No hay ningún foso demasiado profundo

En una región afligida por la guerra, la profundidad del sufrimiento es grande. No obstante, los cristianos desplazados por militantes islámicos aprenden cada día que el amor de Dios llega totalmente al fondo.

Habían sido apenas unos pocos kilómetros, pero en el corto trayecto del hotel a la habitación alquilada en la que una familia de cinco refugiados estaba viendo a su hijo del medio luchando por respirar, todo cambió.

Atrás quedaban los edificios de cristal y acero y los guardias de seguridad que cuidaban por fuera las viviendas de lujo. También los pequeños y bonitos tenderetes de shawarma, caracterizados por pequeños grupos de personas que bloqueaban las aceras, esperando servir a los compradores.

Aquí, en la parte este de la ciudad de Amán, en Jordania, las cosas eran diferentes. El tráfico se movía lentamente, los vendedores ambulantes permanecían solos, y en cada esquina había decenas de hombres vestidos con trajes desteñidos, parados como árboles abatidos después de una tormenta de invierno. Se veían débiles, frágiles, agotados e incapaces de estar en cualquier otro lugar que no fuera éste.

Una serie de vueltas nos llevó a un callejón sucio. Unos gatos demacrados jugaban entre los montones de basura, moviéndose con mucha más libertad que el grupo de refugiados que estaba más allá, de pie, cuyas ropas desgastadas constituían una carga para ellos en medio del polvo.

Fuera del automóvil, el olor era de pobreza. Dentro de la habitación, el olor era de muerte.

Cuando nos fuimos, la familia tenía comida, sábanas y la promesa de que recibirían más ayuda para su hijo, todo ello gracias a la bondad y la compasión de un grupo de cristianos locales. Teniendo en cuenta la magnitud de los problemas que esa familia enfrentaba, nuestra ayuda no era más que una simple curita. Pero era la mejor noticia que esa familia había recibido en semanas.

El viaje que me llevó primero a Jordania y luego a Irak a comienzos de este año me ofreció una serie de experiencias que me hicieron cuestionar muchas cosas que había llegado a creer. Mi percepción de los refugiados; la naturaleza del conflicto del Medio Oriente; lo que constituye una total expresión de generosidad; y cómo el cristianismo puede florecer en las condiciones más duras —todo esto quedó totalmente demolido en el curso de unos pocos días.

Por todo eso y más, estoy profundamente agradecido.

 

“Ese fue el momento en que creí. Fue el comienzo de mi nueva vida”.

Todo comenzó cuando conocí a una mujer a la que llamaré Ameena. Antes había sido musulmana, y tiene familiares en Bagdad. Pero cuando su marido se convirtió en cristiano, la vida se volvió complicada y peligrosa para ellos.

“Le dije que debería volver a creer [en el islam], pero él me dijo que yo debía ir a hablar con el pastor de su iglesia. Así que fui a buscar al pastor, pero no pude encontrarlo. Entonces empecé a orar, diciendo: ‘Dios, te ruego que hagas algo. Tengo que salvar a mi marido’. No sentí nada. Entonces cambié mi oración: “Si mi marido está en lo cierto, házmelo, entonces, saber’. Fue en ese momento que sentí una gran mano sobre mi hombro. Abrí los ojos para ver quién me había tocado, no había nadie. Ese fue el momento en que creí. Fue el comienzo de mi nueva vida.

“Después de eso, todo cambió muy rápidamente. Fuí liberada. No hubo más temor, sino solamente paz. Pude ver el islam de otra manera. Hay algo en el Corán que obliga a las personas a actuar; y sentirse libre como cristiana era completamente nuevo. Mientras fui musulmana, nunca llegué a conocer el amor y el respeto”.

Aunque los intentos de Ameena de reconvertir su marido al islam tuvieron como resultado que ella tuviera su propio encuentro con Jesús, el mejor amigo de su marido era un notorio seguidor del Estado Islámico (ISIS). Cuando los rumores sobre la apostasía de la pareja se propagaron, llegaron las amenazas. Al final, tuvieron que marcharse de Irak.

En Jordania, Ameena y su marido encontraron una comunidad de cristianos que los están apoyando no solo con dinero sino también espiritualmente. Han enseñado a Ameena en cuanto a la vida en comunidad, la oración y el perdón.

“El mes pasado, mi mejor amiga en Irak fue atacada, violada y quemada. Era cristiana. Mi marido tenía un amigo que era cristiano y lo asesinaron, también. Nos enviaron una foto de su cadáver; había sido degollado. El mensaje decía: “Ustedes serán los próximos”.

"¿Cuál ha sido mi reacción? Siento rabia por un par de días, lloro, no hablo con nadie. Después lo acepto, y sigo orando. Oro a Jesús. Oro por las familias de ellos, por las familias, por los asesinos, que puedan aprender sobre Jesús. A veces oro por el Estado Islámico, diciendo: 'Jesús, hazles saber quién eres’”.

 

"Jesús me transformó de un hombre malo en un hombre bueno. Y ahora no le tengo miedo a nada”.

Entrar a Irak es más fácil de lo que se cree, especialmente si el punto de entrada se encuentra en la zona noreste, controlada por los kurdos. Los norteamericanos y los británicos como yo somos bienvenidos por inmigración con lo que llamaríamos brazos abiertos: un vistazo de dos segundos al pasaporte, cero preguntas y un sello de autorización de entrada.

Irak es un país hermoso. A medida que nos desplazábamos de una ciudad a la siguiente, haciendo un desvío significativo para evitar la zona de Mosul controlada por el Estado Islámico (ISIS), las vistas eran asombrosas, tan diferentes a las vistas polvorientas que había imaginado ver en la distancia. Pasamos por caminos montañosos donde vimos cabras y a pastores de ovejas con sus perros. Desde los puntos más altos, la tierra se extendía por kilómetros con un vibrante color verde como si alguien hubiera puesto una delgada capa de hierba sobre una ondulada gama de rocas bajas. Y las llanuras de Nínive parecían más bien un océano.

Allá arriba, en una ciudad rodeada de montañas, conocí a otro hombre que no había sido criado como cristiano. Sherzad nació siendo musulmán y llegó a conocer a Saddam Hussein en una oportunidad. A no todos los miembros del ejército iraquí se les concedía esto, pero Sherzad era especial. Era, como él lo reconoce abiertamente, un “hombre malo”, y los hombres malos eran favorecidos por el régimen.

Todo cambió durante la guerra, y un año después de la muerte de Hussein, Sherzad dejó el ejército y consiguió empleo en una empresa de telefonía móvil. Pero estaba lejos de estar a salvo, como descubrió un día.

“Me encontraba en el norte de Bagdad, cuando los de al-Qaida me secuestraron, y me pusieron en la parte trasera de un vehículo. Cada dos horas me golpeaban con la culata de un fusil AK-47. Conocían mi nombre, sabían que yo estaba trabajando como ingeniero civil, y querían dinero”.

Los golpes continuaron durante cuatro días; le rompieron la nariz, le destrozaron las rodillas y le dañaron los riñones. Pero después sucedió algo extraordinario.

 

“No sé si estaba dormido o despierto, pero vi a alguien entrar en la habitación en que yo estaba. Me miró y me dijo en árabe: ‘Ana Isa ...’ Eso significa ‘Yo soy Jesús’. Me dijo: “Vete a tu casa’. Yo le pregunté: ‘¿Es en serio?’, pero dijo de nuevo: ‘Vete a tu casa’. Miré y vi a los guardias que comenzaron a pelear entre sí. Uno le disparó al otro, y entonces abrí la puerta, salí a la calle y encontré un taxi que me llevó a mi casa”.

Cuando vio a su esposa, Sherzad comenzó a tratar de explicar lo que le había sucedido. “Lo sé”, lo interrumpió ella. “Vi a Jesús en un sueño. Me dijo que te había salvado, y que volverías pronto”.

Después de ese rescate tan dramático, Sherzad y su esposa se convirtieron rápidamente al cristianismo, y pronto estaban contando a otros todo lo que les había sucedido. No todos les creyeron; los jefes de Sherzad se rieron cuando les contó lo que le había pasado. Pero un poco de escepticismo y de burla no eran nada comparados con su nueva fe.

“Jesús me transformó de un hombre malo en un hombre bueno. Y ahora no le tengo miedo a nada. Amo a Jesús, y quiero que todos crean en Él. Él es la esperanza para todos. Si Él pudo rescatarme y perdonarme, si Él pudo amarme y alcanzarme, entonces puede hacer lo mismo con cualquier persona”.

 

“Dios nos creó para algo más que estar gordos, ser unos idiotas, y sentirnos felices”.

También conocí a otros: a evangelistas cuyas vidas corren tanto peligro que tienen que mudarse todos los meses; a refugiados que trabajan como pastores encubiertos dentro de los campamentos; a un asesor psicológico que sirve a mujeres y niñas que han sido rescatadas del Estado Islámico. Cada conversación me dejaba asombrado por la bondad de Dios, el valor de mis hermanos en la fe y el poder de arriesgarse por Dios.

Pero fue una de las últimas entrevistas lo que realmente me hizo tambalear. Luke no era un refugiado, ni un exmusulmán, ni siquiera un iraquí. Era un norteamericano que al graduarse de la universidad, rechazó la posibilidad de una carrera lucrativa a favor de seguir el llamamiento de Dios para trabajar entre los cristianos perseguidos.

Conocí a Luke cuando él tenía once años dedicado a esa tarea. En poco más de una década, Dios había inculcado en él una vida desbordante de sabiduría.

"He visto que el Estado Islámico es horrible”, dijo Luke. “Es el terrorismo llevado a un nivel totalmente nuevo. Es perverso, pero el reino de Dios está creciendo como nunca antes en Irak, y lo mismo está sucediendo en otros países. Cuando la gente trata de destruir a la iglesia, ésta crece de manera exponencial. La iglesia crece cuando enfrentamos adversidades.

“Por tanto, de una forma muy extraña, es una bendición ser victimas de persecución. He conocido a miles de cristianos que han sido perseguidos por su fe, y he visto una fortaleza espiritual producto de la confianza en Dios, que solo puede verse cuando se tiene que enfrentar la persecución.

“Los pastores están diciendo lo mismo aquí; que los cristianos de Irak tenían una actitud [conformista]. Eran ricos, [sin] ninguna necesidad de Dios; eran cristianos, más por identidad que por relación. Pero es cuando lo pierde todo, que una persona se vuelve a Dios y comienza a dirigirse a Él. Eso puede ser cuando se es perseguida o atacada por un cáncer; es allí cuando Dios se manifiesta.

“Al vivir en Irak, miro a Occidente y me pregunto si la táctica de Satanás para desplazar a Dios es proporcionar comodidad, dar tantas riquezas que las personas sienten que no necesitan a Dios. Satanás sabe cuáles son nuestras debilidades. Y ese es el sueño capitalista, el de ponernos sobre nuestros propios pies y hacerlo todo por nuestra cuenta. Hay cosas buenas en eso, pero también es una invitación a pensar: ‘En realidad no necesito a Dios’”.

“El reino de Dios está creciendo como nunca antes en Irak, y lo mismo está sucediendo en otros países. Cuando la gente tratar de destruir a la iglesia, ésta crece de manera exponencial”.

“Lo veo en el Antiguo Testamento. Dios no estaba contento con que su pueblo simplemente saliera del paso. Él parece sacarnos de nuestras zonas de comodidad y seguridad, y ponernos en situaciones en las que tenemos que confiar en Él. Esto es parte de su naturaleza relacional. Dios nos creó para algo más que estar gordos, ser unos idiotas, y sentirnos felices”.

Me marché poco tiempo después de tener esa conversación con Luke. Cuanto más pensaba en las cualidades mostradas por las personas que había conocido: el perdón de Ameena, la valentía de Sherzad y la disposición de Luke de despojarse de todo lo superfluo en la vida y enfocarse en lo que realmente importa, más cuenta me daba de que había estado en presencia de algunos de los cristianos más maduros que haya conocido. En presencia de ellos me sentí pequeño, como un niñito esperando autógrafos fuera del estadio.

Eso ya ha tenido un impacto.

A veces podemos sentirnos como esos refugiados en Amman: demasiado débiles y frágiles para soportar los problemas que nos rodean, demasiado agobiados por nuestras dificultades, no permitiendo que Dios nos utilice para el beneficio de otros. Pero esta fe que tenemos está conectada directamente a la fortaleza. Hemos sido creados con el propósito de mostrar gracia y misericordia a otros, hablar con sinceridad y valentía en cuanto a lo que creemos, y resistir la tentación de vivir bajo nuestros propios términos superficiales.

Como dijo Corrie ten Boom: “No hay ningún foso demasiado profundo, que el amor de Dios no sea más profundo todavía”. Cuando entendemos esto, estamos en el camino de saber un poco más lo que significa crecer para un cristiano.

 

Fotografía de Craig Borlase
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