Mi confesión

Algunas cargas son demasiado pesadas para llevarlas solos, pero, gracias a Dios, Él ofrece una manera de aligerar la carga espiritual.

Seis meses después del nacimiento de nuestro hijo, mi esposa Amber y yo nos vimos en un drama que todavía hoy continúa. Mi pequeño Tito se vio atormentado por el fantasma de una misteriosa enfermedad, y comenzó a perder peso como si estuviera haciendo una de esas dietas de moda. Veíamos con impotencia como vomitaba todo lo que comía y se transformaba en un saco de huesos. Orábamos sin cesar por su sanidad, y nuestras familias, nuestros amigos y los miembros de nuestra iglesia nos apoyaban con sus oraciones. Visitamos médico tras médico, hasta que finalmente hospitalizaron a nuestro bebé para someterlo a un tratamiento especializado.

A mi amigo Greg le gustaba decir: “En algún momento, la vida hará lo que hace la vida”. Y mientras veía sufrir a mi hijo, yo sabía que Greg estaba en lo cierto. La vida golpea, liquida, quita la seguridad que tenemos, y la pone en tela de juicio. Estos son los momentos en que hay que aceptar la ayuda de la comunidad, de confiar en los amigos, la familia y Dios. Pero con el fantasma de perder un hijo que se acercaba amenazantemente cada vez más, elegí otro camino.

Llamé a mi hermana desde el hospital. “¿Podrías pasar de contrabando una botella de licor?”, le pregunté. Mi hermana hizo lo que le pedí, y ahogué todo mi temor, mi ansiedad y mi dolor en la ginebra que vertí en un vaso de poliestireno del hospital.

Este fue el momento en que un problema inicial se convirtió en una adicción total.

En los meses que siguieron al alta de Tito del hospital, su recuperación era mínima. Los médicos seguían sin saber cómo estabilizarlo y ayudarlo a aumentar de peso; y, para empeorar las cosas, su sistema inmunológico comenzó a debilitarse. Nos aconsejaron que evitáramos los lugares infestados de gérmenes, como la guardería de la iglesia o los parques. Tito no tenía las defensas para defenderse siquiera de un resfriado común, por lo que vivíamos en una especie de cuarentena autoimpuesta. Por estar cada vez más aislado, me hundía más y más en el aturdimiento de la borrachera, y, aparte de Amber, nadie más en el mundo habría imaginado mi situación.

Nadie planea convertirse en un alcohólico, y mucho menos en un cristiano alcohólico. De hecho, Pablo exhorta a los cristianos a tener una vida de sobriedad, llena del Espíritu. Él escribió: "No se emborrachen con vino, que lleva al desenfreno. Al contrario, sean llenos del Espíritu. Anímense unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales” (Ef 5.18, 19 NVI).

Las adicciones de nuestra vida nacen, por lo general, de nuestro aislamiento, de nuestro dolor y ansiedad. Es difícil reunir la fe necesaria para asumir las responsabilidades solos.

Me he preguntado por qué Pablo contrasta la embriaguez individual con la comunidad cristiana llena del Espíritu Santo, y esto es lo que he llegado a creer: las adicciones de nuestra vida nacen, por lo general, de nuestro aislamiento, de nuestro dolor y ansiedad. Es difícil reunir la fe necesaria para asumir las responsabilidades solos. Pero, para el cristiano, la confesión de la comunidad de los santos —la confesión fervorosa, agradecida y llena del Espíritu— nos proporciona esperanza. Cuando confesamos nuestros pecados y nos sometemos a otros creyentes, podemos ser llevados sobre sus hombros. Esto nos da una especie de fe vicaria cuando la nuestra no es suficiente, y nos permite ver más allá del dolor para tener esperanza. Tal vez este sea el punto de la gran admonición de Santiago: “Confiésense unos a otros sus pecados, y oren unos por otros, para que sean sanados” (Stg 5.16).

Y esto, quizás, es uno de los pasos más importantes —tal vez el verdadero comienzo— de la confesión de cualquier tipo de adicción. ¿Alcoholismo? Sí. ¿Adicción a la comida? Sí. ¿Pornografía? ¿Adicción a las compras? ¿Adicción al trabajo? Sí, de todo esto y más.

En una noche cálida de septiembre, me encontraba en el porche de mi casa con dos miembros de mi familia de la iglesia. “Creo que tengo un problema con la bebida”, les dije. Las palabras salieron de mi boca inesperadamente.

John me miró, asintió con la cabeza, y dijo: “¿Qué vas a hacer?”

“No sé”, le dije. John me preguntó si iba a confesárselo a Amber. “No sé”, le dije de nuevo.

John agarró mi teléfono. “Vamos a caminar contigo, te sostendremos hasta que seas capaz de caminar de nuevo. Serás responsable ante nosotros, y oraremos por ti. Pero en este momento, necesitas llamar a tu esposa”. Apretó el botón verde y me pasó el teléfono. “Vas a estar bien”, me dijo.

Ha transcurrido año y medio desde ese terrible momento de mi confesión. John y algunos más han estado a mi lado. Hemos adorado a Dios juntos, compartido la Cena del Señor y dado gracias. Ellos escucharon confesión tras confesión de mi sed insaciable de licor, de la desesperación de mi corazón. Me han hecho preguntas dolorosa, y no me han dejado opción. En el proceso, veo la actividad del Espíritu Santo sacándome de las sombras, a través del dolor, a la esperanza. Gracias a ellos, entiendo la verdad de Pablo a los Efesios y la sabiduría de Santiago.

Sí, la vida hará lo que hace la vida. Pero también es cierto que una buena comunidad cristiana hará lo que le corresponde hacer a una buena comunidad cristiana. Y si se esfuerzan por hacerlo, eso marcará la diferencia.

 

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