Ojos para ver

Un recorrido por el extraño mundo de la Biblia

Una caminata pausada en una tierra extraña siempre resulta en una experiencia estimulante. En los últimos años, nuestra familia descubrió lo mucho que nos encanta caminar por aldeas tranquilas, paisajes montañosos y por zonas urbanas de ciudades que no habíamos conocido antes. Esta modalidad de viajar, moviéndonos solo con la velocidad que nos dejan ir nuestros pies, nos permite observar de manera tranquila y atenta al mundo, de maneras que probablemente habríamos pasado por alto en otras circunstancias: suposiciones que teníamos sin darnos cuenta, que no concuerdan con las personas que uno se tropieza, con las conversaciones que tenemos y con las canciones e historias que escuchamos. Uno descubre lo poco que sabía, en realidad, en cuanto el lugar, y tal descubrimiento es estupendo.

Del mismo modo, cada vez que hagamos un recorrido por la Biblia y nos fijemos un ritmo intencional y atento, descubriremos un mundo extraño y lleno de maravillas que, con toda seguridad, discrepará de lo que esperábamos. La Biblia abre de par en par un terreno totalmente nuevo, donde nos encontramos cara a cara con el Dios vivo, y tenemos un destello de las vibrantes posibilidades de la vida que Él ha concebido para nosotros. Pero, para acometer esa odisea tan amplia, tendremos que liberarnos de nuestras estrechas y limitantes suposiciones acerca de este dinámico libro. Necesitaremos activar nuestra imaginación. En vez de actuar precipitadamente al abrir la Biblia, con todas nuestras expectativas a cuestas, debemos hacer una pausa, prestar atención a los matices y hacernos preguntas que posiblemente no tengan una respuesta inmediata. También es importante reconocer que, aunque el Espíritu Santo promete darnos toda la sabiduría que necesitemos, ciertos conocimientos serán difíciles de alcanzar.

Aunque la Biblia no es esotérica o incomprensible, se necesita especial cuidado para apreciar adecuadamente su maestría y su poderosa sabiduría. Se calcula que hasta hoy se han impreso cinco mil millones de ejemplares de la Palabra de Dios, lo que la pone a la cabeza de todos los libros del mundo; sin embargo, ella desafía cualquier descripción simplista. La Biblia contiene sabiduría para vivir bien, pero no es un simple manual de instrucciones. Nos ofrece relatos absorbentes de reyes y campesinos, de guerras y victorias, de personas influentes y de esclavos; pero es mucho más que la historia polvorienta de pueblos que hemos olvidado. Las Sagradas Escrituras responden a algunas de las preguntas más profundas de la experiencia humana, pero no nos dice todo lo que queremos saber. A veces, lo que leemos nos deja desconcertados por todas las nuevas preguntas que hemos añadido a la lista.

El propósito principal de la Biblia es darnos a Dios. Este conflicto —entre lo que esperamos que haga la Biblia y lo que ella hace realmente— puede dejarnos confundidos.

Al acercarnos a la Biblia, necesitaremos humildad —mucha humildad. Necesitaremos resistir la tentación de pensar que ya sabemos lo que vamos a encontrar, y ser suficientemente humildes para descubrir con receptividad y curiosidad, lo que realmente hay allí (y también lo que no hay). Para conectarnos con la Biblia de esta manera, necesitamos ojos para ver y oídos para oír (Mateo 13.16).

Para encontrar el camino

En una visita prolongada que hice a Venezuela, caí rápidamente en cuenta de lo que yo había dado por sentado como obvio y fundamental: mi perspectiva en cuanto a la hora era, en realidad, un prejuicio cultural. Para mí, el reloj requiere precisión y puntualidad. Sin embargo, para mis amigos que viven en Caracas, el reloj invita a la flexibilidad, a la puntualidad opcional. Ellos creen que el reloj proporciona un marco general que, aunque útil, nunca debe tener precedencia sobre una conversación, un almuerzo sin prisa, u otra satisfacción humana. No era que mis amigos no habían aprendido cómo usar un reloj, o que tenían un estilo de vida iletrado; el problema estaba en que yo llevaba expectativas que no consideraban a una sociedad orientada en una dirección completamente diferente. Lamentablemente, no es posible deshacernos por completo de los prejuicios o las suposiciones, y es por eso que, cada vez que entramos en un mundo nuevo (ya sea el de una tierra extraña o en el de la Biblia), debemos esperar una experiencia que podría aturdirnos.

Puesto que la Biblia nos ofrece la historia fiel de la acción de Dios en el mundo, podemos entender por qué sus sagradas palabras desalojarán, sin duda, nuestras ideas preconcebidas. La Biblia se enfoca en Dios, mientras que, a menudo, nosotros nos sentimos tentados a pensar (sin duda de maneras sutiles) que somos el centro de la historia. Podemos pensar que la misión de la Biblia es darnos respuestas rápidas y sencillas, incluso buenas respuestas teológicas, o que su finalidad principal es servir como un coach de autoayuda, o una fuente rápida de inspiración. Podemos asumir que el propósito de la Biblia es darnos un mapa de ruta sin complicaciones que, si lo seguimos con rigor meticuloso, nos abrirá un futuro exitoso y libre de dolores. Algunos usan la Biblia como un talismán, pensando que si emplean su vocabulario, tendrán garantizado el éxito.

Con dos adolescentes es notable la frecuencia con la que me hallo diciéndome a mí mismo: “El mundo no gira en torno a mí”. Es aún más notable cómo, a mis 45 años de edad, tengo que ser corregido con esta misma verdad. Cada vez que abrimos la Biblia, nuestra actitud predeterminada es venir con nuestros objetivos y preguntas. Pero el propósito principal de la Biblia es darnos a Dios. Este conflicto —entre lo que esperamos que haga la Biblia y lo que ella hace realmente— puede dejarnos confundidos.

Las primeras palabras de la Biblia hacen erupción con la acción de Dios (“En el principio creó Dios …”), y en cada página que sigue resalta su poderosa acción. Desde la historia de Israel en Éxodo y Números, pasando por la poesía de los Salmos y Eclesiastés, las declaraciones proféticas de Jeremías y Zacarías, las narraciones acerca de Jesús en Mateo y Lucas, las cartas de Colosenses y Filemón, y hasta las visiones alucinantes de Apocalipsis, toda la Biblia nos muestra a un Padre misericordioso que habla a la realidad humana, y que actúa tanto en los peores momentos como en los momentos gloriosos de nuestra vida.

Esta es una buena noticia, porque lo que más necesitamos no es conocernos a nosotros mismos, sino conocimiento de Dios. Es muy fácil perderse en la trampa de la obsesión por uno mismo y del engaño. Pero, como nos enseñó uno de los padres de la iglesia, Agustín, nos conocemos mejor por medio de Dios de lo que podríamos conocernos por nosotros mismos. Cuando entramos en la historia de Él, los cielos se abren y brilla la luz.

Aunque la Biblia nos dice usualmente qué hacer (es decir, no robar, no mentir, etc.), su prioridad absoluta es decirnos lo que Dios ha hecho y de lo que podemos estar seguros que Él hará. En el Antiguo Testamento (conocido también como la Biblia hebrea), Dios crea a un pueblo llamado Israel, y explica cómo debían formar parte en sus planes para sanar y redimir al mundo. En el Nuevo Testamento, nuestra sanidad llega cuando Dios se hace humano en Jesucristo, el Hijo que no solo nos dice cómo es el Padre, sino que también nos lo muestra. Jesús muere por nosotros, resucita de los muertos por nosotros, y crea una nueva comunidad (la iglesia) como una anunciadora de la nueva creación. Ambos Testamentos, incluso con todas sus peculiaridades y variedad de enfoques, narran una grandiosa historia con un protagonista principal: Dios.

Toda la Biblia nos muestra a un Padre misericordioso que habla a la realidad humana, y que actúa tanto en los peores momentos como en los momentos gloriosos de nuestra vida.

Sin embargo, debemos recordar que este Dios con quién estamos tratando, es el todopoderoso Creador del universo. Si la Biblia es un libro acerca de Dios, entonces debemos esperar que sea un libro extraño y maravilloso, un libro que nunca podremos entender o captar por completo. La Biblia encantará y desconcertará; instruirá y turbará. A veces, sus palabras ardientes despejarán el suelo a nuestro alrededor, pero otras veces nos acorralarán. La Biblia nos desorientará, pero después nos corregirá. J. Todd Billings describe al nuevo mundo presentado en la historia bíblica como “amplio y espacioso”. Pero “también tiene un carácter específico. Es un viaje por la senda de Jesucristo”. La Biblia insiste en conducirnos a Dios.

En comunidad

Puesto que describimos a la Sagrada Escritura como una historia, debemos esperar encontrar en ella verdadero drama: puntos de tensión, personajes desagradables, relatos sin conclusiones apropiadas, tierras extrañas y tramas inesperadas. Además de esto, necesitamos la historia completa en toda su complejidad antes de que podamos estar seguros de tener el panorama completo. No podemos comprender todo Génesis aparte de Apocalipsis, o a Jonás sin leer a Lucas. Necesitamos toda la narración, cada giro imprevisto. Necesitamos los libros raros y las genealogías. Necesitamos las historias que nos confunden junto con las historias que nos hacen llorar.

Sin embargo, cuando decimos que la Biblia nos ofrece una historia confiable de la acción de Dios en el mundo, debemos lidiar rápidamente con el hecho de cómo la realidad descrita en sus páginas parece muy diferente a la de nuestra vida cotidiana. ¿Cómo conectar nuestra experiencia con los teléfonos celulares, las familias donde los dos padres trabajan y las corporaciones multinacionales, con pastores nómadas, sociedades patriarcales y monarquías con poder absoluto? ¿Cómo evitar que algunas de las leyes del Antiguo Testamento (como Levítico 19.27 y Deuteronomio 22.11, que dicen que los hombres no deben rasurarse la barba y prohíben vestir ropa de lana mezclada con lino), no hagan más que dejarnos perplejos?¿Y cómo entendemos esas partes en las que la Biblia reconoce (a veces sin condenar abiertamente) la ideología social de su tiempo (por ejemplo, la violencia, la esclavitud y la opresión de mujeres y niños) que ahora entendemos que están en contra de la expresión cabal del carácter de Dios?

Cada una de estas preguntas merece una respuesta extensa. Pero, por ahora, basta con decir que muchos de esos problemas se disipan cuando reconocemos la genialidad de cómo la Biblia habla en épocas y situaciones sociales específicas. A veces, las instrucciones de Dios (el rasurado de la barba, por ejemplo) son simplemente de carácter restrictivo, dadas a Israel en un momento y un propósito precisos. Otras instrucciones (por ejemplo, las pautas en cuanto al tratamiento humanitario de los esclavos) implementaron nuevas protecciones para aquellos que sufrían, mientras se avanzaba gradualmente hacia la igualdad plena. Es útil comprender que romper de forma categórica con el sistema esclavista de una sola vez, habría abandonado a los esclavos a la pobreza y al hambre. Podemos, entonces, entender la brillantez de las Sagradas Escrituras dando a conocer el paciente pero decidido empuje hacia la nueva comunidad de Jesús, donde no habría “ni judío ni griego ... ni esclavo ni libre” (Gálatas 3.28). Y Dios sigue trabajando todavía con las personas dondequiera que Él nos encuentre.

Sin embargo, todo este matiz y toda esta complejidad revelan el hecho de que la Biblia fue escrita originalmente para personas envueltas en sociedades diferentes a las nuestras, que tenían preguntas y cosmovisiones muy diferentes a las nuestras. No es de extrañar que la Biblia, escrita básicamente en hebreo, griego y arameo, para personas desvinculadas de la era científica moderna, manifieste un mundo extraño, desconocido. Sus 66 libros surgieron de los desiertos y oasis del Medio Oriente, no de los laboratorios o salas de reuniones de las corporaciones estadounidenses. Esta perspectiva del Oriente entendía a la creación y a la humanidad de maneras más general de cómo lo hacemos nosotros, occidentales modernos. Por ejemplo, mientras demostramos preocupación por el conflicto entre la fe y la ciencia, los lectores orientales de las Sagradas Escrituras no habrían tenido problemas para comprender por qué tanto escándalo. Dios está activo en la creación, dirían, y cada verdad que aprendemos proviene del Dios que es la fuente de toda verdad. El lenguaje de ellos era animado, a menudo más poético y sensorial, y describían al mundo como lo habían conocido. Del mismo modo, aunque nosotros a menudo pensamos en categorías binarias (uno u otro), quienes recibieron primero las Sagradas Escrituras tendían a pensar en categorías complejas (ambos y otros).

Además, el mundo oriental era (y a menudo es) más colectivo, con un sentido inseparable de cómo el bienestar de ellos estaba ligado a la salud y a la prosperidad de los demás y del mundo natural que les rodeaba (la tierra, el agua y los animales). Mientras que los lectores occidentales vienen primero a las Sagradas Escrituras con intereses individuales, los lectores orientales venían primero a ellas con preocupaciones por toda la comunidad (o quizás, en las economías antiguas, por toda la familia). Podemos tender la tendencia de leer la Biblia, preguntándonos: ¿Cuál es la voluntad de Dios para mí?, mientras que sus lectores primitivos se preguntaban más a menudo: ¿Cuál es la voluntad de Dios para nosotros? Estas son dos actitudes que nos llevan en direcciones diferentes, y a veces opuestas.

Nuestra actitud individualista hacia la Biblia demuestra siempre que pensamos en ella principalmente como un libro centrado en la devoción particular. Aunque la lectura de las Sagradas Escrituras para el alimento personal es una idea totalmente bíblica, primero fue pensada para ser leída dentro de una comunidad. De hecho, la mayoría de los primeros cristianos nunca tuvieron un pergamino individual que podían llevar a sus casas y leer por su cuenta. Además, debemos tener cuidado de no interpretar básicamente a la Biblia de forma aislada, sin tener en cuenta a la iglesia en general o a los credos históricos de nuestra fe. Por ejemplo, los cristianos de Berea fueron llamados nobles porque escudriñaban las Sagradas Escrituras cada día para ver si la enseñanza que estaban escuchando era verdadera, pero las escudriñaban juntos. A pesar del culto actual a la opinión individual y a la expresión personal, es importante reconocer la Biblia como un libro comunitario. Cualquier idea extraña al testimonio de la iglesia a través del tiempo y de la geografía, debería sorprender a más de uno.

Además de esto, es extraordinariamente fácil limitarnos a nosotros mismos inconscientemente cuando leemos este antiguo y complejo libro a través de un lente estrecho y contemporáneo. Por ejemplo, ¿cómo pudiera cambiar nuestra manera de ver la enseñanza bíblica el reconocer que ningún personaje de la Biblia era blanco o que ninguno consideraba un derecho inalienable el disfrutar de vacaciones prolongadas o de agua potable en las casas? ¿Qué significa orar, como muchos lo hacen en la Biblia, para tener la bendición de Dios o prosperidad cuando vivimos en un mar de bendiciones? Hace poco tiempo, un amigo mío que había tenido dificultad para encontrar trabajo, me dijo, mientras comíamos platos de sushi, que estaba enojado con Dios. “Sin embargo”, admitió, “mi motivo no es convincente. Dios ha sido muy bueno conmigo, y sé que mis expectativas no son justas”. No obstante, todos tenemos estas expectativas y las llevamos con nosotros cada vez que abrimos la Biblia. Lo que esto significa es que no podemos dar por sentado que las preguntas que hacemos son siempre las que la Biblia responde. Debemos concordar con la Palabra de Dios, no exigir que ella concuerde con nosotros.

Somos lo que comemos

Quizás lo más extraño de la Biblia, sin embargo, no es lo que ella es, sino lo que ella hace, es decir, lo que nos hace a nosotros. Fundamentalmente, la Biblia no es un manual de acontecimientos religiosos, ni un relato antiguo de la sabiduría celestial, sino más bien las palabras vivas y palpitantes de Dios. Estas palabras tocan nuestro corazón, ensanchan nuestra imaginación, nos llaman a la obediencia, encienden la fe, y sanan las heridas más profundas de nuestra alma. Como dice Hebreos 4.12: “La palabra de Dios es viva y eficaz”. Jeremías 23.29 dice que la Palabra de Dios es como fuego, y como martillo que despedaza la roca. Y el salmista nos dice que la Palabra de Dios restaura nuestro alma cansada, e implanta sabiduría en nuestras mentes confundidas (Salmo 19.7, 8). En cada página, destella la voz de Dios, encendiendo los rescoldos y despertando al valor arrinconado.

Por casi veinte años, mi esposa y yo nos hemos escrito notas cada vez que uno de nosotros viaja. Es una delicia abrir mi maleta y encontrar dos o tres sobres entre mi montón de camisas. Cada noche, cuando abro uno, no examino la caligrafía de las notas, no critico las palabras que escogió, ni tampoco pienso en cómo habría expresado yo cada cosa de una manera más contemporánea o científica. No. Lo que hago es abrir cada sobre y deleitarme con las palabras de intimidad y afecto escritas solo para mí. Aunque la Biblia fue escrita para una comunidad, una de sus maravillas es que sus palabras también se han escrito para cada uno de nosotros, palabras santas para penetrar nuestro corazón. “Cuando lea la Biblia”, enseñaba Dietrich Bonhoeffer, “debe pensar que allí y en ese momento Dios está hablando con usted”.

No podemos dar por sentado que las preguntas que hacemos son siempre las que la Biblia responde. Debemos concordar con la Palabra de Dios, no exigir que ella concuerde con nosotros.

El apóstol Juan usó la imagen de comer el santo Libro para describir cómo ingerimos las Sagradas Escrituras, cómo se introduce la Biblia en nosotros (Apocalipsis 10.9). Nos dice que las palabras eran “dulces como la miel” (Apocalipsis 10.10; vea también Jeremías 15.16). Eugene Peterson explica el correctivo que nos ofrece Juan: “Comer el libro contrasta con cómo la mayoría de nosotros hemos aprendido a leer libros para generar una fría objetividad que intenta preservar una verdad científica o teológica, eliminando en lo posible toda participación personal que pueda contaminar el significado”. Por el contrario, comer el libro significa que leemos la Biblia devorándola, masticándola, meditando en ella, dándole cabida en nosotros.

Menachem Mendel, el rabino jasídico del siglo XIX, de Kotzk, Polonia, enseñaba que leemos las Sagradas Escrituras para que sus santas palabras penetren nuestro corazón. Entonces, cuando los problemas, las aflicciones o las preguntas rompan de par en par nuestro corazón, la Biblia puede caer fácilmente dentro del mismo, y convertirse en una parte integral de nosotros. La esperanza es que, con el tiempo, la Palabra de Dios se sienta como en casa en nosotros, y nosotros nos sintamos como en casa en la Palabra. De alguna manera, después de toda una vida de amorosa atención y de cuidadosa meditación, descubrimos que el extraño mundo de la Biblia no es tan curioso como pareció una vez. Nunca debemos pensar que tenemos algún dominio sobre este magnífico libro, pero nos sentimos satisfechos y vigorizados por sus páginas. Ahora tenemos ojos para ver las muchas maravillas de la Biblia y para valorar su abundante sabiduría. Nos damos cuenta de cómo nos ha transformado este libro.

A pesar del amor de mi familia por esas excursiones a pie, nos han caído encima listas de correo de varios anunciantes de viajes. La semana pasada, una compañía de turismo especializada en viajes de lujo hechos a la medida de los clientes, nos envió un paquete que describía su principio directriz en cuanto al turismo mundial: “La manera como usted ve al mundo es importante”. Esto es absolutamente cierto, ya se trate del extraño mundo que descubrimos en otro continente, o del extraño mundo que encontramos en las Sagradas Escrituras. Nuestra tarea es ver la Biblia por lo que ella es, en realidad —con toda su maravilla, su poder y su belleza.

 

Ilustraciones por MUTI
Temas relacionados:  Lectura de la Biblia  |  Madurez del creyente

Artículos relacionados

¿Qué ocurre con mis anotaciones?
Color de fondo:
Claro
Aa
Oscuro
Aa
Tamaño de letra:
A
A
A