Mami y yo

Cómo puede una mujer mantener una comprensión firme de las cosas que la hacen ser quién es.

Son las 7:30 de la noche, y todavía estoy tratando de terminar las cosas. Las luces se atenúan a un nivel suave, y todos los demás se preparan para el final del día: cepillándose los dientes y poniéndose las pijamas. La rutina es tan familiar y reconfortante como el chirriante piso del pasillo.

Mientras todos los demás se preparan para descender a la tierra de los sueños, camino de una habitación a otra, y me pasa por la mente la lista de cosas que debo hacer: Alistar la ropa que se pondrán los niños mañana. Empacar meriendas. Dar de comer a los gatos. Firmar un permiso de la escuela. Asegurarme de que lean 20 minutos antes de acostarse. ¿Fui a buscar la ropa a la tintorería?

 

Después de rondas de abrazos, de besos y de decirnos el último “te amo”, cierro las puertas de las habitaciones de mis hijos y respiro profundo. Otro día exitoso en la agenda. Ante mí hay una larga serie de horas ininterrumpidas que puedo dedicar para mí: leer, escribir, meditar en la Palabra de Dios. Entonces, ¿por qué me siento tan aturdida? En vez de una sensación de abrumadora satisfacción, me siento dividida y opto por una hora o dos en Netflix. Y así las horas se sienten desperdiciadas, no redimidas, porque aunque dispongo de tiempo, no queda suficiente de mí para hacer más nada.

Cuando mis hijos recuerden estos tiempos, estoy segura de que recordarán cómo se acurrucaban en sábanas limpias y se iban a dormir con estómagos llenos y corazones tranquilos. Pero, ¿me recordarán solo como una mujer emprendedora —la meticulosa conserje de nuestro hotel de cuatro personas— o como una persona plena, una persona con pasiones y metas que seguía a Dios con todo su corazón?

Esta es la madre que soy, y esta otra la madre que quiero ser. La brecha entre las dos se ensancha a diario, y si no actúo pronto, la distancia puede llegar a ser demasiado grande para cruzarla.

Ser una madre que trabaja a tiempo completo, es una Marta y una Lidia combinada —no es nada fácil conducir la casa y mantener una carrera exitosa al mismo tiempo. (Véanse Lucas 10 y Hechos 16). Tampoco estoy diciendo que sea la "mujer perfecta de Proverbios 31”: ahorro tiempo, desde el principio y con frecuencia. Eso significa que en el menú se permite ordenar comida para llevar, preparo pocos platos caseros; y limito las horas de trabajo voluntario. Pero incluso con estas alteraciones piratas, estoy agotada al final del día. Y no soy la única. Según un estudio reciente, “la madre trabajadora promedio trabaja 98 horas a la semana, con su día que por lo general comienza a las 6:23 a.m. No termina su trabajo o de atender asuntos de la familia hasta las 8:31 p.m., lo que significa que trabaja 14 horas diarias”. Los griegos, esos lingüistas siempre metódicos, tenían una palabra para esto —kopiaó—, que significa “me agoto”.

Y he aquí lo absurdo. Por más cansada que esté, me encantan estas dos cosas que me agotan. Me gano la vida escribiendo. (¡Sorpréndase! Todos los que decían que una licenciatura en inglés no servía para nada). También disfruto ser madre y observar a los niños experimentar todo lo maravilloso y extraño de la infancia. No, no cambiaría ninguna de las mitades de mi vida. Pero desearía que hubiera una manera de ponerse uno en pausa de vez en cuando.

¿Cómo puede una mujer ser esposa y madre, y aun así mantener una comprensión firme de esas cosas que la hacen ser quién es? Como dijo Hamlet: “¡Ay! Ahí está el problema”.

¿Cómo puede una mujer ser esposa y madre, y aun así mantener una comprensión firme de esas cosas que la hacen ser quién es?

El cuidado personal es una de esas frases del Primer Mundo que desde hace tiempo había desdeñado. Ella hablaba de un vanidoso egocentrismo que repugna a la sensata y trabajadora del medio oeste que hay en mí. Pero si hay un producto de valor incalculable en la vida de una mujer, ese producto es el tiempo. Cada hora, cada minuto, en realidad, debe utilizarse bien y con sabiduría. Eso significa que las actividades en una típica lista de cuidado personal —hacer una caminata a solas, saborear un manjar exquisito, despejarse un poco "por el simple hecho de hacerlo”— se consideran frívolas. Porque todavía hay trabajo por hacer en el otro lado de cualquier tregua, después de todo, presionando como pasajeros en un vagón abarrotado del metro.

Sin embargo, poco a poco estoy llegando a ver que vale la pena luchar por esos momentos aunque parezcan egoístas. Es en una breve caminata para apreciar la belleza de la naturaleza. Es ese sabor de algo delicioso lo que me recuerda que Dios “nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos” (1 Timoteo 6.17). Poner en orden una habitación nos da el espacio mental tan necesario para la creatividad. Tomarse el tiempo para el cuidado de uno mismo cambia nuestra perspectiva. Es bueno recordar que el mundo sigue girando en su pequeño y antiguo eje, ya sea que uno esté logrando algo o no.

Cualquiera que haya leído el Nuevo Testamento sabe que Jesucristo se retiraba a menudo para orar y tener comunión con el Padre, pero también se aseguraba de mantener un espacio para sus apóstoles —para dedicarles tiempo y atender sus necesidades físicas y mentales. Después de ser enviados a sanar a los enfermos, expulsar demonios y difundir el evangelio, “los apóstoles se juntaron con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho, y lo que habían enseñado. Él les dijo: Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad un poco. Porque eran muchos los que iban y venían, de manera que ni aun tenían tiempo para de comer. Y se fueron solos en una barca a un lugar desierto” (Marcos 6.30-32). Ese irse “a un lugar desierto” en medio de nuestro trabajo al servicio del reino, aunque solo sea por unos momentos, es lo que mantiene lleno el tanque.

Más allá del cuidado personal, también hay que considerar el cuidado del alma. Debe haber espacio para que sea como María, para escoger la buena parte y sentarme tranquila a los pies de mi Maestro. (Véase Lucas 10.42). Después de todo, no es como esposa, madre, hermana o hija que busco a Dios, sino como algo mucho más grandioso y más puro. Lo busco como Jamie, el ser que Dios entretejió amorosamente en el vientre de mi madre. Si pierdo de vista eso, y me divido en partes muy bien etiquetadas, será casi imposible convertirme en la mujer para lo cual fui creada. Y mis preocupaciones y mi trabajo enturbian aún más las aguas. Dios comenzó una buena obra en mí, no por medio de mis triviales acciones humanas, y es en esa verdad que tengo que descansar (Filipenses 1.6).

Mi trabajo y mi diligencia, aunque bien intencionados, enseñan a mis hijos una especie de eficiencia orwelliana, o cómo participar en un juego de suma cero con el tiempo. En vez de eso, quiero que vean mi yo holístico, a una madre que los ama y alimenta sin morirse de hambre en el proceso; a una mujer segura en Dios, que confía en Él más que en sus propias débiles fuerzas y capacidades.

Quiero dejarlos con recuerdos vívidos de Tecnicolor, también, no monótonos. Quiero que recuerden la forma en que les hablaba de un buen libro; de cómo dejé de oler (y beber de) los arbustos de madreselva que crecían a lo largo de la cerca del campo donde jugaban a las ligas menores; y que siempre encendía la radio y cantaba cuando Tom Petty cantaba. Espero que lean las muchas palabras que hilvané a lo largo de mi vida —un florilegio de mi mente en el que puedan envolverse en una larga noche del alma. Estos momentos son “ebenezeres” —hitos de piedras que voy amontonando mientras camino de regreso al hogar celestial, hacia mi Señor Jesucristo. Estos hitos, no mi actividad febril, recordarán a mis hijos que son bienamados, tanto por su madre como por su Dios.

Ilustraciones por Steve Scott

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