Llamados pecadores

¿Por qué nos sorprenden las fallas en el cuerpo de Cristo?

Mi amiga se sentó al otro lado de la mesa, picoteando su hamburguesa y sus papas fritas. Durante los meses anteriores, había compartido su historia de encuentros con iglesias y cristianos, una historia de dolor, daño y desilusión inmensos. A Dios gracias, también podía señalar encuentros de amor genuino, pero había soportado más rechazo que lo que cualquier ser humano soportaría. Lo más perturbador era que muchos de los males cometidos contra ella fueron hechos (disque) en el nombre de Jesucristo. Intenté, con torpeza, unirme a su dolor, arrepentirme en nombre de la iglesia que le había fallado, darle claridad sobre el verdadero corazón de Jesucristo: el Sanador que prefirió morir antes que abandonarnos. Pero yo no sabía qué decir, dadas sus muchas cicatrices y capas de traumas. Así que nos sentamos allí, fingiendo que estábamos interesados por nuestro almuerzo, mientras nos metíamos en las aguas más oscuras del alma.

“Pero eso significaría decir que soy cristiana”, afirmó. “Y no me gustan los cristianos”.

“Estoy pensando en bautizarme”, dijo, eligiendo sus palabras con mucha cautela. “Parece que es el paso siguiente”.

“Sí, creo que ahí es donde estamos”, respondí.

“Pero eso significaría decir que soy cristiana”, afirmó. “Y no me gustan los cristianos”.

 

No me sorprendió su rechazo. Durante los meses que nos reunimos, me di cuenta de que cada vez que nuestras conversaciones se trasladaban a un punto donde ella necesitaba confiar en Dios o arriesgarse a profundizar en las relaciones, se replegaba. Ese terreno era demasiado peligroso para su corazón herido. La veía sabotear amistades, ausentarse sin previo aviso cada vez que se acercaba al borde de la alegría o la esperanza. Yo sentía que se activaban sus defensas, ya que se había vuelto indiferente o distante. Pensó que podría creer en Dios, pero se mostraba reticente a la comunidad cristiana. Es aterrador volverse vulnerable otra vez.

Esta vez, sin embargo, no quise dejarla ir así tan fácil. Me incliné hacia delante, con la esperanza de captar sus ojos. “Si estás esperando que nuestra iglesia te decepcione, te prometo que lo haremos. Al máximo. Somos un montón de pecadores”. Me miró a los ojos. “Pero si estás buscando amigos que te muestren sus heridas también, que vayan a Jesucristo contigo, y que confíen en Dios para que Él nos sane a todos, entonces eso es lo que necesitamos ser”.

He tenido versiones similares de esta conversación varias veces, aunque rara vez han sido tan intensas. Con los informes demográficos de cada año, nos enteramos de cómo la gente está saliendo de las comunidades religiosas a un ritmo acelerado. La curiosidad por la “espiritualidad” general va en aumento, pero cada vez menos personas tienen interés en pertenecer a iglesias reales. Si bien nuestra obsesión actual por el individualismo y el consumismo están en juego, junto con nuestra aversión a cualquier restricción a la autoexpresión, nuestra reticencia con respecto a compromisos religiosos concretos también revela un dolor genuino. Si escuchamos bien las historias de las personas, oiremos hablar de autoritarismo, hipocresía y fracasos enormes, todo ello confirmado en nuestros bancos y púlpitos. Esta es una verdad que debemos reconocer con corazones rotos. No justificamos estos errores. No intentamos desviar la culpa ni explicar nada. Más bien, nos unimos a nuestros amigos en su sufrimiento. Nos arrodillamos y buscamos el perdón. Le pedimos a Dios misericordia; le pedimos a Dios que nos salve una y otra vez.

“Si estás esperando que nuestra iglesia te decepcione, te prometo que lo haremos".

Aunque esto nos entristece, no debemos sorprendernos cuando la iglesia transmite nuestra idolatría, falta de sinceridad o codicia en tecnicolor. La iglesia, en vez de ser un lugar limpio donde la gente buena demuestre un comportamiento noble, es la comunidad desfigurada donde Dios reúne a personas egoístas, concupiscentes y enloquecidas por el poder, que se han desesperado lo suficiente como para desear su rescate. La iglesia es el lugar donde nuestro pecado sale a la luz del día, donde las neurosis revelan su sórdida intensidad, el espacio donde debemos lidiar con cientos de maneras en que hemos fallado en cuanto a amar. En la iglesia, inundada de misericordia divina, aprendemos que nuestra malevolencia y nuestro caos pueden quedar al descubierto poco a poco, y ser confrontados por Dios quien es tan misericordioso que recibe nuestra fealdad, y tan poderoso que nos renueva.

Y aquí, inmersos en la realidad de la misericordia activa de Dios, descubrimos nuestra escandalosa esperanza. La iglesia no es solo una comunidad humana, y no somos definidos en última instancia por nuestras fallas o fragilidades persistentes. Más bien, como un pueblo cuya vida y existencia emanan de Jesucristo, somos una comunidad divina. La presencia encarnada de Dios en el mundo. Esta verdad hace que nuestras transgresiones sean aún más dolorosas. A menudo, vivimos como contradicciones a lo que en verdad somos: un pueblo que, por el Espíritu Santo, participa en la resurrección cuando ésta irrumpe en nuestro mundo. Que recibe la vida de Dios y luego lleva esa vida en el mundo.

La iglesia es gloriosa. Y, sin embargo, la iglesia es una confusión gloriosa.

Nuestra conmoción e indignación por las fallas de la iglesia, por muy reales que sean, pueden revelar cuánto hemos juzgado mal nuestras propias faltas, y cuánto hemos malinterpretado el trabajo de sanidad que Jesucristo hace dentro de su iglesia. Dios nos está renovando a la salud y a la vida, pero hay que lidiar con mucho lodo y aflicción antes de que lleguemos allí. “Muchas veces la ira contra la iglesia y la mayoría de las decepciones en la iglesia, se deben a expectativas incumplidas”, escribe Eugene Peterson. “Mientras Jesucristo insista en llamar a pecadores, y no a justos al arrepentimiento —y hasta ahora no hay indicios de que haya cambiado su política en ese sentido— las iglesias serán una molestia para los exigentes y una afrenta para los rectos”. Gloriosa confusión, en verdad.

Escucho a menudo a la gente expresar su deseo de que la iglesia vuelva a la pureza y a la sencillez de los primeros siglos. ¡Si tan solo pudiéramos volver a cuando los cristianos eran verdaderos cristianos, y la iglesia estaba libre de todas las malas tentaciones y enredos de la modernidad! Aunque aprecio la aspiración a la virtud, ¿de qué iglesia estamos hablando con exactitud? ¿De la iglesia primitiva donde miembros ricos exhibían una avaricia desenfrenada, festejando como reyes mientras ignoraban a los hambrientos y a los pobres (en la Mesa del Señor, nada menos)? ¿Donde las luchas por el poder llevaron a la comunidad a una pelea centrada en la personalidad y el prestigio (facciones que seguían al apóstol Pablo, y facciones que seguían a Apolos)? ¿Dónde miembros prominentes de la comunidad mentían y robaban (Ananías y Safira)? ¿Dónde los miembros eran promiscuos en formas que hacían sonrojar hasta a los paganos (un hombre que vivía con la esposa de su padre)?

Si no estamos dispuestos a ser parte de ninguna comunidad de Jesucristo ahora, sin duda no habríamos sido parte de la iglesia en Corinto, Galacia o Colosas. La iglesia nunca ha sido un nirvana de rectitud, sino más bien un pueblo de personas reales, inmerso en la ruina, donde la justicia y la renovación de Dios se resuelven en tiempo real. Es el lugar donde surge la confesión, donde se produce la restitución, donde decimos la verdad sobre nosotros. La iglesia provee las condiciones verdaderas, en medio de toda nuestra estupidez y pecaminosidad, donde oramos para que el reino de Dios venga a la Tierra como en el cielo, porque sabemos muy bien que esta no es nuestra realidad todavía. La iglesia es el lugar donde nos amamos lo suficiente como para decirnos la descarnada y cruda verdad. Es la comunidad donde confiamos en la misericordia de Dios, y en donde nos seguimos presentando. Donde ponemos en práctica un amor tenaz, y donde nos unimos en el largo camino de seguir a Jesucristo.

La iglesia nunca ha sido un nirvana de rectitud, sino más bien un pueblo de personas reales, inmerso en la ruina, donde la justicia y la renovación de Dios se resuelven en tiempo real.

Si nos encontramos demasiado angustiados cuando la iglesia revela que no es un idílico dechado de virtudes, hemos malinterpretado el trabajo continuo de Jesucristo dentro de esta gente brusca y decepcionante, que Él (admirablemente) dice que es su cuerpo en el mundo. Los ideales que tenemos de lo que debería ser la iglesia, muchas veces nos impiden aceptar la maravilla de lo que en verdad es: una abigarrada variedad de personas manchadas que nos encontramos deshechas y luego rehechas por el Espíritu Santo.

En el matrimonio, no somos una combinación perfecta para nuestro yo perfecto, sino que nos sometemos a una vida de sacrificio y obediencia, donde Dios nos moldea para convertirnos en el tipo de persona que con el tiempo practica el amor abnegado que Jesucristo hace posible. El matrimonio es capaz de revelar nuestro peor yo. Yo no tenía idea de lo egoísta que era, de lo plagado de idolatría y de autoprotección que estaba, hasta que me casé. Es asombroso que mi esposa no corriera en dirección opuesta, en vez de decir: “Te acepto”. Sin embargo, por la gracia, el matrimonio se convierte en el terreno de prueba donde en verdad se produce la restauración de Dios.

Así es como funciona la iglesia. Siempre nos unimos a la iglesia equivocada. Con la gente equivocada. Todos agitándonos como locos, volviendo todo un caos. Y entonces Dios entra en nuestra ruina y comienza a crear belleza y plenitud a partir de los fragmentos dispersos.

Por eso, sentado frente a mi amiga, pude invitarla a confiar en Dios y a arriesgar su corazón con su pueblo. No fue porque confiaba en que ella nunca sería herida (sino todo lo contrario, en realidad), sino porque confío en lo que Dios está haciendo entre la gente formada por su Espíritu. Creí que si ella daba ese peligroso salto y se arriesgaba a abrir su corazón, encontraría amistades genuinas en su soledad. Que descubriría la misericordia de las mismas personas que la hicieron desconfiar. Que se irritaría y enojaría (a veces con razón), al mismo tiempo que luchara con sus propios problemas y su propio egoísmo, dolorosamente a la vista de todos. Pero ella también encontraría mucha bondad. Encontraría a Dios. Descubriría abundante misericordia y aceptación, una belleza gloriosa, justo en medio de la confusión.

La iglesia, a pesar de nuestras muchas deficiencias, ofrece una esperanza extraída de un pozo mucho más profundo que nuestros propios recursos o nuestros mejores esfuerzos. En esencia, la iglesia no es lo que estamos haciendo en el mundo, sino más bien lo que está haciendo Dios. En Jesucristo, descubrimos las maneras maravillosas en que Dios se mueve directamente en nuestros problemas, y justo esto es lo que Jesucristo sigue haciendo en la iglesia ahora mismo. La iglesia puede ser el lugar extraordinario donde renunciamos a nuestra compulsión de ocultar nuestro corazón rebelde y nuestros fracasos morales, donde abandonamos nuestras pretensiones de superioridad moral, y donde hablamos de nuestros temores, porque sabemos que Jesucristo murió en una cruz y se levantó de entre los muertos precisamente porque necesitamos una sanidad que nos transforme hasta la médula.

Fotografía por Yasu + Junk/Trunk Archive

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