Un lugar bien cuidado

Cómo cultivar la paz

En dos oportunidades me he reclinado contra la cerca de madera que rodea nuestra propiedad, mientras que un extranjero me decía que nuestro lugar “le recordaba a su casa”. Uno de esos hombres era de México. El otro estaba recordando a Vietnam. Países tan diferentes, culturas tan variadas, pero ambos hombres se volvieron un poco soñadores y me dijeron que el nuestro era un lugar de paz.

Esta casa de campo no es una casa estándar. Construida en una época en que casi todo era hecho a mano, tiene una forma única gracias a la colina donde yace, los materiales disponibles y los deseos particulares de un cuáquero de Pensilvania que tuvo el sueño de que su familia viviera en esta tierra. La casa está hecha de piedra del campo, madera de los bosques cercanos y, por último, de ladrillos rojos del ajetreado ladrillar del pueblo vecino.

En tanto que el granjero que vivió aquí criaba ganado de la raza guernsey, nosotros solo tenemos una huerta y unas pocas gallinas y patos. Y aunque yo no la llamaría una casa hecha en serie, sí diría, con afecto, que es común. De ladrillos rojos, madera, y ventanas de vidrio. Muchas casas están hechas de lo mismo. Algunos de nuestros visitantes aquí tienen ojos para lo que es único. Se maravillan ante el tamaño de los arces que se alinean en el largo camino de entrada. Gritan: “¿Qué olor es ese?” cuando el hedor del estiércol de las granjas de champiñones vecinas llega con la brisa. Pero algunos de nuestros visitantes parecen notar solo lo que es común. Los ladrillos, la tierra, las gallinas cacareando en los arbustos —¿quizás incluso el olor? — estas cosas les hablan de una idea compartida de hogar, de una casa que es “común” para todos nosotros. Esta casa compartida no siempre se encuentra en un mapa, sino en algún lugar de la geografía del corazón.

Nuestro propio Señor pasó más años en la carpintería que en el ministerio público. ¿Por qué nuestras propias vidas no habrían de reflejar el significado de hacer, cuidar y cultivar?

Antes de mis conversaciones con esos dos hombres, no habría pensado que teníamos mucho en común. Sus países de origen, la cadencia de sus voces, el color de su piel –todo eso nos marcaba como diferentes unos de otros. Luché por ver más allá de las diferencias superficiales, pero sus amorosas reacciones a un lugar que yo también amaba, resultaron reveladoras. Por un momento, vi quizás más parecido a como lo hace Dios, y recordé que “el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 Samuel 16.7).

Sé el mandato bíblico de dar la bienvenida a los extraños. Siento las líneas divisorias en nuestras comunidades e incluso en nuestras iglesias, que nos mantienen separados de aquellos que visten de manera diferente, que adoran de manera diferente, que trabajan de manera diferente, que hablan idiomas diferentes o que viven en partes diferentes de la ciudad. En la mayoría de los días, estas líneas divisorias se sienten demasiado anchas y desiguales para que yo las cruce.

Sin embargo, esos hombres me recuerdan de lo impactante en un lugar bien cuidado, y cómo incluso las actividades más sencillas y prosaicas pueden ser un medio de dar la bienvenida. Si la paz entre las personas parece imposible de lograr, tal vez podamos comenzar por crear un lugar donde pueda habitar la paz, y luego confiar en que Dios guíe a nuestras puertas a quienes necesitan descansar.

Por esta zona, los esfuerzos de los primeros cuáqueros estadounidenses para poner fin a la esclavitud y sanar la división racial de la nación, están marcados en letreros al borde de la carretera, en documentos de la biblioteca local, e incluso en la memoria viva. Una amiga que nació en esta comunidad hace más de ochenta años, me llevó una vez a hacer un recorrido en su automóvil. Aunque me había ofrecido para conducir, ella manejó su vehículo con facilidad mientras señalaba algunas casas antiguas con escaleras ocultas y puertas secretas. Con cada historia aumentaba mi admiración: ¿Podía haber una bienvenida más radical que construir una habitación secreta para un extraño desesperado?

Un lugar bien cuidado

Las marcas que dejó el abolicionismo en la arquitectura local son singulares y poco comunes, pero los hombres que dijeron que el nuestro era un lugar de paz, me recuerdan que incluso los atributos comunes del hogar pueden ser poderosos. Cuidar una casa o una huerta es a menudo un trabajo solitario, pero no es nada egoísta. Lavamos los platos para preparar otra comida para nuestra familia o nuestros amigos. Regamos arena en los escalones de la entrada para que el cartero no se resbale en la próxima tormenta de invierno. Cortamos el césped para que nuestros hijos puedan jugar con los niños del vecindario. Si usted es como mi padre, plantará un árbol frutal en las casas de sus hijos para que los nietos que tiene en cuatro estados diferentes prueben los duraznos y saboreen el amor de su abuelo. Quizás haya tantas maneras creativas de cuidar nuestros lugares, pensando en los demás, como hay líneas entrecruzadas en un globo terráqueo.

Si la paz es un estado de armonía, si es una especie de plenitud, entonces los lugares de paz son lugares espaciosos donde todos podemos habitar. Son lugares con espacio suficiente para nuestras alegrías y nuestras penas, un espacio suficiente para nuestros vecinos y para todos aquellos que necesiten consuelo y descanso. Pero, ¿cómo se cultiva un lugar así?

La paz nunca es solitaria. Acaba con las divisiones causadas por el pecado. Es el regalo del Príncipe de Paz, en quien “se mantiene todo en orden”.

Me temo que, con demasiada frecuencia, damos al concepto de paz un aura inalcanzable. Es materia de los premios Nobel. El trabajo de grandes hombres y mujeres. Podría requerir tratados complicados. O, si no es así, no es creación nuestra, sino que desciende del cielo, como la gracia. Pero estoy empezando a ver la paz como algo común. Por supuesto, por común quiero decir compartido. Quiero decir que, gracias a la obra de Jesucristo en la cruz, la paz nos pertenece y tiende un puente entre nosotros y la creación, entre nosotros y otras personas, y entre nosotros y nuestro Creador.

La paz nunca es solitaria. Acaba con las divisiones causadas por el pecado. Es el regalo del Príncipe de Paz, en quien “se mantiene todo en orden” (Colosenses 1.17 DHH). Con muchísima frecuencia fijo mi mirada en las divisiones que nos separan unos de otros. Observo a los extraños al otro lado de la ciudad, a los extraños al otro lado de una frontera, a los extraños al otro lado de algún debate, y creo que tales divisiones requieren soluciones complejas, si es que pueden resolverse. Me siento inadecuada, segura de que no poseo el talento para construir puentes. Y, sinceramente, no lo hago. Pero el Constructor de Puentes más grande, el perfecto y definitivo Reconciliador, vive en mí.

He llegado a la conclusión de que no debo preocuparme por divisiones que parecen insuperables. El Príncipe de Paz ya ha abierto un camino, y sé que otros en su Iglesia han sido dotados para hacer visibles los puentes de Cristo en el mundo. Pero ¿adónde nos llevarán estos puentes? Espero que nos lleven a un lugar muy querido. Espero que nos lleven a hogares bien cuidados, con puertas y mesas abiertas con sillas adicionales. Espero que nos lleven a jardines pacíficos empapados de las personalidades distintivas de sus creadores. Oro porque más de nosotros podamos cruzar puentes para reunirnos en escuelas locales embellecidas por voluntarios, jardines comunitarios que han transformado a terrenos vacíos, e iglesias donde se canten alabanzas en muchos idiomas, y la luz del sol brille a través de los vidrios.

Nuestras diferencias son reales y pueden parecer insuperables, pero el lenguaje de los lugares de la Tierra es más universal. Es un lenguaje que todos conocemos, su gramática se centra en el calor y el abrigo, la belleza y el sustento. Las tareas del hogar son más que un regalo que ofrecemos a nuestra familia inmediata, más que una buena manera de pasar el tiempo. Nuestro propio Señor pasó más años en la carpintería que en el ministerio público. ¿Por qué nuestras propias vidas no deberían reflejar el significado de hacer, cuidar y cultivar? Con martillos y sierras, palas y escobas, podemos recoger una cosecha de paz.

Cuidar los lugares teniendo en mente a otros, puede significar cavar más profundamente en la tierra debajo de nuestros pies. Podría requerir abrir nuestra puerta o derribar una cerca. Podría significar empacar nuestras maletas y mudarnos, tal vez en dirección a lugares que hayamos visto como indeseables o inseguros. Aunque puede parecerse a miles de escenarios diferentes en innumerables lugares únicos, hacer lugar es hacer la paz. Es la búsqueda sagrada de un terreno común.

 

Fotografía por Getty Images

 

Artículos relacionados

¿Qué ocurre con mis anotaciones?
Color de fondo:
Claro
Aa
Oscuro
Aa
Tamaño de letra:
A
A
A