En presencia de mi enemigo

Cómo la oración prepara el terreno para la reconciliación

Nos sentamos en un restaurante. Nada de agravios, nada de quejas. Nada de odio. En vez de eso, el severo hombre blanco se sentó frente a mí –este hombre que solía intimidarme en el trabajo, que a diario decía cosas malas de mí, no en voz alta, pero lo suficientemente alta como para que yo pudiera escuchar cada palabra sarcástica y cruel– se me unió en el almuerzo. Entonces hablamos de la vida.

Así es como comienza. Dos personas al fin lo lograron.

Ambos teníamos hijos adolescentes, así que nos preocupamos por ellos. Ambos tenemos cónyuges, así que reflexionamos sobre ellos. Ambos conocíamos la desilusión, así que confesamos eso.

Este hombre que solía intimidarme en el trabajo, que a diario decía cosas malas de mí, se me unió en el almuerzo.

Luego de terminar nuestro almuerzo, brindamos por nuestra amistad y volvimos al trabajo. Se acabó la hora del almuerzo.

Y este momento real por poco y no sucede. Yo era reportera de un periódico en ese entonces: belicosa, ambiciosa y demasiado impulsiva por mi propio bien. Él era mi colega, aun más belicoso, más ambicioso y mucho más impulsivo que yo. Deberíamos haber sido grandes amigos desde el principio.

Pero estamos en los Estados Unidos. Por lo tanto, ambos crecimos con odios por el color de la piel. Él, en el sur. Yo, en el oeste. La geografía no importaba. En los Estados Unidos, la gente aprendió pronto a odiar por el color. Para mi amigo, esto significaba aprender el insulto racista –la “palabra N”– y elegir usarla a menudo.

Para mí, esto significaba escuchar a un maestro de escuela llamarme “Nadie” –y ver que lo creyera.

Todos los carteles coincidían: No podía usar el baño. No podía beber agua. No podía comer en el restaurante. No podía viajar en el vagón del tren. No podía entrar al parque. No podía ver la película en el piso principal. Por tanto, me llevaba las palomitas de maíz y la bebida fría al balcón destartalado, sin preguntar nunca nada a mis parientes sureños sobre la anomalía de tantos desprecios.

En vez de eso, me sentaba arriba, en la sala de cine, animando a los vaqueros, sin entender, como dijo el escritor James Baldwin, “que los indios son ustedes”.

Una locura, esto del problema racial en los Estados Unidos. Sobre todo, si uno no conoce a Dios.

Pero Dios…

¿Recuerda esas dos palabras? Cómo cubrieron a Noé (Gn 8.1) empapado por la lluvia; cómo alentaron a Jacob estresado por la vida (Gn 31.42); cómo confortaron a José ante sus hermanos (Gn 50.20). De pie, ante a sus hambrientos y tramposos hermanos, José invocó las dos palabras más llenas de gracia de la Biblia: “Ustedes pensaron hacerme mal, pero Dios...” (cursivas añadidas).

No podía usar el baño. No podía beber agua. No podía comer en el restaurante. No podía viajar en el vagón del tren.

El apóstol Pablo, al escribirle a esa joven iglesia amiga sobre las discusiones en Roma, lo resumió de esta manera: “Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros” (Ro 5.8 NVI). Por todos nosotros.

Por supuesto, en ese entonces la mayoría de nosotros íbamos a la iglesia –a adorar con nuestra segregada alabanza– y muchos pastores incluso predicaban que la división era voluntad de Dios. Por alguna razón ignoraban que todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas estarían juntas de pie delante del trono y del Cordero (Ap 7. 9), pero que también estaríamos solos para enfrentar nuestro juicio (2 Co 5.10).

Sin duda, yo deseaba escuchar el “bien hecho”. También mi colega, yendo a la iglesia durante toda su joven vida, deseaba lo mismo que yo. Sin embargo, los dos éramos culpables de escuchar, no a Dios, sino a los hombres. Por mi parte, amargada y enojada –cansada de los insultos, incluso de un compañero de trabajo– no prestaba atención al llamado de la Biblia: “Busquen la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Heb 12.14).

Pero, ¿el perdón? Nunca lo consideré. Para nada.

En los Estados Unidos, de hecho, donde el número de afroamericanos sigue siendo pequeño –todavía solo el 13 por ciento de la población– llevando como niña la carga del odio de una nación sin prestar atención a las soluciones de Dios, era más pesado de lo que mi alma podía soportar. Como dijo hace poco un amigo blanco: “Siento que haya pasado esto”.

“¡Yo también lo siento!”, respondí, coincidiendo en lo perjudicial que había sido el “problema racial”, sobre todo en los Estados Unidos.

Baldwin, una vez más, hablando sobre un notorio sheriff sureño conocido en su época por maltratar a los manifestantes negros, pudo concluir que el hombre no era un monstruo. “Estoy seguro de que ama a su esposa y a sus hijos... Pero no sabe qué lo impulsa a usar el garrote, a amenazar con la pistola y a usar la aguijada para el ganado. Algo horrible le debe haber pasado a un ser humano para poder poner una aguijada contra los senos de una mujer. Lo que le sucede a la mujer es espantoso. Pero lo que le sucede al hombre que lo hace es, en cierto modo mucho, mucho peor”.

 

¿Pero Dios…?

Cuando por fin le prestamos atención, Él nos invita a alejarnos de nuestras soluciones autosuficientes –en mi caso, “fingirme” amistosa y profesional en el trabajo, luchando por anular la ridícula actitud racista de mi colega. Pero Dios quiere más: nuestro amor. Como escribió G. K. Chesterton: “La Biblia nos dice que amemos a nuestro prójimo, y también que amemos a nuestros enemigos; quizás porque por lo general son las mismas personas”.

Aquí estaba ahora mi “prójimo”, sentado en un escritorio cercano, rompiéndome el corazón. ¿Y Dios dijo que lo amara? Nuestro Señor sacrificado, predicando el Sermón del monte, lo dijo de esta manera: “Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mt 5.43, 44).

Estas son las tan bellas palabras de Jesucristo, pero a mí me sonaban tan incomprensibles como el idioma chino. ¿Amar a mi enemigo? No sabía cómo amarme a mí misma. El odio del mundo envenena al amor. Por tanto, el amor era territorio extraño. Un elixir mezclado para películas de Hollywood o canciones del Top 40. Podía apreciar la magnífica explicación del teólogo Howard Thurman de que “el amor ama; esta es su naturaleza”.

Mis heridas, sin embargo, respondían al agnóstico –a autores como Neil Gaiman, cuya novela gráfica para adolescentes The Kindly Ones pregunta: “¿Alguna vez has estado enamorado? Horrible, ¿verdad? Eso te hace tan vulnerable. Eso abre tu pecho y abre tu corazón, y significa que alguien puede meterse dentro de ti y destrozarte”.

Pero Dios…

“El amor abre tu pecho y abre tu corazón, y significa que alguien puede meterse dentro de ti y destrozarte”.

Después de largas jornadas de trabajo, mientras me acurrucaba en mi cama en casa y meditaba sobre el odio de mi colega, la misericordia de Dios me recordó que debía escuchar a mi maestra de la escuela dominical de mi infancia, una mujer de rostro dulce que nos enseñó que Dios es amor.

Sentada con nosotros en pequeñas mesas, junto al tablero de fieltro con un dibujo recortado del Señor Jesús, ella nos animó, como niños negros, a no devolver odio con odio. Si les parece difícil, dijo, oren por eso. Señaló la figura de Jesucristo, arrodillado en el Getsemaní. Sus amigos poco confiables, roncando, se durmieron durante su agonía, pero ¿cómo lo afrontó? Él oró, dijo nuestra maestra. Oró con total abandono. ¡Toma esta copa! Entonces, como mi amiga, la autora Elisa Morgan, hace notar, Él se rindió a la otra cara de esta moneda de la oración: No mi voluntad.

Recordando esto, por fin cedí: Oraré por este blanco. Sí, por este enemigo.

Al orar por tu enemigo, y hacer el bien a un enemigo, dijo mi dulce maestra, “ascuas amontonarás sobre su cabeza” (Pr 25.22). Sin embargo, esos carbones no queman a tu enemigo, dijo ella. Derriten el corazón de tu enemigo. Lo ablandan. Entonces el enemigo te mirará con favor.

Por supuesto, eso fue lo que pasó.

El método de Dios nunca falla.

Esos carbones no queman a tu enemigo, dijo ella. Derriten el corazón de tu enemigo. Lo ablandan.

Un día, al salir del trabajo, susurré: “Ayúdalo, Señor”. Pero aun más, ayúdame a mí.

“Oh, Dios”, oré, “ayúdame a saludarlo con una sonrisa en la mañana y a despedirlo con un hasta luego por la noche. Bendice su ‘salida y su entrada’. Bendice a su hijo adolescente, a su esposa sobrecargada de trabajo, a sus escritos y sus preocupaciones”. Oré por su salud, sus esperanzas y contra sus obstáculos. Oré para que sus días transcurrieran sin problemas y que sus noches tuvieran paz.

Incluso oré –¿por qué no?– por su matrimonio, sus vacaciones, sus finanzas. Que equilibrara su cuenta bancaria, que pagara sus facturas, que su automóvil funcionara bien, y que sus pies siguieran caminando. Que Dios abriera las ventanas del cielo y derramara una bendición.

En mi iglesia de gente negra, cuando era niña, escuchaba a los adultos orar así, y el cielo se abría. Personas heridas eran sanadas y ayudadas, bendecidas y alentadas. Orar con perdón y abandono movía montañas. Y al cielo, también.

Siguiendo su ejemplo, intenté orar de la misma manera: “Derrite su corazón. Y aumenta también la temperatura en el mío”.

Entonces, un día normal, el hombre miró hacia mi escritorio. Sentado en su silla, se dio vuelta hacia la mía. Estuvo así durante un momento, y yo esperé.

“¿Por qué no nos hemos llevado bien?”, preguntó.

Respiré profundamente. “No lo sé”, dije. Estaba respirando suavemente, escuchando su corazón derretido, y sintiendo también al mío. Nuestros alientos coincidían.

“¿Por qué no nos hemos llevado bien?”, preguntó.

“Ha sido un invierno duro”, dijo.

 

Asentí, con un movimiento de cabeza.

Me dijo que odiaba su trabajo. Que odiaba las asignaciones que estaba recibiendo. Hablamos por largo rato. Después de eso, hablábamos más cada día.

Su hijo adolescente era un problema. Pero él lo amaba. Su esposa se enfadaba con él, pero la amaba, también.

Nos reímos. Soltamos una risita hablando de nuestros cónyuges. Una vez chismorreamos de nuestro jefe. No hablamos mucho, pero la conversación ahora era cordial. Y sensible. Llamémosla indulgente.

Pero Dios…

Hacer lugar para Dios lo cambia todo –a lo que nos aferramos, ya sea a nuestro dolor o al buen plan de Él. Tomar su mano nos recuerda lo que no podemos lograr sin Él. El evangelista Charles Spurgeon dijo: “No creo que puedas odiar a un hombre por el que ores con regularidad. Si no te agrada cualquier hermano cristiano, ora por él doblemente, no solo por el bien de él, sino también por el tuyo, para que puedas ser sanado de tus prejuicios y salvado de todo sentimiento de antipatía”.

¿Y entonces?

Dios es el autor del amor perdonador y del milagro del perdón. En Él, nos reconciliamos.

Pueden encontrarse en un restaurante, al otro lado de la calle de su trabajo. Pueden pedir una comida y un refresco juntos. Incluso compartir una rebanada de pastel, hojaldrado y dulce. Una humilde oferta de amor. Entonces pueden perdonarse el uno al otro, e incluso al país, porque hicieron lo correcto: obedecer a Dios.

Dios es el autor del amor perdonador y del milagro del perdón. En Él, nos reconciliamos. Sin esfuerzo penoso. Y pacíficamente, sobrepasando todo entendimiento.

Cuando este colega regresó al este y cambié de trabajo, cada uno envió una carta, deseándonos lo mejor. Y una vez después de eso, años más tarde, escribió una larga carta y la firmó, diciendo: “Te deseo lo mejor…”.

Leí esa carta y llegué a una sola conclusión: Dios es poderoso, si tan solo le obedecemos.

Esta vez, lo hicimos, ambos. El camino hacia la sanidad es largo; se construye de corazón a corazón, de oración a oración, y paso a paso. Pero cuando entramos en él, Dios levanta la carga y nos lleva adelante. Luego volamos alto.

Fotografía por Los Voorhes

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