Para el corazón atribulado

Las presiones y las cargas de la vida no tienen que causar desesperación. Es importante saber adónde ir para encontrar consuelo.

La temporada de festividades siempre ha sido uno de los momentos más destacados del año para mí. A medida que se acerca el frío del invierno, espero con ansias el Día de Acción de Gracias y la Navidad como ocasión para celebrar las bendiciones que Dios ha dado, y en especial el nacimiento de nuestro Salvador. Pero a lo largo de mi vida y de mis años de ministerio, he visto cómo estas fiestas también pueden ser difíciles —cómo a menudo la desesperación nos acecha de cerca, siguiéndonos de una diligencia a otra, y de una actividad a otra—  amenazando con agobiar nuestra marcha hacia el pesebre del nacimiento de Cristo.

La triste realidad es que nuestra vida no siempre parece una tarjeta perfecta de Navidad. Las pérdidas, la soledad, los problemas de salud, los conflictos interpersonales, los problemas económicos, entre muchos otros, aparecen en cualquier temporada. Y, a veces, vienen cuando el resto del mundo está celebrando. El marcado contraste puede hacernos sentir aun más derrotados y desanimados.


¿Dónde podemos buscar ayuda cuando la vida parece sin esperanza?

Cuando no vemos salida a la desesperación o a algún tipo de problema, la mayoría de nosotros queremos la compañía de alguien que ha pasado por una situación similar y entiende nuestra lucha. Tal vez por eso nos identificamos tan fácilmente con personajes bíblicos como David o el apóstol Pablo, que experimentaron el desaliento de las aflicciones.

En 2 Corintios 1.8, el apóstol escribe acerca de uno de los momentos más difíciles de su vida: "Fuimos abrumados sobremanera, más allá de nuestras fuerzas, de modo que hasta perdimos la esperanza de salircon vida. De hecho, dentro de nosotros mismos ya teníamos la sentencia de muerte” (2 Cor 1.8, 9).

Ya sea que usted se sienta presionado por la acumulación de muchas tensiones diarias, o que su vida haya sido puesta de cabeza por una situación abrumadora, difícil y dolorosa, lo que necesita es aliento. La palabra griega traducida como "consuelo" o "aliento" es paraklésis, que significa "un llamado a la ayuda de uno". ¿Y no es eso lo que necesitamos cuando estamos abrumados —a alguien que se quede con nosotros, que camine a nuestro lado a través del valle de sombras? ¿Que de alguna manera nos levante cuando nos volvamos débiles?

 

El Dios trino es nuestra fuente de aliento.

Cuando Pablo estaba en su punto más bajo, "el Padre de misericordias y Dios de toda consolación” estuvo a su lado para alentarlo en medio de su aflicción (2 Cor 1.3). ¿Ve usted al Señor como alentador, o le parece más bien un juez condenador? A veces desarrollamos una perspectiva sesgada de Dios, que no incluye el aliento como uno de sus atributos.

A veces desarrollamos una perspectiva sesgada de Dios, que no incluye el aliento como uno de sus atributos.

La naturaleza consoladora de Dios la exhiben los tres miembros de la Trinidad, no solo por el Padre de misericordias. Pablo dijo: "Porque así como los sufrimientos de Cristo son nuestros en abundancia, así también abunda nuestro consuelo por medio de Cristo" (2 Cor 1.5). Y en Juan 14.16, Jesucristo describió al Espíritu Santo que mora en nosotros como "otro Ayudador”, que en griego significa un consolador o alentador; en otras palabras, igual a Jesucristo.

Todos los miembros de la Trinidad son iguales entre sí, y toda la Deidad está en actividad, levantándonos, brindándonos consuelo y apoyo en la adversidad. Al ser salvos, no se espera que nos valgamos por nosotros mismos. Dios nos cuida con ternura como sus hijos, y ha prometido que nunca nos dejará ni abandonará. Incluso cuando sentimos que estamos solos en nuestras luchas, Dios está allí, llevándonos adelante cuando ya no tenemos más fuerzas para continuar.

Si nunca tuviéramos problemas, jamás conoceríamos este aspecto reconfortante de Dios, ni dependeríamos de Él como debemos hacerlo. De hecho, a veces nos permite atravesar sufrimientos y dificultades que están más allá de nuestra capacidad de soportar "para que no [confiemos] en nosotros mismos, sino en Dios" (2 Cor 1.9). Él gobierna con soberanía cada situación que enfrentamos, fijando límites a su intensidad, y determina la profundidad, la longitud y la oscuridad del valle por el que caminamos, todo con el propósito de sacarnos adelante, hacernos cada vez más parecidos a su amado Hijo, y tener una relación más estrecha con Él.

 

¿Cómo nos alienta Dios?

Con tantas garantías de su consuelo ¿por qué hay momentos en que no podemos sentirlo? Estamos luchando y hundiéndonos, y sentimos como si Dios nos hubiera dejado solos. Tal vez el problema es que no nos hemos servido de sus medios de aliento.

  • La oración. Nuestra primera reacción al dolor o a los problemas debe ser ir al Señor en oración, derramando todas nuestras preguntas e inquietudes a Él, nuestro Padre amoroso. Dios siempre está con nosotros, dondequiera que vayamos y sea lo que sea que hagamos. Nuestras circunstancias podrían hacernos sentir de otra manera, pero si encontramos un momento para tener estrecha comunión con Dios, Él puede llenarnos de su luz, sabiduría, amor y paz.

  • Él gobierna con soberanía cada situación que enfrentamos, fijando límites a su intensidad, y determina la profundidad, la longitud y la oscuridad del valle por el que caminamos.

  • La Palabra de Dios. En segundo lugar, en tiempos de dolor o problemas podemos ir en oración a la Palabra de Dios, pidiéndole al Espíritu Santo que nos ayude a leer y entender lo que hay en ella. Esta es una de las maneras principales en que el Señor nos habla y restaura nuestra esperanza. El Salmo 119.49, 50 dice: “Acuérdate de la palabra dada a tu siervo, en la cual me has hecho esperar. Este es mi consuelo en la aflicción: que tu palabra me ha vivificado”.

    Si usted no sabe por dónde empezar, vaya al libro de los Salmos. Allí encontrará a David clamando a Dios con desesperación, mientras que, a la vez, se acerca a Él en busca de consuelo. También podemos recibir aliento de los relatos bíblicos acerca de personas como Pablo, que pasaron por sufrimientos mientras confiaban en el Señor.

    Cuando el Espíritu Santo implanta la Palabra de Dios en nuestro corazón y nuestra mente, nuestra perspectiva cambiará. Nos daremos cuenta de la verdad de las palabras de Pablo en 2 Corintios 4.17, comparadas con el peso eterno de la gloria que nos espera, nuestras pruebas en la Tierra son solo momentáneas. Aunque nuestras circunstancias no cambien, nuestra actitud sí lo hará. En vez de enfocarnos en nuestras dificultades y nuestro dolor, nuestros ojos estarán fijos en el Señor y en su Palabra, y nuestra confianza en Él aumentará.

  • La iglesia. El aliento de Dios también se nos da por medio de otros hermanos en la fe. Se espera que los cristianos no vivan aislados, sino como una comunidad de creyentes que se aman y se cuidan los unos a los otros. Cuando alguien lucha con dificultades, los otros creyentes se acercan para ayudarle. Y a medida que cada uno de nosotros se acerca a Dios y recibe su consuelo, estamos capacitados para animar a otros con el mismo consuelo que hemos recibido (2 Cor 1.4).

 

Cómo reaccionemos al desaliento es crucial.

Una de las tácticas elegidas por Satanás es el desánimo. Si puede llevarnos a la desesperación, nuestro crecimiento espiritual se verá limitado, nuestra utilidad frenada y nuestra adoración obstaculizada. Entonces, por lo general, empezamos a pensar que Dios nos ha abandonado o está enojado, pero es cuando debemos recordar que Él es quien puede traer esperanza y aliento en nuestro tiempo de necesidad.

Muchas veces queremos que Dios obedezca nuestras órdenes y nos rescate de inmediato, pero lo que Él nos ofrece es mucho más grande.

Cuando todo se venga abajo en su vida y sienta ansiedad, temor o tristeza, ¿se aislará bajo un caparazón de dolor? ¿Se enojará o caerá en la autocompasión? Ninguna de estas reacciones le traerá alivio, de hecho, puede causarle más sufrimiento.

Tal vez haya pedido ayuda al Señor, pero se ha sentido decepcionado porque Él no cambió su situación. Muchas veces queremos que Dios obedezca nuestras órdenes y nos rescate de inmediato, pero lo que Él nos ofrece es mucho más grande: el consuelo que proviene de conocerle. En esos momentos de quietud a solas con el Señor, Él nos ofrece fortaleza y aliento para no darnos por vencidos, y la gracia para confiar y deleitarnos solo en Él. No hay nada en el mundo que se compare con la intimidad que encontramos en su presencia durante los momentos de necesidad. Mi oración es que usted viva con confianza y ame con valentía, y que a medida que se acerque a Dios y a su pueblo descubra la gracia de pertenecer por completo a Él.

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