Un instrumento de paz

La cruz de Cristo, que la humanidad consideró como muerte, Dios la usó para dar vida.

Piense en algo de lo que esté orgulloso. Tal vez haya trabajado con dedicación para tener un negocio próspero, y puede suplir todo lo que su familia necesite. O tal vez sus hijos hayan logrado algo admirable, y puede regocijarse con ellos. Por lo general, nos enorgullecemos de algo positivo, como un ascenso en el trabajo, un título universitario después de años de estudio diligente, o la llegada de un nuevo bebé. Rara vez, o nunca, presumimos de nuestros fracasos, humillaciones o pérdidas.

Pero justo eso fue lo que hizo el apóstol Pablo cuando les escribió a los creyentes en Galacia. Su carta contiene una declaración sorprendente: “Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (Gálatas 6.14). Para comprender el impacto de sus palabras, debemos mirar la cruz desde la perspectiva de quienes vivían en aquel tiempo.

La cruz era un medio de ejecución: una manera espantosa de morir. Los romanos la usaban para castigar a quienes se rebelaban contra el imperio. Esta forma tan cruel de pena capital fue concebida para mantener el orden, infundiendo el temor a las represalias. Para los judíos que guardaban la ley de Dios, la cruz era una señal de que el condenado que estaba colgado era maldito (Deuteronomio 21.23). Nadie en aquel tiempo se habría gloriado en una cruz. Sería como si hoy nos regocijáramos por una inyección mortal o por la silla eléctrica.

Nadie en aquel tiempo se habría gloriado en una cruz. Sería como si hoy nos regocijáramos por una inyección mortal o por la silla eléctrica.

En realidad, no fue la cruz lo que se apoderó del corazón del apóstol, sino quien colgaba en ella, y el propósito por el cual murió. Para entender lo que sucedió en la cruz, primero debemos entender quién es Jesucristo, y Pablo nos ha dado una descripción impresionante en Colosenses 1.15-23.

¿Quién es el hombre que colgó en la cruz?

"Él es la imagen del Dios invisible" (Colosenses 1.15). Nadie había visto al Padre celestial. Pero Dios el Hijo entró al mundo por medio del vientre de una virgen: Jesucristo vino en forma humana, disimulando su gloria, pero con toda la plenitud de la deidad. Cuando los hombres lo clavaron en la cruz, traspasaron las manos y los pies del Dios Todopoderoso.

Jesucristo es "el primogénito de toda la creación" (Colosenses 1.15). En la sociedad judía, el hijo primogénito era el heredero supremo de todo lo que poseía el padre. Era quien tendría autoridad y honra como cabeza de familia. De la misma manera, Dios el Padre le ha dado al Hijo la propiedad y la autoridad sobre la creación. Cristo mismo creó todo lo visible e invisible. Todo fue creado para Él, y solo Él mantiene todo unido por su poder (Colosenses 1.16,17).

¿Comprende el significado de esto? La madera con la cual se hizo la cruz, y el hierro con que se fabricaron los clavos, a su vez fueron creados por Aquel a quien luego crucificaron. ¿Cómo podía Dios morir a manos de lo que Él mismo creó? No podía. Lo que sucedió en la cruz fue un sacrificio voluntario del Hijo de Dios por la humanidad.

¿Por qué Jesucristo permitió ser sacrificado?

En el fondo, por su amor a nosotros. Cuando Adán pecó, todo el género humano quedó sumergido en el pecado y la muerte. Algo muy profundo y esencial se corrompió, y la comunión entre Dios y el hombre se rompió. Fue nuestra condición de indefensión y perdición lo que trajo al Salvador a este mundo. Él vino a derrotar el pecado por nosotros, para que ya no nos mantuviera cautivos, separados de Dios por toda la eternidad. Su propósito fue darnos vida, reconciliándonos con nuestro Padre celestial. En Cristo, volvemos a tener comunión con Dios, nuestro Padre, así como el hijo pródigo volvió a la comunión con su padre, recibiendo perdón, misericordia y restauración.

Paz para todas las cosas

Cuando Jesucristo colgó en la cruz, Dios transformó un instrumento de muerte, en uno de paz. Fue allí donde el Salvador hizo la reconciliación entre el Dios santo y el hombre pecador. Eirene, la palabra griega traducida como paz, significa "unir", y justo eso es lo que Dios hace por quienes se arrepienten de su pecado y creen en su Hijo. Él nos une a sí mismo en su existencia eterna. Es un vínculo de paz que nunca podrá romperse; nada ni nadie puede separarnos de su supremo y eterno poder. Nunca podremos ser condenados, porque Dios mismo nos ha declarado justos.

El poder de la cruz, que nos reconcilió con Dios, continúa a lo largo de nuestra vida cristiana en el proceso de la santificación. Este es el medio por el cual Dios mismo nos conforma a la imagen de su Hijo. Tenemos paz con Dios y también la paz de Dios, que guarda nuestros corazones y nuestras mentes por nuestra obediente confianza en Cristo como la cabeza de su cuerpo, la iglesia (Colosenses 1.18).

La paz de la cruz va incluso más allá de esta vida terrenal. Cristo nos reconcilió por medio de su muerte, para presentarnos "santos y sin mancha e irreprensibles" delante de Dios (Colosenses 1.22). Dado que Jesucristo es "el primogénito de entre los muertos" (Colosenses 1.18), también tenemos la promesa de la resurrección a la vida eterna. Entonces estaremos completamente libres del pecado, de pie ante nuestro Salvador, y con cuerpos eternos glorificados.

La cruz de Cristo hace la paz no solo entre Dios y el hombre, sino también entre Dios y la creación.

La cruz de Cristo hace la paz no solo entre Dios y el hombre, sino también entre Dios y la creación. La transgresión de Adán y Eva trajo una maldición que lo abarca todo, lo que Romanos 8.19-21 describe de esta manera: “Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios”.

Es evidente que la visión de liberación de la Biblia aún no se ha realizado del todo en el mundo. Miramos alrededor, y vemos que la Tierra gime todavía con terremotos, huracanes, sequías y otros desastres. Aún estamos esperando la restauración total. Según las Sagradas Escrituras, eso tendrá lugar cuando los hijos glorificados de Dios se revelen con Cristo, cuando Él regrese para tomar su legítima posición —de Rey de reyes y Señor de señores, el primogénito heredero de toda la creación.

A la luz de todo esto, no es de extrañar que el apóstol Pablo se gloriara en la cruz de Cristo. Pero la pregunta que cada uno de nosotros debe hacerse es: ¿Me glorío en la cruz? Más importante aun: ¿He aceptado lo que Él hizo por mí, al someterse voluntariamente a la crucifixión?Esta es la decisión más importante que enfrentaremos en la vida. La única alternativa es permanecer distanciados y separados del Dios santo —el Dios que nos ama tanto que tomó la iniciativa de ofrecernos la paz con Él mediante la cruz de su Hijo.

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