Paz a vosotros

En una sociedad deseosa por reñir con palabras, los cristianos debemos esforzarnos por hablar de una manera diferente.

Está nevando, oscureciendo y estoy siendo atacada. La chica mala de nuestro vecindario me ha estado persiguiendo a mi casa desde la escuela, lanzándome bolas de nieve a la cabeza. Trata de herirme tanto como lo hace con las palabras despectivas que me lanza en el patio durante el receso —como si nada. Su táctica esta vez es una descarga de bolas de nieve, reforzada con piedras, y las lanza con fuerza, una tras otra, directamente a mi cuerpo.

Pero no me defendí haciendo lo mismo. Mis padres no aprobarían esa estupidez. En vez de eso, corrí pensando que si lograba huir, la chica mala y sus dos amigas dejarían de reírse y atacarme, y se marcharían a sus casas. Pero las tres gritan cada vez que mi atacante lanza otra bola de nieve, y una de ellas finalmente me golpeó encima de mi ojo derecho.

Con el párpado hinchado y adolorido, seguí corriendo, resbalando y chapoteando a través de la nieve, esquivando los misiles, haciendo todo lo que podía para recorrer las cinco cuadras que me faltaban para llegar a casa, hasta que finalmente lo logré.

“¿Qué pasó?”, preguntó mi madre, aterrorizada, mientras yo caía en la puerta, tratando de no llorar.

¡Qué pregunta tan grande y difícil para una niñita reflexiva! Incluso en el tercer grado, yo sabía que la pregunta de mi madre no era sobre mi lesión, pues no era para tanto. Más bien, lo que a mi madre desea con vehemencia es el orden en la vida. La vida para ella, como maestra de educación física en un barrio pobre del centro de la ciudad, siempre debía ser lógica, razonable, ordenada y explicable. ¿Entonces qué pasó?

Luché por encontrar las palabras. “¡Ella me odia!”, dije finalmente, limpiándome las lágrimas.

“¿Ella?”, pregunta mamá. “¿Quien es ella?”

“¡La niña mala!”

Mamá hace una mueca con su boca. Toca mi párpado hinchado, me tranquiliza, me sirve chocolate caliente, y espero con paciencia que el dolor desaparezca antes de tomar el último reconfortante sorbo. Entonces mamá agarra su abrigo, se pone sus botas, y me indica que salgamos de la casa. Juntas, evidentemente, marcharemos a la casa de la niña mala para ajustar cuentas.

Una palabra gentil es muy importante. La respuesta correcta puede cambiar una vida.

Bueno, eso era lo que yo esperaba. Pero no sucedió así. Por el contrario, cuando la niña mala salió al porche de su casa, mamá la miró, la rodeó con sus brazos dulcemente, y solo le preguntó: “¿Qué pasó, pequeña? ¿Por qué hiciste eso?”.

Esta niña dura, sin ninguna simpatía por los demás, oyó la voz clara y suave de mi madre, sintió su cálido abrazo, dándole su amor y su bondad, e inmediatamente se echó a llorar —las lágrimas le bajaban del rostro a torrentes.

Se está ablandando por la aceptación de un toque gentil, sin importarle que yo, que había huido de sus airados ataques apenas una hora antes, la estuviera mirando con los ojos desorbitados, mientras ella lloriqueaba como un bebé. Después mamá, señalando hacia mí, le dijo firmemente a la niña: “Patricia no es tu enemiga. En realidad, le gustaría ser tu amiga”. ¿Me gustaría? Mamá me mira con firmeza y sus ojos responden firmemente. Ama a tu enemigo.

Fue así como ella me enseñó a manejar mi problema con la niña mala del tercer grado. Di una palabra amable a tu enemiga, y ámala. Esto convierte a una enemiga en una amiga.

En efecto, funcionó. No de la noche a la mañana. Pero dejé de ser el blanco de ataques de mi compañera de escuela.

¿Fin de la historia? Lamentablemente, no. Contarla me anima a echar una mirada atenta y contrastante a las luchas que hay en nuestro mundo en llamas por las palabras llenas de odio, que golpean y lastiman. Por eso, nuestro internet es el ira-net. La ira justa es ahora despiadada. La conversación civilizada es todo menos eso. Ya sea que se esté hablando de religión, raza, sexo o política, la gente airada se vuelve contra los oponentes y les grita.

 

¿Y qué de la voz de Dios? Parece que nuestros gritos son más poderosos que ella. Hasta los cristianos no pedimos al Espíritu Santo que nos enseñe cómo hablar, en vez de dejar que sean las airadas ofensas en la televisión, la radio y las redes sociales las que nos impongan sus dañinos ejemplos.

¿Que ha sucedido?

Le hice esta pregunta a mi esposo, no en un frío día de nieve, sino en una brillante mañana de verano mientras él llevaba un cubo de agua para regar nuestras flores.

Él no es un filósofo; es, más bien, un hombre con sentido común, por no decir que también es un buen jardinero. Entonces deja el cubo. “¿Qué le ha sucedido a la gente?” pregunta. Y humedeciendo un montículo de pensamientos, responde: “Que olvidamos que la vida es para decir lo bueno”.

Pienso durante un minuto en lo que ha dicho, y finalmente entiendo lo que quiso decir: Porque olvidamos. Hasta el pueblo de Dios olvida hablar con gentileza a la vida, responder a las heridas con amor. Empezando por mí mismo. En alguna parte del camino, a pesar del buen ejemplo de mi madre, olvidé la humilde sabiduría de Proverbios 15.1, de que “la blanda respuesta quita la ira”.

En vez de eso, confieso que he increpado a vendedores de tiendas, a vendedores por teléfono, a adversarios políticos, incluso a mi esposo, permitiendo que los desacuerdos entre nosotros se vuelvan sarcásticos, desconsiderados e hirientes.

¿Una palabra blanda gentil? ¿Por qué me esquivaba su dulzura? ¿Cómo podían esas palabras ásperas encontrar un hogar otra vez en mi boca enojada?

Olvidamos. Hasta al pueblo de Dios se le olvida hablar con delicadeza a la vida, responder a las heridas con amor”.

Tratando de encontrar respuestas, busqué la palabra gentil, y encontré que su significado está relacionado con “clan, parentesco, o la familia donde uno nació”. Por tanto, para el pueblo de Cristo, la conversación gentil debe emerger naturalmente de nuestra relación con el Señor —de hecho, de nuestro nuevo nacimiento en Él. Después de todo, la voz del Espíritu Santo es “apacible” y “delicada” (1 Reyes 19.12).

¿Y yo? Cuando estaba molesta, como sucede con muchos creyentes, podía agitarme, airarme y gritar.

Durante años, culpé a la vida. Por ejemplo, la primera vez que una pequeña niña de apenas cinco años me insultó por el color de mi piel, estaba demasiada alterada para reaccionar. ¿Cómo debía responderle? ¿Con palabras de odio y recriminación? Cansada de los tristes enfrentamientos por cuestiones raciales en nuestra nación, me limité a sacudir la cabeza y seguí caminando, considerándola indigna de siquiera una palabra. Pero al recordar esto, debería haber dicho algo.

¿Que te sucede, pequeña? ¿Por qué hiciste eso?

Una palabra gentil es muy importante. La respuesta correcta puede cambiar una vida. Mi madre lo sabía; entendía lo glorioso que es hacer una pregunta gentil. Al hacerlo, ¿a quién se parecía ella? A nuestro Señor Jesucristo.

¿Quién me ha tocado? ¿Ves algo? ¿Quieres ser sanado?

Con esas preguntas, Jesús hablaba a la angustia del dolor humano. ¿El resultado? La sanidad inmediata. Ahí radica el desafío a cada creyente: responder a los problemas con gentileza sanadora —no diciendo palabras que suenen cargadas de odio, sino cómo Él. Entonces, como dijo el Señor en Juan 13.35, el mundo sabrá que somos sus discípulos.

Hoy me estoy diciendo a mí misma estas cosas, recordando que, a pesar de que la Biblia llama al silencio en ciertos momentos (Eclesiastés 3.7), hay momentos difíciles que necesitan desesperadamente que respondamos, pero que lo hagamos con amor.

No es de extrañar que Mardoqueo aconsejara a la reina Ester que hablara. Al enterarse del complot de Amán contra los judíos, le suplicó que fuera a hablar con el rey: “Porque si callas absolutamente en este tiempo, respiro y liberación vendrá de alguna otra parte para los judíos; mas tú y la casa de tu padre pereceréis. ¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?” (Ester 4.14).

David, también, reflexionó sobre el poder que tiene responder correctamente en momentos difíciles: “Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día” (Salmo 32.3). Después de haber determinado: “guardaré mi boca con freno, en tanto que el impío esté delante de mí”, David descubrió que su dolor no mejoró sino que empeoró cuando se mantuvo en silencio. ¿Cuál fue el remedio? Habló, no para humillar a sus enemigos, sino para suplicar con humildad y gentileza al Señor: “Hazme saber mi fin, y cuánta sea la medida de mis días; sepa yo cuán frágil soy” (Salmo 39.1-4).

Esta es una respuesta extraordinaria a un momento difícil. En vez de responder con dureza a sus enemigos, David buscó a Dios, pidiéndole gentilmente que lo ayudara a entender la vanidad de la vida. El milagro de esto debe detenernos por un minuto, captar nuestra atención sobre lo maravilloso que es hablar con gentileza y humildad en los momentos difíciles, porque “las palabras agradables son puras” a los ojos del Señor (Proverbios 15.26 LBLA).

Confieso que no entendía completamente esto, hasta que una querida prima hermana mía perdió su capacidad de hablar después de sufrir un derrame cerebral. Con su buena actitud y personalidad, se comunica ahora con gestos, sonidos vocales y notas escritas. Pero nuestra familia todavía echa de menos su voz, la alentadora bondad de su sonido, su manera natural de expresar esperanza, incluso en una dura experiencia.

En cuanto a mí, que soy una introvertida con la bendición de hablar todavía en voz alta, me desafío a mí misma a responder a la vida con palabras más dulces, permitiendo que el Espíritu Santo utilice mi lengua para que suene como la del Señor.

En mi soleado patio delantero, mientras rocío los plantas con agua vivificante, reflexiono en cuanto a las profundas consecuencias de responder a los momentos difíciles de la vida y sonar como que conozco a Dios. Al pensar en esto, puedo de repente volver a ver a la niña mala.

Conservo todavía en mi memoria que, después de la gentil pregunta que le hizo mi madre, mi acosadora se volvió buena, y no volvió a tratarme mal. No, nos convertimos en las mejores amigas. Pero después de varios años, hasta mis días como estudiante de la escuela secundaria, cuando mi familia se mudó, ella me saludaba algunas veces en el campo de recreo con un gesto y una sonrisa.

“Hola, Patricia”.

“Hola”, le respondía yo, sonriendo.

Una palabra gentil. Primero que nada, cambia nuestra boca. Y después Cristo la utiliza para hacer volver nuestro dolorido corazón a Él.

 

Fotografía de Ryan Hayslip
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