Vida a través de la muerte

Cómo una visión adecuada de la muerte nos ayuda a vivir a plenitud en el presente.

Ahora, cada vez que estamos juntos, hablamos de problemas de salud", dijo alguien durante la cena de nuestro grupo de estudio bíblico la primavera pasada.

"Creo que todos hemos tenido problemas de salud en los últimos meses, ¿no es así?”, respondió el líder, dando la vuelta al círculo, enumerando una letanía de colonoscopias, cateterismos cardíacos y pruebas de detección de cáncer.

"Es como si estuviéramos envejeciendo o algo así", dijo otro, aunque la mayoría de nosotros solo somos cuarentones. Todos nos reímos.

Y en verdad pensábamos que Erik sería sanado.
Al menos, yo.

Cada semana compartimos peticiones de oración, y la lista se hace cada vez más larga a medida que oramos por las enfermedades de nuestros padres ancianos, nuestras propias enfermedades crónicas y nuestros hijos que tienen que lidiar con huesos fracturados, problemas digestivos, enfermedades mentales, entre otros males. Anoto con diligencia las peticiones en mi diario y, a medida que sigo con la rutina de la semana, oro, pero no de la misma forma que acostumbraba hacerlo.

Hace unos años, el esposo de mi mejor amiga fue diagnosticado con cáncer cerebral. Aunque el pronóstico era sombrío, luchó con valentía durante más meses de los que se esperaba que viviera. Pero después de año y medio de batallar contra la enfermedad, el médico de Erik vio signos de muerte inminente y lo ingresó en un centro de cuidados paliativos.

Eso no nos detuvo. Un grupo de nosotros participamos en una vigilia las veinticuatro horas del día con Erik y su esposa Kelly durante semanas, siguiendo un horario meticuloso para que la pareja nunca estuviera sola. Orábamos con fervor, tanto solos como juntos. Pedimos el consuelo y sabiduría para esta familia que enfrentaba decisiones y un dolor inexpresable. Pero también orábamos por la sanidad física. Que Dios quitara todo el cáncer de Erik. Llevamos la exhortación de Santiago a la iglesia literalmente: “¿Está alguno enfermo entre vosotros? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor. Y la oración de fe salvará al enfermo” Santiago 5.14, 15. Los ancianos vinieron. Los ancianos oraron. Los fieles oraron. Y en verdad pensábamos que Erik sería sanado. Al menos, yo.

Pero el sábado por la noche, cuando recibí la llamada de que Erik había muerto, me pregunté de qué sirvieron nuestras oraciones por sanidad. Regresé corriendo al centro de cuidados paliativos para estar con Kelly y, mientras esperábamos al director de la funeraria, abrazadas, sentí el peso de una decepción que nunca antes había experimentado: ¿Nos había malinterpretado Dios? ¿Nos ignoró? O peor aún, ¿nos rechazó?

Durante los días siguientes, mientras se hacían los arreglos y se realizaban los servicios, escuché a otros hablar acerca de Erik como si hubiera sido sanado. "No más dolor", decían. "Finalmente está curado". Pero yo había visto su cuerpo en la sala después de su muerte. Esa noche había llevado a Kelly a casa —sola. También había viajado en la limusina detrás del coche fúnebre días después al cementerio. Había visto enterrar el ataúd en la tierra. ¿Cómo podía ser eso sanidad?

Para ser justa, yo sabía lo que querían decir al expresar que Erik había sido sanado. Por haber crecido en la iglesia, había escuchado este tipo de conversación antes. Había estado en muchos funerales, necesitando con apremio la esperanza final que solo la sanidad celestial podía ofrecer. Pero en la mayoría de los casos, orar por sanidad había sido más una petición de resolución que de restauración. O bien, yo había estado muy distante de la enfermedad o del daño que produjo la muerte, o las personas que murieron eran mayores, y la muerte parecía una especie de misericordia.

Pero cuando se trató de Erik, este amigo que yo amaba, este esposo y padre de niños pequeños que era tan extrañado y necesitado, las cosas eran diferentes. Vi que la muerte se acercaba, y yo le había pasado el seguro a la puerta para que no entrara. Cuando la muerte se abrió camino en nuestras vidas, traté de luchar contra ella como si mi propia vida dependiera de ello. Por eso no quería escuchar acerca de una sanidad celestial. No esta vez. No cuando lo que en verdad quería era sanidad física. De hecho, hablar de la muerte de Erik como un tipo de sanidad me parecía una salida fácil. Como si estuviéramos liberando a Dios de responsabilidad por no responder a las oraciones, por no cumplir con la promesa que se encuentra en la carta de Santiago. Habíamos venido con fe y aceite —aceite de verdad— y Dios nos había defraudado.

Año y medio después, yo misma fui diagnosticada con cáncer y, de repente, vi que la muerte venía por mí de la manera que había venido por Erik. No creía que pudiera volver a luchar así otra vez. Así que no lo hice. Claro que acepté el tratamiento para mi cáncer. Me sometí a meses de cirugía, radiación y quimioterapia. Pero nunca oraba por mi sanidad. Los amigos sí lo hicieron, y cuando me lo dijeron, me sentí aliviada en secreto. Los ancianos de mi iglesia lo hicieron. Cuando me ungieron con aceite, sentí verdadero poder en sus palabras. Pero en cuanto a mí, no oraba para que Dios me quitara el cáncer o me sanara con la quimioterapia. No oraba de esa manera porque no estaba segura de lo que pasaría con mi fe si Él no lo hacía.

Sentí el peso de una decepción que nunca antes había experimentado: ¿Nos había malinterpretado Dios? ¿Nos ignoró? O peor aún, ¿nos rechazó?

En los meses y años que siguieron, Dios me sanó. Han pasado once años desde mi diagnóstico, y he estado libre de cáncer durante seis años. Pero esa no es la única sanidad que Dios me ha dado. Tal como está prometido en Santiago, Dios también restauró el resto de mí —mi espíritu, mis emociones, mis pensamientos— y me levantó cuando pensaba que no podría seguir adelante, revelando cuán pequeña era, en realidad, mi perspectiva de su poder sanador. Esta nueva comprensión no sucedió de repente o por completo; todavía lucho, a veces, con el miedo, la ansiedad y la duda. Pero al enfrentarme cara a cara con la muerte, Dios me ayudó a confrontar esta triple amenaza a mi alma.

Tomemos la ansiedad, por ejemplo. Después de mi diagnóstico de cáncer, mirar hacia el futuro me paralizó. Dudaba en cumplir con los plazos o hacer planes de vacaciones que se extendieran más allá de mi próximo chequeo, porque me preocupaba la posibilidad de morir. Al final, Dios me trajo de vuelta a Mateo 6, donde una y otra vez el Señor Jesucristo nos llama a no preocuparnos. “¿Quién de ustedes, por mucho que se preocupe, puede añadir una sola hora al curso de su vida? (Mt 6.27). ¿No era ese el meollo del asunto? ¿No era el problema real menos sobre la cancelación de planes, y más de no estar cerca para experimentarlos? Yo quería más tiempo; quería garantías para el futuro. En cambio, Cristo dijo: “No se angustien por el mañana, el cual tendrá sus propios afanes. Cada día tiene ya sus problemas” (Mt 6.34). Así que me dejé a mí misma y a Dios libres de responsabilidad por lo que pudiera suceder en el futuro (incluso si fuera curada físicamente), y comencé a aceptar cada día como el regalo que era.

 

Cuando surgían dudas, ellas por lo general se centraban en la soberanía y el amor de Dios. ¿Era Dios impotente contra la muerte? ¿Lo había sorprendido mi cáncer? ¿Seguía todavía conmigo? ¿Me sanaría? El Salmo 139 se convirtió en mi guía práctica para vivir y morir: “Tus ojos vieron mi embrión, y en tu libro se escribieron todos los días que me fueron dados, cuando no existía ni uno solo de ellos" (Sal 139.16). Mi estribillo llegó a ser: “Dios conoce mi último día y también el primero", y todos los días intermedios, de hecho. Encontré seguridad en saber que el cáncer, o incluso la muerte, no tomarían a Dios por sorpresa, pero también al recordar que el amor y la presencia de Dios estaban siempre conmigo. "¿Adónde me iré de tu Espíritu, o adónde huiré de tu presencia? (Sal 139.7). Recordar el amor de Dios por mí al leer y recitar los salmos, sigue siendo la mejor manera de contrarrestar la duda y encontrar la verdadera sanidad.

Pero el miedo era lo más difícil de sobrellevar. Muchas noches me obligaba a permanecer despierta, temiendo morir si me dormía. Dormía en el sofá de la sala porque tenía miedo de morir en la cama. Una semana después de una ronda muy difícil de quimioterapia, soñé que había sido envenenada. Cuando me desperté, sentía como si fuera verdad. La quimio es capaz de hacerlo. Así que pedí ayuda. Los miembros de la familia se ofrecieron a quedarse conmigo por la noche, y acepté. Finalmente, también admití públicamente que estaba aterrada. En medio de mi temor, encontré consuelo en la primera carta de Pablo a los tesalonicenses, donde les dice que no afligieran por la muerte, como personas que no tienen esperanza. En vez de eso, pinta un cuadro de la resurrección, de las trompetas, de los ángeles y del Señor mismo. Esta es nuestra esperanza —especialmente— en la muerte, dice Pablo. Entonces, ¿cómo podemos recordar esto cuando la vida es dura y la muerte es triste? Pablo dice que debemos, “[alentarnos] los unos a los otros con estas palabras” (1 Ts 4.18). ¡Qué maravilla es tener a otros a nuestro alrededor para que nos recuerden la verdad acerca de la muerte!

Mientras el Señor se ocupaba de mi ansiedad, de mi duda y de mi temor en cuanto a la muerte, comencé a pensar de manera diferente acerca de la sanidad. Si oraba solo por el alivio físico, estaría de vuelta una y otra vez, pidiendo más, como el apóstol Pablo clamaba al Señor para que le fuera quitado el aguijón (2 Cor 12.7-10). Incluso Lázaro, cuya sanidad física vino después de la muerte cuando Cristo lo llamó a salir de la tumba, y finalmente volvió a morir. En otras palabras, aunque Dios a veces provee alivio físico, este siempre es temporal. La clase de sanidad que Cristo quiere traernos, la verdadera sanidad que Él ofrece al mundo es permanente —incluso eterna.

Según el apóstol Pablo, la ironía de esta verdadera sanidad es que se entiende mejor en un contexto de enfermedad, sufrimiento e incluso muerte. Esto no significa que no oremos por la sanidad física. En vez de eso, al orar como Santiago recordamos que vivimos en cuerpos que necesitan sanidad. En cuerpos que necesitarán más y sanidad a medida que se consumen exteriormente. Sin embargo, ocurre algo interesante que el apóstol Pablo define de la siguiente manera: "Aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día” (2 Cor 4.16). Se podría decir, incluso, que la necesidad de sanidad exterior sirve como una señal de la sanidad interior que cada vez es más nuestra en Cristo Jesús. Porque Pablo dice también que “dondequiera que vamos, siempre llevamos en nuestro cuerpo la muerte de Cristo, para que también su vida se manifieste en nuestro cuerpo” (2 Cor 4.10). La lobreguez de la enfermedad y la muerte hace que la luz del evangelio sea mucho más brillante.

Pero podemos ir aun un paso más allá: la muerte es el portal a través del cual cruzamos para recibir nuestra verdadera sanidad. Es también por eso que Pablo dijo que para él "el vivir es Cristo, y el morir es ganancia" (Fil 1.21). A la larga, lo que no entendí en el centro de cuidados paliativos con Erik, lo aprendí en mi propia batalla contra el cáncer: una visión correcta de la sanidad nos da una visión adecuada de la muerte, y una visión adecuada de la muerte nos da una visión adecuada de la vida. Y solo cuando entendamos la verdadera naturaleza de la vida, podemos tener esperanza, tanto en esta vida como en la venidera.

Ahora, cuando escucho hablar de amigos o familiares que están enfermos, sigo orando con esperanza por la sanidad física, por alivio del dolor y el sufrimiento. Y cuando tengo mis chequeos del cáncer cada cierto número de meses, sigo luchando contra la vieja ansiedad que me recuerda que la muerte acecha a la vuelta de la esquina, para todos. Pero también recibo estas circunstancias como recordatorios: la muerte no tiene la última palabra. Jesucristo sí. Y cuando nos dé la sanidad final –—la sanidad verdadera— descubriremos que tenemos la restauración que ha prometido. Y nos levantará con Él para siempre.

Fotografía por Philippe Fragniere

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