Mientras esperamos

El sufrimiento y la virtud de la paciencia

Cada vez que me piden que aconseje a los jóvenes, les digo lo mismo: sean pacientes. A lo que me refiero principalmente cuando digo esto, es: reduzcan la velocidad. No se apresuren. La vida es larga. Trabajen duro, y las recompensas llegarán. Los sueños —algunos de ellos— se harán realidad. Los sueños que no se cumplan, serán reemplazados por otros, tal vez incluso mejores.

En el contexto de la vida cotidiana, pensamos en la paciencia en términos más normales y rutinarios. Es lo que buscamos (o no logramos) cuando estamos detenidos en el tráfico, parados en una fila o esperando en una mesa en el restaurante. Pero la virtud de la paciencia implica mucho más que solo esperar.

La esencia de la paciencia es la disposición de soportar el sufrimiento.

La esencia de la paciencia es la disposición de soportar el sufrimiento.

En realidad, la palabra sufrimiento es la raíz de paciencia, algo que queda claro por el hecho de que también usamos la palabra paciente para referirnos a una persona que está bajo cuidado médico. Es curioso que la raíz de paciente es la misma de la palabra pasión, que también significa sufrimiento. Alguien que tiene pasión —por la música, por el fútbol, por una persona— sufre por el objeto de la pasión. Y cuando hablamos de "la pasión de Cristo", la pasión se refiere literalmente a la crucifixión —el sufrimiento de Cristo en la cruz por nosotros. Por lo tanto, en su sentido más completo, paciencia es la disposición de soportar el sufrimiento.

Y la paciencia, como se ha dicho, es una virtud.

Puesto que el sufrimiento es inevitable en este mundo, puede parecer una tontería considerar como una virtud la disposición de soportarlo. Sin embargo, aunque el sufrimiento es inevitable, podemos elegir cómo soportarlo. Ejercer la virtud de la paciencia es soportar bien el sufrimiento.

Ya había comenzado a escribir este artículo cuando el Señor consideró oportuno probar cuánto creía yo, en realidad, en lo que había escrito. Me dio la oportunidad no solo de entender la virtud de la paciencia en abstracto, sino también en el meollo de mi vida cuando, dos días después de terminar mi primer borrador, mientras caminaba por una calle de la ciudad, fui arrollada por un autobús. Y comenzó el sufrimiento físico más terrible de mi vida.

Sin embargo, haber reflexionado en cuanto a la virtud de la paciencia poco antes de que ocurriera mi horrible accidente, fue un acto de misericordia. De hecho, había estado releyendo el libro de Job, uno de los ejemplos más famosos de paciencia virtuosa en la historia de la humanidad. De su ejemplo ensalzado más adelante en Santiago 5.10, 11, proviene la antigua expresión "la paciencia de Job".

Dos días después de terminar mi primer borrador, mientras caminaba por una calle de la ciudad, fui arrollada por un autobús.

Acostada en el hospital, con fracturas de huesos y puntos de suturas desde la coronilla a los pies, y conectada a una infinidad de tubos, recordé la proposición que Dios le hizo a Satanás de probar a su siervo fiel: “Job está en tus manos. Eso sí, respeta su vida” (Job 2.6 NVI). A pesar de lo terrible que eran mi dolor y mi sufrimiento, mi vida —como la de Job— había sido librada. La gratitud a Dios me vino con facilidad, incluso cuando me retorcía de dolor agonizante. Porque sabía que por muy malas que fueran mis lesiones, podrían haber sido mucho peores. El sufrimiento de Job sin duda fue mucho mayor. En la prueba de fe que Dios permitió para él, Job perdió a sus hijos, sus rebaños, su salud y el respeto de su esposa y sus amigos. Aun así, no maldeciría a Dios. Job imploró, suplicó, rogó y se lamentó ante el Señor, pero no perdió su fe. Las respuestas de Dios a los gritos de angustia de Job son palabras que deben humillar a todos los que tengan oídos para oír:

"¿Dónde estabas cuando puse las bases de la tierra?
¡Dímelo, si de veras sabes tanto!
¡Seguramente sabes quién estableció sus dimensiones
y quién tendió sobre ella la cinta de medir!
O ¿Sobre qué están puestos sus cimientos,
o quién puso su piedra angular
mientras cantaban a coro las estrellas matutinas
y todos los ángeles gritaban de alegría?” (Job 38.4-7 NIV)

Job escuchó y recibió estas palabras del Señor, y luego Dios le devolvió a Job todo lo que había perdido, y más.

La enseñanza de esta historia bíblica no es que Dios aumentará nuestra prosperidad o terminará nuestro sufrimiento si tan solo mantenemos nuestra fe en Él. No, en absoluto. No importa quiénes seamos, dónde vivamos o lo que tengamos en este mundo, no podemos evitar el sufrimiento. Pero si tenemos la virtud de la paciencia, podemos soportar el dolor sin perder la fe o elegir pecar en respuesta a nuestro sufrimiento.

Pero si tenemos la virtud de la paciencia, podemos soportar el dolor sin perder la fe o elegir pecar en respuesta a nuestro sufrimiento.

El antiguo filósofo Aristóteles podría ser útil aquí. Enseñó que todas las virtudes son la media entre un exceso y una deficiencia. La paciencia es la media entre el enojo excesivo y el poco cuidado. Cuando enfrenta al sufrimiento, ya sea por su propio pecado o por el pecado de otros, la persona virtuosa no responde con ira acalorada ni con frío estoicismo, sino con templada paciencia. Job es un ejemplo de paciencia porque no se enfureció con Dios ni salió huyendo en derrota. Aceptó la parte que le tocó en la vida, pero también la cuestionó. Job me dio un ejemplo poderoso para que siguiera en mi sufrimiento mientras buscaba —y seguía buscando— lo que el Señor quería que aprendiera por medio del mismo, sin negar mi dolor ni amargarme por ello.

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Uno de mis personajes literarios favoritos es Jane Eyre. En la novela que lleva su nombre, nos encontramos con Jane como una joven huérfana que vive con su cruel tía y sus rencorosos primos. Jane sufre por estar sola y no ser amada, y estalla de ira. La familia la envía a vivir a una escuela de caridad donde los estudiantes son maltratados y casi se mueren de hambre, donde las condiciones son tan malas que algunas de las niñas se enferman y mueren. A través de todas estas circunstancias, el dolor más grande de Jane viene de su sensación de ser siempre una extraña, de nunca ser conocida y amada por quién es. Al principio, su instinto es atacar. Pero con el tiempo —y gracias a la influencia de personas buenas— aprende a soportar bien su sufrimiento.

Jane sobrevive los años de escuela y se convierte en ama de llaves de un hombre rico y excéntrico que vive en una deprimente y aislada finca. Poco a poco, la apacible Jane y su feroz e intimidante patrón, Edward Rochester, llegan a enamorarse. Pero, cuando por fin Jane cree que su deseo de toda la vida de ser aceptada por otra persona se cumplirá, su sueño se ve frustrado de la manera más devastadora.

Jane se siente tentada, en respuesta, a desafiar a Dios y los principios cristianos que habían formado su vida y su ser verdadero. Pero no lo hace. Soporta su sufrimiento —¡y vaya cuánto sufre!— y decide no pecar. Una y otra vez su virtuosa paciencia enfrenta pruebas, y una y otra vez soporta de manera estoica.

Cuando por fin obtiene el amor y llega al matrimonio, Jane está en circunstancias mucho mejores de las que habría estado antes. Ahora llega al matrimonio, no como una mujer que mendiga amor y aceptación, sino como una pareja madura e igual.

Tanto Jane como Job son recompensados por su paciencia. Tanto los personajes bíblicos como los de ficción ganan al final más de lo que tenían, o incluso de lo que habían esperado al principio. Pero no podemos pensar en la virtud de esta manera. Debemos ejercer la paciencia —junto con todas las demás virtudes, como son el valor, el dominio propio, la bondad y la humildad— por sí mismas, no con la esperanza de obtener alguna recompensa afectiva ni material por nuestro esfuerzo. Como dice el antiguo dicho: "La virtud es su propia recompensa".

Sin embargo, el sufrimiento no es algo que la mayoría de nosotros manejemos bien. Con toda seguridad, no es algo que yo maneje bien. Mi esposo, que es la persona más paciente que conozco, es un recordatorio constante de lo impaciente que soy, incluso en las formas más leves de sufrimiento. Camino rápido, tuiteo rápido, soy una compradora impulsiva, e interrumpo sin cesar. Me cuesta mantener la calma si tengo que esperar más de tres minutos por mi pedido en la cafetería. Nuestra vida está llena de "sufrimientos" menores que ponen a prueba nuestra paciencia. A veces es más difícil superar estas pruebas pequeñas que las más grandes. Tengo la esperanza de que la paciencia que aprendí por medio de mi accidente y sus consecuencias, me ayude a poner en práctica la paciencia en estas cosas menos importantes.

Por ser este un mundo caído, está lleno de personas caídas, pero que tienen la posibilidad de redención. No obstante, el dolor, el sufrimiento, la maldad y la injusticia son, por causa de esta caída, inevitables. No reconocer la condición actual del mundo o la promesa de su renovación futura, llevará a cualquiera de los vicios que la paciencia modera: la ira por la falta de disposición para aceptar esta realidad del mundo, o el desaliento que da como resultado la supresión de esta realidad.

Debemos ejercer la paciencia —junto con todas las demás virtudes, como son el valor, el dominio propio, la bondad y la humildad— por sí mismas, no con la esperanza de obtener alguna recompensa afectiva ni material por nuestro esfuerzo.

Reconocer el carácter verdadero del mundo requiere el reconocimiento de su Creador, y de su carácter. La paciencia más perfeccionada resulta no solo de la teleología (la conciencia del diseño de Dios) sino también de la escatología. De hecho, la Biblia nos instruye: “Mejor es el fin de un asunto que su comienzo; mejor es la paciencia de espíritu que la altivez de espíritu. No te apresures en tu espíritu a enojarte, porque el enojo se anida en el seno de los necios” (Ecl 7.8, 9).

En su libro After You Believe [Después de creer], N. T. Wright dice acerca de la virtud de la paciencia:

Aquellos que creen en Dios y en el creador y en el triunfo final de sus buenos propósitos para el mundo, no tendrán prisa para encontrar soluciones rápidas en su propia vida o en su vocación y misión, aunque no serán remisos en aprovechar las oportunidades que Dios les dé cuando surjan.

Quizás nadie demostró mejor este tipo de paciencia —esta fe en Dios y en el triunfo final de sus buenos propósitos, además de la sabiduría para distinguir entre las soluciones rápidas y las oportunidades dadas por Dios— que María, la madre de Jesucristo.

Y quizás no haya mejor momento que el Adviento para reflexionar acerca de la virtud de la paciencia. El Adviento es un tiempo de espera; la espera ejercita nuestra paciencia. El Adviento marca el tiempo en que esperamos el nacimiento de Jesucristo, la llegada al mundo del Mesías prometido. Al recordar la primera venida de Cristo, ejercemos la paciencia que necesitamos mientras esperamos su segunda venida.

¿Qué paciencia se le debe haber exigido a María, cada día y cada año, al ver el lento cumplimiento de la profecía que se le había dado en cuanto a la vida de su hijo?

En esta espera, es esclarecedor considerar la paciencia que María tuvo al convertirse en la madre de Cristo. ¡Qué espera tuvo que soportar!

Primero, María tuvo que esperar el cumplimiento del primer mensaje que le trajo el ángel Gabriel de una manera tan inesperada y sorprendente: que el Espíritu Santo vendría, la cubriría, que concebiría como virgen, y que daría a luz al Hijo del Altísimo. ¿Cómo debe haber sido esperar y ver si estas extrañas palabras resultarían ser ciertas?

Luego, una vez que su cuerpo hizo evidente la verdad de la primera parte del mensaje, María tuvo que esperar que se cumpliera el resto, sin saber con precisión cuándo ni cómo. Después de que Jesucristo nació, y los pastores que vinieron a adorarle comenzaron a hablar de las cosas que habían visto y escuchado, María “guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2.19). ¿Qué paciencia se le debe haber exigido a María, cada día y cada año, al ver el lento cumplimiento de la profecía que se le había dado en cuanto a la vida de su hijo?

Por supuesto, el sufrimiento más grande que soportó María fue bajo la cruz, viendo morir a su hijo, sin saber cómo terminaría ese sacrificio. Sin embargo, ella soportó bien este sufrimiento, la definición misma de la paciencia, porque lo había aceptado 33 años antes cuando le dijo al ángel Gabriel: "Hágase conmigo conforme a tu palabra" (Lc 1.38). La paciencia de María nos da un ejemplo a seguir cuando sufrimos y no sabemos cómo o cuándo terminará nuestro dolor.

Algunos de nosotros soportaremos un sufrimiento que no tendrá un final feliz en esta vida. El Adviento nos recuerda que la paciencia que ejercemos ahora anuncia un gozo futuro. Pero ese gozo comienza aquí y ahora. Podemos experimentar hoy y todos los días —en obstáculos grandes y pequeños— la paciencia que es el fruto del Espíritu. Porque es con nuestra paciencia, como nos dice Lucas 21.19, que ganaremos nuestras almas.

Collage por MLC

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