Los árboles aplaudirán

Cómo nuestros esfuerzos para conservar la creación de Dios son también actos para dar a conocer su gloria.

Hace tres años que estábamos buscando una casa de campo donde pudiéramos comenzar a realizar el sueño que Dios había plantado en nuestros corazones. Lo que imaginábamos era un lugar espacioso donde pudieran reunirse amigos y vecinos —donde la paz pudiera crecer tan bien como las zinnias en el verano. Nuestra esperanza era tener un sitio donde personas necesitadas pudieran encontrar un lugar en nuestra familia, y donde los desanimados pudieran venir para pasar un día, o incluso una temporada, de descanso.

En uno de los días más calurosos del año, encontramos una casa de ladrillos rojos y de estilo victoriano llamada Maplehurst.

Los arces que habían inspirado el nombre de la casa hacía 135 años, fueron los primeros en darnos la bienvenida. Como un comité de recepción de benévolos gigantes, estaban alineados a lo largo de la extensa vía que unía la carretera rural con el porche de la casa. Los árboles sacudían sus maravillosas hojas verdes, pero yo me esforzaba por mirar a través de sus ramas, ansiosa por ver qué tan cerca estaban nuestros vecinos más cercanos. Vi los árboles gigantes, pero no veía a los vecinos. Eran simplemente el telón de fondo de las cosas buenas que estaba segura que Dios iba a hacer en este lugar.

Aunque Maplehurst es una hacienda, la granja ya no existe. En ese primer día pudimos oír a carpinteros amish clavando en la madera de las casas que estaban siendo construidas en las cercanías. La proximidad de tantos vecinos era un inconveniente, pero vimos en esto una respuesta a la oración. Nuestro sueño de tener una casa de campo con un propósito comunitario nunca había tenido mucho sentido hasta que vimos todas esas casas levantadas donde antes habían crecido maíz y trigo. Obviamente, Dios nos estaba trayendo a este lugar por las personas.

Nunca sospeché que iba a traernos aquí por los árboles.

He aprendido mucho sobre los árboles en estos últimos tres años. Hemos plantado como mínimo una docena de árboles frutales, y un arbolista local nos dijo que nunca había visto un pino nórdico tan alto como el que estaba cerca de nuestra valla de madera. No obstante, este lugar se caracteriza principalmente por los arces plateados que se encuentran a ambos lados de la entrada, y por los gigantes arces de Noruega más cercanos a la casa.

He aprendido que uno puede utilizar cualquier variedad de arce para hacer sirope, aunque los bien llamados arces de azúcar tienen la mayor concentración de savia. He aprendido que los arces de Noruega son considerados invasivos. Lanzan sus semillas por todas partes, pero su denso follaje hace que sea difícil que las especies nativas se desarrollen. También he aprendido que los arces son los de más rápido crecimiento entre los árboles maderables. Esto puede sonar como una cosa buena, pero significa que su madera es, con frecuencia, débil. El promedio de vida de un arce de plata es de 100 años. Su máximo periodo de vida es de 125. Y aunque los arces de Noruega pueden llegar a vivir más tiempo, rara vez lo hacen.

En otras palabras, una de las cosas más importantes que he aprendido es que nuestros árboles se están muriendo.

Habíamos vivido en la casa solo unos pocos meses, cuando un arce gigante se vino abajo y cayó en toda la extensión de nuestro patio. Por los fuertes vientos y el suelo saturado de agua, se había desprendido de sus raíces tan fácilmente como abrir y cerrar una cremallera.

Sabíamos que nuestros árboles eran grandes, pero no sabíamos qué tan grande eran hasta que estuvimos a la sombra de ese inmenso árbol caído. Incluso echado a tierra sobre uno de sus lados, el tronco estaba tan alto que no podía treparme en él sin que mi esposo me levantara y empujara.

Nuestra primera primavera fue tormentosa, y con la brisa parecían caer fragmentos del árbol. Después de una furiosa tormenta de quince minutos encontramos una rama enorme, de casi la tercera parte del tamaño del árbol mismo, caída sobre la vía de acceso a la casa. Fue impresionante darnos cuenta con qué facilidad nuestra larga vía podía llegar a ser intransitables, pero más impactante fue ver que esa enorme rama estaba casi hueca, podrida desde dentro.

Los arces no mueren como lo hacen las personas. Cuanto más envejecen, más majestuosos se vuelven; pero esa majestad es engañosa. Llevan su edad por dentro en madera podrida y corazones huecos. Se deterioran de adentro hacia afuera.

Los árboles no son viudas ni huérfanos. Los árboles no son el ministerio de la iglesia. Sin embargo, en las Sagradas Escrituras, los árboles alaban a Dios— y un día también cantarán y aplaudirán.

Esos árboles eran un incentivo en el folleto del agente de bienes raíces, y los acepté como un regalo de Dios —hasta que comenzaron a costarnos una gran cantidad de tiempo y dinero. El primer cheque que hice para el dueño de una compañía local de cuidado de árboles lo considerábamos inevitable. Siempre hay costos ocultos cuando uno es dueño de una casa. Escribí el segundo cheque un poco más despacio. Pero el tercero estuvo sin firmar en mi escritorio durante días. A diferencia de los otros dos, este cheque era por el cuidado de los árboles, no por removerlos.

El costo del trabajo era alarmante, pero la promesa era tentadora. Si estábamos dispuestos, esta empresa podía podar todos nuestros envejecidos árboles. Por el conocimiento, la experiencia, y una gran cantidad de equipos pesados que tenían, podrían eliminar la madera muerta y las ramas más pesadas. Con menos ramas (y menos hojas), nuestros árboles podrían seguir vivos, a pesar de su edad, debilidad y las inevitables tormentas.

Pero, ¿estábamos dispuestos a pagar el precio? ¿Por unos árboles?

Los árboles no son viudas ni huérfanos. Los árboles no son el ministerio de la iglesia. Sin embargo, en las Sagradas Escrituras, los árboles alaban a Dios (Salmo 148.9) —y un día también cantarán y aplaudirán (Salmo 96.12; Isaías 55.12). Esto ha sido motivo de curiosidad para mí por mucho tiempo. Sin duda, los árboles no pueden saber que sus días están contados. No pueden saber que un día, su casa, esta tierra “se envejecerá como ropa de vestir” (Isaías 51.6).

Por primera vez en mi vida, comencé a pensar en el valor de un árbol. Sin duda, ellos son los pulmones de la tierra. Sin el oxígeno que generan, no podríamos cantar alabanzas a Dios. Los árboles aparecen en todo el relato de la Biblia. Adán y Eva pecaron debajo de las pesadas ramas de un árbol frutal. Un árbol cortado sostuvo a nuestro Señor cuando moría. Un día, Dios hará su casa con nosotros, y viviremos dentro del refugio de un maravilloso árbol de sanidad (Apocalipsis 22.2).

 

Fue solo después de que me familiaricé íntimamente con la corteza, raíces y hojas de los árboles, que me di cuenta de que, en mi mente, los árboles bíblicos siempre habían sido una cuestión trivial. Simples metáforas. Incluso la higuera maldecida por Jesús no era más que una ilustración poco sólida. Pero, a pesar de la fragilidad del cheque de papel que estaba en mi escritorio, no se me había pedido que pagara con dinero metafórico. El dinero que podríamos gastar en estos árboles era contante y sonante, y podía pensar en una decena de cosa más “espirituales” en que podía ser utilizado. Aun dejando a un lado ese aspecto, podía justificar más fácilmente hacer un depósito en la exigua cuenta de ahorros para los estudios de mis hijos en la universidad, que gastar un centavo más en estos huecos árboles.

Pero escribí el tercer cheque. Lo hice aunque no había resuelto mis dudas. Lo escribí únicamente porque decidí que si todo el ganado que está en mil colinas pertenece a nuestro Dios, entonces con toda seguridad hay suficiente para los huérfanos y también los árboles. Pero fue solo después que terminó la poda, que comencé a entender lo que pedía Dios de nosotros, y por qué.

La poda de nuestros árboles tardó dos días completos, y fue necesario un buen grupo de hombres trabajando con cascos de protección en sus cabezas. Al caer la tarde del segundo día, teníamos tres montones enormes de abono orgánico fresco para el jardín, pero también algo más.

Mientras el último camión se retiraba de nuestra propiedad, mi esposo y yo estábamos de pie uno al lado del otro en el porche de la casa. Donde antes una impenetrable cortina verde se había ondulado en la brisa, ahora nuestros ojos veían toda la extensión de la vía. El día anterior tenía el aspecto de un túnel largo y oscuro. Pero ahora era como una soberbia catedral de luz. Después de que las pesadas ramas de abajo habían sido quitadas, nuestros árboles parecían tocar el cielo. Las verdes hojas plateadas convergían sobre la vía de entrada a nuestra casa, formando un enorme y delicado arco.

“No tenía idea de que eran tan altos”, susurró Jon.

“Se ven como si estuvieran cantando de gozo”, respondí yo.

Han pasado dos años desde aquel día, y ningún otro árbol ha muerto.

Las naciones se agitan. Los vecinos se pelean. Incluso estos arces no permanecerán para siempre. ¿Por qué, entonces, cantan? ¿Y por qué deberíamos unirnos a su coro?

Esta Tierra parece a menudo un vestido descolorido y lleno de parches, tal como lo predijo Isaías. Las naciones se agitan. Los vecinos se pelean. Mis zinnias son atacadas con moho. Incluso estos arces no permanecerán para siempre, no importa qué tan bien los cuidemos. ¿Por qué, entonces, los árboles cantan y aplauden? ¿Y por qué deberíamos unirnos a su coro?

Yo no había tenido ninguna visión de cuán hermosos podían ser nuestros viejos árboles. Con los ojos nublados por lo costoso que resultaba tenerlos, había pensado solamente en su envejecida madera y en sus lánguidas y caídas ramas. De haber sido posible, podía haberlas arrojado en el basurero, de la misma manera que me deshago de unos pantalones viejos y desgarrados.

Pablo nos recuerda en Romanos 1.20 que todos los atributos invisibles de Dios se hacen visibles en la creación. Aunque nuestros árboles habían sido plantados por hombres, fueron creados por Dios para reflejar su gloria. Ahora podía darme cuenta de eso. Y yo había sido invitada a participar en esa gloria; había sido llamada a cultivar y a cuidar estas imponentes bendiciones. Yo había pensado que la cantidad de ese tercer cheque era un precio elevado, pero ahora no me parece que fue suficiente.

Yo había venido a Maplehurst con el deseo de cuidar a personas, pero Dios quería más de mí. Quería más para mí. Quería ponerme en comunión, no solo con personas, sino también con toda la creación. Con arces y zinnias, con cielos azules y con la luz de las estrellas. Regalos increíbles como estos nunca deben convertirse en solo un telón de fondo.

Cantamos y aplaudimos con los árboles, porque la muerte y la corrupción encontraron su derrota en una tumba vacía. Cantamos, porque Isaías también habló de una nueva tierra que “permanecerá” (Isaías 66.22). No sé exactamente cuándo o cómo se volverá permanente, pero estoy segura de que lo he vislumbrado. Lo veo en cada arce rojo joven y fuerte plantado donde antes creció un arce viejo y decadente. Lo veo cuando los vecinos se reúnen bajo la arqueada catedral de unos árboles restaurados. Y comienzo a sospechar que, de muchas maneras, y con nuestra participación, esta Tierra está siendo rehecha desde el interior hacia afuera.

Al igual que nosotros.

 

Fotografía de Gene Smirnov
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