Victoriosos

El espíritu de rivalidad de nuestra cultura se ha filtrado en la vida de la iglesia. Y aunque Dios quiere que tengamos éxito, debemos hacerlo bajo sus términos.

"Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe”.
1 Juan 5.4

Veo más programas televisivos de concursos de lo debido. Uno de mis favoritos es el disparatado Chopped (Picadillo), donde cuatro chefs profesionales reciben una canasta de ingredientes extraños como naranjitas chinas, ostras, ositos de gominola y melaza negra, y tienen la tarea de convertirlos en un plato comestible y hermoso en un tiempo muy breve. En cada ronda —con un aperitivo, un plato principal y un postre— un panel de jueces elimina a un participante con las palabras “¡Has sido hecho picadillo!”. El último chef en pie gana un premio en efectivo y el derecho a presumir.

Ya sea que se trate de la destreza física aclamada en los eventos deportivos, de la voz impresionante de un cantante celebrada en los espectáculos de talentos, o de la ingeniosidad que se recompensa en un programa de cocina, quienes vemos estas cosas en casa somos los verdaderos jueces. Desde la comodidad de nuestros sofás, evaluamos el desempeño de los competidores y las decisiones de los jueces (aunque nos ahorramos tener que probar el sabor de los tacos de ostras cubiertos con una salsa de ositos de gominola). Nos encanta ver y celebrar a los ganadores.

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También nos encantan los ganadores en la iglesia. Cuando una celebridad —un “ganador” en nuestra cultura— profesa tener fe en el Señor Jesús, a menudo nos apresuramos a ponerlo en el centro de la atención. Cada vez que sucede esto, pienso en Bob Dylan, quien grabó un álbum de evangelización y durante un par de años comenzó a predicar en sus conciertos al Mesías resucitado. Luego se retiró tanto de su nueva fe como de la iglesia. El resplandor de los reflectores es un lugar inhóspito para que crezca y madure la fe. Es triste decirlo, pero desde el momento de su conversión, quienes lo rodeaban lo habían tratado como un trofeo en vez de nutrir su fe. Fue una gran victoria para el Equipo Cristiano... hasta que dejó de serlo.

El deseo de ganar está muy arraigado en nosotros. Tiene lugar en la iglesia de varias maneras, como aprendí una vez mientras trabajaba como miembro del personal de apoyo para un ministerio regional de redes de iglesias. Apreciaba el apoyo de los colegas y la amistad que muchos líderes desplegaban entre sí en las reuniones, pero también detecté un trasfondo de “rivalidad fraternal” entre algunos de los asistentes. Venía en forma de preguntas, tales como: ¿Qué tan grande es tu iglesia? ¿Cuántas personas descargan de Internet tus sermones? ¿Cuántos bautizaste en el último año? A pocos les gustaba reconocer que su congregación estaba teniendo dificultades o reduciéndose, por lo que tendían a enmarcar sus respuestas en términos de un triunfo futuro: “Estamos recuperándonos”, o “Estamos a punto de comenzar un nuevo plan de evangelización a la comunidad”.

Pero no son solo los líderes quienes usan el criterio de poder y popularidad para medir el éxito espiritual. La mayoría de nosotros tenemos la idea de que alguien con un ministerio muy conocido como escritor, orador o pastor, ha sido dotado por Dios de maneras poderosas. Atribuimos virtud a su popularidad, usando el parámetro de que “más grande significa mejor”. Incluso si nos recordamos que el método de gobierno y de actividad de Dios en el mundo no son como los nuestros (Mt 17.20; 1 Co 1.27), y que seguir al Señor Jesús a menudo parece más una pérdida que una victoria (Mt 16.24, 25), nuestro amor por los ganadores puede bajarle el volumen a esas verdades.

El resplandor de los reflectores es un lugar inhóspito para que crezca y madure la fe.

En los últimos años, hemos sido testigos de los fracasos morales de algunos líderes cristianos prominentes, así como de algunas caídas menos publicitadas pero también dolorosas de líderes de iglesias y de ministerios más pequeños. Tras estos informes, los demás nos encontramos luchando para reconciliar cómo puede un líder con dones inspirar e influenciar a tantas personas, al mismo tiempo que alimenta el pecado secreto en su vida. ¿Por qué permitiría Dios que estos líderes caídos tuvieran el privilegio de una plataforma por tanto tiempo?

No hay respuestas fáciles a esta pregunta. En algunos casos, la fuerza de la personalidad dinámica de un líder obliga a otros a pasar por alto las señales de advertencia como el dispendio, la ira, la conducta secreta o la evasión de culpabilidad. En otros casos, estos líderes hacen en el poder de la carne lo que alguna vez confiaron a Dios que hiciera a través de ellos. Pero en cada caso, Dios da sus dones a pecadores como nosotros.

El Espíritu Santo concede a los creyentes dones que nos permiten ministrar a otros en el cuerpo de Cristo de maneras que no son posibles por nuestro propio esfuerzo humano o talento natural. Sin embargo, en algunos casos tristes, los seres humanos caídos confían en sus propios esfuerzos para llevar a cabo la obra de Dios; y en otros, solo eligen fingir que Dios está haciendo “algo grande” a través de ellos, para aumentar su propia popularidad.

Debemos recordar una y otra vez que los dones sobrenaturales no confieren de manera automática un buen carácter y madurez espiritual al receptor. Primera prueba: la iglesia en Corinto. Esta se caracterizaba por personas que, al mismo tiempo que adoraban juntos, compartían con diligencia los dones que Dios les había dado. Me imagino una congregación caracterizada por una adoración vibrante y apasionada cuando leo Primera a los Corintios. ¡Dios se estaba moviendo de verdad en esta iglesia!

Los demás nos encontramos luchando para reconciliar cómo puede un líder con dones inspirar e influenciar a tantas personas, al mismo tiempo que alimenta el pecado secreto en su vida.

Pero los dones de esta comunidad “ganadora” eran eclipsados por su pecado. Primera a los Corintios incluye una severa y amorosa reprensión del apóstol Pablo en cuanto a una amplia variedad de asuntos que incluyen, entre otros, la adoración congregacional a menudo caótica (1 Co 14.1-40), divisiones (1 Corintios 1.10-12), hacerse la vista gorda ante el pecado sexual (1 Co 5.1-13), y disputas de miembros que eran llevadas a los tribunales (1 Co 6.1-11). Cada vez que me pregunto por qué Dios da sus buenos dones a personas de mala conducta, recuerdo que yo soy una de esas personas. Todos lo somos.

El pastor y comentarista Bob Deffinbaugh señaló: “Quizás no le consuele escuchar esto, pero el hombre que tiene el don de pastor —maestro puede ser mucho menos espiritual que el que tiene el don de ayuda. El que tiene el don de dar puede ser mucho más espiritual que el evangelista que está ganando miles de personas para Cristo. Basta pensar en Sansón, el personaje del Antiguo Testamento, para recordar que, aunque estaba realizando grandes hazañas de poder, llevaba una vida dedicada a la carne”.

Incluso si nos recordamos que seguir al Señor Jesús a menudo parece más una pérdida que una victoria, nuestro amor por los ganadores puede bajarle el volumen a esas verdades.

En el corazón de su carta a sus hermanos en Corinto, las famosas palabras del apóstol Pablo sobre el amor tienen la intención de desengancharnos de nuestras ideas carnales frente a lo que es el éxito espiritual: “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve” (1 Co 13.1-3).

Vemos el efecto de la reprensión del apóstol Pablo a la iglesia en Corinto cuando les escribe después de que ha pasado algún tiempo y pusieron en práctica sus palabras. Pablo no menciona sus dinámicos servicios ni a sus líderes superestrellas. En Segunda a los Corintios, bendice su carácter, su fidelidad y su obediencia por corregir sus errores, que reconoce como una fuerte y verdadera expresión de su amor a Dios y de unos a otros.

Soy escritora y reconozco la tentación que enfrento al desenvolverme por el mundo editorial cristiano. Es una tentación que me susurra que puedo confiar en mis propias facultades y experiencia para hacer la tarea que tengo delante de mí, mientras que al mismo tiempo drena el amor de Dios de mis esfuerzos. Es la misma tentación a la que nos enfrentamos cada vez que buscamos “ganar”, incluso a nivel espiritual. Al reconocer y refutar esta tentación en el nombre del Señor Jesús, Dios nos ayudará a discernir la diferencia entre aquellos que buscan “ganar” en el cristianismo, y quienes buscan perder su vida para amar como Cristo.

Dios aplica la misma medida a un autor cristiano exitoso, a un pastor superestrella y a una tímida voluntaria del ministerio infantil, y no se parece en nada a la manera en que medimos el éxito. Nuestros logros y trofeos, incluso aquellos que parecen merecidos, no son la manera en que Dios mide nuestros esfuerzos. El apóstol Pablo nos recuerda después en 1 Corintios 13.8 que los dones que Dios nos da dejarán de ser. Esos dones cumplen una función esencial aquí y ahora al ministrarnos unos a otros en su nombre, pero no son la meta eterna. El amor sí lo es.

Ilustracion por MUTI

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