Fascinado

Para el cristiano curioso, la gloria de Dios se manifiesta en la fuente inagotable de revelación

De los que han muerto se pueden aprender muchas cosas interesantes. Por ejemplo, en septiembre de 2016, The New York Times publicó un obituario titulado: “Joseph B. Keller, matemático con curiosidad excéntrica, muere a los 93 años”. El Dr. Keller, un distinguido profesor de matemáticas de la Universidad de Nueva York y de la Universidad de Stanford, estudió cómo se propagaban las ondas expansivas causadas por las explosiones atómicas; qué hace que la cola de caballo de una corredora se balancee de un lado a otro, en vez de hacerlo de arriba hacia abajo (fig. 1); por qué las teteras gotean (fig. 2); y por qué razón los gusanos de tierra (pero no las serpientes) zigzaguean sobre el vidrio; entre otros temas fascinantes.

Fig. 1, Ilustración por Jeff Gregory

Personalmente, no estoy interesado en las colas de caballo de las corredoras, ni en el goteo de las teteras, pero quedé intrigado por la descripción del obituario de la “excéntrica” e incluso “incansable” curiosidad de Keller. Él fue lo que los educadores modernos llamarían un “estudiante de por vida”, un aprendiz permanente y buscador de más conocimientos. Al menos en este sentido, sirve como modelo para todo cristiano. Después de todo, hay una razón por la que los seguidores de Jesús son llamados discípulos. Discípulo significa simplemente “aprendiz”. Seguir a Cristo es la máxima aventura del aprendizaje, una búsqueda que debe proporcionarnos curiosidad infinita y crecimiento espiritual a lo largo de esta vida y de toda la eternidad.

Por supuesto, hay algo singular en la búsqueda del cristiano. Se centra en una relación con el Dios vivo y personal. Como escribió el historiador de la iglesia Robert Louis Wilken: “El propósito de la vida humana no es conocer algo acerca de Dios, sino conocer a Dios y ser conocido por Dios, para deleitarnos en la faz de Dios”. Como advierte la Biblia, el mero aprendizaje o conocimiento por sí mismo “envanece” (1 Corintios 8.1). Por el contrario, un encuentro con Jesucristo lleva a un amor creciente y vivificante hacia Dios y hacia los demás (Mateo 22.35-40).

El deleite que conduce a más deleite

Como cristocéntricos discípulos de por vida, podemos primero que todo hacer nuevos descubrimientos acerca de la naturaleza y el misterio de Dios. Durante mi primer pastorado en una pequeña comunidad de 460 personas en el norte de Minnesota, visité en cierta oportunidad al ya jubilado granjero productor de leche de 82 años de edad, Howard Ballou. Howard estaba durmiendo en su silla favorita con la Biblia abierta en Levítico capítulo 17 sobre su regazo. Cuando despertó, le pregunté en qué consistían sus hábitos de lectura de la Biblia. Howard se rió y dijo: “Bueno, puede estar seguro de que conozco la historia. La he leído de principio a fin más veces de las que puedo contar. Pero la sigo leyendo porque cada vez encuentro algo nuevo y emocionante en cuanto a Dios”.

Evidentemente, el pensador cristiano del siglo VI, Gregorio Magno, entendía lo que era la curiosidad que inspiraba a Howard a conocer más de Dios. Cuando nos encontramos con Dios, dijo Gregorio, nunca “dejamos de anhelar más”. Y se vuelve cada vez mayor. También afirmó, “Todo deleite en Dios enciende en nosotros el anhelo ardiente de conocerlo más”.

Fig. 2, Ilustración por Jeff Gregory

El año pasado tuve una experiencia de este incesante “anhelo de más”. Estuve leyendo un libro pequeño y sencillo titulado Delighting in the Trinity (Deleite en la Trinidad), por Michael Reeves. Para mí, la Trinidad había sido un concepto teórico comparable con el conocimiento que tengo del bloque del motor de mi automóvil. Desde luego, creo que ella existe y que es importante, pero también es difícil de entenderla, es complicada y sin relación con mi vida cotidiana. Pero mientras leía el libro, el misterio y la vitalidad de la Trinidad se apoderaron de mí y me traspasaron el corazón. Según las palabras de Reeves, “el Dios trino es el amor detrás de todo amor; la vida detrás de toda vida; la música detrás de toda música; la belleza detrás de toda belleza; y la alegría detrás de toda alegría”. En otras palabras, el Dios trino es un Dios que podemos disfrutar gozosamente”. En cierto momento dejé el libro, me cubría la cabeza con mis manos y le dije a Dios: “Aun después de creer en Cristo por más de cuarenta años, recién ahora es que he comenzado a conocerte”.

Fue un momento solemne y aleccionador. Me sentía como un principiante, como un bebé espiritual, incluso. Pero después me golpeó otro pensamiento: tengo el resto de mi vida y toda la eternidad para aprender más acerca de este Dios de amor detrás de todo amor, y de alegría detrás de toda alegría. No es de extrañar que el apóstol Pablo pudiera proclamar en una sola frase la pasión que impulsaba su vida: “conocer a Cristo” —y que provocó su humilde confesión— “no … que ya lo haya conseguido … pero sigo adelante …” (Filipenses 3.10, 12 DHH). Esta debe ser una oración modelo para cada cristiano.

La gloria de los escarabajos y de los colibríes

Los estudiantes de por vida también imitan a Salomón, quien no solo pidió discernimiento entre “el bien y el mal”, sino que también estudió “los árboles, desde el cedro del Líbano hasta el hisopo que nace en la pared”, como también “los animales, las aves, los reptiles y los peces” (1 Reyes 4.33). Al igual que Salomón, nosotros podemos comenzar una búsqueda interminable para conocer más acerca de Dios mediante la creación.

Consideremos esto, por ejemplo: En nuestro planeta hay alrededor de 10 millones de especies vivientes. Hay 30.000 especies de orquídeas (Fig. 3), más de 60 especies de águilas y aproximadamente 350.000 clases de escarabajos, un hecho que inspiró al científico J. B. S. Haldane a señalar irónicamente que Dios debe tener “una afición inmensa por los escarabajos”.

O aprendamos del diminuto colibrí. Baten sus pequeñas alas cerca de 60 veces por segundo mientras revolotean, van y vienen, e incluso cuando vuelan boca abajo. Estas pequeñas maravillas de Dios pueden lanzarse en picada a 385 longitudes de su cuerpo por segundo, lo cual supera al impresionante lanzamiento de 207 cuerpos por segundo de un transbordador espacial. La observación de los colibríes llevó a Sy Montgomery, un naturalista, a declarar que cada uno de ellos es un “misterio infinito” que nos da una “conexión con algo grande y misterioso” (como con Dios, ¿quizás?).

Fotografía de Levon Biss, Microsculpture.net
 

Yendo de lo diminuto a lo inmenso, la astrofísica afirma que la energía oscura y la materia oscura, las cosas en el universo que no podemos identificar realmente, constituyen alrededor del 96% del universo. Eso significa que solo el 4% del universo es visible, mientras que el 96% del mismo está oculto de nosotros. Por tanto, todo lo que llamamos “conocimiento científico” se basa realmente en una minucia de lo que hay que saber. No obstante, la Biblia nos dice que “en [Cristo] fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles” (Colosenses 1.16). El 4% que podemos ver y el 96% más allá de nuestro entendimiento, todo pertenece a Jesucristo.

Como señaló el poeta Gerard Manley Hopkins: “El mundo está cargado de la grandeza de Dios / Ella va a arder como el brillo de una lámina agitada”. Y a pesar de nuestros esfuerzos por desfigurar y degradar a la gran creación de Dios, todavía podemos aprender de su “poder y su naturaleza divina … a través de lo que él creó” (Romanos 1.20). Me imagino que todavía tengo más de 9 millones de más especies para estudiar, aparte de los bosques, las estrellas, las cadenas montañosas, los océanos, los escarabajos y los arces sacarinos en mi patio trasero —todo los cuales declaran algo acerca de la gloria de Dios.

Lecciones de los verdaderos portadores de la imagen de Dios

Cuando se trata del aprendizaje de por vida es apropiado comenzar con el Dios revelado en las Sagradas Escrituras y en su propia creación, pero no nos saltemos la cumbre de su genio creativo: un sencillo ser humano hecho a su imagen.

Toda persona de ayer, hoy o mañana —su cónyuge; su mejor amigo; ese chico de la iglesia con lágrimas en los ojos que prácticamente le derribó corriendo hacia la puerta; la mujer que corta su carne de embutido detrás del mostrador de cristal en el supermercado; la familia de refugiados musulmanes que acaba de llegar de Somalia; la amiga que alberga hostilidad para quien ella llama el Dios de los cristianos —cada una de esas personas es una creación admirable. Y porque son portadores singulares de la imagen del Dios viviente, cada persona que usted encontrará tendrá algo que enseñarle en cuanto a la creatividad y a la bondad, pero también sobre el pecado, el sufrimiento y nuestro anhelo de (o tal vez frustración en cuanto a) la gracia de Dios en Cristo.

Fig. 3, Ilustración por Jeff Gregory

Esta idea me impactó cuando mi amigo George habló de su conversión a Cristo. Estábamos sentados con unos pocos hombres en un sucio sótano de la iglesia, escuchando el degradante descenso de George en el pecado y la ruina a la cual éste lo había llevado. Después de innumerables fugas de inmoralidad, tocó fondo. Su vida quedó destruida, perdió su trabajo, su familia lo repudió, y ahora su esposa lo estaba dejando. Pero entonces, al igual que el hijo pródigo, George finalmente tuvo un momento en que “volvió en sí”. Como recién llegado a la casa del Padre, George tenía buenas noticias que contar. Sus manos le temblaban cuando desenrolló un trozo de papel y nos preguntó si podía enseñarnos un “nuevo poema”. “Es una de las cosas más hermosas que he leído”, dijo George. Lo acabo de descubrir. Dice así: “Oh gracia admirable, ¡dulce que es! ¡Que a mí, pecador, salvó! Perdido estaba yo, mas vine a sus pies; fui ciego, visión me dio”. Mientras lágrimas de gozo bajaban por su rostro, me di cuenta de que la conocida historia de la gracia de Dios se había vuelto trillada y monótona para mí. Ya no era nueva ni “admirable”. Ese día, el bebé en la fe George se convirtió en mi mentor en la teología de la gracia.

Y así es con cualquier seguidor de Cristo. Si nos mantenemos abiertos, humildes y expectantes, casi cualquier andrajoso portador de la imagen del Dios viviente puede ser nuestro maestro en el aula del aprendizaje de por vida.

El niño o el necio

Todo se reduce a esto: ¿Enfrentaré la vida como un necio o como un niño? Bíblicamente, el necio no tiene poca inteligencia, sino que, simplemente, ha dejado de aprender. En realidad, no se le puede enseñar nada porque está convencido de que en algún momento en el pasado lejano, terminó sus estudio y aprendió todo lo que tenía que aprender de Jesucristo, al punto que obtuvo un doctorado espiritual para demostrarlo. Esa persona puede que esté necesitando una clase de actualización … no, para nada, en realidad también dejó atrás eso.

El niño sabe más. Los eruditos bíblicos debaten lo que quiso decir Jesús exactamente cuando dijo que debemos ser como niños (Mateo 18.2, 3), pero algo que todos sabemos en cuanto a los niños: no son adultos. Se están convirtiendo en adultos, pero aún no han llegado a ese punto y ellos lo saben. Cada día, la vida es un laboratorio de aprendizaje emocionante para ellos. Al igual que el apóstol Pablo, el niño sigue diciendo: “No que lo haya alcanzado ya … sino que prosigo” (Filipenses 3.12). Y de manera análoga a la descripción que hace el salmista de los justos, el niño es como un árbol plantado en la casa del Señor, que se mantiene floreciente aun hasta la vejez, dando fruto mientras permanece fresco y verde, receptivo y enseñable.

Getty Images/Lonely Planet Images
 

Me siento fascinado por la actitud constante de crecimiento durante toda la vida por parte del salmista, porque cumpliré 60 años en pocos años —no llegaré exactamente a la “ancianidad”, pero estaré acercándome a ella. Por eso, estoy empezando a hacerme esta pregunta: ¿Cómo me describirán mis hijos y mis nietos cuando escriban mi obituario? Aunque no mencionarán estudios sobre colas de caballo y teteras, tengo la esperanza de que, al igual que el obituario del Dr. Keller, el mío mencionará algo acerca de mi excéntrica e incansable curiosidad, no solo sobre cuestiones casuales, sino también sobre las maravillas de Dios y de las personas hechas a su imagen. “Tengo la esperanza de que dirán: ‘En un sentido era como un niño: Nunca dejó de aprender’”.

 

Diez maneras de seguir aprendiendo con Cristo

1. Estudie un tema del que no sepa nada. Por ejemplo: la historia de la tela de los pantalones vaqueros; los cuentos de Antón Chéjov; el paintball profesional; las mariposas monarca; los Gulags soviéticos.
2. Hay más de 10.000 grupos humanos diferentes en el mundo, y 195 países. Estudie uno de ellos. Vea lo que Dios está haciendo para alcanzar a uno de ellos.
3. Escuche a las personas hablar de su profesión. ¿Qué hacen? ¿Qué les gusta de ella?
4. Escuche a las personas hablar de su pasatiempo favorito. ¿Qué hacen? ¿Qué les gusta de él?
5. Salga de la casa. Observe la magnífica creación de Dios. Camine en medio de ella. Respírela. Estúdiela. Maravíllese de lo que ve.
6. Si sus niños están estudiando un tema en particular, estúdielo con ellos. Fue así como aprendí acerca del ferrocarril subterráneo, la música hip-hop, la fabricación de metales en Shanghái y las misiones médicas en Papúa, Nueva Guinea.
7. Escuche la peregrinación espiritual de las personas, incluso si no creen en Cristo. ¿Cuál es la historia detrás de lo que creen?
8. Lea un buen libro de teología cristiana o de la historia del cristianismo.
9. Estudie un libro de la Biblia.
10. Para hacer todo esto posible, establezca tiempos para apagar la televisión, la computadora y el teléfono celular.

 
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