La bendición de las buenas cercas

En el fondo, nos mantenemos a salvo, no por nuestras cercas, sino por Aquel que las creó.

Un poco más allá de una curva en la carretera se encuentra una pequeña iglesia de ladrillos en el cauce de una montaña, entre un cementerio y un campo abierto. La iglesia alguna vez fue parte de este campo, pero cuando los miembros la organizaron hace casi un siglo, el granjero les vendió un pedazo de terreno por un dólar. Hoy, una cerca de madera constituye el límite entre el campo y el estacionamiento de la iglesia.

Por lo general, este límite se mantiene, pero algunos domingos es saltado por niños que buscan pececillos y flores silvestres. Otras veces, es cruzado por el grupo teatral y el coro de la iglesia durante Semana Santa. El terreno que está al otro lado de la cerca es prácticamente un anfiteatro natural, mientras que el campo que está más abajo se convierte en el paisaje del Israel antiguo, y la corriente que corre a través del mismo se vuelve el Mar de Galilea.

Conocemos los límites y vivimos en paz. Hasta que un extraño se presenta. Entonces, instintivamente corremos hacia la seguridad.

Poco después de que mi esposo se convirtiera en el pastor de esta comunidad, me encontraba en medio de este campo la mañana de un sábado a comienzos de la primavera, tiritando de frío con el resto del coro mientras estábamos sentados en las gradas de metal del lugar. Habíamos estado practicando adentro durante varias semanas, pero ahora era el momento para tener el ensayo general. Sacamos el vestuario, levantamos los muros de Jerusalén, ajustamos el sonido, y nos pusimos a trabajar. Pero no tuvimos en cuenta un factor: las vacas.

El campo al lado de la iglesia es una pradera donde las vacas se pasean libremente. Y para nosotros, la cerca es simplemente una línea divisoria que puede cruzarse con el permiso del granjero. Pero, para los animales, la cerca representa más. Detrás de esta cerca están a salvo. A salvo del paso de los vehículos que se desplazan por las curvas de la montaña. A salvo de vagar hacia los campos vecinos. A salvo de la persecución de la esposa del pastor.

A mitad del ensayo, una bonita novilla joven deambulaba cerca de la loma que representaba al Gólgota. Al principio se mostró cautelosa, pero luego se animó, avanzó hacia la cruz y comenzó a mordisquear la tela que la cubría. Al instante, pasé de ser la amable esposa del pastor a ser un payaso de rodeo. Salté de la fila superior de las gradas, corrí hacia la novilla, agitando los brazos y gritando: “¡Vete, muévete!”. La novilla giró su cabeza en mi dirección, con temor y susto reflejado en sus ojos. Quedó paralizada por una fracción de segundo, pero después se sacudió el cuerpo, hizo un chirrido con sus cascos, y se alejó corriendo hacia un extremo del campo, lejos de esta loca delirante.

Al igual que la novilla, muchos de nosotros tenemos espacios a salvo en nuestra vida: campos que están delimitados cuidadosamente por las buenas cercas que Dios nos ha dado. Dentro de esas cercas, somos libres para pastar entre las flores silvestres, cuidar a nuestros pequeños y pasear por el arroyo cuando llega el calor del verano. Nuestro campo puede ser la comunidad de la iglesia, una familia, un estilo de vida, o la rutina diaria; pero dentro de estos límites sabemos qué esperar. Conocemos los límites y vivimos en paz.

En el fondo, nos mantenemos a salvo, no por nuestras cercas, sino por Aquel que las creó.

Lo que pasa con las buenas cercas es que también tienen portones, y a veces el Granjero concede permiso para que los extraños entren en nuestro campo. En ocasiones, incluso nos llamará desde detrás de esas cercas. Pero sabemos que el mundo es un lugar salvaje y peligroso, lleno de depredadores. Si el Granjero crea cercas para nuestra seguridad, ¿cómo podemos estar a salvo cuando invite un extraño a cruzarlas o cuando Él nos llame a salir de ellas?

En el fondo, nos mantenemos a salvo, no por nuestras cercas, sino por Aquel que las creó. En el Evangelio de Mateo, el Señor Jesús nos recuerda que el verdadero descanso y la seguridad vienen de rendirse a Él. “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados” nos invita Él, “y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí … y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11.28, 29).

En el mundo antiguo, las vacas hacían más que pastar; también eran bestias de carga. Los granjeros las sacaban regularmente de la seguridad de los cobertizos y los campos cubiertos para ser enganchadas a arados, carretas y ruedas trilladoras. Sin embargo, a pesar del mundo que las rodeaban, estas vacas se mantenían a salvo, siempre y cuando estuvieran atadas. Es decir, mientras se mantuvieran conectadas con su dueño, estarían tranquilas.

En definitiva, la seguridad no viene de poner una cerca a nuestro alrededor para protegernos del mundo. Viene de someternos a Aquel de quien somos. Viene de “tomar su yugo”, de entregarnos a Él. A veces, eso significa aceptar los límites que Él ha puesto a nuestro alrededor; otras veces, significa seguirle al campo de la cosecha. Y también, en otras ocasiones, podría significar dejar que un extraño entre en nuestros espacios seguros.

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