¿Podemos hablar?

Escuchamos la voz de Dios con más claridad cuando nos escuchamos unos a otros.

Nuestros cuerpos humanos son maravillosas sinfonías de diversas partes. Una oreja no se parece en nada a un dedo del pie, y una pestaña no se parece en nada a un bazo; sin embargo, todas estas partes y miles más están estrechamente ligadas y funcionan en armonía para la salud y la estabilidad de todo el cuerpo. ¿Cómo es posible esto? La ciencia moderna confirma que, en todos los niveles de nuestro ser, desde las proteínas hasta los genes, pasando por las neuronas y los huesos, existimos como una conversación compleja y de múltiples capas de miles de partes muy diferentes.

Somos creados a imagen del Dios trino, que existe como una conversación eterna y atenta entre tres personas.

Cuando nuestros cuerpos son muy jóvenes e inmaduros, algunos de nuestros miembros no conversan ni funcionan bien juntos. Un bebé sano llegará pronto a una etapa de su vida en la que se dará cuenta de que sus manos y sus pies pertenecen al resto de su cuerpo, y que pueden ponerse en movimiento como lo desee. Luego, a medida que su cuerpo madure y practique el movimiento con regularidad, el niño podrá realizar acciones cada vez más diestras y precisas: gatear, andar, y quizás desarrollar las facultades físicas necesarias para practicar un deporte o tocar bien un instrumento musical.

En el otro extremo de la vida, la enfermedad y la muerte se caracterizan por trastornos en la conversación corporal: perdemos la capacidad de hacer ciertas cosas con la misma gracia que antes. Nuestro sistema linfático, que nos protege contra agentes patógenos dañinos, pierde poco a poco su capacidad de protegernos y, para algunos, las células cancerosas permanecen indiferentes a los mensajes del cuerpo para que dejen de dividirse.

 

MADURAR COMO EL CUERPO DE CRISTO

Nuestros cuerpos son unidades complejas de la obra de Dios; sin embargo, ¿qué pueden enseñarnos acerca de nuestro llamado a madurar en nuestra identidad como el Cuerpo de Cristo? Esta metáfora bíblica para la Iglesia nos es familiar, pero ¿con qué frecuencia consideramos en serio lo que significa para la manera en que vivimos nuestra fe? Aunque el apóstol Pablo no tuvo acceso a todo lo que la ciencia moderna sabe sobre el cuerpo humano, escribió de manera convincente sobre las maneras en que los cristianos nos hemos integrado unos con otros en Cristo:

El cuerpo no es un solo miembro, sino muchos. Si dijere el pie: Porque no soy mano, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo? Y si dijere la oreja: Porque no soy ojo, no soy del cuerpo, ¿por eso no será del cuerpo? Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído? Si todo fuese oído, ¿dónde estaría el olfato? Mas ahora Dios ha colocado los miembros cada uno de ellos en el cuerpo, como Él quiso. Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? Pero ahora son muchos los miembros, pero el cuerpo es uno solo (1 Corintios 12.14-20).

Somos creados a imagen del Dios trino, que existe como una conversación eterna y atenta entre tres personas. La vida abundante a la que hemos sido invitados en Cristo (Juan 10.10) es precisamente esta vida conversacional de la Trinidad. Vivir en esta vida abundante, sin embargo, no es una tarea sencilla. Desde que Adán y Eva cortaron su comunión con Dios en el huerto del Edén, la división ha sido una fuerza muy destructiva. Caín se volvió contra Abel. Jacob se aprovechó de Esaú y se alejó de él. Bernabé y Pablo no estuvieron de acuerdo y se separaron. La iglesia de Corinto discutía y estaba dividida en cuanto a los líderes que favorecían (1 Corintios 1). En el siglo XXI, parece que esta fragmentación se ha ampliado: la división política, la división económica, la división racial y étnica y la división generacional se superponen, lo que nos aleja aun más de la vida para la cual fuimos creados.

Hace casi veinticinco años, mi iglesia, al igual que muchas otras congregaciones evangélicas de esa época, tenía un servicio de adoración los domingos por la noche, que se estaba extinguiendo con rapidez.

El politólogo Robert D. Putnam sostiene en su famoso libro Bowling Alone, [Jugando solos a los bolos], que muchos grupos sociales —desde los equipos de bolos hasta las iglesias y las organizaciones cívicas— se separaron de forma gradual durante la segunda mitad del siglo XX, llevando consigo el conocimiento de cómo hablar y trabajar unos con otros. Con el auge de las redes sociales en el siglo XXI, esa fragmentación no ha hecho más que aumentar. Pero no estamos sin esperanza.

 

APRENDER A HABLAR JUNTOS

Hace casi veinticinco años, mi iglesia, al igual que muchas otras congregaciones evangélicas de esa época, tenía un servicio de adoración los domingos por la noche, que se estaba extinguiendo con rapidez. Aunque sabíamos que nuestro servicio vespertino terminaría inevitablemente en algún momento, nuestra iglesia no quería dejar de congregarse los domingos por la noche. Alguien tuvo la idea de que deberíamos formar un círculo con algunas sillas en una de nuestras salas de usos múltiples, y solo tener un tiempo para conversar. Una de las primeras preguntas que exploramos juntos, que había surgido de un sermón, de una clase de la escuela dominical o de otra parte de nuestra vida compartida, era: “¿Qué es el evangelio?”. En retrospectiva, esta pregunta podría no haber sido un gran tema inicial, ya que afectaba al corazón de nuestra identidad como evangélicos y era un tema sobre el que casi todos tenían convicciones sólidas. Mientras luchábamos con preguntas como esta, pasamos muchas semanas explorando cada tema desde una variedad de ángulos, y descubrimos rápidamente que no sabíamos cómo hablar bien juntos. Nuestras primeras conversaciones fueron muy volátiles; las personas a veces se gritaban unas a otras o, con mayor frecuencia, se agredían con sarcasmos. Los conflictos que fueron desenterrados llevaron a algunas personas a abandonar la iglesia, y otras a evitar nuestras conversaciones del domingo por la noche.

Pero semana tras semana, mes tras mes, año tras año, persistimos en la conversación y, como todo lo que se practica con regularidad, empezamos a mejorar en la conversación. Los gritos y el sarcasmo finalmente se desvanecieron. De hecho, estábamos aprendiendo a escuchar más atentamente y a aceptarnos con todas nuestras esperanzas y temores, nuestras preguntas y nuestras convicciones inquebrantables, nuestros sueños y nuestra falta de imaginación. Estábamos siendo cambiados, pero no siempre de la manera en que se podría adivinar. Pocas mentes, o ninguna, fueron alteradas drásticamente, pero el cambio radical se produjo en nuestra capacidad de conocernos y confiar unos en otros, incluso cuando no estábamos de acuerdo.

Pocas mentes, o ninguna, fueron alteradas drásticamente, pero el cambio radical se produjo en nuestra capacidad de conocernos y confiar unos en otros, incluso cuando no estábamos de acuerdo.

Nuestras conversaciones, debo enfatizar, no son palabrería ociosa. Ellas nos han permitido actuar de manera más profunda y con más gracia en nuestro vecindario. La confianza que cultivamos en nuestra práctica semanal de conversación nos ha permitido hacer muchas cosas para las cuales las iglesias a menudo carecen de imaginación. Cuando los miembros de la iglesia, como si fueran nuestra propia familia, quieren vivir en el vecindario y compartir la vida diaria con la iglesia aquí, les ayudamos a comprar una casa o a conseguir una vivienda de alquiler. Hemos puesto en marcha unas cuantas actividades, y estas han florecido gracias a nuestra capacidad cada vez mayor de conversación (que, entre muchas otras cosas, nos ayuda a desenvolvernos en situaciones de tensión).

La conversación y la acción se han entrelazado para nosotros, pero nuestras conversaciones no solo han sido sobre cómo hacer cosas. De hecho, hemos dicho deliberadamente que nuestras noches de domingo no son una reunión de trabajo — no vamos a tomar decisiones sobre recursos u otras partes de nuestra vida juntos. En gran medida, hablamos de las Sagradas Escrituras, de manera directa o indirecta. A veces, nos enfocamos en un pasaje específico, tal vez el que se predicó ese día, y tratamos de entender su significado. Otras veces, se hace referencia a las Sagradas Escrituras a medida que exploramos un tema o una pregunta más amplia.

 

 

SABER MANEJAR CUESTIONES DIVISIVAS

Hablar juntos — en serio, hablar de verdad — puede ayudar a las iglesias a resolver problemas difíciles que amenazan con dividirnos, pero no es prudente meterse en un asunto que puede causar división sin ninguna práctica previa. La iglesia Grandview Calvary Baptist Church, una congregación bautista canadiense en Vancouver, Columbia Británica, ha descubierto que la conversación es útil para manejar preguntas sobre la sexualidad. Grandview, una congregación urbana cuyos miembros tienen una amplia gama de convicciones sobre la atracción y las relaciones entre personas del mismo sexo, envió una vez a algunos de sus miembros más maduros a un retiro juntos — un tiempo para orar, escuchar y hablar sobre sus diferencias. El Espíritu Santo se movió con poder entre los participantes del retiro, acercándolos más. El temor y la ansiedad generalizados que el grupo trajo al retiro se habían disipado. “Podemos estar en desacuerdo”, dijo un participante, “pero puedo ir a las reuniones de la iglesia y saber que todos ustedes me apoyan”. La experiencia de este grupo continúa ayudando a la iglesia a hablar y tomar decisiones sobre temas de sexualidad.

 

Sin embargo, este retiro podría no haber tenido los mismos efectos transformadores si Grandview no hubiera tenido unas prácticas de larga data que comparten como comunidad. Una de estas prácticas es orar y escuchar, la cual han utilizado en muchas situaciones, incluso con regularidad en su reunión congregacional anual. Para Grandview, orar y escuchar implica tomar una pregunta específica relacionada con la vida de la iglesia, y en grupos de unas pocas personas escuchar en silencio lo que Dios podría estar diciéndoles acerca de esta pregunta; y luego, al final, compartir y discutir lo que creen que Dios dijo —primero en los grupos más pequeños, y luego como congregación. Orar y escuchar es una manera de estar en conversación con Dios y atentos a los caminos que Él desee guiarnos. También permite que diferentes personas escuchen a Dios de diferentes maneras, y disciernan en la conversación lo que eso pudiera significar para la congregación.

 

IMAGINARNOS EL FUTURO DE NUESTRO CUERPO

La conversación también puede ayudarnos a imaginarnos cómo sería nuestra vida en el futuro. La Indagación Apreciativa (IA)) es un método conversacional que se creó en el mundo de los negocios, pero que ha sido utilizado por muchas iglesias. El proceso de la IA guía a una organización a través de la reflexión y la conversación sobre su pasado, destacando las partes más energizantes de su historia. La organización se enfrena al reto de aprovechar estas historias energizantes para impulsar a los miembros hacia el futuro que esperan. Mark Lau Branson ha escrito un excelente libro sobre la IA para las iglesias: Memorias, esperanzas y conversaciones. En él, describe cómo su congregación, la Primera Iglesia Presbiteriana de Altadena, California, utilizó la IA para reconocer su rica herencia japonesa-americana. También les ayudó a discernir un curso futuro que implicaría cuidar bien a los ancianos japoneses-americanos que se habían dedicado a esa iglesia durante muchas décadas. Las conversaciones de IA de la Primera Iglesia Presbiteriana les fija una meta hacia una identidad más profunda como comunidad, y una conexión más fuerte entre sí como miembros de ese cuerpo.

Si nuestras iglesias esperan estar sanas y madurar hacia la plenitud de Cristo (Efesios 4.13), entonces tenemos que conocernos en verdad unos a otros —nuestras convicciones, fortalezas y debilidades— para que podamos trabajar juntos con mayor armonía. Es esencial que nos esforcemos por extender la gracia y el perdón, porque con toda seguridad nos heriremos unos a otros en el proceso. Aquí no hay atajos, no hay forma de acelerar el convertirse en lo que Dios quiere que seamos, pero el resultado vale la pena el esfuerzo. A través de todo esto, nos preparamos para dar testimonio de la práctica de la conversación no solo en nuestras iglesias, sino también en nuestros hogares, vecindarios, lugares de trabajo y en todas las comunidades a las que pertenecemos. Nuestro mundo tan fragmentado necesita la presencia sanadora del Cuerpo de Cristo, pero ¿estamos preparados para recibir esa sanación y todo lo que viene con ella?

 

Ilustraciones por Mark Weaver

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