestra aparente invulnerabilidad, ajenos al hecho de que Dios nos sostiene con su firme e infinita misericordia; con engreimiento, nos consideramos superiores a los demás —nosotros, que no somos más que “el primero de los pecadores” (1 Timoteo 1.15). Jesucristo hizo una fuerte advertencia a quienes tenían esta clase de engañoso orgullo en la iglesia en Laodicea: “Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo” (Apocalipsis 3.17).

En otras palabras, el orgullo lleva a una forma letal de autoengaño que nos hace sobreestimar nuestro progreso espiritual, y subestimar nuestro pecado y sus consecuencias. Los psicólogos, a veces, denominan esto el efecto Lago Wobegon, llamado así por el pequeño pueblo ficticio de Minnesota creado por el humorista Garrison Keillor donde “todas las mujeres son fuertes, todos los hombres son bien parecidos, y todos los niños están por encima del promedio”. En las últimas décadas se han recopilado muchos estudios para comprobar nuestro supuesto estatus de “estar sobre el promedio”. Por ejemplo, cuando los investigadores preguntaron a un millón de estudiantes de secundaria qué tan bien se llevaban con sus compañeros, casi ninguno se calificó por debajo del promedio; el 60% de los estudiantes creía estar en el 10% superior; y de estos, el 25% se calificó en el 1% de los mejores. Los profesores universitarios resultaron ser los más petulantes: el 94% de los encuestados afirmó tener una capacidad docente superior al promedio.

Cuando el orgullo se apodera de nuestra alma, estamos atrincherados en nuestra aparente invulnerabilidad, ajenos al hecho de que Dios nos sostiene con su firme e infinita misericordia.

Según la estadística, esto es imposible. Alguien tiene que estar dentro del promedio. El psicólogo cristiano Mark McMinn escribe: “Una de las conclusiones más claras de las investigaciones de ciencias sociales es que somos orgullosos. Nos creemos mejores de lo que en verdad somos”.

Tú eres ese hombre

Tener confianza en uno mismo, disfrutar del trabajo bien hecho, o reconocer nuestros puntos fuertes, no es orgullo. El apóstol Pablo nos advierte “no [tener] más alto concepto de [nosotros mismos] que el que [debemos] tener”, sino [pensar] de sí con “cordura” (Romanos 12.3). Hablo con “cordura” cuando digo que sé bastante en cuanto a predicación. He estado estudiando y practicando este arte durante casi tres décadas. También soy buen instructor en la materia. Pero, tan pronto como empiezo a pensar que soy mejor que la mayoría de los predicadores; o que tengo derecho a un trato especial por ser buen predicador; o que puedo confiar en mi propia capacitación e inteligencia, más que en el Espíritu Santo, estoy teniendo un concepto más alto de mí que el debido. Peor incluso, me he convertido en un predicador orgulloso, falso y vacío del Espíritu.

Nuestro autoengaño, alimentado por orgullo, al final hace estragos en nuestra alma. Pensemos en el rey David. En un punto de la historia bíblica (2 Samuel 11), está en la cima de su carrera. Su índice de aprobación ronda cerca del 100%. Al llegar la primavera, y David decide que al fin puede dejar que sus generales jóvenes peleen las batallas de él. David siente que ha alcanzado el éxito.

Pero, una tarde, mientras daba un pequeño paseo por la azotea del palacio, David vio a una hermosa mujer bañándose. De repente, el rey descrito como “un varón según el corazón de Dios”, se sumerge en un jolgorio de autoengaño que incluyó lujuria, adulterio, homicidio y un hábil encubrimiento sin sentir remordimiento. Finalmente, el profeta Natán desmonta esta farsa magistral con un misil de una frase: David, tú eres ese hombre. En otras palabras: eres un hombre completamente engañado en cuanto a tu pecado; eres el hombre que ha alardeado de la Palabra de Dios, y que ha dañado a otros.

 

Lo mismo puede decirse de los personajes de ficción. En su novela Olive Kitteridge, ganadora del Premio Pulitzer, Elizabeth Strout entreteje trece retratos de una maestra jubilada que se engaña a sí misma. Olive es una mujer corpulenta, ruda y controladora que parece no darse cuenta de lo mal que trata a las personas. Su hijo le dice: “Puedes hacer que la gente se sienta muy mal”, pero ella no lo entiende. Una mujer mayor comenta: “Olive tenía una manera de ser inexcusable”. En cierto momento, su sufrido marido, Henry, le dice: “¿Sabes, Ollie? En todos los años que tenemos de casados, en todos estos años, no creo que alguna vez te hayas disculpado. Por nada”. Con ira, sarcasmo, y con una actitud defensiva, Olive replica: “Bueno, lo siento, lo siento, lo siento... Lamento ser... una esposa tan mala”.

Tanto el David histórico como la Olive ficticia se ajustan a la definición de orgullo dada por C. S. Lewis. Lo llamó un “ensimismamiento despiadado, que no duerme y no sonríe, que es característico del infierno”.

El orgullo es, en realidad, cruel. Hiere a otros y daña el alma. Cuando el orgullo contagia a un grupo étnico o nacional, lleva a la mentalidad de que “nuestra gente es superior a otra gente”, que es causante de todas las formas del “orgullo grupal”: nacionalismo, tribalismo, racismo y genocidio. Tampoco duerme. Nunca cesa de intentar abrirse camino en los corazones de, incluso, personas buenas y devotas. De repente, la persona se siente orgullosa de su fe fuerte, de su virtud (en contraste con la falta de ella) o, incluso del orgullo de su humildad. No sonríe. La persona orgullosa no es divertida, a menos que sea el centro de atención, que gane la discusión, o que sea la más _____________ (adinerada, apuesta, inteligente, atlética o espiritual) que esté en la sala.

Cuando sé que mi orgullo es demasiado para mí, que tendré problemas con él por el resto de mi vida, puedo volverme a Dios.

Miremos al elenco de personas orgullosas en la Biblia: a los jactanciosos de Génesis 11, que pensaban que su pequeña torre podía llegar hasta el cielo (Dios tuvo que “descender” para verla); a Nabucodonosor, que exigió que todos se postraran para adorarle cada vez que escucharan cierta música (Daniel 3.1-7); a Herodes, presumiendo con sus “ropas reales”, mientras que un ángel se preparaba para darle muerte (Hechos 12.20-23); e incluso a Pedro, ignorante en cuanto a su propia naturaleza, y no tenía idea de que estaba a punto de negar a su Señor tres veces (Lucas 22.31-34).

A todas esas personas no les preocupaba en lo más mínimo cuán ridículas se veían, sobre todo desde la perspectiva de Dios. Las personas orgullosas actúan como el pez globo, que se infla para parecer grande, feroz o importante. El orgullo nos convierte en bufones.

Para curar la enfermedad

Pero si no podemos manejar la verdad, si el orgulloso autoengaño es tan común, malo y destructivo, ¿cómo podemos diagnosticarlo y después curar esta terrible enfermedad espiritual? He aquí la respuesta más sencilla: No podemos. Pero Dios sí puede.

Como señaló el antiguo líder cristiano, Agustín de Hipona: “Mi pecado era incurable porque pensaba que no era un pecador... Pero tú, oh Señor... me mantuviste cara a cara conmigo mismo”. Solo Dios puede ayudarnos a enfrentarnos a nuestro pecado, y a lo que está mal en nosotros.

Cuando sé que mi orgullo es demasiado para mí, que tendré problemas con él por el resto de mi vida, puedo volverme a Dios. Volverse a Él es el primer paso, y el siguiente, y el siguiente, en el largo camino hacia la humildad.

Pedir a Dios que nos revele la verdad

Si Dios, en verdad, está conmigo, puedo procurar conocer, de manera activa y humilde, la verdad en cuanto a mi vida. Esa es la actitud subyacente en la hermosa oración al final del Salmo 139 (LBLA). David comienza el salmo con una tierna declaración: “Oh SEÑOR, tú me has escrudiñado y conocido”.

Pero David no puede lograr esta clase de conocimiento sobre sí mismo, por lo que ora diciendo: “Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; es muy elevado, no lo puedo alcanzar” (Salmo 139.6). Este, desde luego, es el problema detrás de nuestro autoengaño: no podemos vernos a nosotros mismos. Este reconocimiento lleva a la oración de cierre de David en los versículos 23 y 24: “Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis inquietudes. Y ve si hay en mí camino malo, y guíame en el camino eterno”.

Me sorprende siempre cómo Dios nos da las oraciones que preferimos no hacer. Es como si Él dijera: “Sé que esta oración desafiará tu orgullo, y sé que eso es atemorizante. Pero, déjame ayudarte a empezar: toma estas palabras finales del Salmo, y dímelas”.

De manera que, cada vez que abro la Biblia para escuchar a Dios; cada vez que participo en un servicio de adoración; cada vez que me levanto o me acuesto; cada vez que estoy en conflicto con alguien, debo tener en mente las palabras, o al menos el espíritu, del Salmo 139.23, 24. Dios quiere responder esta oración.

Buscar el buen consejo

Según las Sagradas Escrituras, hay otro aspecto negativo en cuanto al orgullo: nos hace incapaces de aprender sobre lo que en verdad es importante en la vida; en particular, nuestra relación con Dios y nuestro carácter moral. En Proverbios, vemos que el orgulloso permanece atrapado en sus pecados favoritos porque es “sabio en su propia opinión” (Proverbios 26.12). El libro también enfatiza una manera particular de ahogar nuestro orgullo: debemos permitir que otros declaren la verdad a nuestra vida, aunque duela (Proverbios 9.9; Proverbios 13.18).

Hay un viejo refrán judío que dice: “Si una persona te llama burro una vez, ignóralo. Si otra más te llama burro, comienza a considerar sus palabras. Si una tercera persona te llama burro, será mejor que te pongas una silla de montar porque tal vez lo seas”. Hace como diez años, una persona mayor, a quien admiro, me declaró una dura verdad. Identificó un patrón pecaminoso que, por mi gran orgullo, me resultaba difícil tratar. “No es tan malo”, decía yo siempre. “Además, lo tengo bajo control”. Pero él me dijo: “Matt, no lo tienes bajo control, y tienes que ocuparte de eso”. Unas semanas después, otro hombre mayor al que admiro, me dijo lo mismo. Estoy feliz de anunciar que no esperé a que un tercer hombre sabio me llamara burro. Me compré la silla de montar. En otras palabras, reconocí el patrón pecaminoso, y comencé a recibir la ayuda que había estado postergando.

El orgullo nunca cesa de intentar abrirse camino en los corazones de, incluso, personas buenas y devotas.

La gente sabia que no es orgullosa recibe críticas constructivas, incluso sobre los aspectos más profundos y más personales de su vida. Procuran la corrección, y cuando es preciso, modifican su vida de forma radical basándose en ese consejo.

Permanecer en la gracia

Todo cristiano tiene el mejor recurso para sanar la enfermedad del autoengaño y el orgullo: el evangelio. ¿Por qué somos tan orgullosos y estamos tan autoengañados? ¿Por qué nos ponemos a la defensiva cuando nuestro pecado (incluso nuestro orgullo) queda al descubierto? ¿Por qué nos inflamos como un pez globo para alejar a Dios y a los demás? Es porque no comprendemos ni aceptamos la generosa gracia de Dios dada a los pecadores por medio de Jesucristo. El evangelio nos dice que, espiritualmente hablando, todos somos pecadores crónicos atrapados en la red del orgullo y del autoengaño. Pero el evangelio es también la historia de cómo vivió, murió y resucitó Jesucristo para salvarnos, aunque espiritualmente estamos por debajo del promedio.

Estoy consciente de que Olive Kitteridge es un personaje ficticio, pero no puedo evitar imaginar una vida mejor para ella. ¿Qué pasaría si ella (y todos los que son como ella, incluyéndome) pudiera escuchar palabras duras pero sinceras acerca de su pecado, y respondiera permitiendo que el evangelio hablara a su corazón? “Estoy vestida de la justicia de Jesucristo. Por eso, como Él, soy la amada por Dios. Cristo ha llevado todo mi pecado en la cruz. En todo lo que está mal en mí, Dios Padre me ha prodigado su gracia”. Y ahora, liberada de la actitud defensiva y del sarcasmo, ¿qué tal si Olive pudiera decir simplemente a las personas que ha herido: “Lo siento de verdad. Dime cómo puedo amarte mejor”?

C. S. Lewis dijo que liberarse del orgullo es como al fin quitarse la ropa “ridícula, fea”, el disfraz que hemos llevado puesto toda la vida, para que podamos dejar de “presumir” con todas nuestras “poses y posturas”. El evangelio golpea nuestro orgullo, pero no hiere nuestra dignidad. Por el contrario, nos anclamos en la realidad, y eso nos libera más allá de lo que podamos imaginarnos.

Ilustraciones por Nishant Choks

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