Subir a la colina más alta

Cómo el temor a lo desconocido nos impide alcanzar mayores bendiciones

Cuando un niño tiene cuatro años de edad, cada nueva estación es una revelación, pero ninguna estación es más sorprendente que el invierno. Cuando tiene tres, solo sabe que algo mojado y frío se deslizó en su bota, y grita en señal de protesta. Cuando tiene cinco, recuerda la forma de un muñeco de nieve, y llora lágrimas de decepción cuando la tormenta prometida no se hace realidad. Pero cuando tiene cuatro, los placeres del invierno son placenteros y completamente nuevos.

Elsa, nuestra hija menor, nació en otoño, solo unos meses antes de otro nevado invierno en Pensilvania; pero el invierno después de que cumplió cuatro años es el que recuerdo como su primer invierno. Ese fue el primero en que aprendió a acomodarse bien en un trineo rojo de plástico, y en el que me dijo que la nieve sabía a helado. Este no fue el invierno en que aprendió a abrocharse su abrigo, pero sí en el que aprendió a mantenerse firme de pie, con sus manoplas descansando sobre mis hombros, mientras yo hacía el trabajo por ella. A ningún niño de cuatro años le gustan las manoplas donde es inevitable que dos dedos queden en la ranura destinada para uno solo, pero Elsa entendía ahora lo que estaba en juego, y en las nevadas mañanas se entregaba a mi cuidado y al áspero gorro de lana que había heredado de su hermano.

A ningún niño de cuatro años le gustan las manoplas donde es inevitable que dos dedos queden en la ranura destinada para uno solo, pero Elsa entendía ahora lo que estaba en juego, y en las nevadas mañanas se entregaba a mi cuidado y al áspero gorro de lana que había heredado de su hermano.

Un día de finales de enero en este “primer” invierno, cuando Elsa tenía ya cinco años, mi risueña hija menor hundió sus pequeñas botas rojas en la nieve que había caído durante la noche, y se negó a dar un paso más. Rendirse a la necesidad de un gorro y de unas manoplas era una cosa, pero no caminaría con su familia a ese misterioso lugar que llamábamos “La Gran Colina”.

De mis cuatro hijos, Elsa —con sus piernas más cortas, su barriguita más pequeña, y su necesidad de tomar siestas— es el eslabón más débil en nuestras aventuras familiares. Por lo general, caminamos la distancia que ella pueda recorrer, nos mantenemos alejados de casa hasta que ella necesite un descanso; y nunca olvidamos, jamás, algo para merendar. Pero lo pequeño también es precioso. La diferencia de edad entre Elsa y sus hermanos es bastante grande como para que rara vez le molesten sus limitaciones a alguno de ellos. Sus llamadas insuficiencias son esenciales para lo que más nos gusta de ella a esta edad. ¡Miren sus piernitas! decimos. ¡Escuchen su voz chillona!, decimos riendo. Muy a menudo, estas observaciones conducen a otras historias familiares, y mis hijos nunca dejan de deleitarse con mis historias sobre los años en que ellos también eran pequeños.

Elsa estaba contenta con tener su propia colinita ubicada, de manera conveniente, cerca de la puerta de atrás, desde donde podía hacer una señal de saludo a su papá, observando desde la ventana de la cocina. Pero todos queríamos darle más.

Cuando tenía tres años de edad, mis hijos mayores dejaban a Elsa atrás, y arrastraban sus trineos formando una fila a través de la brecha que había en la cerca de dos rieles, hasta el otro lado de la calle, para dirigirse a La Gran Colina. El viaje a este lugar no es fácil. Primero, está el pronunciado declive que conduce desde la cerca trasera de nuestra casa hasta la calle del vecindario de abajo. La nieve se acumula allí de forma peculiar, incluso con varios centímetros de espesor, puede dejar glaciares de hasta la mitad del tamaño de Elsa. Caminar por la calle no ofrece ninguna dificultad, pero los bancos de nieve creados a ambos lados por los surcos son siempre resbaladizos por el hielo, o espesos por la aguanieve. Elsa estaba contenta con tener su propia colinita ubicada, de manera conveniente, cerca de la puerta de atrás, desde donde podía hacer una señal de saludo a su papá, observando desde la ventana de la cocina. Pero todos queríamos darle más.

Cuando nos rebelamos, plantando nuestras metafóricas botas en la nieve, y rehusándonos a movernos, es porque, por lo general, imaginamos que están quitándonos algo precioso, como si Dios fuera un padre cruel que nos arrebatara nuestra colina favorita. En esos momentos, asociamos la rendición con derrota y debilidad. No comprendemos que la pérdida que tememos es también una invitación. Decididos a ocultar nuestra debilidad a los demás (y quizás incluso a nosotros mismos), olvidamos cuán hermosa puede ser la pequeñez. Olvidamos lo valiosos que somos para Aquel que nos llama más allá de las cercas familiares de nuestra cómoda existencia.

Las narraciones sobre el nacimiento de Jesucristo en los evangelios nos asombran por el hecho de que el Dios del universo vino a nosotros en un cuerpo vulnerable y pequeño. El Señor Jesús no descendió en una nube, sino que nació. Aún a la edad de doce años comenzó a decir sí a la invitación de su Padre celestial. Cuando se quedó atrás en el templo de Jerusalén, mientras su familia viajaba a casa, “todos los que le oían se maravillaban de su inteligencia y de sus respuestas” (Lucas 2.47). Mis hijos, en contadas ocasiones, me han sorprendido con su inteligencia, pero mi asombro deja claro el hecho de que esto no es común en los niños. Somos grandes, ellos son pequeños, y su pequeñez es preciosa para nosotros, pero también significa que sabemos más, vemos más y, sí, entendemos mucho más que ellos.

 
 

¿Por qué dijo Jesucristo que debemos ser como niños para poder entrar en el reino de los cielos (Mateo 18.3)? Me imagino que miró a las multitudes reunidas para escucharlo, y vio lo que, con tanta frecuencia, no reconocemos: Que aún somos pequeños, y que hay tanto que no vemos ni entendemos. Convertirse en un niño, entonces, es agitar la bandera blanca de la rendición. Requiere andar por la vida con la perspectiva que la mayoría de los niños pequeños da por sentado que necesitamos: una mano amorosa que nos sostenga, unos hombros fuertes que nos levanten, y la guía de alguien más grande y mayor que nosotros. Puede que seamos débiles, pero somos valiosos, y nuestra rendición no es una derrota; es el comienzo de una gran aventura.

Cuando Elsa hundía sus botas y se negaba a moverse, le suplicábamos: “Elsa, por favor. Elsa, ven con nosotros. Te prometemos que te divertirás más si nos sigues”. Pero cuando una niña tiene cuatro años, su recuerdo del invierno no va más allá de la nieve que cayó la semana pasada. No recuerda que una vez fue una rolliza nena vestida con un traje de esquiar de color rosado, sentada muy feliz en un trineo de madera. No recuerda cómo su padre la llevaba más allá del patio hacia La Gran Colina de la que sus hermanos hablan con veneración. Todo lo que recuerda, con alegría, es la pequeña colina por la que bajaba en un trineo; tan solo ayer en el patio de la casa, bajo las ramas peladas de los melocotoneros de su madre.

¿Cómo podía convencer a mi hija de que la fría caminata a La Gran Colina valía la pena? ¿Incluso de congelarse los dedos de los pies? Eso estaba mucho más allá del limitado campo de visión de Elsa. Ella tenía solo mis súplicas y los alegres relatos de sus hermanos para atraerla hacia la dirección en la que no deseaba ir. Se necesita mucha fortaleza para rendirse y recorrer un camino difícil.

Olvidamos lo valiosos que somos para Aquel que nos llama más allá de las cercas familiares de nuestra cómoda existencia.

¿Dónde podía encontrar una niña tan pequeña esa clase de fortaleza? A medida que se despliega la belleza impresionante de la narrativa del evangelio, es casi como si Jesucristo se hiciera más pequeño. Primero, está la entrada triunfal a Jerusalén. Él está por encima de la multitud; es aclamado como rey. Luego, está el furioso enfrentamiento en que echa del templo a los que lo convirtieron en una “cueva de ladrones” (Lucas 19.46). Pero después de todo eso, Jesucristo se arrodilla como un criado para lavar los pies sucios de sus discípulos. No se resiste al arresto. No habla para defenderse, sino que guarda silencio. Luego viene el gran peso de la cruz, y nuestro majestuoso Jesucristo se muestra como el núcleo en que se concentra amor y sufrimiento.

El Señor Jesús no fue víctima sino triunfador. Se entregó a la muerte, y aseguró de esa manera, para Él y para nosotros, un mundo nuevo. ¿Es debilidad o fortaleza orar como el Señor oró: “Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mí esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú” (Marcos 14.36)? No tenemos una manera de medir la clase de fortaleza que demostró Cristo por nosotros. Si el poder se perfecciona en la debilidad, como escribe Pablo, entonces la rendición puede ser el acto más difícil y valiente de todos (2 Corintios 12.9).

Algo hermoso nos espera al otro lado de esa difícil elección. Cuando Juan el Bautista afirmó: “Es necesario que [Cristo] crezca, pero que yo mengüe”, dijo también que “este mi gozo está cumplido” (Juan 3.29, 30). En Hebreos, leemos que Jesucristo se rindió a la cruz “por el gozo puesto delante de él” (Hebreos 12.2). Si bien la rendición implica pérdida, esa pérdida es finita, como algo circundado por una vieja cerca de dos rieles. Lo que se gana es infinito, eterno, que pertenece a un mundo sin fin, y que vale mucho más que cualquier precio que pudiéramos pagar.

Ese día de enero de nieve recién caída, vi a Elsa inclinar la cabeza y caminar más allá de la pequeña colina que tanto significaba para ella. Caminando con cuidado sobre las huellas dejadas por sus hermanos mayores, había renunciado a lo familiar, a lo conocido. ¿Por qué lo hizo? Porque quizás cuatro años de amor de una madre y un padre, de una hermana y de dos hermanos, era justo la cantidad que necesitaba para dar estabilidad a esas pequeñas botas rojas, con confianza.

Algo hermoso nos espera al otro lado de esa difícil elección.

Mi esposo alzó a Elsa por encima de los glaciares, los chicos mayores gritaron para animarla, y yo igualé mis pasos con los de ella. Las botas rojas dejaban huellas tan pequeñas que podrían haber pertenecido a la de los venados que viven en los bosques cercanos.

Elsa y yo atravesamos los nevados bordes de la calle, con su pequeña manopla rosada escondida en mi cálido guante. Habíamos hecho la subida, y Elsa se concentró en las botas recubiertas de nieve debajo de ella.

“¡Elsa, mira!”, le dije.

Solo entonces levantó los ojos. Solo entonces vio el nuevo mundo desplegado más allá de sus pies. Aún tomadas de las manos, contemplamos un bosque silenciado por la nieve, y un sendero de trineo entre árboles que parecían, casi, no tener fin.

Y Elsa se echó a reír con gozo.

Fotografía por Ryan Hayslip

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