Amor en todo lo que hagamos

El Señor nos dio un mandato muy especial para transformarnos a semejanza de Cristo.

Piense en su día típico, con todas las responsabilidades e interacciones que tienen lugar en las veinticuatro horas. ¿Qué motiva sus decisiones y respuestas? A menudo, hacemos las cosas por necesidad o por hábito. Pero ¿con qué frecuencia nuestra motivación es el amor?

Como cristianos, se nos ha dado un estándar muy alto: “Todas vuestras cosas sean hechas con amor” (1 Co 16.14). De hecho, Pablo dice que sin amor, nuestro servicio y sacrificio no servirán para nada (1 Co 13.1-3). Aunque esta norma es humanamente imposible de lograr, Dios nunca da una orden sin proporcionar los medios para que la obedezcamos. El Espíritu Santo que habita en nosotros es quien produce el amor de Dios en nuestra vida.

El Señor nos dio este mandato, no para hacernos sentir culpables, sino para transformarnos a semejanza de Cristo. Cuando su amor fluye por medio de nosotros, reflejamos su carácter y nos convertimos en un testimonio poderoso para un mundo perdido. Mucho de lo que la gente ve y conoce hoy en día es amor condicional; sin embargo, el amor de Dios es incondicional, y este amor ha sido dado a personas poco cordiales e indignas del mismo. Nuestro amor, también, debe ser así.

Si el amor de Dios nos llena, seremos capaces de poner las necesidades de los demás en primer lugar, y de hacer con fidelidad todo lo que el Señor nos haya confiado —ya sea barriendo pisos o enseñando en la iglesia. Incluso, cuando aquellos a quienes servimos sean personas ásperas o arbitrarias, el amor de Dios nos dará el poder para tratarlas con amabilidad y para hacer nuestro trabajo con diligencia, como si estuviéramos sirviendo al Señor mismo.

El amor de Dios es incondicional, y ha sido dado a personas poco cordiales e indignas del mismo. Nuestro amor, también, debe ser así.

Los artículos de este mes hacen hincapié en cómo podemos ser guardianes de todo lo que el Señor nos ha dado. Oro para que al leer usted cada artículo, pueda recordar que lo que hace por amor a Dios es mucho más que un hábito —es algo santo.

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