El ser indiviso

En búsqueda de integridad

A veces son las pequeñas decisiones en la vida las que revelan nuestro verdadero carácter. Cuando un cajero le da a usted cambio de más, ¿qué hace? Si sus compañeros de trabajo aprovechan la ausencia del jefe para comprar en línea, consultar las redes sociales o pasar tiempo hablando, ¿usted sigue trabajando o se une a ellos? Prometió llevar a sus hijos al zoológico el sábado, pero está agotado por una semana de trabajo y solo quiere quedarse en casa y descansar. ¿Qué hará?

Cada una de estas situaciones es una prueba de integridad, que hoy parece ser una virtud perdida. No estamos seguros de si lo que leemos en periódicos, revistas o en línea es cierto, y tantas figuras públicas han demostrado ser poco fiables, que nos cuesta creerles. Tal vez hemos visto hipocresía en nuestras familias, entre nuestros amigos, e incluso en nosotros mismos.

La perspectiva divina de la integridad

Necesitamos una nueva mirada a la integridad desde la perspectiva de Dios. En Salmo 15.1, 2, David hace y responde una pregunta importante: “Jehová, ¿quién habitará en tu tabernáculo? ¿Quién morará en tu monte santo? El que anda en integridad y hace justicia, y habla verdad en su corazón”. Esto es lo que Dios requiere de quienes desean acercarse a Él.

En el idioma hebreo, la palabra traducida como integridad significa “entereza, honradez, plenitud, totalidad, inocencia, rectitud”, e implica ser honrado y sincero. Aunque, por lo general, pensamos que la integridad es solo moralidad en lo que hacemos y evitamos, abarca mucho más. Es ser una persona indivisa. En otras palabras, lo que aparentamos ser para los demás, es lo que somos en realidad en nuestro ser más íntimo.

 

Es sorprendente que la palabra integridad no se encuentre en el Nuevo Testamento, pero el concepto se transmite claramente con términos como “completo”, “maduro”, “perfecto” y “pureza de corazón”. Por ejemplo, Colosenses 1.28 (NVI) dice: “A este Cristo proclamamos, aconsejando y enseñando con toda sabiduría a todos los seres humanos, para presentarlos a todos perfectos en él”.

Para el cristiano, la integridad puede resumirse como semejanza a Cristo. Piense en todo lo que está incluido en este término. Además de sus atributos divinos, toda virtud típica de Cristo debe ser vista cada vez más en nosotros, sus seguidores. Esto no significa que alcanzaremos la perfección sin pecado en la vida terrenal, sino que creceremos de manera continua en madurez y obediencia al Señor.

La integridad de Cristo a la vista

Para obtener una imagen de integridad genuina y completa, consideremos cómo caminó Jesucristo entre gente pecadora en este mundo caído. Su vida es el modelo que debemos seguir.

  • Siempre decía la verdad. De hecho, cuando dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Jn 14.6), afirmaba ser la personificación de la verdad. Aun cuando la franqueza total era costosa o polémica, nunca la evadía. (Véase Juan 8.39-45).

    Sin embargo, a menudo manipulamos los hechos con el pretexto de no haber hecho nada malo. Ya se trate de “mentiritas blancas”, chismes, exageraciones o engaños flagrantes, la tentación de amañar la verdad siempre está esperando para hacernos tropezar. ¿Qué nos hace practicar el engaño? Podría ser el temor a perder una oportunidad, una relación, una ventaja o reputación. Otras veces, es un intento de protegernos. ¿Y quién no ha intentado escapar de una tarea no deseada con excusas falsas? Pero en todos estos casos, la causa fundamental es la falta de confianza en Dios. En lugar de simplemente obedecerle y decir la verdad, tratamos de manipular la percepción que la gente tiene de nosotros y, en el proceso perdemos lo más importante: nuestra integridad.

  • Aun cuando la franqueza total era costosa o polémica, Jesucristo nunca evadía la verad.

  • Jesucristo siempre fue fiel. Su Padre celestial nunca tuvo que preguntarse si Él haría aquello por lo cual había sido enviado al mundo. Justo antes de ir a la cruz, el Señor Jesús dijo: “Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese” (Jn 17.4).

    El compromiso y la lealtad suelen faltar en nuestra sociedad. Basta mirar el lugar de trabajo. Muchas personas son mediocres en el trabajo. Y si no están satisfechos, los trabajadores a menudo se van y consiguen otro empleo en vez de quedarse y honrar su palabra. Incluso vemos los efectos de esta tendencia entre los cristianos que son reacios a comprometerse con una iglesia, saltando de una a otra.

  • Jesucristo siempre amó de palabra y de hecho. Su principal demostración de amor fue venir a la tierra a morir por nuestros pecados. Pero también demostró compasión. Veía las necesidades de las personas que lo rodeaban, y su corazón se conmovía para aliviar su sufrimiento.

    La integridad de Cristo era una mezcla perfecta de amor interno y servicio externo. Pero a menudo estamos divididos, y nuestro amor es débil. Nuestros corazones pueden sentirse conmovidos por las necesidades de quienes nos rodean, pero la preocupación podría desvanecerse con la misma rapidez antes de que llegue a nuestras manos o cuentas bancarias. Sin embargo, la compasión sin acción es solo sentimiento, no amor genuino.

  • Jesucristo siempre fue justo. La integridad y la rectitud van de la mano. Todos necesitamos convicciones justas que no sean negociables. Una vez que están bien fundamentadas, sirven de guía para nuestras decisiones y de protección contra las tentaciones.

Demasiados cristianos se contentan con saber lo suficiente sobre Jesucristo para ser salvos, pero Dios desea mucho más para nosotros. Su propósito es hacernos hombres y mujeres íntegros. Sin embargo, ¿cómo podemos parecernos a Cristo si lo conocemos solo a un nivel superficial?

En la vida cristiana, la integridad no se logra a través de la autodeterminación, sino a través del conocimiento y la comprensión de Jesucristo, y del poder del Espíritu Santo. Cuando contemplemos al Señor, comenzaremos a entender quién es Él, nuestro amor por Él crecerá, y la obediencia se volverá nuestro deleite. Una vida de integridad es el fluir de la vida de Cristo en nosotros.

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