Por la dignidad de todos

Dios estableció el valor divino de la humanidad, y es nuestra tarea defenderlo.

Hace poco estuve hablando en Washington, DC, en un evento sobre la dignidad humana y llevé a mi hija, que acababa de cumplir trece años. Cuando terminó el evento, tuvimos unos días para visitar la capital de la nación. Quería que Grace viera lo más que pudiéramos, así que nos sometimos a una agenda bastante apretada. Entonces un día, mientras caminábamos hacia el Monumento a Washington, pasamos por delante de un excombatiente, indigente y con un burdo cartel pidiendo dinero. Pasamos de prisa, pero tras dar unos pasos, mi hija se detuvo y dijo: “Papá, debemos ayudarlo”.

Leffler, W.K., fotógrafo. (1963) Marcha de los derechos civiles en Washington, D.C. / WKL. Washington D.C., 1963. [Fotografía] Obtenida de la Biblioteca del Congreso

Respondí con las excusas habituales: “No tengo dinero en efectivo”, y: “Lo encontraremos de nuevo cuando estemos camino de regreso”. Pero Grace se mantuvo inconmovible.

“Papá”, dijo, “él fue creado a la imagen de Dios. No podemos pasar de largo”.

Mi hija tomó parte de su dinero para el viaje y caminó de vuelta hacia el hombre, le dio el dinero y le dijo: “Solo quiero que sepas que Dios te ama”.

Quedé demolido. Acababa de hablar sobre la dignidad humana, estaba escribiendo un libro sobre el mismo tema y, sin embargo, había fallado en su prueba más básica. Cuando tuve la oportunidad de ver la humanidad de quienes se encuentran en las sombras, aquellos a quienes la sociedad está más tentada a ignorar, fracasé.

Qué fácil es simplemente pasar de largo.

 

Conocer al prójimo

En su tiempo, el Señor Jesús estuvo respondiendo la misma clase de preguntas que a nosotros, los religiosos, nos gusta hacer: “¿Quién es mi prójimo?” fue la respuesta de un experto de la ley a la repetición por parte del Señor del mandamiento que dice, “ama a tu prójimo como a ti mismo”. La pregunta de este hombre –como la nuestra– no surgió por curiosidad, sino que fue un intento por encontrar fisuras en el amor. Seguro que esas personas no son mis prójimos, nos decimos.

Hacemos esto hoy con los seres vulnerables que estamos tentados a no ver: a los no nacidos, a las personas que viven en la pobreza, a los ancianos, y a cualquier otra persona que marginamos e ignoramos porque no encajan en nuestra versión preferida de la vida en el mundo. Hay veces que pasamos de largo porque, cegados por nuestra posición privilegiada o prosperidad, literalmente no vemos a la persona herida en el lado de nuestro propio caminó de Jericó.

Pero otras veces, a menudo, no vemos a las personas que ve nuestro Salvador, simplemente porque no queremos. Yo no quería ver a ese excombatiente indigente en Washington, D. C., porque quería cumplir con la agenda que teníamos. A veces estamos motivados por la conveniencia, como lo estaba yo. Pero nuestros ojos también pueden apartarse de los vulnerables porque nuestras tribus, ya sean políticas, sociales o religiosas, a menudo nos condicionan a no ver lo que deberíamos estar viendo. La lealtad tribal puede ofrecer incentivos perversos para ignorar a ciertos grupos de personas.

Consideremos al sacerdote y al levita. Es fácil para nosotros censurarlos, 2000 años después, por dejar al hombre vulnerable a un lado del camino. Pero es muy probable que tuvieran motivos religiosos para pasar de largo. No sabemos con exactitud lo que pasaba por sus mentes, pero podemos imaginarnos pensamientos como: Estoy de camino a un importante trabajo religioso. Tal vez tomó decisiones imprudentes que lo trajeron aquí. Si me ven con él, ¿cómo afectará eso mi reputación?

Pero otras veces, a menudo, no vemos a las personas que ve nuestro Salvador, simplemente porque no queremos.

A menudo nosotros también tenemos motivos religiosos para pasar de largo. Podemos ir rumbo a hacer la obra del Señor y, sin embargo, no notar las oportunidades para demostrar el amor de Cristo, para defender a quienes no tienen voz. Al igual que los religiosos del tiempo del Señor Jesús, nos estamos perdiendo una gran parte de lo que el Salvador está tratando de decirnos.

En la historia del buen samaritano, el Señor da a entender que nuestros prójimos incluyen a las personas que quizás no veamos. Cuando el sacerdote y el levita encontraron al hombre en el camino de Jericó, no vieron a un ser humano. Vieron un obstáculo, un problema. O eligieron no verlo en lo absoluto.

Lo que el Señor nos está diciendo es que cuando veamos a esta persona en nuestros propios caminos a Jericó, necesitamos ver a alguien totalmente humano, alguien que fue creado por Dios a partir del polvo de la Tierra, y que lleva su imagen. Un alma que el Creador formó con cuidado en el vientre de una madre.

 

Ver como Dios ve

Cuando el pueblo de Dios ve de esta manera, al igual que cuando el Espíritu Santo sopla su poder regenerador a través de almas que antes estuvieron muertas, crea comunidades que no tienen temor de llegar hasta los marginados de la sociedad. Comenzamos a llorar por las injusticias que rompen el corazón de Dios. La Iglesia, en su mejor expresión, se acerca a los que el mundo ha desechado, y dice: “Estos son seres humanos. Estas son personas a quienes Dios ama”. Cuando la Iglesia se mueve así, ofrece al mundo un vislumbre de la vida en el reino de Dios.

Levick, E., fotógrafo. (Alrededor de 1906) Inmigrantes en un transatlántico. Estados Unidos, alrededor de 1906. 10 de diciembre. [Fotografía] Obtenida de la Biblioteca del Congreso

Es por eso que la Biblia dice: “¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas!” (Isaías 52.7; Romanos 10.15). Nuestros pies se apresuran a entregar las buenas nuevas de que Dios está salvando al mundo en Cristo, y a demostrar esas buenas nuevas con nuestras acciones. Imagínese lo que sucedería si la Iglesia recuperara en verdad esta idea de la dignidad humana, de ver en los más vulnerables el rostro de Dios.

Tal vez no tengamos que imaginárnoslo. A lo largo de la historia, el pueblo de Dios ha sido el más motivado para ir a los lugares a los que nadie más quiere ir. En el primer siglo, en la Roma devastada por la enfermedad, cuando las niñitas eran rechazadas por sus padres, eran los seguidores del Señor Jesús quienes cuidaban de los enfermos y acogían a los indeseables, incluso con grandes sacrificios personales. Y si observamos de cerca casi todos los grandes movimientos sociales, veremos a cristianos que se sintieron motivados para abogar por las personas vulnerables.

Hoy no es diferente. Miremos el mundo, y en los lugares más devastados por la guerra y el hambre encontraremos que los cristianos están allí, haciendo el trabajo del reino. Profesionales de la salud abandonan lucrativas carreras para pasar su vida luchando contra enfermedades infecciosas; trabajadores humanitarios arriesgan su seguridad para traer esperanza a los países en desarrollo; y misioneros plantan iglesias como refugios en lugares olvidados. Hacen esto, no para ganar popularidad o una recompensa terrenal, sino porque su visión ha sido transformada por el poder del evangelio.

 

La Gran Comisión y el Gran Mandamiento

Pero debemos recordar que el historial está lejos de ser perfecto: por cada acción correcta, también hay ejemplos trágicos de cómo la Iglesia se ha puesto al lado de los poderosos contra los impotentes.

Por eso es importante vernos como hijos de un Rey que da tanto la gran comisión como el gran mandamiento. Debemos esparcir la buena noticia de que los creados a imagen de Dios pueden reconciliarse con su Creador, y obedecer el mandato del Señor Jesús de amar a nuestros prójimos como a nosotros mismos.

Cuando una Iglesia se mueve de esta manera, hacia los vulnerables, utilizando su poder e influencia en beneficio de quienes han visto agredida su dignidad, se convierte en un poderoso testimonio de la naturaleza y la realidad del reino de Dios.

Nos convertimos en las personas que dirigen su mirada a los hombres, las mujeres y los niños descartados por la sociedad, y decimos:

A los no nacidos, destinados a morir en los Estados Unidos: Que nosotros los vemos, y que Dios también los ve.
A los ancianos solitarios y olvidados en las residencias de la tercera edad: Que nosotros los vemos, y que Dios también los ve.
A las personas que viven en la indigencia y la pobreza, y a los trabajadores pobres: Que nosotros los vemos, y que Dios también los ve.
A la joven víctima del comercio sexual: Que nosotros la vemos.
A las víctimas de agresiones sexuales: Que nosotros las vemos.

Miramos a todas estas personas, y les decimos: “Ustedes son humanos, dignos de amor y de una vida digna”.

Lange, D., fotógrafo. (1936) Familia de un trabajador agrícola extranjero. Siete niños sin comida. Madre de 32 años de edad. El padre es de origen californiano. Nipomo, California. Condado de San Luis Obispo, Estados Unidos, 1936. Feb. o Mar. [Fotografía] Obtenida de la Biblioteca del Congreso

Hacemos esto, no porque sea la causa del día. No porque nos enamoremos de una tendencia en las redes sociales con un hashtag. No porque al hacerlo consigamos la aprobación de nuestra tribu.

Vemos a la humanidad en otros porque somos el pueblo de Dios: vivimos y servimos, no desde una posición de superioridad moral, sino desde un corazón quebrantado y con un sentido de nuestra propia vulnerabilidad delante el Señor.

Esto requiere valentía. Vivir la misión de Dios significa que debemos vivir como extraños y extranjeros en este mundo. También significa que nunca nos sentiremos del todo a gusto en ningún movimiento terrenal. Siempre habrá una disonancia, un cierto tipo de incomodidad.

Porque servimos a otro Rey y otro reino, no nos dejaremos persuadir por nuestras tribus. Iremos adonde el Salvador nos llame a ir. No nos avergonzaremos de estar a favor de la vida, solo porque nuestros padres estén a favor de ella; y no nos avergonzaremos de estar a favor de la justicia, solo porque nuestros hijos estén a favor de ella.

Significa que abrazaremos tanto una cruz sangrienta como el camino de Jericó.

Significa que nuestra fe moldeará nuestras actitudes, en vez de que nuestras actitudes moldeen nuestra fe.

A veces diremos “no” a nuestras tribus, porque estamos diciendo “sí” al León de la tribu de Judá.

Vemos entonces que necesitamos una visión integrada a favor de la vida que luche por la dignidad humana dondequiera que sea vulnerable, ya sea en el útero, en las calles de nuestra ciudad, en las residencias de la tercera edad, en los centros de poder, o en un campamento de refugiados. Debemos hablar, con todo el poder y la influencia que tengamos, en favor de aquellos cuyas voces han sido silenciadas.

Usted puede argumentar que la mayor causa cristiana de hoy, la bandera bajo la cual podemos unirnos, es la dignidad humana. Cuando se escriba el último capítulo de nuestra generación y se cuente la historia de lo que hicimos en nuestro tiempo aquí en la Tierra, es posible que se diga que de todas las personas, fueron esos cristianos —las personas que creyeron en Jesucristo como Salvador crucificado, sepultado y resucitado— quienes defendieron de manera excepcional la dignidad de toda la humanidad. Que fuimos nosotros los que hablamos por quienes no podían hablar por sí mismos, y que cuando ellos hablaban a pesar de la sordera del mundo, fuimos nosotros quienes los escuchamos.

 

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