Motivación

La búsqueda de la ambición que agrada a Dios

Dan:

Siempre tengo un gran conflicto con la tensión entre la ambición y la fidelidad a Cristo. Por un lado, desde muy temprana edad me enseñaron a creer en el llamado de la Biblia a rendirse, a tomar nuestra cruz y seguir al Señor Jesús dondequiera Él nos lleve. Y lo sigo creyendo. Por eso, la frase “sigue tu sueño” me pone nervioso cada vez que la escucho.

La frase “sigue tu sueño” me pone nervioso cada vez que la escucho.

Al mismo tiempo, creo que Dios nos ayuda, en especial cuando nos movemos hacia la adultez, a descubrir nuestros dones, puntos fuertes y capacidades, y dónde pueden ser mejor aplicados en el cuerpo de Cristo. Por tanto, creo que la ambición es a veces saludable.

 
Fil:

He experimentado todo tipo de luchas tratando de resolver dónde tiene lugar la ambición en mi vida personal, si es que lo tiene. Parece razonable que “seguir mi sueño” cuando utilizo mis dones y talentos dados por Dios, y “ser todo lo que puedo ser” sea agradable para mi Creador. Mi decisión deliberada de seguir al Señor Jesús debe tener prioridad sobre toda mi ambición. Después de todo, seguir al Señor es un privilegio de valor incalculable y el factor más importante del que depende toda mi existencia, mi paz y mi gozo. Sospecho que cuando mi objetivo principal es seguir al Salvador, mis ambiciones se alinean con sus planes y sus propósitos para mi vida.

Siento que mis ambiciones plantean amenazas solo cuando estoy más centrado en seguirlas a ellas que al Señor. En otras palabras, siento que mi mayor lucha no es rechazar las aspiraciones que tenga, o menospreciar el dinero, el prestigio o el éxito, sino mantenerme enfocado principalmente en seguir al Señor Jesús mientras viva en el mundo como alguien que no pertenece aquí.

 
Dan:

Me encanta ese razonamiento; en realidad, estás dando en el clavo en algo importante. La ambición y la entrega no son enemigas. De hecho, creo que están unidas en un sentido de vocación. Cuando escuchamos al Señor, cuando aplicamos nuestros dones y capacidades a las oportunidades que Dios nos ha dado, en verdad debemos ser ambiciosos para llevar a cabo la tarea que Él nos ha encomendado en la Tierra. Ser letárgico y apático en cuanto a llevar adelante la misión de Dios no es una virtud.

Sospecho que cuando mi objetivo principal es seguir al Salvador, mis ambiciones se alinean con sus planes y sus propósitos para mi vida.

Cuando estoy evaluando a personas para que se unan a mi equipo, una de las cosas que busco en ellas es esta combinación de ambición, llamamiento y escuchar a Dios. Con mucha frecuencia he visto que a los jóvenes cristianos se les mete en la cabeza encontrar este sentido etéreo de la “voluntad de Dios”, que son incapaces de tomar decisiones, poner un pie delante del otro; o tengo que convencerlos para que entren en acción. Prefiero que un trabajador sea un poco demasiado ambicioso, a quien pueda frenar un poco y canalizar la energía hacia su vocación.

Por otro lado, creo que es importante para nosotros evitar confundir nuestro llamado con “tratar de ser una cosa”. Esta es una línea muy delgada, algo que a menudo no vemos en nosotros mismos, y que necesitamos que otros nos lo señalen. Pero una buena pregunta de diagnóstico es: ¿Estoy tratando de hacerme famoso, o de enfocarme en un trabajo significativo para la gloria de Dios?

 
Fil:

Me identifico con esa pregunta. Desearía poder confiar en mí para responderla con sinceridad. Sin embargo, a lo largo de mis 68 años, he visto con qué facilidad se mezclan mis motivos y con qué naturalidad mi vida se convierte en un manojo de paradojas.

Aquí se encuentra, para mí, una de las características más notables y fascinantes de la vida del Señor Jesús en la Tierra. Él nunca tuvo ambiciones egoístas ni permitió que otros se las impusieran. Por el contrario, su única ambición era hacer la voluntad del Padre. Desde sus primeras palabras registradas en el templo (“¿No sabían que tengo que estar en la casa de mi Padre?” [Lucas 2.49 NTV]), hasta sus últimas palabras en la cruz (“¡Padre, encomiendo mi espíritu en tus manos!” [Lucas 23.46 NTV]), Él aseveró: “El Hijo no puede hacer nada por su propia cuenta; solo hace lo que ve que el Padre hace” [Juan 5.19 NTV].

En el contexto de nuestra conversación, me fascina que lo primero que el Señor Jesús preguntó a sus seguidores fue: “¿Qué quieren?” (Juan 1.38 NTV). Una y otra vez, el Señor hacía preguntas a la gente acerca de sus ambiciones. Él nunca busca rechazar o negar los anhelos de las personas. Ve la oportunidad de transformación oculta dentro de los deseos de las personas. Sus interacciones más íntimas a menudo revelaban la verdadera naturaleza de los anhelos de las personas, llevándolas a crear un espacio para Dios en sus vidas.

 

He pasado los últimos veinte años investigando la vieja conexión entre el deseo y el discipulado. Estoy convencido del todo de que la profundidad de nuestra intimidad con Dios es proporcional a la intensidad de nuestra pasión por Él. En su clásico libro Un testamento de devoción, Thomas R. Kelly nos asegura una y otra vez que la vida que anhelamos en verdad es posible, con la condición de que queramos alcanzarla.

De modo que, al parecer, la ambición tiene su lugar correcto, siempre que apunte en la dirección correcta. Mi oración hoy en día es: “Señor, dame el deseo correcto”.

 
Dan:

Ese es un gran punto sobre “la conexión entre el deseo y el discipulado”. A veces, nuestra enseñanza en los círculos evangélicos se nos presenta como “No tengas sueños y no tengas deseos”. Pero no es que nuestros sueños estén equivocados, sino que están mal dirigidos. Así que, cuanto más crezcamos en nuestra intimidad con Cristo, más moldeará Él nuestros deseos de formas que se alineen con su misión. Esto es lo que pienso que el salmista quiso decir con: “Deléitate en el Señor; y Él te concederá los deseos de tu corazón” (Salmo 37.4). Piense en David. Su sueño era construir un templo para Dios. La respuesta de Dios, en 2 Samuel 7, en esencia fue: “David, no necesito un templo para mostrar mi gloria en la Tierra. No soy como esos dioses falsos, y tus sueños son muy pequeños. No solo voy a hacer que tu hijo construya un templo, sino que también voy a construir con tu familia un reino eterno y un trono eterno”.

Dios usa nuestros sueños para lograr sus propósitos. Pero si somos francos, muy a menudo su voluntad para nosotros es que suframos y experimentemos dificultades en esta vida. A veces, su voluntad para nosotros es incomprensible y particular, y diferente de lo que el mundo considera éxito. Sin embargo, incluso mientras sufrimos por causa de su nombre, esto es solo por un breve susurro de tiempo. Un día, nuestros anhelos serán perfectamente puros y se realizarán de manera plena y definitiva en la Nueva Jerusalén cuando gobernemos y reinemos con Él para siempre.

 
Fil:

Me encanta la distinción que haces: “No es que nuestros sueños estén equivocados, sino que están mal dirigidos”, seguida de tu aguda perspicacia en cuanto a cómo Dios “moldea nuestros deseos para que se alineen con los suyos”.

Estoy de acuerdo ciento por ciento en que es Dios quien redirige y da forma a nuestros deseos. Creer que es responsabilidad nuestra es un error terrible que nos prepara para una vida de fracaso y frustración. Por el contrario, nuestra tarea es permitir que Dios se encargue de la necesaria renovación de nuestros deseos.

Cuando los deseos del Padre celestial se convierten en nuestros deseos, experimentamos la plenitud de vida que el Señor Jesús tuvo en mente cuando preguntó: “¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?” (Mateo 7.9-11). Dios anhela darnos las buenas dádivas que nuestros corazones desean. Pero, para recibirlas, nuestros corazones deben empezar a latir en sincronía con el suyo.

 

Ilustración por João Fazenda

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