El papá que quiero ser

La redención, la confesión y la confianza son catalizadores, como combustible, para criar bien a los hijos.

Son las 7:30 de la noche, y estoy mirando mi iPhone sin ningún motivo aparente. No hay ninguna crisis en el mundo que me necesite. No hay ningún asunto organizacional que me exija una respuesta, ni una comunicación urgente que deba realizar para mí, mi familia o mis amigos.

Solo estoy navegando por Twitter, sin ningún propósito. Quizás esto sea un uso justificable del tiempo durante las actividades de ocio o cuando se espera en el consultorio del médico, pero no a las 7:30 de la noche en un día entre semana cuando los niños necesitan mi atención. Sin embargo, aquí estoy, escapando de la desordenada realidad de estar presente como padre, por la comodidad barata de la adquisición pasiva e inútil de conocimiento.

Quizás esto sea un uso justificable del tiempo durante las actividades de ocio o cuando se espera en el consultorio del médico, pero no a las 7:30 de la noche en un día entre semana cuando los niños necesitan mi atención.

La vergüenza me azota, no en el momento en que me río por un tuit divertido, sino más tarde, cuando beso a mi hija más pequeña en la frente antes de acostarla. ¿Me recordará como un padre bueno y consagrado que la llevó en dirección al Padre celestial? ¿O como el hombre que solo daba pequeñas ráfagas de atención mientras su teléfono se recargaba? Me gustaría pensar que soy el primero, pero hay demasiadas noches cuando soy el segundo.

Está el padre que debería ser, y el padre que en verdad soy. La brecha entre ambos es grande. Vivo en ese abismo todos los días.

 

Los padres buenos de la Biblia

Una vez pensé en hacer un proyecto acerca de los padres de la Biblia, una especie de libro devocional para hombres, que presentara ejemplos heroicos de paternidad. Pero el problema con este proyecto es que tenía muy pocos personajes.

No hay muchos papás realmente buenos en las Sagradas Escrituras. Me explico, tenemos al José del Antiguo Testamento, quien superó la disfunción familiar para convertirse en lo que parece ser un buen padre para sus propios hijos. Tenemos a Noé, quien, aunque lejos de ser perfecto, obedeció a Dios y dirigió a su familia a un lugar seguro. Tenemos a José, en el Nuevo Testamento, quien escuchó al ángel del Señor, se casó con su novia embarazada, y la cuidó, a pesar de la presión social para “dejarla”.

¿Aparte de eso? No mucho. Las pocas imágenes de paternidad en la Biblia, sobre todo cuando se trata de nuestros héroes, están lejos de ser ejemplares. David, el rey más grande de Israel, fue un esposo infiel que permitió con su pasividad que un hijo cometiera una agresión sexual y luego lo marginó, y con otro entró en guerra. Noé fue visto desnudo y borracho en su vivienda. Abraham abandonó a su primogénito, que fue el producto de una relación que no agradó a Dios.

De hecho, podría argumentarse que la Biblia ofrece más narrativas de madres y abuelas fieles y heroicas, que de padres. Ana. María. Loida. ¿Por qué razón? ¿Es porque la Biblia no le da importancia a la paternidad? No. Hay innumerables mandatos e instrucciones, incluso un porcentaje significativo del libro de Proverbios, que exhortan a los hombres a cumplir su llamado y criar bien a sus hijos.

Creo que la Biblia cuenta con pocos ejemplos de buena paternidad y muchos de mala paternidad, por una razón: para resaltar la forma en que el pecado ha corrompido la condición humana. Las Sagradas Escrituras cultivan el anhelo de un buen padre en cada corazón humano, y señalan a Dios como el Padre celestial que llena el decepcionante vacío que dejan los padres terrenales. Incluso los mejores descendientes de Adán, han usado el poder para desligarse de su responsabilidad con pasividad. Solo un hombre, el segundo Adán, cumple la visión de Dios para la masculinidad.

La historia de la Biblia no se trata de sus héroes, sino de un héroe. No es trata de las valientes hazañas de David, Abraham y Noé, sino de la valiente hazaña de Cristo al renovar y restaurar su creación.

Esto es importante para todos, no solo para aquellos que tienen malos recuerdos de sus padres. Evita que los padres nos sintamos abrumados cuando reconocemos la frecuencia con que no dimos la talla. Nada pone al hombre en contacto con sus debilidades, como el hecho de ser padre. La crianza de los hijos, tan fácil en teoría, es difícil en la realidad, donde enfrentamos decisiones entre el egocentrismo y el sacrificio. Incluso los mejores papás necesitan poder sobrenatural —el poder del Espíritu de Dios— y el entendimiento de que mientras intentamos y fracasamos en ser padres, Dios también está criando a nuestros hijos y llenando sus vacíos.

A veces tales vacíos son enormes.

 

Redención en vez de arrepentimiento

Mis cuatro hijos todavía están muy pequeños. Me queda mucha crianza por delante, lo que significa que tengo tiempo para corregir algunos patrones y crecer en Cristo como hombre. Con esto, no me refiero a convertirme en una caricatura masculina, sino en el hombre que Dios me ha llamado a ser: un líder fiel, amoroso y humilde. Pero incluso en esta etapa temprana, miro algunos años atrás con pesar. A veces no he estado presente del todo. A veces he perdido los estribos. A veces he mostrado a mis hijos una pobre imagen de su Padre celestial.

Las Sagradas Escrituras señalan a Dios como el Padre celestial que llena el decepcionante vacío que dejan los padres terrenales.

No puedo imaginar el peso que sienten muchos hombres que son mayores que yo, cuyos hijos ya dejaron el hogar. Los días de la paternidad han terminado, en su mayor parte, y todo lo que les queda es mirar hacia atrás. Como pastor, me he sentado a menudo con padres que derraman angustiados gritos de dolor y aflicción, reviviendo sus errores y pidiendo a Dios que restaure la relación que tienen con sus hijos. He aconsejado a hijos heridos por la infidelidad de sus padres. He visto el amargo fruto del pecado deformar familias. Y cada vez, esto ha grabado en mi corazón el deseo de ser un buen padre. Quiero aprender de estos hombres mayores, y no repetir sus errores en mi generación.

Espero que cuando llegue a esa etapa no tenga mucho de qué arrepentirme. Mi meta es no estar nunca en la posición de decir a mis hijos que fui infiel a su madre o que los dejé desamparados, sin un padre que los guiara espiritualmente durante las etapas difíciles de la vida. Aunque sí tendré algunos remordimientos. Incluso si mis hijos “dan la talla” en lo espiritual (lo que sea que eso signifique), veré períodos en mi vida manchados por mi propio comportamiento pecaminoso. Mis hijos están siendo criados por dos pecadores, de los cuales yo soy el primero.

Así, pues, tendré remordimientos. Pero sé qué hacer con ellos. Cristo tomó mis sentimientos de culpa como padre, y luego sudó gotas de sangre en el huerto y agonizó en una cruz romana para que yo pudiera ser libre de esta carga. Puedo abrirme camino por la misericordia de Dios. Puedo confesar mi pecado. Aunque mis fracasos, como la cojera de Jacob, siempre estarán presentes como un recordatorio de mi dependencia de Dios, pero a mi identidad no la definen esos pasos en falso.

Es más, Dios no está nervioso frotándose las manos sin saber qué hacer. Sí, seré responsable por mi paternidad, pero mis hijos tendrán que ver en sus experiencias las manos de su Padre celestial, trazando sus pasos hacia su soberana voluntad. Confiar en que Dios sabe que es lo mejor para nuestros hijos, es quizás el nivel más profundo de fe que un humano puede pedir. La realidad de que soy solo la versión del padre terrenal que tuvieron, es aleccionadora. Esto requiere una fe que solo el Espíritu puede dar, un plan que solo Dios puede concebir. El padre sabe lo que es mejor, sí, pero solo si estamos hablando del Padre celestial.

Algunos podrían decir que esta teología amortigua, de manera intencional, nuestra motivación de ser padres. Es mejor, quizás, vivir con una especie de miedo consumidor. Pero veo que la gracia funciona de una manera diferente. La redención, la confesión y la confianza son catalizadores, como combustible, para criar bien a los hijos. Sabiendo que no tengo que cumplir bien para ganar el favor de Dios, soy libre de vivir mi llamado como padre: de ser lleno del Espíritu, y amar a mis hijos de la manera en que estoy llamado a amarlos. Soy libre de depender del Señor Jesús, para orar con profundidad y amar bien. Me siento liberado para disculparme con mis hijos cuando me equivoco, y señalarles esa misma fuente de gracia para sus propios fracasos.

Incluso en las mejores familias, hay grandes áreas de disfunción, pero Dios se ocupa de restaurar lo que está roto, de sanar lo que el enemigo ha dañado. Dios es un Dios que restaura, tanto mi vida, como la vida de los demás.

Luchas en el vuelo

Así que, seguimos luchando como padres. En vez de languidecer en la ansiedad diaria de nuestra insuficiencia, seguimos adelante con fidelidad: aprendiendo, escuchando y amando. Conociendo nuestras debilidades, nos apoyamos en el Espíritu de Dios y guiamos nuestras familias.

Mis cuatro hijos me necesitan. Me necesitan trabajando por la santificación y el arrepentimiento de mis pecados. Necesitan verme avanzando través de la insuficiencia, y modelando la vida de Cristo entre ellos. Me necesitan fuerte y también débil.

Muchos padres se rinden en la lucha y renuncian. Algunos papás salen físicamente de la casa, y sus luces traseras son el único legado duradero. Otros se van emocional o espiritualmente, entregando esa batalla a la iglesia o dejando que sus esposas luchen solas por sus hijos.

Dios nos llama y nos da poder para algo mejor. No podemos cambiar donde ya hemos fallado, pero no debemos dejar que los fracasos del pasado nos paralicen. Ahora mismo, en este preciso momento, puedo ser fiel. Puedo dejar a un lado mi teléfono. Puedo buscar la paz en esta conversación. Puedo alejarme del individualismo y dirigirme hacia el servicio.

La primera mentira de Satanás es siempre que el pecado nos hará más humanos. Y su segunda mentira es siempre que pecado es lo que somos. Sin embargo, sabemos que en Cristo no somos nuestras luchas, nuestras insuficiencias, nuestros remordimientos. Estamos siendo sanados. Estamos siendo renovados —al convertirnos en los padres que Dios planeó, desde el principio, que fuéramos.

Ilustraciones por Steve Scott

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