Con temple y determinación

El gozo sorprendente de ser testigo de Jesucristo.

Mientras conducía por una carretera cierto día, vi un mensaje pintado con aerosol en el lado de un puente, que decía: “Nacido para revolver el gallinero”. Ya sea que el autor lo supiera o no, hizo una confesión pública de su razón de vivir. Ahora bien, dudo de que cualquiera de nosotros elegiría esto como el propósito de su vida; pero si yo le diera una lata con pintura de aerosol, y le pidiera que completara la frase siguiente, ¿qué escribiría?: "Nacido para...”

 

El apóstol Juan escribió su respuesta a esta pregunta en el prólogo de su primera carta a los cristianos en Asia Menor (1 Juan 1.1-4). El propósito de su vida podía resumirse en estas palabras: “Nacido para proclamar a Cristo”.

Juan era el más joven de los discípulos de Jesús; posiblemente era adolescente o tenía un poco más de veinte años. En su relato de la vida de Cristo, se refiere a sí mismo como el “discípulo a quien Jesús amaba” (Juan 20.2). Cuando Juan escribió su primera epístola, habían transcurrido unos sesenta años desde que estuvo en la presencia física del Hijo de Dios, pero ni su recuerdo ni su pasión por Cristo se habían debilitado.

En esta carta, Juan nos ofrece un testimonio de “lo que era desde el principio” (1 Juan 1.1). Esta frase es su manera de referirse al Hijo eterno de Dios, que existió desde antes del principio del tiempo y de la creación. Es similar a su evangelio, en el cual se refiere a Jesús como “el Verbo”, diciendo: "En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios" (1 Juan 1.1).

Juan no pudo olvidar jamás esos tres años que pasó con el Hijo encarnado de Dios, quien vivió entre los hombres. En 1 Juan 1.1, describe su experiencia de tres maneras:

Sesenta años desde que estuvo en la presencia física del Hijo de Dios, pero ni su recuerdo ni su pasión por Cristo se habían debilitado.

  • “Lo que hemos oído”. Juan había escuchado a Jesús enseñar, consolar a María y Marta por la muerte de su hermano, y levantarlo a la vida con la orden: “¡Lázaro, ven fuera!” (Juan 11.43). Estuvo en el aposento alto cuando Jesús daba sus instrucciones finales a sus discípulos, y escuchó su oración de intercesión al Padre por ellos (Juan 13-17). Todo esto seguía resonando en sus oídos seis décadas más tarde.

  • “Lo que hemos visto con nuestros ojos”. Juan vio a Jesús convertir el agua en vino, calmar un mar tempestuoso, caminar sobre el agua, curar leprosos, resucitar a una niña muerta, restaurar la vista a los ciegos y la audición a los sordos, hacer caminar a los paralíticos, y multiplicar la comida para alimentar a más de 5.000 personas. Esto era evidencia más que suficiente para convencerlo de que Jesús era verdaderamente el Hijo de Dios.

  • “Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado, y palparon nuestras manos tocante al Verbo de vida”. Juan no solo vio lo que hizo Jesús, sino que también lo había visto y tocado físicamente. Juan fue el discípulo que se recostó en el pecho del Señor en la Última Cena para preguntarle quién era el traidor (Juan 13.21-25). Juan no solamente estuvo al pie de la cruz mientras Jesús moría, sino también presente en la habitación cuando el Cristo resucitado invitó a los discípulos a tocarle; y también vio cuando el Señor ascendió al cielo.

El mayor deseo del apóstol era proclamar lo que había visto y escuchado acerca de Jesús, para que otros creyeran en Él. Es por eso que escribió esta epístola, que sigue siendo un testimonio para nosotros hoy. Juan concluye su prólogo, diciendo: “Estas cosas os escribimos, para que vuestro gozo sea cumplido” (1 Juan 1.4). Para Juan, proclamar a Cristo era más que un privilegio y una responsabilidad: era lo que le daba plenitud de gozo.

EL GOZO DE COMPARTIR A CRISTO

Aunque ninguno de nosotros es testigo presencial de la vida y del ministerio de Jesús de la misma manera que lo fue Juan, también podemos conocer al Señor, como dice Pedro en su primera epístola: “Ustedes lo aman a pesar de no haberlo visto; y, aunque no lo ven ahora, creen en él y se alegran con un gozo indescriptible y glorioso” (1 Pedro 1.8 NVI). Podemos tener esa misma plenitud de gozo cuando Jesús se convierte en nuestro Salvador, la pasión de nuestra vida, y el tema de nuestras conversaciones con otros.

Para Juan, proclamar a Cristo era más que un privilegio y una responsabilidad: era lo que le daba plenitud de gozo.

Al igual que Juan, tenemos un testimonio para compartir con quienes no conocen a Jesús como Salvador y Señor. Para ser un testigo eficaz para Cristo, no es necesario ser graduado en teología ni tener respuestas a todas las preguntas. Simplemente, podemos seguir el modelo de Juan de contar a otros lo que hemos escuchado, visto y sentido en cuanto a Cristo.

  • ¿Qué ha escuchado usted? Si es creyente en Cristo, ha escuchado y aceptado el evangelio, y este es el mismo mensaje de salvación que debe compartir con los demás. Si alguna vez ha compartido su fe con alguien, sabe exactamente a lo que se refiere Juan al hablar del gozo cumplido (Juan 15.11). Hay una sensación apasionante de emoción y satisfacción al decir a los demás cómo pueden también ser liberados del pecado y recibir la vida eterna por medio de Cristo.

  • ¿Que ha visto usted? Aunque no podemos ver a Jesús con nuestros ojos físicos, si le hemos conocido por algún tiempo, hemos visto cómo ha trabajado Él en nuestra vida. Ya no somos la persona que fuimos una vez, porque Cristo no solamente nos salva para la eternidad; Él también nos transforma en esta vida. Y cuanto más caminemos con Él, más tendremos para compartir con los demás.

  • ¿Qué ha sentido usted? Quienes hemos respondido con arrepentimiento y fe en Cristo, conocemos la libertad y el gozo que se tienen cuando creemos en el evangelio y recibimos el perdón de todos nuestros pecados. Compartir nuestro testimonio tiene el poder de abrir los ojos de quienes no conocen al Señor y ayudarles a ver que la convicción de pecado no es la condenación de Dios; sino su invitación a la salvación y a la vida eterna. Una vez que la persona recibe a Cristo como Salvador, descubre lo que tenemos los creyentes: su amor, aceptación, compasión, paz, contentamiento y gozo maravillosos.

Nacimos para hablar a otros acerca de Jesús. No es tan complicado como a veces lo hacemos, pero ser sus testigos requiere temple y determinación. Felizmente, Dios nos da eso también; y al superar nuestro temor e incertidumbre cuando comencemos a hablar a los demás de lo que Él ha hecho en nuestras vidas, nos llenaremos de gozo, ya sea que nuestro mensaje sea recibido o no. Cuanto más hablemos de nuestro Salvador, más fácil será y más gozo tendremos. Y eso será una clase de testimonio en sí, que atraerá a otros a la fuente de ese gozo: el Señor Jesucristo.

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