El poder en lo pequeño

No necesitamos lograrlo todo para que Dios tenga un impacto eterno. De hecho, querer lograrlo puede ser una piedra de tropiezo en nuestro camino.

En mis primeros días como pastor, a mis veintipico de años de edad, un consejero mayor me retó a "intentar hacer algo tan grande para Dios que estuviese condenado al fracaso, a menos que Dios fuese parte de él".

Aceptando su reto, comencé a soñar con grandes cosas para el futuro. Imaginé convertirme en el tipo de líder cuyo ministerio produciría muchos discípulos nuevos, plantaría iglesias fuertes y florecientes, daría apoyo y aliento a líderes clave de la ciudad, y serviría como un recurso para el impacto del reino de Dios más allá de mi propio contexto. Con el tiempo, si todo salía bien, también me invitarían a escribir libros, hablar en conferencias y ministrar desde una plataforma en una mega iglesia.

"Eso", me decía, "es algo tan grande que solo Dios puede hacerlo, porque de seguro no tengo lo que se necesita para lograrlo". Desde ese momento, y por la gracia de Dios, la mayoría de estas cosas han ocurrido en mi vida y en mi ministerio. Sin embargo…

Sin embargo

Si bien tales MEGA o "Metas Emocionantes, Grandes y Audaces" no son necesariamente algo malo, no estoy seguro de que el consejo que una vez me ofrecieron sea el mismo que yo daría hoy a los pastores más jóvenes. A medida que avanzo en edad y más me compenetro con las Sagradas Escrituras, más convencido estoy de que la verdadera acción en el reino de Dios no está en las grandes iglesias de plataformas o centros de poder, sino más bien en una fidelidad sosegada, diaria y sencilla. En la devoción vivida en las congregaciones cristianas locales de todo el mundo.

Es verdad que Dios, en efecto, ha levantado siervos para tener grandes logros a gran escala en tiempos diferentes y para sus propios propósitos. Por ejemplo, casi todas las prestigiosas universidades del nordeste de los Estados Unidos (conocidas como la Ivy League o Liga de la Hiedra) fueron fundadas por cristianos. El cristianismo ha producido grandes líderes en la ciencia, y lo mismo puede decirse de la literatura y las artes: hombres y mujeres guiados hacia la creatividad y el ingenio por su fe en Cristo. También está el mundo de la atención médica, con todos esos hospitales que llevan el nombre de un santo, y los esfuerzos más famosos e impactantes de la historia hacia la justicia social: la emancipación de los esclavos, la generosa filantropía, el activismo periodístico, el cuidado de los huérfanos y el liderazgo en el campo de los derechos civiles; los esfuerzos y los logros de todos ellos son un tributo al poder de Cristo para sanar al mundo.

Pero a pesar de estos ejemplos notables y especiales, uno todavía se pregunta si la estrategia principal de Dios para traer su gracia, su verdad y su poder al mundo, es evitar medios extraordinarios y grandiosos y usar más medios ordinarios, pequeños y cotidianos.

La Sagrada Escritura está llena de personas reales que tuvieron fracasos reales, luchas reales, limitaciones reales y deficiencias reales.

Podemos aprender de la vida de los llamados héroes de la fe en las Sagradas Escrituras. Como me recordó una carta reciente que un colega en el ministerio le escribió a un joven en dificultades: Moisés tartamudeaba; la armadura de David no le quedó bien; Juan Marcos fue rechazado por Pablo; la esposa de Oseas fue una prostituta; y el único entrenamiento de Amós para ser profeta consistió en pastorear cabras y podar higueras. Jeremías sufría depresión; Gedeón y Tomás dudaron; y Jonás huyó de Dios. Abraham, Isaac y Jacob tuvieron fracasos estrepitosos por haber mentido. De hecho, la Sagrada Escritura está llena de personas reales que tuvieron fracasos reales, luchas reales, limitaciones reales y deficiencias reales. Y Dios sacudió la Tierra con ellas.

 

En su epístola a una iglesia en Corinto que valoraba lo extraordinario y grandioso —como la fama, el poder, la riqueza, las conexiones, y el estar entre la gente importante— el apóstol Pablo escribió:

Hermanos, consideren su propio llamamiento: No muchos de ustedes son sabios, según criterios meramente humanos; ni son muchos los poderosos ni muchos los de noble cuna. Pero Dios escogió lo insensato del mundo para avergonzar a los sabios, y escogió lo débil del mundo para avergonzar a los poderosos. También escogió Dios lo más bajo y despreciado, y lo que no es nada, para anular lo que es, a fin de que en su presencia nadie pueda jactarse. Pero gracias a él ustedes están unidos a Cristo Jesús, a quien Dios ha hecho nuestra sabiduría —es decir, nuestra justificación, santificación y redención— (1 Corintios 1.26-30 NVI).

La vida del Señor Jesús también desafía nuestro enfoque en "intentar hacer algo grandioso" en la vida y el ministerio. Por decisión y por designio, el Salvador nació de dos personas con problemas económicos —una de ellas era adolescente— que pronto se convertirían en refugiados. Careció de lo que consideraríamos una educación formal, trabajó como un proletario, nunca se casó ni tuvo hijos, y pasó parte de su vida adulta sin un techo. Según Isaías, su aspecto físico era tan poco impresionante que no había nada en él que lo distinguiera como atractivo (Isaías 53.2). La mayoría de la gente lo malinterpretó y lo rechazó, y por último fue abandonado por sus amigos más cercanos. Murió como un delincuente común en un estercolero, habiendo sido considerado como un enemigo tanto de la sinagoga como del estado. Si el poder iba a manifestarse en el Señor Jesús, tenía que ser a través de su debilidad (2 Corintios 12.7-10).

Porque Dios no se vale de nuestras fuerzas, sino de su poder invencible.

Tal vez sea esta cualidad de Dios —su interés por usar las vasijas más débiles para llevar a cabo su mayor obra— lo que llevó a Henri Nouwen a adoptar la práctica de lo que él llamó "movilidad descendente". Nouwen, un hombre sobre quien he escrito antes para esta revista, fue un célebre líder intelectual y conferencista itinerante. En la flor de su carrera, recibió una invitación de un amigo para dejar a un lado sus laureles y su fama en ascenso, para pastorear una pequeña comunidad para personas con discapacidad mental. La justificación de Nouwen para aceptar este papel, que muchos considerarían un suicidio profesional, fue la siguiente:

La Sagrada Escritura revela... que la libertad auténtica y total solo se encuentra a través de la movilidad descendente... El camino divino es, en realidad, el camino hacia abajo ... [Jesucristo] pasó del poder a la impotencia, de la grandeza a la pequeñez, del éxito al fracaso, de la fuerza a la debilidad, de la gloria a la ignominia. Toda la vida de Jesús de Nazaret... rehusó la movilidad ascendente.

Lo que mucha gente no sabe es que algunos de los libros más conocidos e impactantes de Nouwen serían dados a conocer al mundo, no desde un gran escenario o de una imponente mega iglesia, sino desde su vida desconocida y tranquila y en el anonimato entre hombres y mujeres con discapacidades en L'Arche [El arca, en francés]: personas a las que había venido a abrazar como familia.

Porque Dios no se vale de nuestras fuerzas, sino de su poder invencible.

También he visto el "poder en lo pequeño" en mi propia comunidad, aquí en Nashville, entre la gente de la Iglesia Presbiteriana de Cristo. Como cualquiera en nuestra congregación pudiera atestiguar, las verdaderas celebridades entre nosotros —aquellos cuya vida y presencia dirigen la atención del resto de nosotros hacia la gloria y la bondad de Dios de manera impresionante— son las personas sinceras en cuanto a sus debilidades, las personas con necesidades especiales, y quienes saben que están a punto de morir.

A los dos años de haber desempeñado el cargo de pastor principal, compartí con nuestra comunidad mi propia historia de lucha con la ansiedad y la depresión. Al final del servicio, un hombre se me acercó y me dijo: “Scott, quiero que sepas que hoy es el día en el que te convertiste en mi pastor. Al final, no se trata en sí de tu visión, o de tu predicación, o de lo que escribas, lo que traerá esperanza a gente como yo. En lugar de eso, será la historia de cómo Dios te ha ministrado en tus luchas”.

No soy el primer pastor cuyas debilidades fueron usadas por Dios para fortalecer a otros. Yo solo estaba siguiendo el ejemplo del apóstol Pablo, quien habló del dolor por su codicia, en Romanos 7, y luego de su aguijón en la carne, en 2 Corintios 12. En ambos casos, el poder de Dios se manifestó no solo a Pablo, sino también a millones de otros pecadores y personas que sufren a lo largo de la historia.

Hay algo poderoso en confesar nuestros pecados y nuestros dolores entre nosotros mismos, y luego llevarlos a la luz de la gracia sanadora de Dios, ¿no es cierto? Lo que era verdad entonces, también lo es hoy: el poder de Dios se perfecciona y se manifiesta, no principalmente a través de la fuerza humana, sino a través de la debilidad humana.

 

Del mismo modo, uno de los privilegios que tengo es ser pastor de una iglesia con muchos niños y adultos que tienen necesidades especiales. Esta es una población que nuestra congregación ha considerado digna de atención y de recursos especiales. Creo, sin la menor duda, que los mayores beneficiarios de esta inversión no son aquellos que tienen necesidades especiales, sino aquellos de nosotros que podemos vivir una parte de nuestras vidas en su compañía.

Pienso en Katie, que tiene síndrome de Down. Ella es quien tiene la más grande sonrisa y da los abrazos más largos y fuertes. Pienso en cómo ella insiste en un abrazo de mi parte, su pastor, casi todos los domingos. Pienso en cómo se le ilumina el rostro cuando le digo que es hermosa, y cómo me recuerda con dulzura que necesito decirle que es hermosa, en esas raras ocasiones en que lo olvido. Pienso en cómo me regala dibujos que ha hecho —imágenes que representan sus interpretaciones tan sencillas y tan profundas de mis sermones.

Asimismo, pienso en William, quien también tiene síndrome de Down y autismo. Los padres de William están bajo una presión absoluta, haciendo su mayor esfuerzo, siempre dispuestos y trabajando juntos para atender sus necesidades. Y aun así nunca dejan de decirnos cuán ricas son sus vidas gracias a él. Si no fuera por William, conocerían menos al Señor Jesús. Si no fuera por William, nosotros también conoceríamos menos al Salvador. Déle una caja de galletas de queso a William, y es posible que no la recupere. Si mira hacia otro lado por un minuto, puede que se haya desaparecido a otra habitación. Y se ríe de mis bromas, me “choca esos cinco” y sonríe de oreja a oreja cuando nuestros ojos hacen contacto. Él, al igual que Katie, insiste en darme abrazos. William está del todo consciente de que es aceptado. Aunque no puede articular con claridad sus pensamientos en palabras, reparte boletines en la iglesia, sirve la Comunión y danza con los himnos y cánticos de adoración. Al hacer todo esto —al vivir de manera auténtica y sincera— nos trae de vuelta a la verdad. Nos trae de vuelta a la gracia. Nos muestra al Rey y al reino, que no podríamos ver claramente sin personas como él. William nos enseña que nosotros también somos aceptados.

Las verdaderas celebridades entre nosotros —aquellos cuya vida y presencia dirigen la atención del resto de nosotros hacia la gloria y la bondad de Dios de manera impresionante— son las personas sinceras en cuanto a sus debilidades, las personas con necesidades especiales, y quienes saben que están a punto de morir.

 

La última demostración de poder de la que hablaré aquí, que es quizás también la más notable, es la de las personas que sufren con esperanza en vez de desesperación. Puedo pensar en tantos hombres, mujeres e incluso niños en nuestra comunidad, que han enfrentado algunas de las circunstancias más difíciles —la enfermedad de Lou Gehrig (esclerosis lateral amiotrófica), la demencia, el cáncer, el divorcio, la traición, la pérdida de seres queridos y más— con lágrimas de tristeza y protesta por un lado, y un ancla de esperanza por el otro.

Pienso sobre todo en Ben, un querido maestro de escuela que se fue al cielo demasiado temprano en la vida debido al cáncer. En sus últimos días, mientras su cuerpo se consumía por la enfermedad, recitaba versículos de la Biblia y entonaba canciones de adoración a Dios. Cuando se le preguntó en sus últimos momentos si quería que se dijera algo a sus estudiantes en su nombre, dijo con la mayor naturalidad: "Díganles que es verdad. Díganles que todo es verdad. Díganles que el evangelio de Jesucristo... es verdad".

Después de la muerte de Ben, y precisamente por eso, se produjo entre sus amigos, colegas y estudiantes un renacimiento de la fe y de compromisos renovados para andar en intimidad con Dios. Lo que sucedió con Sansón, también pareció suceder con Ben: logró tanto en su muerte como lo había hecho en su vida, por la gracia y el poder de Dios obrando a través de su debilidad (Jueces 16.23-31).

Así que, por estas y muchas otras razones, si bien los logros más grandes, más visibles y a gran escala en el reino de Dios merecen reconocimiento, tal vez ahora sea un buen momento para celebrar la manera en que Dios quiere obrar a través de todos nosotros en vez de solo algunos; a través de lo que el apóstol Pablo llamó "la gloria de la debilidad", que es una cualidad que todos compartimos, y que es el lugar donde más reside el verdadero poder de Dios.

En realidad, cuando Cristo nos llamó no muchos de nosotros éramos sabios, influyentes, nobles o poderosos de acuerdo con las normas humanas. No obstante, estamos preparados, no pese a nuestras debilidades, sino precisamente a causa de ellas, para conmover la Tierra.

 

Ilustraciones por João Fezenda

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