Silencio, por favor

Hay un tiempo para hablar y un tiempo para guardar silencio. La madurez espiritual está en saber la diferencia.

Hace unos cinco años, mi hijo, entonces de veinte años de edad, estaba teniendo unos misteriosos problemas con su teléfono celular. Yo estaba preocupado por la dirección de su vida, así que, como cualquier buen padre, lo llamaba con frecuencia para aconsejarlo. Por supuesto, yo daba por sentado que él estaba agradecido por mis sabios consejos. Pero, en medio de la conversación, me decía a menudo, y de manera brusca: “Oye papá, me encantaría seguir hablando contigo, pero la batería de mi celular se está muriendo. Tengo que colgar”. Después me di cuenta de que también mi hijo de dieciocho años comenzó a tener el mismo problema con su teléfono celular.

Qué coincidencia, pensé. Mis dos hijos tienen celulares con baterías defectuosas. Eso es un misterio tecnológico. Finalmente, la verdad afloró cuando una sencilla reunión con mis cuatro hijos adultos se convirtió en un juicio —para mí. Con el debido respeto, pero con toda sinceridad me dijeron: “Papá, tú explicas demasiado, te extiendes mucho hablando, y repites tanto tu punto que nos sentimos aporreados por tus opiniones —eso explica el porqué de las baterías a punto de apagarse y de otros mecanismos de defensa para desconectarnos”. Quedé atónito. Pensé que mis palabras habían sido siempre claras y útiles; que mi consejo era sabio, incluso cautivante. ¿Por qué no añadir más palabras? ¿Es que acaso hablo demasiado o me excedo en la conversación? ¿Puede haber tal cosa?

El peligro de hablar más de lo debido

Al parecer —y eso es malo. Poco después de esa inesperada confrontación, descubrí que muchos líderes de la iglesia primitiva alertaron en contra de la locuacidad o la conversación incesante. Alrededor del 200 d. C., Clemente de Alejandría advirtió que el “hablador” interminable comienza, finalmente, pareciéndose a “un zapato viejo. Cuando todo lo demás se ha gastado, solo le queda la lengua”. El líder cristiano del siglo VII, Juan Clímaco, advirtió severamente que la locuacidad es una “demostración de ignorancia, [y] una puerta que lleva a la discordia, [que] da lugar al aburrimiento ... distrae la atención, anula el fervor y enfría la oración”. En ciertas ocasiones, pensadores cristianos de la iglesia primitiva llegaron a comparar nuestra boca con la puerta de un cuarto de sauna: si la mantenemos abierta por mucho tiempo y con frecuencia, todo el calor se escapa —una imagen apropiada a la luz de la sencilla oración del salmista: “Guarda la puerta de mis labios” (Salmo 141.3).

La Biblia está llena de advertencias semejantes. De acuerdo con Proverbios, el necio “tan solo hace alarde de su propia opinión” (Proverbios 18.2 NVI). No sabe cuándo refrenar su boca (Proverbios 21.23). Habla sin pensar (Proverbios 29.20) y habitualmente es “ligero de labios” (Proverbios 13.3).

Nuestra vida y las personas que amamos requieren un sabio equilibrio entre palabras y silencio; entre trabajo y espera; entre seguir adelante y no insistir —actuando siempre para Dios y sometiéndonos a Él.

Existe también, por supuesto, el pecado de hablar menos de lo debido cuando rehusamos expresar palabras de amor o de instrucción, o no confrontamos el pecado. Pero la cultura moderna parece empeñada en desatar un tsunami de palabras. Estamos inundados de palabras. Unos pocos ejemplos rápidos: Cada día, el estadounidense promedio recibe alrededor de 54.000 palabras por medio de las redes sociales. Más de mil millones de tweets son enviados cada hora. Y para el momento que usted termine de leer esta frase, 20 millones de nuevos mensajes de correo electrónico habrán sido enviados en todo el mundo. No es de extrañar que algunos observadores hablen del “síndrome de fatiga informativa” (o SFI), la sensación de estar agobiado por una gigantesca catarata diaria de palabras. Sin embargo, por alguna razón, estamos convencidos de que tenemos que añadir habitualmente y sin restricciones nuestras observaciones a esta inundación de palabras, o nada de importancia se hará. El mundo necesita más palabras de mis labios en este momento, pensamos. Dios necesita mis labios. ¿Cómo cambiará la gente y mejorará sin ellas?

El arte de la moderación verbal

Llegó el momento en que entendí que es posible que Dios haga cosas, aunque yo mantenga la boca cerrada. Tal vez mi silencio puede, realmente, lograr algo más efectivo y más permanente que mis palabras. Quizás tenga que empezar a practicar el arte de la moderación verbal. “En las muchas palabras, la transgresión es inevitable, mas el que refrena sus labios es prudente” nos dice Proverbios 10.19 (LBLA). En otras palabras, cuando se trate de esa miniconferencia; de esa respuesta ingeniosa, pero mordaz; de esa clarísima “solución” espiritual al problema espiritual de un amigo; de ese argumento con la conclusión anticipada para demostrar mi punto; de esa crítica áspera —tal vez sea mejor cerrar los labios. Incluso el necio es considerado sabio si lo hace (Proverbios 17.28).

Hay una razón sencilla del porqué hacer esto es más difícil de lo que parece: Porque nos gusta hablar, especialmente de nosotros mismos. De acuerdo con un reciente artículo publicado en la revista Scientific American, unos investigadores de la Universidad de Harvard escanearon los cerebros de los participantes cuando hablaban de temas diferentes. Curiosamente, cuando los participantes hablaban de sí mismos, la misma parte del cerebro asociada con el consumo de una comida rica en azúcar o carbohidratos se iluminaba con placer. En otras palabras, hablar de uno mismo (de nuestra vida, de nuestras opiniones, de nuestros consejos) es como comerse un delicioso postre. ¿Quién no quiere más de eso? Me imagino que los futuros escáneres cerebrales podrían demostrar que escuchar es más parecido a comerse una ensalada de col cruda sin ningún aderezo —en términos de la teología cristiana tradicional, eso va en contra de nuestra naturaleza pecaminosa.

Esto no implica, por supuesto, que todas mis palabras (o incluso mis palabras en cuanto a mí mismo) sean inherentemente egocéntricas. La práctica de la moderación verbal comienza por reconocer que nuestras palabras no son la única o incluso la mejor herramienta para trabajar para el Rey Jesús. El sol no se levanta cada mañana, la Tierra no cambia del invierno a la primavera, y un arbusto de arándano no produce sus frutos cuando decimos palabras mágicas. Olvidamos rápidamente que tantas cosas de la naturaleza —y de la vida espiritual— no requieren que hablemos. El arte de la moderación verbal implica el largo proceso de educarnos para que nos demos cuenta de que la obra de Dios muchas veces tiene lugar en silencio, y gracias al silencio. Es Él quien produce el crecimiento. Como afirma el apóstol Pablo, mientras contemplamos en silencio la gloria del Señor “somos transformados a su semejanza con más y más gloria”. Y luego añade enfáticamente: “Por la acción del Señor, que es el Espíritu” (2 Corintios 3.18 NVI).

La base para la moderación verbal es que la transformación espiritual viene en definitiva del Señor, no de nosotros. Pero esto no es una justificación para la apatía, para el retraimiento o para hablar menos de lo debido. Simplemente, implica que nuestra vida y las personas que amamos requieren un sabio equilibrio entre palabras y silencio; entre trabajo y espera; entre seguir adelante y no insistir —actuando siempre para Dios y sometiéndonos a Él. En medio de este equilibrio, a veces nuestras palabras pueden hacer más daño que bien, ahogando el trabajo más profundo que echa raíces en silencio. Y este equilibrio crea un espacio para la oración, mientras pedimos a Dios y luego esperamos que Él lleve a cabo la obra que viene solo “del Señor, que es el Espíritu”.

Todos necesitamos ayuda

Sigue habiendo, por supuesto, un lugar para nuestras palabras (Eclesiastés 3.7). La Biblia nos recuerda constantemente que ellas tienen un enorme potencial para el bien. Dios puede usarlas para sanar heridas, alertar a los descarriados, desenmascarar la falsedad, animar a los cansados, edificar a la iglesia, luchar contra la injusticia y proclamar la buena nueva. La lengua de los sabios puede traer sanidad (Proverbios 12.18) y esparcir sabiduría (Proverbios 15.7). La lengua apacible es árbol de vida (Proverbios 15.4). Para nosotros, como seguidores de Cristo, la totalidad de nuestra vida, incluyendo nuestras palabras, debe exhalar “el grato olor de Cristo” (2 Corintios 2.15).

 

Pero aquí está el problema, de las millones de cosas que yo pudiera decir, ¿cómo sé qué combinación de palabras puede transmitir vida, en realidad? Al considerar la persona que está delante de mí, con su exclusivo peregrinaje espiritual, ¿cómo puedo aplicar la dosis correcta de medicina verbal o de silencio total que le traiga la sanidad profunda, la corrección, el ánimo o el aliento que su alma necesita? Tengo el hábito de estropear mis combinaciones de palabras (solo pregúnteselo a mi hijo). Entonces, ¿cómo sé qué palabras exhalarán el grato olor de Cristo en cada situación? ¿Cómo puedo discernir la mejor manera y el mejor momento para hablar de los desconcertantes y apasionantes temas de nuestra sociedad para que los corazones y las mentes de las personas cambien realmente? La respuesta es no lo sé. No tengo suficiente sabiduría, ni experiencia, capacitación o madurez espiritual como para hacer que mis palabras sean un árbol de vida.

Es por esto que puedo identificarme con el conmovedor clamor de Pablo: “¿Y quién es competente para semejante tarea?” (2 Corintios 2.16 NVI). Necesito ayuda. No soy competente. Necesito la “sabiduría de lo alto” que Dios está dispuesto a dar generosamente (Santiago 1.5; 3.17). Necesito la “competencia [que] proviene de Dios” (2 Corintios 3.5). Por supuesto, no todas las conversaciones tienen que ser profundas o emocionantes. Algunas son relajadas y divertidas. Sin embargo, cuando sean importantes, quiero que mis palabras fluyan desde un estado profundo de unión con Cristo, que le permita utilizar lo que digo para sus buenos propósitos.

Más que cualquier otra persona que he conocido, mi amigo Dave demuestra la hermosura y el poder de la moderación verbal. Mientras servíamos en la junta de líderes de una iglesia de Long Island, teníamos con frecuencia largas discusiones acerca de cuestiones importantes, pero controversiales. Puesto que la iglesia estaba cerca de una notable universidad, en nuestras reuniones teníamos una proporción equitativa entre académicos y líderes empresariales exitosos. A todos nos encantaba hablar. Por tanto, discutíamos, debatíamos, compartíamos, opinábamos, analizábamos, pronosticábamos y asegurábamos hasta altas horas de la noche.

Quiero que mis palabras fluyan desde un lugar profundo de unión con Cristo, que le permita utilizar lo que digo para sus buenos propósitos.

Dave, que era el presidente de la junta, por lo general no hablaba mucho. Simplemente oía con atención el alboroto que formábamos y tomaba notas. Entonces, cuando la conversación empezaba a reducirse paulatinamente por el agotamiento (y, por lo general, sin llegar a una conclusión), Dave hablaba. A veces hacía algunas preguntas. Pero, al final, introducía una breve pero absolutamente sana y sensible, e incluso profética, dosis de sabiduría en nuestro laberinto de palabras. Después de un minuto de silencio, mirábamos a Dave, después nos mirábamos unos a otros, hasta que alguien decía con una sonrisa irónica: "Sí, eso es correcto. Eso es lo que tenemos que hacer".

Dave era nuestro maestro de moderación verbal. Porque había andado con Jesús y escuchado al Espíritu Santo tan profundamente, y de manera habitual a lo largo de los años, que sabía cómo mantener la boca cerrada y mantener radiante ese fuego espiritual interior. Por eso, cada vez que este hombre de Dios abría su boca, nos daba a todos una buena ráfaga de calor espiritual. Él no hablaba de menos, pero tampoco de más; sus palabras eran perfectas.

¿Y qué de mí? Al parecer, todavía hay esperanza. El otro día estaba hablando con mi hijo que tiene ahora veintiséis años de edad —el mismo del misterioso teléfono celular con los problemas de batería— de esos buenos y viejos tiempos de las disertaciones de su papá. Le pregunté si yo era ahora mejor oyente. Lo pensó por un momento, y dijo: “Papá, ¿estás bromeando? Eres el mejor oyente que he conocido”. Eso fue un elogio poco común, sin duda, pero un elogio que recibí con mucho gusto de mi hijo. Lo tomo como una señal de que, independientemente de la edad, podemos mantenernos moldeables —y si cooperamos, Dios nos cambiará con el tiempo.

Así que, esta es mi nueva disciplina: no hablar. Estoy tratando de escuchar a Dios y a los demás, y a dejar que mi “silencio” hable. Inténtelo usted también alguna vez. Podría quedar maravillado de lo que Dios puede hacer en el silencio.

 

Fotografía de Dan Saelinger
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